Teatro 15 de septiembre de 2015 | 6:55 pm

Qué tragedias

sofocles

El coro de Antígona lo declama: nada inspira más reverencia que el hombre, capaz de perturbar con sus actos lo que, sin él, constituiría la eterna quietud de lo que descansa dentro de sí mismo. En las siete tragedias de Sófocles que se han conservado íntegramente, el héroe salta el cercado en el que los dioses han encerrado al rebaño humano. Y esta intrépida transgresión o falta de prudencia no conlleva peores consecuencias que las morigeradas conductas, puesto que no hay manera de rehuir la fatalidad.

 

En el universo trágico convergen procesos independientes que ocasionan resultados insospechados. Nada puede la previsora prudencia contra ese implacable mecanismo del destino que marca lo que no se puede deshacer o rehacer: lo irreversible. Si acaso, refugiarse en la ataraxia: el sabio oriental,  asume que no puede dar un solo paso sin sufrir en un mundo que tiende trampas por todas partes, y por tanto renuncia a la acción, que es el dispositivo de la tragedia. Por muy mesurada que sea nuestra conducta con el fin de preservar el deseado equilibrio, cualquier acto, el más nimio, nos sumerge en la arbitrariedad. El error trágico desvía o hace inseguro el curso de nuestras vidas.

 

Aunque se traten de manera circunstancial asuntos como el amor y la enfermedad, el poder es el gran tema que subyace en la tragedia griega, y por eso cobra tanta importancia la idea de hybris, de la inclinación al desequilibrio y el rebasamiento de los límites. La prudencia es la virtud por excelencia; Aristóteles creía que la función del poeta es la concreción de una catarsis o purga de todas las emociones que podrían apartar al hombre de la acción política, pero la tragedia ensombrece cualquier perspectiva de evolución suave o dinámica ordenada; la compensación duradera entre fuerzas dispares resulta imposible, dándose la paradoja de un equilibrio que se restablece para romperse una y otra vez.

 

Contraponiéndolo a la avidez de novedades temáticas rebozadas en fórmulas repetitivas que caracteriza la sociedad de consumo cultural,  resulta llamativo cómo en el mundo clásico se retoman los mismos argumentos en todas las artes: los sucesos de la épica trágica tienen su representación plástica, tanto en la cerámica de figuras negras como rojas, en los frescos, en la música, en la lírica o en la filosofía. Lo que cuenta a la hora de configurar el genio es la originalidad formal en la expresión de los sueños, miedos y esperanzas comunes.

 

El filósofo del Gran Sí veía en la tragedia griega una visión estética de la herida abierta de la existencia y el pensador del ser para morir hallaba en ella una excelsa y primigenia metafísica. En definitiva, Sófocles y Esquilo son las cumbres del teatro dramático en general.

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