Cofa del mesana 14 de mayo de 2015 | 6:52 pm

Mutación

paleodieta

Sin la innovación biológica de la reproducción sexual no podría hablarse de evolución con propiedad. En vez de la mera réplica de sí mismo, el material genético de la descendencia fue la combinación del de los progenitores, dando lugar a la novedad y al error. Cuando éstos resultaban vitalmente útiles a sus “usuarios”, terminaban generalizándose hasta constituir un nuevo tipo.

 

No hay razones para asegurar que exista algún modo de comunicación sobre la conveniencia de “transformarse” en esta o aquella dirección. Ello implicaría que la vida está “dirigida” por alguna entidad “inteligente”. Suele considerarse que la variación es puramente aleatoria: son las condiciones ambientales el factor decisivo a la hora de convalidar, de facto, las diversas características, muchas de las cuales parecen de por sí insignificantes, ganando presencia a base de una continua acumulación. No obstante, hay quienes propugnan, o al menos no descartan, la súbita aparición de “monstruos” mutantes, algunos de los cuales eventualmente lograron perdurar propiciando nuevos brotes en el árbol evolutivo.

 

Si nos fijamos detenidamente, y considerando el principio generativo-expansivo como algo propio de la vida: es el “movimiento” de la Tierra —y no me refiero al astronómico, sino también al geológico— la causa fuerte de la selección de los tipos de seres que han medrado en ella. Y esto parece ser así hasta llegar a un límite: el hombre; o, mejor dicho, el advenimiento del ser humano.

 

Es posible relacionar la primera transformación en pos de la humanidad, esto es que ciertos grupos de primates africanos hubieran de desplazarse sobre sus dos extremidades inferiores, por factores “astrogeoclimáticos”, tales como la proliferación de los espacios abiertos y una mayor insolación. Sin embargo, en lo que atañe al desarrollo encefálico, es estéril recurrir a ellos independientemente del aumento de la complejidad social en Homo.  En estas condiciones, los sujetos son «señaladamente dependientes de una característica de su medio, esto es, de sus compañeros configurados como grupo» (Carrithers, 1992). O, dicho de otro modo, las aptitudes sociales no son algo neutro respecto de las posibilidades reproductivas de un individuo, como tampoco lo son las habilidades particulares de cada miembro del grupo, en lo que respecta a la eficiencia en localizar nuevas fuentes de alimento, alertar de la presencia de depredadores, defender un territorio, etcétera, para la supervivencia del colectivo, siempre y cuando exista algún medio de que la innovación individual pueda ser emulada por los compañeros.

 

La aparición del lenguaje simbólico asociada a grupos exogámicos forjó un universo colectivo. La “razón” mitológica, unificadora de la impronta ética, la independizó de los avatares de la supervivencia. En un momento dado, alguna crisis regional propició la búsqueda de nuevos recursos más allá del tradicional forrajeo. Recursos cuya explotación —en forma de agricultura y ganadería extensivas— significará el final de las pequeñas comunidades igualitarias, que se adaptaron a las nuevas presiones, incluidas las de los grupos humanos colindantes, mediante una transformación sociopolítica de imposible vuelta atrás. Y el universo colectivo hubo de sincronizarse.

 

La incomparablemente mayor porción de tierras emergidas del planeta es el “macrocontinente” afro-euroasiático (añadiendo África por el Sinaí, aun admitiendo el relativo aislamiento de la fracción subsahariana). El “centro” aproximado, y auténtico eje del tránsito humano y material, se situaba en la llamada Media Luna Fértil, no en vano, cuna de la “civilización”. La comunicación terrestre con el Extremo Oriente quedaba, no obstante, bastante limitada, al tener que atravesar, entre otros, parte del mayor arco montañoso del mundo y sucesivos desiertos. Si se elegía ir por mar, la travesía desde el Golfo Pérsico hasta la Península indostánica era relativamente cómoda; sin embargo, el Tíbet y las selvas indochinas suponían un nuevo obstáculo para el viaje hacia el noreste. El caso es que el “cuello de botella” de la Ruta de la Seda bien podría taponarse, y la vía marítima imposibilitarse, cosa que sucedió intermitentemente desde la irrupción del Islam, y ya permanentemente con la explícita amenaza de los turcos otomanos, que acecharon Europa. Fue, precisamente, el extremo de poniente el que salió perdiendo con tal desconexión de, entre otros, la China Ming, indiscutible primera potencia mundial por aquel entonces. No jugó un papel despreciable esta situación geopolítica: los reinos atlánticos se decantaron por el mar; así, circunnavegaron África y tropezaron con el Nuevo Mundo. Y fijémonos que, al añadir América, Europa Occidental quedo como la nueva región axial, ahora sí, de la totalidad del globo.

