El Astillero 15 de octubre de 2015 | 5:37 pm

Retrocesos desarrollados

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Que la pura continuación histórica nos haga creer al instante en alguna clase de perfeccionamiento moral representa un mayúsculo desprecio a la bondad y la belleza desvanecidas. El progreso y el sentido correctamente determinado de la historia son sinónimos o renuevos verbales de la misma materia ideológica con la que se ha construido nuestra realidad.

 

En su biografía del autor de los Cuentos de Canterbury, Chesterton apunta que el lector de Chaucer respira un aire de fraternidad, de caridad hacia todos los hombres, de consideración hacia el valor de los hombres por encima de su rango o riquezas. Todo ello reposaba en las convicciones últimas de los miembros de una comunidad respecto al sentido de la vida humana en común, en una unidad subyacente de orden religioso. El propio Chesterton explica cómo los hombres pueden caer profundamente en uno de los vicios capitales queriendo huir a toda costa de otro. Quien abandona sus asuntos puede sumirse en la pereza, y quien se ocupa demasiado de ellos, en la avaricia. Y en efecto, lo que se produjo al destruir el sistema medieval, fue desencadenar alguno de los vicios más perniciosos con el pretexto de erradicar los restantes.

 

Cuando somos incapaces de hacernos cargo de los efectos agregados de nuestras acciones individuales presenciamos la injusticia generalizada como si fuera un fenómeno natural, completamente ajeno a nuestra conducta. Polanyi lo certifica: “el mercado funciona como una línea invisible que aísla a cada individuo, sea productor o consumidor, en su actividad diaria. Todo el mundo produce para el mercado y se aprovisiona en el mercado. Los individuos no pueden salir del mercado, sea cual sea su deseo de ayudar al prójimo. Toda tentativa de ofrecer ayuda se ve inmediatamente frustrada por el mecanismo del mercado. En un sistema así no está permitido ser bueno, sea cual sea el deseo de serlo”.

 

El mercado lleva el marchamo de lo maquinal, de sus características: la eficacia y el automatismo. Paradójicamente la difusión del mercado libre, con sus ilusiones de autorregulación extrapolítica, condujo a un nivel de poder gubernamental sin precedentes. La práctica de la Ilustración fue experimentada como el gobierno más poderoso de la actividad económica: “Desde la muerte de Federico Guillermo I ningún Estado ha sido administrado como si fuera una fábrica tanto como Prusia”, escribía Novalis. El desarrollo ha consistido en lo contrario de lo que significa: extender lo que está arrollado, desplegarse. En lugar de crecer libre y armoniosamente, llevamos una camisa de fuerza.  

 

Si la tradición quisiera decir que hay que terminar lo que estaba bien comenzado y seguir con lo que vale la pena de seguirse, toda tradición verdadera sería revolucionaria.      

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