La fantasía sólida 20 de enero de 2016 | 1:00 am

Principios sin valor

Hoamatland (homeland) (zeitfaenger.at)

¿Será el yo la primera patria que se nos impone? ¿Será el tú? ¿Por qué los héroes de las mayúsculas (Arte, Ciencia, Religión, Poder, Política, Libertad, Humanidad, Mundo, Estado, Nación, Patria, Pueblo, Cultura, Raza, Izquierda, Moral, Seguridad, Necesidad, Trabajo…) han izado estas tiernas banderas, el Yo y el Tú, hasta alturas que dejan abajo muy abajo, y fuera muy afuera, todo lo que suponga un nosotros real? ¿Por qué el Yo y el Tú están contra nosotros?

 

Nuestra primera llamada a filas sirve a la patria del Yo en una contienda contra el tú, porque donde reinan los principios todos los yoes quieren que los tues sean yoes. Pero la segunda fanfarria nos arenga en pro del Tú y entonces nos encontramos peleando por un Tú provisto para todos porque es un tú sin nadie más que Tú. ¿Por qué el único nosotros que nos ha quedado es el de la ideología, la vanidad, el victimismo, el público, los allegados, los amigotes, las rutas gastronómicas, las abstracciones vacías, el hablar por hablar y el activismo a distancia? Ahora, cuando no existe más acción que la del poder, la hipocresía y la militancia en pro de cualquier sacrosanta causa, el nosotros se ha reducido a escoria de la Cultura. Ese nosotros masa de anónimos que odian o aman a otros anónimos. ¿Cuándo fue cuando confundimos la hostilidad y la cordialidad con la desesperación?

 

¿Acaso no hubo intuición, previsión confusa e imaginación sin nombre antes del Yo-Tú-Nosotros? Más allá -o más acá- de un presumible nosotros original, ¿no hubo un estadio previo al yo? Sí, debió de haberlo. Se trata de la conciencia que no sabe nombrarse a sí misma pero sabe escapar del peligro si este acecha y sabe satisfacer sus deseos indefinidos en la diversidad de las condiciones reales. ¿Será la conciencia la primera de nuestras patrias?

 

La conciencia no valora, o quizá, para que no pueda parecer que se desprecia la memoria, diremos que la conciencia siempre valora todo lo que sucede como si aconteciera por primera vez. No distingue, ni clasifica, ni categoriza. No es crítica, ni moral, sólo acomodaticia. “Adaptativa”, con más petulancia. Por eso permite a todos los seres que la poseen -y según esta concepción es imposible descartar a ser vivo alguno- seguir adecuadamente vivos siendo sencillamente lo que son, hasta que dejan de ser. Su única discriminación resulta del engrosamiento vegetativo -lo que incluye seguir vegetando-, en el que participan no sólo numerosas cualidades fisiológicas más o menos entrenadas, sino también un sinnúmero de meticulosidades sentimentales, aptitudes intelectuales y prescripciones ideológicas que se intrican hasta conformar esa amalgama divina que llamamos espíritu y que, liberado de la conciencia como los insectos maduros se liberan de la pupa, es capaz de valorar por sí mismo, siempre que, eso sí, haya sido previamente iniciado por los sacerdotes de turno.

 

Pero ¿de qué valoración hablamos? No, desde luego, del valor entendido como la Gracia de Dios que creemos merecer mientras nos afanamos en la búsqueda del Santo Grial Moral. El valor es producto de la convivencia entre conciencias y, en contraste con esto, el principio es la normalización del valor, el producto final del sometimiento de esas conciencias al imperio de la conciencia única (algo muy parecido a la voz del Estado u Opinión Pública). La definición de Estado hobbiano-webberiana quizá pudo ser acertada en la génesis de esta apoteosis del poder, pero ahora, cuando el Estado se halla en una fase intrusiva y extensiva, sí, pero fundamentalmente conservadora, este se asienta sobre todo en lo que Guy Debord conocía tan bien: “Cuando el espectador no encuentra lo que desea, desea lo que encuentra”. Claro. Cabe pensar que la tecnologérrima incomunicación a la que nos vemos arrojados por la urbanización universal (llamada globalización) produce una insatisfacción constante; que la publicidad-propaganda se encarga de establecer los objetos de deseo que los perpetuos espectadores deben anhelar cuando el deseo ya sólo puede pretender no convertirse en frustración; y que, finalmente, los principios nos ayudan no sólo a perpetuar en un vademecum doctrinal esa cadencia alienadora, sino a soslayar el ímpetu de la moral natural (?), la de todos los días, capaz de examinar cada situación con ojos no alienados, no ególatras, no fanatizados.