 

En la “escala” de los grupos humanos, las sociedades igualitarias, de “economía” de intercambio recíproco, o las basadas en el parentesco, dadas a la práctica del regalo, cedieron ante los estados prístinos, sociedades de estatus, de naturaleza exactora, o intercambio desigual, pero de incomparable poderío militar y capaces de una inaudita intensificación agrícola. El estado, primero ciudad, luego reino, caminó hacia el imperio, habida cuenta de su innata tendencia a la expansión. La absorción de nuevos contingentes humanos mediante la conquista aliviaba la base del escalafón, para los que significaba un relativo “ascenso”, al quedar por encima de los incorporados como esclavos. Cuando sucumbía ante los aguerridos nómadas de la periferia, éstos terminaban incorporándose constituyendo una nueva dinastía. Pero en el momento en el que las barreras geográficas y humanas proliferaron, el imperio, incapaz de ganar más tierra y súbditos, volvió a fraccionarse en reinos y señoríos, con fronteras más o menos acordes a las antiguas divisiones administrativas o a los accidentes del terreno; y Europa era abundante en ambos.

 

Durante siglos, la mayor parte de los europeos occidentales vivió en sus pequeñas comunidades rurales, desatendiendo los grandes asuntos políticos, y limitándose a entregar una parte de la cosecha a sus señores. Algunos de éstos terminaron enfrascados en los conflictos por las herencias entre príncipes y sus argumentos de religión. Pero la súbita posición de los reinos atlánticos como el nuevo centro del mundo lo cambiaría todo. El oro y la plata de América revitalizaron los negocios, tanto más pingües cuando el tráfico de mercancías había de salvar grandes distancias. La guerra, sobre todo en el mar,  y su tecnología, interfirieron con el comercio; y el comercio con la riqueza de los reinos, o mejor dicho de los potentados comerciantes y financieros urbanos, cuyos beneficios sobrepasarían ampliamente las rentas de la tierra. Mas su actividad demandaba la protección y el poderío militar de los estados competidores.

 

En este ambiente sobrevino la mutación. Sucedió en la región centro-sur de la isla de Gran Bretaña. Allí, las circunstancias parecieron conjurarse para finiquitar la sociedad tradicional de forma demasiado brusca. Pasado el auge comercial, en una situación de incertidumbre internacional y apuros financieros, los pioneros no tardaron en comprobar que era factible obtener una mayor ganancia de la tierra. La referencia del precio de arrendamiento del acre de parcela fue el precio global de la lana que cada acre generaba en una temporada. La presión por mejorar y asegurar los rendimientos agropecuarios llevó a la política de cercamientos (enclosure laws). De repente, una ingente masa de desarraigados y desocupados arribó a las ciudades añadiendo sus necesidades, que habrían de satisfacerse, naturalmente, a la manera mercantil. Fue la sociedad, al menos en una porción suficientemente significativa, lo que mutó. E insistiré en ello hasta la saciedad: extraer las relaciones económicas de sus tradicionales vínculos sociales y materiales hasta convertirlas en impersonales transacciones dinerarias, obligando a los comunes a enfrentarse solitariamente a sus necesidades vitales en flagrante inferioridad, tanto como para verse empujados a aceptar las disposiciones ajenas, constituyó un lucrativo negocio para unos pocos. Crear las condiciones sociopolíticas favorables para lograrlo, aun aceptando la falta de voluntariedad en conseguir estrictamente el resultado que se dio en el caso prístino (el referido de Inglaterra y Gales), sí formó, a partir de entonces, parte de los programas estatales o “nacionales”: la mutación había triunfado.

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