El Astillero 15 de febrero de 2016 | 2:59 pm

Sospechas

gris

En el principio de la búsqueda de la sabiduría reinaban la sorpresa y el asombro. El pensamiento moderno ha reducido aquella extrañeza de que todo fuese como era, a la duda sobre la capacidad del entendimiento para abarcar lo que nos rodea, e incluso, de la verdadera realidad de lo que resulta inteligible.

 

Si no aceptamos ser esclavos de la verdad porque dudamos de la posibilidad de encontrarla y hasta de su misma existencia, estamos condenados a ser libres. La predisposición a tomar un rumbo equivocado hace que nuestro conocimiento sea liberador puesto que no somos conducidos necesariamente por el camino correcto. No es que escapemos de lo absoluto, es que esto se nos escapa, y por eso practicamos una libertad que no es más que cierto escapismo, sobre todo de un tiempo que nos atrapa y moldea, sí, pero al que también podemos sortear y moldear: recordando, es decir, interpretando el pasado (la literatura no es cierta en los hechos pero cuenta cómo se vivieron), y esperando lo posible en el futuro. Aunque no falten las coacciones conscientes e inconscientes, con frecuencia nos sentimos imaginariamente forzados. Ejercer la voluntad resulta fatigoso; es más fácil sentirse empujado o incitado, o preferir la reacción a la acción, flotando en una inercia que se encubre a sí misma la libertad.

 

Se reprocha a los antiguos teólogos su inclinación a las disquisiciones sutiles y a las finas distinciones. Quizá porque ahora tendemos a las semejanzas superficiales. El triunfo definitivo de la clasificación es difuminar las clases, y pintarlo todo con una capa muy débil de gris. Esta propensión a la superficialidad se explica en parte por la renuncia a entender aisladamente las vivencias originarias, tratando de conectarlas, y por tanto, vincularlas más por encima que por debajo.

 

Decía Carl Schmitt que lo normal no prueba nada y que la excepción lo demuestra todo porque en ésta la fuerza de la vida real rompe la corteza de una mecánica petrificada en la repetición. Ahora que menudean las teorías de la conspiración habría que remontarse a su antecedente literario (“Visionario” de Schiller), al final del  XVIII, que inaugura un género, el de la novela de ligas secretas que narra sus complots. Pero así como toda paranoia está sujeta con un hilo muy fino a la vida real, estas historias tenían cierto fundamento histórico: el de los jesuitas, masones, rosacruces e illuminati (desde cuyo cuartel general, en Ingolstadt, habría sido dirigida la revolución francesa). Las conjuraciones de esta clase de asociaciones siguen siendo la filosofía de historia con mayor repercusión; sus divulgadores creen saber cómo se desarrollan los acontecimientos, y cómo son y dónde están sus instigadores.

 

Aquel argentino exquisito, Bioy Casares, en su breve diccionario, estima que el mundo atribuye sus infortunios a las conspiraciones y maquinaciones de grandes malvados: “se subestima la estupidez”.

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