El Diluvio Universal 1 de mayo de 2015 | 5:00 am

Progreso e incertidumbre

incertidumbre

La política se ampara, por definición, en una noción, todo lo suelta que se quiera –de hecho, hasta tocar su negación– de progreso. Los ismos lo embarullan todo; en este caso, un supuesto progresismo tornaría en ideología lo que constituye un desarrollo moral confundido en, pero asimismo confirmado por, la historia. Allí donde hay política, hay tendencias de varias clases, si bien hoy (estado sin política) están todas mediatizadas por el ismo del estado o por el estado de los ismos, que viene a ser lo mismo: la ideología única de la nada totalizante, de una batalla ruidosa y enfermiza de consignas sms –culminación y arquetipo de la prensa– por el poder. La existencia misma de la política, allí donde se da –algo poco frecuente, donde el Estado no ha penetrado aún, en los vecindarios, por ejemplo– supone dirimir conflictos y tomar decisiones sin recurrir a la fuerza del Mono-Logos, cuyo mayor exponente –para abundar en la paradoja y para mayor confusión– es, de seguro, el Estado moderno. Nunca la pluralidad –devenida, cómo no, en pluralismo– ha sido tan falsa como en nuestra era, y el origen está en la estatalización de cada parte desde el todo que es nada. Todo parece estar inyectado, e incluso constituirse, como afán de transformar al otro mediante el poder.

 

En este sentido, todos los participantes en lo que se denomina común y falsamente política, sobre todo en Europa, son, sin excepción, conservadores. No, por cierto, reaccionarios, pues el reaccionario tiene al menos fuerza para despreciar la situación actual in toto, por más que tampoco crea en la política. Este desprecio crítico nos une a ellos; lo que nos distingue es que mientras que ellos quieren volver a una situación pre-política, previa a la confusión babélica del Estado (moderno) a la que Óscar Martínez hacía referencia hace poco en un artículo, nosotros, sin saber exactamente cómo, aspiramos a la (re-)fundación de la política. Aunque irreal, el Estado moderno es una realidad; no creemos que sea posible volver a una situación previa, ni que las técnicas del poder pre-estatales (amparadas, en última instancia, en el Derecho tradicional) fueran lo suficientemente comprehensivas o críticas. Cómo será la política tras el Estado es una incógnita, pero ella no impide que la necesidad (moral) de lo político sea menos imperiosa. Más bien al revés, la alecciona.

 

Posiblemente la Modernidad quiso, en principio, política, pero, sobre todo en Europa, se dejó llevar por lo cratológico, salvo tal vez en los EEUU de América, allí donde la continuidad entre lo tradicional (europeo) y lo moderno es de algún modo más plácida o tal vez orgánica, menos intervenida por el poder, y donde hubo una verdadera fundación de algo nuevo que apuntaba a lo político. Otra cuestión es que haya degenerado y que desde hace décadas existan fuerzas más potentes que la propia política que la han desestabilizado hasta dejarla irreconocible, pero aún así no parece haberse perdido del todo la brújula. En Europa, en cambio, acabó implantándose el Estado, que es el mayor obstáculo a la política; de hecho la anti-política por antonomasia.

 

Que la política suponga, por definición, un ideal de progreso o de apertura a un futuro incierto guardándonos al máximo de acabar con la incertidumbre a base de certezas que, nos parece hoy, funcionaron en el pasado, es asimismo aplicable al arte y a la ciencia, aunque de maneras diversas. Ni que decir tiene que el proceso histórico está plagado de discontinuidades, incluso en el dominio científico, de tal modo que hablar de progreso es tan cuestionable como legítimo. En todos los casos, los factores a tener en cuenta son muchos, demasiados, desde lo material hasta los contenidos de verdad, pasando por lo histórico, con su péndulo dialéctico. Pero del mismo modo que ni siquiera, como dice Adorno, debemos entonar aún un canto fúnebre por al arte a pesar de su evidente –y perfectamente coherente– agotamiento, tampoco nos es dado hacerlo en política. Esta sería la enseñanza principal de la exposición a la incertidumbre.

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