Cofa del mesana 14 de enero de 2013 | 3:00 am

Razón de inferioridad

Pig (Leslie Jones)

El mundo actual es de inspiración decimonónica y no dieciochesca ilustrada. Pareja a la nueva concepción económica capitalista, proclive al aprovechamiento tecnológico, durante los años mil ochocientos asistimos al nacimiento de las ciencias modernas propiamente dichas. Sin embargo, y sin menospreciar, entre otros, los esenciales trabajos de J. C. Maxwell sobre el electromagnetismo o los de J. J. Thomson respecto a los rayos catódicos; hasta la relatividad general de A. Einstein y, sobre todo, con las observaciones astronómicas de E. Hubble —o sea, hasta el siglo XX— la cosmología continuó siendo sustancialmente newtoniana. La gran revolución intelectual de aquella centuria, que alterará nuestra concepción del mundo a gran escala, no acontecería en la física, sino en el campo de las ciencias naturales: la teoría de la evolución.

 

La aportación crucial del nuevo paradigma no estuvo tanto en la idea de evolución biológica, algo ya sugerido desde los antiguos griegos, sino en la explicación del modo natural en que ésta se hubo producido, introduciendo el “mecanismo” de la «selección natural». De los dos hombres que lo sugirieron cuasi simultáneamente, el archiconocido Charles Darwin y el menos señalado Alfred Russel Wallace, el primero reconoció abiertamente haberse inspirado para formular tal idea en el Ensayo sobre el principio de la población tal y como afecta a la futura mejora de la sociedad, libro del economista y demógrafo británico Thomas Robert Malthus publicado en 1798; esto es, en último término, en la historia de las sociedades humanas.

 

En una curiosa operación de vacua reflexividad, las leyes de la Naturaleza, deducidas a este respecto de lo observado entre los humanes, volvieron a desparramarse sobre la sociedad para acotar la política: no era de recibo poner límites al medrar triunfal de los «mejores» o «los más aptos» (survival of the fittest) impidiendo el laissez faire como prescripción económica a lo que habría de subordinarse todo lo demás. El llamado darwinismo social no tardaría en apuntalar moralmente los destrozos causados por la descontrolada voladura de la sociedad tradicional. Y los pertinentes descubrimientos de la biología se importarían en forma de sonoras directrices para la organización colectiva.

 

El mismísimo primo de Darwin, Francis Galton, fue fundador de la Sociedad Eugenésica, que se proponía mejorar la “calidad” de los británicos mediante la «selección artificial». Pero la asunción del hecho evolutivo no se limitó a proporcionar el bagaje moral para argumentar semejantes actuaciones pro natura, sino que, equiparando el mito ilustrado del progreso a la evolución, y ambos al desarrollo económico y tecnológico alcanzado por las diversas sociedades, se utilizó como testigo para clasificar los diversos grupos raciales a los que se asimilaban. En tales circunstancias resultaba evidente concluir la superioridad, entiéndase aséptica y científicamente como la mayor perfección evolutiva, de la raza blanca o caucasoide sobre —simplificando las más sesudas especificaciones entonces tan en boga— la mongoloide y la negroide.

 

Dentro de los propios blancos se trazó similar gradiente, situando a la «raza nórdica» en la cúspide de la humanidad por delante de la «alpina» y de la «mediterránea». Durante el primer tercio del siglo XX, de una manera más o menos explícita, el nordicismo, o, en palabras de Madison Grant, la incontestable evidencia de que los mayores hitos de la humanidad son y han sido protagonizados por los europeos del norte y sus descendientes, era la forma corriente de pensar entre las clases cultivadas del mundo anglosajón y del germánico, henchidos de autoestima.

 

En una España en plena decadencia desde finales de la centuria anterior, tal idea fue asimilada, incluso interiorizada por algunos intelectuales. La herencia del positivismo caló en la llamada literatura del desastre. Las alusiones a la “raza”, la “enfermedad” de la nación o a la falta de “virilidad”, entre otras perlas, se encuentran por doquier. Los nacionalismos periféricos adquieren un tinte xenófobo. Si en el caso del vasco es evidente desde su nacimiento con su mismísimo fundador, Sabino Arana —gran admirador de los británicos, tanto que copió el diseño de la Union Jack para su ikurriña, y, quien lo diría, detractor del republicanismo irlandés—, en el catalán es un camino menos conocido pero igualmente horadado por Sales y Ferré, Almirall o Pompeu Gener, quienes achacaron ese inferior antecedente “sureño” o “bereber” a Castilla.

 

Desgraciadamente, esta agua contaminada se ha filtrado en el terruño. La creencia en nuestra imposibilidad biológica para el progreso se ha grabado en el inconsciente colectivo de muchos españoles, hasta hacer florecer el árbol de la así retrospectivamente atávica desconfianza en los demás. Carecemos de un pensamiento propio y original, o éste no encuentra eco y lugar en la cerrazón del medrar oficial; y, por ende, nos priva de la oportunidad de una identidad común que poder abrazar. O cuando no, se remonta el problema a nuestro pasado, de tal manera de que ya, hágase lo que se haga, es imposible de resolver. Muchos pagan su frustración con España, sin saber que, al mismo tiempo, en el empeño se esterilizan a sí mismos para poder emprender cualquier camino colectivo, o proyectan éste con ilusión en sus naciones de nuevo cuño, como si aquellas estuvieran libres de la podredumbre que ávidamente asignan a sus vecinos.

 

La actual crisis económica ha demostrado que el virus que se creía aniquilado estaba únicamente latente, solo había mutado esperando su oportunidad. Hoy vemos como a nosotros y a nuestros vecinos del sur se nos acusa exclusivamente de nuestra propia ruina, achacándonos pretender implicar a los más frugales países del norte. En el mismo saco, nos refieren a todos como pigs —acrónimo en inglés de Portugal, Italia, Grecia y España (la inclusión de Irlanda y la doble “i” es maquillaje), que significa “cerdos” en esa misma lengua— con evidente desprecio. Además del expuesto abolengo, la explicación biológica de la caída de los pigs tiene el atractivo de que es elusiva de otras circunstancias que pudieran cuestionar el statu quo económico, y sobre todo monetario, europeo; y, así, hasta mundial. Solamente queda que el populacho de los meridionales lo interiorice de una u otra manera. Al fin y al cabo, nada hubiera sido posible sin la colaboración de sus élites, que se mantienen gracias a un sistema donado y convenientemente homologado por los amables vecinos del norte.

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