Cine 1 de mayo de 2015 | 12:30 am

Max y Riggan

Cartel de Las palabras de Maxbirdmanposter

Más cool, incluso, que aquel que tiene un pie en el mundo de los hombres y otro en el mundo de lo dioses, el chamán, el eremita es posiblemente el primer personaje verdaderamente cosmopolita de la eterna Historia. Se halla este a medio camino entre el santón y el intelectual ya que el santón supo en su día que se masturbaba, dormía, comía y bebía demasiado sin los otros y decidió darse a ellos, mientras que el intelectual, justo en la otra orilla del océano estético, comprende que se masturba, duerme, come y bebe demasiado con los otros y abomina de la muchedumbre para, en su retiro, encontrar la inspirada abstracción del mundo, y el equilibrio de las emociones que le permitirán regresar exclamando eureka y estableciendo cátedra moral. Entrambos el eremita, ya se ha dicho, alejado de las rutinas cotidianas que enturbian la luz, pero entregado de por vida a la contemplación de la otrosidad y a regalar un instante de compañía tan efímera como transformadora a cualquiera que lo desee.

 

Y sin embargo ese eremita perfectamente fashion de puro fusion, el mismo ¡ay! que ha visto pasar lo siglos, ¿cómo podría haber sobrevivido a la era de las wikirutas, el tiempo en el que la montaña no esconde más que paisajes únicos e inaccesibles fotografiados millones de veces? No, el eremita, que es tan fotófobo como las cucarachas, se ha visto impelido a mutar para soportar la luz perpetua que alumbra las calles, las cumbres y las simas de la cultura posturbana o, si se quiere, megalopolitana. Ya no hay eremitas y todos los santones, los intelectuales y los artistas devenidos de la descomposición de aquellos -y también los que pueden considerarse de pedigrí- se han encontrado con un elemento extraño y sumamente molesto: la soledad. Soledad como premio apestado de la sociedad transmoderna pues, entiéndase, no hay soledad deseada. Pobrecitos.

 

Si no nos falla la memoria, mediados o en finalizando los felices años ochenta, en plena edad del crédito -ese maná del capitalismo estatal- capaz de hacer poseer cualquier cosa a muchos y capaz de hacer hablar bondades de la economía incluso a quienes lampaban paladinamente, el propio Martínez Lázaro tachó de oscura y falta de humor su Las palabras de Max. Claro. En aquel momento de triunfo de la democracia, de movidas convertidas en epifanías culturales, de subvenciones generosas, de europeísmo y otanismo, de expulsión de le bestia rampante… ¿quién podía desear plantarse ante un tipo que anhela sobrevivir a la soledad sabiéndolo todo, hablándolo todo, escuchándolo todo? ¿Quién iba a soportar al vanidoso cultural cuando la cultura, por decreto, se había convertido en un derecho de nacimiento incluso para los más recalcitrantes zopencos?

 

Las palabras de Max o la inesperada futilidad del saber. El intelectual acosado por la soledad que habita entre el tanto nomini nullum par elogium cortesano y académico, anterior a la sociedad de masas, y el tanto nomini nullum par elogium mediático propio de una sociedad de masas entre madura y podrida. ¿Quién podría no enternecerse ante este Quijote posmoderno? ¿O no es Quijote quién se empeña en libar el jugo más profundo y hermoso de lo humano? ¿O acaso no es Quijote quien se atreve a afrontar, además de la aventura de hablar con el corazón, la heroicidad de escuchar? ¿Quién de entre ustedes, lectores asépticos, no se apiadaría del hombre que quiso saber y quiso que lo supieran, cuando el saber y el ser sabido no dependían ya de la convivencia? Y si no fuera suficiente con el fuste austero que el guión da al protagonista, ahí está Ignacio Fernández de Castro, el sociólogo y pensador que interpreta el papel y que en su delgadez barbada, en el tabaco negro consumido con elegante compulsión, en el suicidio de los amigos y en el fracaso sentimental, bofetadas incluidas, es estéticamente indisitinguible del personaje que interpreta. Como indistinguibles son los sentimientos eternos y la acabada educación mientras pugnan, a veces antagónicamente, por dejar atrás la soledad en un agotador ejercicio de dialéctica precedido de un desgarrador ejercicio de busqueda de seres humanos sensibles a la dialéctica.

 

Pero, si no fuera tu padre… ¿me querrías?– pregunta Max, en pleno ocaso de su singladura epistemológica, a la hija adolescente. La vanidad que hace real, al menos, la soledad; la curiosidad genuina por el alma humana; el incesto. A la mañana siguiente, muy temprano, la niña abandona a hurtadillas el lujoso refugio de montaña que les habían prestado. Max, siempre solo Max, tendrá que volver a arrastrar sus palabras para disfrutar de una prórroga advenediza en el mundo de los hombres.

 

Y mientras Max, el hombre que quería saber demasiado, muerde el polvo, Michael Keaton, el hombre que ha conseguido no saber nada, vuela. Descubrir el origen de la Virtud cuando en realidad se buscaba el triunfo, triunfo a toda costa, tiene el inconveniente de tener que lidiar con los efectos secundarios, entre ellos, quizá el más molesto, el desdoblamiento de personalidad. Es necesario dejarle la realidad a un pepito grillo, léase superhéroe emplumado, mientras la carrera del Ego teatral crece sobre el estiércol del comportamiento ajeno. Al final el triunfo llega de la mano de la verdad desnuda, del morbo en directo, la no representación, la animalidad, la inconsciencia… porque si algo anhela la sociedad del espectáculo, si algo echa de menos, es un segundo de realidad pornográfica: locura como no cordura, muerte como no vida, datos como no interpretaciones. El triunfo de la carne.

 

El caso es que Riggan Thomas trataba de saltarse la tapa de los sesos pero sólo consiguió reventarse la nariz. Y ahora una ventana de hospital le sirve de trampolín a la metafísica: vuela, vuela. Cuando lo ve flotando a medio francobordo de un rascacielos, su hija sonríe como se sonríe a los que se quiere y a los que se quiere sustituir por un mito. Papá ha alcanzado la mismisidad de los pájaros, la ignorancia absoluta del resto de los seres humanos. Es el inicio de la Virtud, con mayúsculas; y también el de la atroz locura: tomar las relaciones naturales como si del rozamiento con el aire se tratara. Birdman desencadenado.

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