 

Sea como fuere, la ética -con mayúscula tremenda- impone un regreso a cierta animalidad porque la única manera de conseguir la famosa suspensión del juicio, de poner en práctica la epojé, es contener el puritanismo axiológico dentro de la ancha tierra de nadie que se extiende entre la conciencia y el acto. El filántropo que lea estas líneas no debería escandalizarse ante semejante propuesta regresiva, porque en esa misma tierra de nadie que acabamos de mencionar también habitan la consciencia y el nosotros. Lo habitual es que, sin saberlo, permanezcamos en los límites de la animalidad mucho más tiempo del que creemos o nos gusta reconocer y que cuando pretendemos escapar a este atavismo zoológico sólo logremos domesticar nuestra consciencia hasta convertirla, y convertirnos con ella, en animales domesticados. Lo peligroso para la conducta humana no es la marea de impulsos y valoraciones animales, sino la incapacidad psicológica (y acaso la imposibilidad cultural) de forzarse a ser simplemente compasivo durante el tiempo necesario para soslayar la entrada en tromba de los principios mediáticos en nuestros pensamientos y decisiones. La buena educación, en realidad, no es cuestión de conocimiento y puesta en práctica de tales o cuales maneras y normas, sino de un acrisolar el comportamiento conforme a los sentimientos que permiten alejar de la vida el odio y el desprecio.

 

No, no debería escandalizarse el lector biempensante porque el buen pensamiento arrastra en sí mismo una enorme dosis de animalidad. Bien mirada, la suspensión del juicio es una forma de prejuicio mucho menos animal que la propensión al juicio sumarísimo de los acácidas (palabro que saco de la chistera para designar a quienes no deciden sobre sus vidas porque no quieren o porque no pueden). Políticamente, en la epojé la decisión de quien valora la libertad está aplazada sin tiempo mientras que en la servidumbre política la decisión -incluso de quienes enarbolan el principio de la libertad- se encuentra implícita en el estar social. La percepción, el razonamiento, y el juicio moral, todo ello sin libertad real, conforman un estadio amalgamado bárbaro (por ultracivilizado, no por precivilizado) que encamina hacia una sociedad en la que la vida estabulada se impone a la vida en común. Y quien lo desee puede tomar este hecho como una prueba más de que el progreso cultural tampoco existe.

 

Parafraseo a Santayana. La conciencia (él dice la inconsciencia) es la desnudez de la naturaleza humana. Cuando somos principalmente conciencia somos esos animales escépticos pero intuitivos, imaginativos y ciegos de fe, que el resto de criaturas de la Tierra reconocen -y casi siempre temen- inmediatamente. Cuando la conciencia -que es de por sí inconsciente- se hace consciente primero a través de los sentimientos y después a través de la razón, dejamos de estar desnudos, pero entonces comenzamos a tener problemas para reconocer si la realidad es nuestro nuevo ser vestido de senso-intelecto, si lo era nuestro antiguo e inconsciente ser desnudo, o si sólo lo son las vestimentas lógicas y las legislaciones que esa percepción discursiva fabrica para explicarse el mundo.

 

Entre estas vestimentas culturales los principios son las normas éticas que asumimos para ser más conciencia que conscientes durante el mayor tiempo posible, sin sentirnos embrutecidos. Y la mejor forma de forzar un estado perpetuo de conciencia es convertir el yo en un medio para alcanzar ese otro Yo mitológico con el que debemos identificarnos. En la consecución de este anhelo es necesario que los principios encuentren acomodo entre nuestras inclinaciones y la Actualidad -que a su vez es la doctrina nodriza, tan datificada y datificadora como cronologizada y cronologizadora. Después pretendemos haber asimilado esos principios para llevar el mapa moral del universo en nuestra individualísima cabezota.

