El Diluvio Universal 14 de junio de 2015 | 4:47 pm

Ocupaciones estatales

plow-side_1013476i                                                                    

                                                                            — A Félix Rodrigo Mora

 

Si bien en el arte premoderno figuran no sólo formas de transcendencia sino también de dominación, el discurso estético anti-medievalista (por ejemplo en García-Trevijano) que ensalza el Renacimiento como recuperación del ideal de belleza clásico en contra de la supuesta fealdad medieval previa delata una ambición estatista de organización de la realidad que gusta de imponer un canon rígido sobre formas orgánicas que principalmente viven y no hablan de sí mismas.

 

Tal vez habría que localizar el origen de la propaganda en la vanidad.

 

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Con el estado tiende a desaparecer el sujeto, lo que subyace. Ésta ha sido la gran consecuencia de la imposición del estado en todos los dominios de la vida. Lo que subyace: sin importar de momento si se trata de un sujeto individual físico o colectivo moral. El estado es lo más parecido a la nada que conocemos, aunque decir que lo conocemos es probablemente mucho decir. Como en la novela de Ende La Historia Interminable, la nada del estado se va tragando todo lo que subyace, la fantasía, hasta que sólo queda, ya implacable e incontestable, el principio de realidad. El estado es seguramente la causa última del nihilismo de nuestra época, sobre el que tanto se ha escrito.

 

No queda apenas nada que subyazca. El estado está al mando del juego del poder, ése que en un tiempo podía aún combatirse con las armas. Hoy el estado es todo, o sea, nada, hasta los recesos más profundos de la conciencia. Estaba ya vislumbrado en la Lógica de Hegel, aunque una cosa es jugar con ideas y otra efectuarlas en la realidad.

 

Lo que subyace: en conjunto, ruinas solamente. En algunos lugares casi polvo; en otros, alguna bóveda intacta.

 

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La mentalidad estatalizada tiende a reírse de las historias de redención. El Apocalipsis es un libro tan remoto a nuestra era como pueda imaginarse, y así, de paso, parece cumplirse lo que allí se dice. Pero no se ve con facilidad porque el estado es incredulidad de lo transcendente. Desde el inicio, el estado ha operado totalitariamente desde la plataforma del conocer, o sea, de lo que debería ser posterior y no anterior, y así ha ido insertándose en cada eslabón del desarrollo de la conciencia, filogenética y ontogenéticamente hablando. Lo que era un mero resultado de la acción, de la vida, del ser, torna a ser el espacio desde el cual se ordena lo que ha de ser. A medida que se expande el estado, estadios más profundos de la conciencia, ya sea individual o colectiva, van siendo arrasados por ese rastrillo amorfo que es (o meramente está) el estado.

 

Esta imposición del conocer sobre el ser es una versión –ahora absolutamente aplastante– de la antigua preferencia del logos por encima del mythos, o de la episteme por encima de la epimeleia heautou o cura sui (cuidado de uno mismo) de la que habló Foucault en sus últimos años. La razón principal de esta victoria y de la permanencia de su tiranía ha de radicarse necesariamente en sus ventajas, en las comodidades inmediatas que facilita, y que por ser de carácter inmediato fuerzan a perder todo sentido de lo posible, de los otros, de lo remoto, de lo ideal, de lo difícil, de lo que ignoramos, de lo abierto.

 

Una vez aparecida en el escenario, el logos (o la ratio), que estaba inserto en un mundo que de hecho daba más importancia al cuidado de las cosas, de uno mismo y de los demás que a su conocimiento, ha ido paulatinamente, con más o menos altos y bajos, anticipándose, sustituyendo al cuidado de uno, los demás y las cosas, y conquistándolo todo. De seguro, la estructura del mythos implica represión y dominación, como antes el tótem, y no cabe negar que el logos ha arrojado luz sobre ello poder gracias a su poder analítico. Pero tampoco puede olvidarse hasta qué punto un logos librado a sí mismo, desprendido del cuidado del mundo en que estaba inserto, está conformando un tipo de vida, si es que pude llamársela así, más propia de las máquinas de que de seres humanos. No parece posible que el logos, por sí mismo, alcance la libertad o la emancipación que promete cuando se independiza. Necesita tanto del relato (myhtos) emancipador como de un cultivo no epistemológico o científico de las formas vitales, más ligadas a los afectos. El equilibrio será necesariamente precario, y más cuanto más profundicemos, pero en esta precariedad vive la libertad, que ha sido aniquilada por una ambición de seguridad en el conocimiento de imposible realización. No olvidemos, como ya señaló Aristóteles, que el pensamiento es tan solo posibilidad.

