El Diluvio Universal 1 de octubre de 2014 | 2:00 am

Pornografía

Princesas Disney

Aunque el fondo del asunto tal vez no haya cambiado desde, pongamos, la revolución francesa, cuando puede empezar a hablarse de un caudal de literatura pornográfica, la facilidad de acceso por un lado y la sociedad del espectáculo por el otro han introducido nuevos factores importantes en el mundo de la pornografía. Obviamente el uso por parte de minorías o por las masas cambia en cierto modo la cualidad del objeto, aunque seguramente no su sustancia. Más decisivo todavía que el número o la facilidad de acceso resulta el prisma desde el que se usa la pornografía –o cualquier otra cosa, en realidad–, y aquí habría que considerar necesariamente dos fenómenos íntimamente relacionados: el mercantilismo exacerbado de nuestra era y lo que Guy Debord llamó sociedad del espectáculo.

 

Todo, absolutamente todo lo que se produce en la actualidad, ha de pasar por el filtro de lo especular. Esto explica la pobreza artística de nuestros días, pues el artista empeñado en vivir de su arte no puede sino venderse al mundo especular del tráfico de imágenes vendidas y vendibles. Y una vez que ha tocado este mundo, su núcleo emancipatorio –por ponerlo en términos hegelianos– queda abolido.

 

El espectáculo es lo más decisivo del asunto pues cambia por completo el acento moral. Así, la venta sin cuartel de mitos antiguos por la fábrica disneylándica es moralmente mucho más corruptora que la exposición diáfana de la sexualidad o la violencia. Precisamente en los mitos antiguos no faltan éstos, y siempre y cuando sean fieles a la realidad son precisamente morales. Pero faltar a la realidad, como en la configuración de estereotipos frígidos del comercio postmoderno, se atenta contra el sentido moral, que es la fuente de la libertad.

 

Lo moral va siempre de la mano de lo estético. Y aunque no sea arte, no podemos olvidar lo simplemente lúdico. Lo lúdico puede degenerar hacia lo enfermizo, como en las apuestas, el consumo de drogas o la misma pornografía, pero ambas no deben confundirse. Aunque con frecuencia sea difícil, debemos procurar distinguir entre lo lúdico y el proceso de objetualización de la sexualidad o cualquier otra fuente de placer.

 

El valor de la exposición pública de lo sexual –no estoy seguro que ésta sea una definición aceptable de la pornografía– es principalmente lúdico, y dadas las condiciones del mercado –esto tanto ayer como hoy– conducen con suma facilidad, pero no siempre necesariamente, a la objetualización. Tal exposición es, en la actualidad, casi siempre estética o artísticamente nula. Salvo casos contados –por ejemplo en el cine (pienso en películas como El Amante o La Vida de Adele)–, no aporta nada al conocimiento de la naturaleza humana o a inspirar un asombro genuino.

 

Lo cierto es que estamos permanentemente sumergidos en un mundo de destellos obscenos sin que apenas nadie levante un dedo contra ellos, desde la princesa Disney, los estudiadísimos incentivos de la publicidad, o la telebasura. El cine, al ser un arte de masas –si es que aquí no hay oxímoron– cae continuamente dentro de esta –yo llamaría– ‘inocente obscenidad’, con sus actores y actrices rutilantes, su brillo y su color, sus insulsas insinuaciones. Sus exposiciones públicas están medidas con regla, a la postre manipuladas por una industria gigantesca que sabe bien lo que hace con su público. La sexualidad es utilizada hipócritamente, impúdicamente: si una exhibición pública de los genitales es rápidamente condenada, también es rápidamente bienvenida, sin que en ninguno de los dos casos suelan mediar criterios verdaderamente estéticos.

 

Decía Georges Bataille en su introducción a El Erotismo que la sexualidad es de por sí problemática. A nivel sociológico, gracias a la sociedad del espectáculo se ha incrementado la sutilidad de la problemática, que ya era difícil, si no imposible, de desenredar. Cuando Debord, en la versión cinematográfica de su obra, mostraba mujeres desnudas como uno de los cebos principales que desvían nuestro ser de la realidad hacia lo especular tal vez no entraba en el fondo del asunto, lo cual es sorprendente, pues precisamente a un marxista no debería habérsele escapado la peculiar mentalidad pequeño burguesa que yace en la impudicia hipócrita de la constitución de la sexualidad como objeto explotable en lo especular, una forma de prostitución maligna sin paliativos.

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