El Astillero 14 de enero de 2019 | 8:34 am

Viejos principios

Lo que sucede de verdad es el tiempo. Los años vuelan como una bandada de pájaros asustados. En nuestra época se van diluyendo los sentimientos trágicos en sensaciones inocuas y plácidas de envejecimiento. Entre la tolerancia (vive y permite vivir) y la indiferencia (muere y deja morir), si no reconocemos la orfandad de grandes ideas (de dioses, lamentaba Holderlin) en la que estamos sumidos, no hay esperanzas de redención. Queda el consuelo humorístico de contemplar las miserias humanas con aquellos que la descubren en ellos mismos (Cervantes) y que facilitan la comprensión del destino común. Hoy, sin embargo, tenemos lenguajes cada vez más imprecisos para dar cuenta de la densidad de nuestra experiencia, además de la falta de pensamiento propiamente libre que se trasluce en el abuso de palabras y frases hechas a medida de los patrones mentales de corrección e incorrección.

 

Por muy tentador que sea recluirse en una torre de marfil o cultivar tu huerto, ponerse estupendos o melindrosos es un pecado contra la vida, como decía Kafka, y la vulgaridad, la estulticia y la crueldad, si no merecen respeto sí exigen atención. La estupidez se adapta al medio, tiene connotaciones históricas, y por tanto siempre nos acecha. Goethe lo advertía: tanto la más admirable como la más insignificante criatura humana lleva consigo un misterio que, si fuera conocido, la haría odiosa a todo el mundo; pero si a la idiotez jamás se le habría ocurrido sacar a la luz su vida privada, ahora se le ofrece la ocasión (la técnica y la naturaleza no son antitéticas: no podemos disculpar la impotencia o la omnipotencia humanas apelando a la falta de alma de sus medios) de airear la banalidad, de sacar en triunfo la mediocridad y regodearse en los prejuicios (las mentes no suelen estar vacías: son como trasteros llenos de cachivaches).

 

Nada es creído con tal facilidad como lo que, prescindiendo de la voluntad de averiguar la verdad, viene al encuentro de nuestras ilusiones y deseos. Se abre paso a la temible fascinación de afirmar mentiras monstruosas como hechos indiscutibles y de cambiar a voluntad el pasado porque distinguir entre lo verdadero y lo falso se convierte en una habilidad social o una destreza del poder. Si hay una cosa que no consigo soportar, decía Víctor Hugo, cuando presenciaba algo particularmente atroz o deficiente, es pensar que todo eso será mañana Historia, como el trumpismo y sus secuelas.

 

Cada técnica tiene sus “arcana”, y en el ejercicio del poder todos utilizan ardides para lograr sus propósitos. En el Estado son recomendables los simulacros que garanticen la apariencia de libertad que el pueblo necesita para quedarse tranquilo. Halagando su vanidad con una participación vistosa y ruidosa pero insustancial o políticamente reversible. Mientras en todas las grandes revoluciones se entabla una lucha colectiva por alcanzar la verdadera representación, una parte importante de la población siempre anhelará el mando providencial del “hombre fuerte”. Por eso los plebiscitos, en comunión directa con el maniqueísmo del populacho, dan excelentes resultados a los tiranos y los demagogos, y son disolventes de la racionalidad nacional e internacional (Brexit).

 

Debería causar pavor, incluso donde están separadas las funciones legislativas y ejecutivas, lo que Locke denominaba el “poder federativo”, es decir, lo que se refiere a los extranjeros, la guerra y la paz, los tratados internacionales, etc. Aquí no es posible la previsión y la dirección que otorgan las leyes generales; al albur de los distintos intereses y  las maniobras del adversario, tenemos que confiar en la prudente conducción del que ha de hacer lo que corresponde según la situación. En los asuntos exteriores los comandantes en jefe de las naciones democráticas pueden “deliberare per se stesso” como un dictador, y “fare ogni cosa senza consulta” (Maquiavelo). Además, el que arriba al poder para asentarse tiende a sustituir el talento circundante, aunque le sea simpático, por el fanatismo cuya falta de inteligencia sigue siendo la mayor garantía de lealtad.

 

Escribía Doris Lessing en “El cuaderno dorado”: “Prestamos poca atención a los que se van, a ese procedimiento de eliminación que siempre se produce y que excluye a quienes podrían ser originales y reformadores, dejando a aquellos que se sienten atraídos por una cosa porque eso es precisamente lo que ya son ellos mismos. Este mecanismo social funciona casi sin hacerse sentir; no obstante, es poderoso como cualquiera para mantener nuestras rígidas y opresoras instituciones”.

 

Hay que tener cuidado con el “prestigio”, que en su origen significó engañar la vista con artificios mágicos. El prestigio (intelectual, moral, épico, revolucionario, del éxito, del fracaso) puede devenir en una especie de dominio que ejerce sobre nuestras mentes y almas un individuo, una obra o una idea. Ese dominio embota nuestras facultades críticas y nos llena de estupor.

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