 

En este sentido, el ataque a la ciencia no ha finalizado. Un ataque que no puede ser epistemológico o destructor (retrógrado), sino más bien consistente en dejar de idolatrarla, en cuidar afectivamente del mundo, y en recordar siempre el ámbito de lo mítico-simbólico, allí donde asoma otro tipo de realidad y de verdad. Dentro de este ‘plan’ no puede ni debe evitarse el trabajo del logos alterando, corrigiendo y ordenando, que no puede entenderse –al modo regresista– como calamidad. El paraíso no está detrás nuestro. La ordenación de contenidos, la discusión y la crítica son imprescindibles; no podemos de hecho imaginar una situación en que no existan. Pero en lo que se refiere a lo artístico (ámbito más propio del mythos que del logos), la ordenación es ónticamente posterior (o secundaria) con respecto a los contenidos de verdad, sobre todo allí donde se da cuenta de una realidad transfigurada y redimida.

 

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Lo estatal toma sus premisas de lo societario, de la idea de que una reunión social, un colectivo, es consciente, o de que la voluntad es el pegamento. Así como la comunidad presupone involuntariedad, espontaneidad, por oposición al voluntarismo de lo societario (F. Tönnies), la construcción de una comunidad trans-estatal tal vez comporte una cierta voluntad, aunque distinta a la que aglutina los miembros de una sociedad. La voluntad, que es ya política, de construir lo común –íntimamente asociado a lo comunitario– allí donde haya oportunidad, tratando así de adquirir –no sé si devolver– lo que ha sido devorado por el estado, es sin duda una de las tareas claves del futuro.

 

El estado sustituye esta voluntad de construcción por un automatismo abstracto de poder, por confianza en una regulación infrahumana, organizando el gobierno de tal modo que nunca haya un alguien sino una cadena de mando impersonal en que sustancialmente da lo mismo quién, cómo o el qué; lo que importa es que funcione. Se trata pues un poder librado a sí mismo sin las cortapisas de lo propiamente humano, que necesariamente conlleva problemas, contemplación, deliberación, conclusión. La gran paradoja del estado consiste en que de tan voluntariosa que quería que fuese la comunidad –o más bien sociedad– de sus miembros, llamados ciudadanos, ha tornado en la reproducción en masa de un patrón que ya nada ni nadie humano controla o en realidad siquiera conoce. Apenas se habla de ello, un signo verdaderamente inquietante.

 

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El tiempo establecido por la máquina lo ha cambiado todo. El reloj del campanario es sin duda su antecedente, pero el rigor con que estamos hoy sometidos al tiempo mensurable por el mecanismo, sin curvas o profundidad, sin grietas, sin espacio para subjetividad, e inscrito en un universo de producción tan enorme y tan dominado por el nanosegundo, donde apenas existe ya la solución de continuidad de lo humano, del sueño, entre tarea y tarea, habla de una penetración de la opresión en el cuerpo social hasta recesos insospechados. No queda tiempo para pensar: construimos pensamientos basados en impresiones fugaces, casi siempre interesadamente inoculadas por el poder, pero absortas, como envueltas en papel de celofán para un consumo raudo y efímero. No queda apenas tiempo para contrastar con las impresiones ajenas, y a partir de ahí construir.

 

Tiempo de máquina y tiempo de estado son equivalentes. Esta reducción de lo temporal a lo más superficial, auxiliado por todos los poderes descubiertos hasta la fecha, sobre todo técnicos y logísticos (en última instancia la posibilidad de una guerra atómica de consecuencias que a la vez comprensible e incompresiblemente queremos ignorar), explica el terror del poder a todo lo que tenga que ver con la profundización en la conciencia, ya sea individual o colectiva. Ésta es por ejemplo la razón esencial de la ilegalización de las drogas o la sospecha que recae sobre cualquier otro vehículo de ruptura, como el arte, con el tiempo maquinal. Aunque el estado ha demostrado tener medios suficientes para absorber y utilizar estos medios para su propio provecho, no puede afirmarse tampoco que todo esté decidido.

 

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Entre otras victorias –las más– movidas por la fuerza, el estado vence asimismo en cada ocasión que desatendemos lo propio, lo ajeno, lo común. Son estos espacios de atención y de comunión los que va colonizando el estado y, a partir de aquí, penetrando en las formas determinadas previas, ahora (in)determinadas bajo su signo. Como apunta Félix Rodrigo Mora, la empresa del estado fue desde luego un proyecto consciente de ciertas élites, pero su alcance y consecuencias eran (y son a cada paso) impredecibles. No es, pues, menos cierto que hay algo impersonal o superior a la consciencia al respecto. Sólo adivinamos tales (in)determinaciones estatales a posteriori, y nunca completa o claramente. La esperanza vacía de un mundo mejor es el pasto en que se alimenta el virus estatal, y con ella tantas otras supuestas emancipaciones metafísicas actuales, que no son más que excreciones de despolitizaciones subjetivistas o desubjetivizaciones politizadas que sirven a la desatención de la redención final, con forma.

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