 

Pero entonces, entre las muchas incontinencias que sufre el Yo trufado con principios hasta alcanzar la talla heroica está la del deseo fagocítico de sentirse nosotros, como si intuyera que ser nosotros significa un ascenso en la jerarquía de la Política y una degradación en la de lo Político, y en ello vislumbrara una gloria literaria y rockera. Así se origina el nosotros sin ellos o el nosotros con ellos aunque no quieran, el nosotros hecho, el nosotros patria. Y, queriendo y diciendo haberse entregado a la Política, es cuando el Yo se eleva a los más alto de lo Político, o sea, al Estado. El Estado soy Yo. El fascismo sólo es la intentona del nosotros real de parecerse al nosotros mitológico, egóico y total de lo Político. Por poner un ejemplo: “Nosotros el pueblo de los Estados Unidos…” es un principio de individuación típico de la abstracción espectacular con la que el poder somete a las masas. El plural nosotros pasa al singular Pueblo y la imposible coherencia lógica la impone el principio del pluralismo encarnado en la diversidad de partidos, ideologías, sectas, equipos y marcas comerciales que pululan en la mediosfera. El Yo-Actualidad, rostro del Estado-Yo.

 

Todo principio aspira a dotar de cualidad moral a la conciencia que, como entidad acrítica, no puede ser moral. Así que, para compensar a la sociedad por el lugar prominente en el que lo ha situado sin mérito alguno, el principio juega de buena gana el papel de maquillador de la noosfera impuesta por el Estado a las masas. Como resultado, esa conciencia tan semejante en todos nosotros (porque fácilmente proviene de la filogenia común y fácilmente conduce a una visión estereotipada e hipostasiada del yo) puede institucionalizarse en forma de axiología de Estado (educación en general y Educación para la Ciudadanía en particular) y universalizarse en forma de, por ejemplo, Derechos Humanos. Así que es cierto que, como sugieren algunas palabras de Rubert de Ventós, los principios sirven sobre todo a los súbditos para liberarse de su frustración construyendo una torre de excelencia doctrinal desde la que, en nombre de la igualdad conseguida, poder despreciar al resto de nuestros semejantes. Tal y como corresponde a su naturaleza, cuando los principios se han separado de los valores, cuando se han convertido en doctrina de Estado, en Ley, cumplen un doble propósito: homogeneizar a los que la obedecen hipócritamente y distinguir a quienes la dictan, transforman, interpretan y cumplen fanáticamente (es decir, más hipócritamente si cabe).

 

Dicho de otra manera, el principio es el paradigma de la moral, la cual no es paradigmática; así que este sobrepasa la escala de lo académico desde el momento en que comienza a estar fuera de discusión. Como Urbi et orbi entra a formar parte de la conciencia, es decir, de la comprensión acrítica del mundo, y se erige como una herramienta muy adecuada para uniformar a las masas. De hecho, constituye el redil intelectual de las masas. La propaganda-publicidad es el lenguaje propio de los principios puesto que empuja a imitar sin razonar y a defender sin entender o contrastar, como hacen todos los puristas que han visto crecer sus yoes junto a las matas de habichuelas mágicas que son las ideologías de la sociedad de la Opinión Pública. Los principios son los valores que existen cuando no existe humanidad que los aplique, o cuando estamos todos a la vez, la masa o la humanidad, sin objeto que valorar.

 

El valor axiológico del principio es mitológico. En realidad sólo puede haber principios cuando la administración de la educación ha forjado un mito societario previo. Si ese mito es la nación, los principios son de Estado, como lo son la inmensa mayoría de los que exhibimos. Y no, no crea el lector que subestimamos la, de vez en cuando, inevitabIe divinización de los principios. Culturalmente un solo individuo de nuestra especie es nada, sólo en comunidad nos sentimos (y de hecho somos) seres humanos, así que si no convivimos buscamos como hormigas sin antenas la identificación con cualesquier comunidades virtuales. Virtualidades que permiten a la Nación-Estado y su correlativo artístico, la Patria, ser el ayuntamiento de un villorrio virtual: el Pueblo. Y en este vertedero de afinidad sin necesidad de contraste (como el poder es orden sin necesidad de decisión) está el hogar de los principios.

 

Suponiendo que el bueno de Bacon se refiriera a la Historia y no al plácido transcurrir del tiempo, ¡qué lúcida sería su afirmación de que los prejuicios son momentos de la vida histórica de la experiencia, si no fuera porque en la Historia no hay experiencia, es decir, valores, axiología, sino épica mitológica estatal, principios, cratología! Efectivamente, escarbando en el fermento mitológico-histórico que forman los acontecimientos del poder es posible observar diferentes estratos doctrinales en los que no se encuentran valores de ningún tipo porque los valores no se conservan, ni se transmiten; sólo se experimentan, se viven, se echan a rodar. Las enseñanzas históricas no son en absoluto morales, por eso el repugnante Maquiavelo les tenía tanto aprecio: le permitieron ser erudita y asépticamente malo. Los principios extraídos de estas enseñanzas ‘amorales’ sólo son identificaciones con situaciones o personajes deseados, y, si los hacemos nuestros, otra vez nos encontraremos ante la necesidad de conservar lo dado para perseguir el deseo impuesto. Es la diferencia entre la vida forense y la vida experimental. La primera ajusta su trayectoria a las reglas, la segunda pone a prueba todas las reglas mientras trata de orientarse. Como cualidades aptas para la identificación de las masas, como axiomas éticos de la virtud, como preceptiva de la excelencia o de lo único, los principios son producto de la misantropía. El universalismo es una refinada forma de misantropía y la revolución es el momento en el que los valores se imponen a los principios, por eso todos los jóvenes a los que la disciplina no ha corrompido son revolucionarios.

