Con permiso 14 de junio de 2014 | 2:00 am

Maquiavelo no era maquiavélico (IV)

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III.- MAQUIAVELO, PENSADOR DE TRANSICIÓN

 

9.- Maquiavelo y el pensamiento político moderno

 

«La sustancia del pensamiento de Maquiavelo, reconocía Leo Strauss,  no es florentina, ni aun italiana, sino universal. Concierne, y se propone concernir a todos los hombres reflexivos, sin tener en cuenta el tiempo ni el lugar».[1]

 

a). Efectivamente, Maquiavelo no era «un erudito que escribe por puro interés científico», decía Günther Holstein.[2]Las mayoría, sino todas sus descripciones y reflexiones sobre la política valen para todos los tiempos en relación con la práctica real, efectiva.   Strauss, pasando por alto, que en el último capítulo de El príncipe, deja de lado su frialdad para  defender apasionadamente la unidad de Italia, escribe en el lugar citado: «Hablar de Maquiavelo como de un científico,  es al menos tan engañoso como calificarle de patriota». Dejando aparte la caprichosa descalificación de Maquiavelo,  por lo pronto, no es un contractualista, concepto en el que descansa la ciencia política moderna, apartándose de la tradición romana para justificar la estatalidad soberana.

 

Para el escritor italiano, el principe nuovo, sea fundador o heredero, tiene que adaptar su poder al estado o territorio para conservar lo Stato, reformarlo,   o hacer de él un Stato. El fundador delEstado Soberano fue Bodino y, siguiéndole, inventó el pesimista nominalista Tomás Hobbes un Estado científico.[3] Para ninguno de ellos era un desconocido el pensador florentino.   La grandiferencia consiste en que el Estado Soberano tiende a utilizar contrario sensu su poder para adaptar el espacio y su contenido a sus conveniencias. Esta es una de las causas del auge de la estatalidad y de la ciencia política como un saber cratológico independiente, y, con el tiempo, superior a la teología. De ahí  la politización, confundida a menudo con la secularización; y también, que la política, influida por el nuevo espíritu científico, se convirtiera en parte de la filosofía teorética como la teoría que debe inspirar la práctica.[4]

 

b). Todas estas innovaciones fundamentales eran indudablemente extrañas a Maquiavelo, que, seguía concibiendo el saber político en el sentido tradicional de la techkné politiké utilizando la retórica humanista. Como decía Javier Conde, «la clave real de Maquiavelo  es la Retórica»,[5] que, como complemento de la dialéctica, es desde Aristóteles la lógica de la política en tanto «facultad de percibir en cada cosa lo que puede despertar fe»,[6] puesto que su sujeto es la opinión.  La opinión, que se guía por tópicos, no cuenta ya en Hobbes como un elemento principal.   Su lógica, tan  admirada por Stuart Mill, quien le consideraba uno de los pensadores más rigorosos de todos los tiempos, es la científica, la lógica sistemática, que desprecia la opinión.  Maquiavelo piensa en cambio, que si la opinión no está corrompida, “la multitud es más sabia y constante que un príncipe”.[7] En la terminología de Nicolai Hartmann, el pensamiento de Maquiavelo es “aporético” (a-poría, no hay camino), no “sistemático” como el de Hobbes.

 

«El ascenso de la política al nivel de la “ciencia” significa un rechazo de su problemática tradicional».[8] No es el caso de Maquiavelo, que, sin ser en modo alguno un tradicionalista, pero dentro de  la tradición de la política, describe las actitudes, los usos, las costumbres y las técnicas, morales o inmorales, de la época para hacerse con el poder, conservarlo y si es posible aumentarlo. Es, pues, falso que Maquiavelo haya  fundado la ciencia política en el sentido moderno. Ni parecen haberle atraído las consideraciones científicas ni la ciencia moderna estaba constituida en su tiempo. Esto no es incompatible con el hecho de que haya suministrado una masa de ideas al pensamiento político posterior.

 

Procurando seguir el consejo de Carl Schmitt sobre la interpretación en su Teoría del partisano,  “mantener las nociones y llamar a las cosas por su nombre”, se traen a continuación a colación algunos conceptos relacionados con el pensamiento político, que evidencian hasta que punto fue Maquiavelo un  pensador de transición.

 

 

10.- La tradición europea de la política.