 

Por contra, el valor nunca sirve para forjar, sino para, como acabamos de decir, orientar. No es útil para ser, sino para estar. Es el hacer, el decir y el pensar de los demás sobre cualquier asunto sometido al momento y al criterio propios. El descrédito de los valores, que nos ha permitido sumirnos en terribles contradicciones, incoherencias e inmoralidades, pero que sobre todo nos permite a la inmensa mayoría vivir la vida ocupándonos únicamente de lo nuestro, tiene una explicación que ayuda a ser comprensivo con quienes valoran el no tener valores. No se trata sólo de que quienes se consideran a sí mismos ‘antivalores’ sean comodones éticos que se dejan arrastrar por el bufé de placeres egotistas que ofrece el nihilismo en boga, sino que, además, son víctimas de la ausencia de convivencia real a la que nos empuja la Sociedad-Estado y, consecuentemente, hijos del oportunismo.

 

Los valores son efectos inevitables de la rutinización, ritualización, y teorización, es decir, de la asimilación por parte de la conciencia individual del hecho ineludible de la vida en comunidad. Es muy posible que em el origen de los tiempos -que cada uno ponga ese cuándo donde le plazca- los valores se diferenciaran muy poco de las soluciones a ciertos problemas convivenciales. Y mientras se parecieron a soluciones, debían de ser tan flexibles y útiles como cualquier solución adaptada a la realidad de un problema. Sin embargo, los valores perdieron toda su flexibilidad cuando se transformaron en principios doctrinales universales que en lugar de solucionar problemas, los causaban. Y sus enfrentamientos metafísicos debían ser solucionados por el comportamiento de la sociedad, comportamiento que dicta la ideología política. Por eso lo Político, el Estado, es el moderno manantial de toda Moralidad.

 

Traca final. Sin principios no hay sociedad, sin valores no hay comunidad. Con principios la comunidad se extingue, con valores la sociedad peligra. La universalización de los principios sólo puede entenderse como respuesta a la previa universalización del Estado que trajeron los grandes imperios. Un hombre que deja su tierra, su familia y su comunidad para predicar el imposible Amor universal tiene que ser un loco, o un Dios. En nuestro caso, un Dios. La llamada revolución es la conducción de ciertos valores desde el seno del grupo social, que actuando pseudocomunitariamente los puso en liza, hasta el Estado que los convertirá en Ley. De la Moral dada a la Moral deseada. Del Estado al Estado. Los derechos humanos cobran sentido si son vistos como la armadura de oro con la que el Estado blinda al individuo para que siga siendo depositario de valores destinados a extinguirse como las velas de los lampadarios, mientras él -el Estado- se arroga la custodia de los principios. Según esto, es inevitable que los valores terminen significando poco más que una estrafalaria decoración prefabricada para egos ansiosos de notoriedad.

 

Post scriptum. Ahora que termino este vómito, les confieso que no sé por qué diablos he sentido la necesidad de salvaguardar el concepto de valor. ¿Qué pretendo haciendo del valor en un sancta sanctorum de la libertad? ¿Acaso mi vanidad de proxeneta todavía pretende delimitar territorios inexplorados en los que sea fácil vivir la ilusión de ser el Gran Uno? Valor de la Convivencia, Principio del Estado. Entre el valor y el prejuicio media el famoso empoderamiento… ¿y qué?, ¿no son la Religión y el Derecho -o la Doctrina y la Legislación- y con ellos y por ellos el Estado, el único nosotros real? A parte de quedarme a gusto rebañando categorías intelectuales como una hiena cultural, ¿qué hago yo por nadie?, ¿qué hay mío, verdaderamente mío, en nosotros; o nuestro, verdaderamente nuestro, en mí?

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