 

El cambio histórico de la transición del estado social aristocrático al democrático afectó en muchos aspectos a la tradición genuinamente europea de la política. Esta era republicana desde los tiempos griegos, pues el Imperio Romano, del que nació Europa, era doctrinalmente republicano, aunque en su última época, el Dominado, prosperasen  ideas orientales importadas de las Monarquías helenísticas. Las monarquías feudales de origen germánico no modificaron sustancialmente esa tradición.  La Corona, símbolo del Reino, no le pertenecía al rey o era propiedad de alguna Casa o Dinastía. El Reino pertenecía al pueblo y la  herencia era sólo una costumbre práctica para evitar los conflictos sucesorios.

 

El rey representaba al pueblo, representado a su vez por una minoría, como el juez supremo, consistiendo la soberanía en la potestad de ejercer esta función social y hacer ejecutar las sentencias. Su poder estrictamente político, el poder ejecutivo, dependiente de sus propios recursos materiales, era muy limitado, hasta el punto que no era infrecuente que tuviesen los reyes que pedir ayuda al “pueblo” para casar al primogénito. Los miembros de la alta aristocracia, representantes del pueblo, eran iguales al rey, sus pares: en Francia se llamaban así y en Inglaterra existen aún,  al menos constitucionalmente, a pesar de los intentos de suprimir la Cámara de los Lores. El juramento era una institución fundamental -Hobbes lo distinguirá de la promesa- y el que obligó el Cid a Alfonso VI en Santa Gadea y  el que se exigía al heredero en las Cortes de Aragón antes de aceptarle como rey, reflejan muy bien que la sumisión de los príncipes a la omnipotencia del Derecho. Los aragoneses  juraban lealtad  al nuevo rey con la fórmula: “Nos, que somos tanto como vos, pero juntos somos más que vos, os hacemos principal entre los iguales, con tal que guardéis nuestros fueros y libertades, y si no, no”. El Justicia –un precedente del Ombusdman escandinavo y el defensor del pueblo, cargos designados hoy  por las oligarquías estatales– garantizaba en Aragón las libertades frente a los reyes. El derecho a reinar estaba muy condicionado, su ejercicio muy limitado y la resistencia al poder que quebrantaba el Derecho o actuaba injustamente, era un derecho, pues se consideraba ilegítimo.[9]

 

 

11.- El orden, el gran tema de Maquiavelo

 

Su gran tema era el clásico de la fundación de los regímenes, en el que se presentan con toda su intensidad los verdaderos problemas políticos. El libro I, 26, de los Discursos se titula significativamente, “Un príncipe nuevo, en una ciudad o provincia  tomada por él, debe hacer nuevas todas las cosas”.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

 

a). Preocupado por la situación de Florencia y de Italia, Maquiavelo rechazaba el poder meramente dictatorial, sin consentimiento popular. Bajo la influencia de la historia romana,  consideraba la dictadura como una forma de gobierno normal aunque excepcional y transitoria, en casos de situaciones políticas muy graves.  Lo prueba los Discursos sobre Tito Livio.  Pensador del orden político, le interesaba cómo transformar una situación política, que puede comenzar siendo dictatorial y en Florencia duraba ya mucho tiempo, en un orden o régimen político capaz de dar seguridad, el modo normal de relacionarse el príncipe y los súbditos mediante las leyes, pues, decía, la relación mediante la fuerza es propia de las bestias. Según Díez del Corral, Maquiavelo era un especialista en lo que podría llamarse anacrónicamente el derecho constitucional.[10]   Si se repara en el aspecto constructivo de su pensamiento, no resulta difícil una teoría material de la Constitución en el sentido del constitucionalismo anterior a la revolución francesa: Maquiavelo no pensaba en la seguridad que ofrece el Estado a cambio de la libertad política, sino en la seguridad que garantiza la libertad. La seguridad compatible con la libertad, la da el  gobierno que obedece a esa necesidad universal, común, un asunto difícil de tratar. Escribe en el capítulo XXXV del libro III de los Discorsi: «Cuán  peligroso es hacerse cabeza de una cosa nueva que concierne a mucha gente, y cuán difícil es tratarla y conducirla, y conducida, mantenerla, sería una materia de discusión demasiado larga y demasiado elevada;  reservándola por tanto, para un lugar más conveniente…». 

 

b). La política es una actividad que concierne a espacios concretos, territorios que se pueden heredar, conquistar, conservar, aumentar o perder. Su tiempo es el del momento presente, no el tiempo pasado o el tiempo futuro. Y, a pesar de las apariencias, el problema político capital no consistía para Maquiavelo  en cómo conquistar lo Stato, concepto ambiguo que designa tanto un territorio como lo stato, sino en como fundar   un nuevo orden político y en como legitimarlo para conservarlo. 

 

Aunque percibe los rasgos característicos de la estatalidad, Maquiavelo, decía Miglio, “vive a caballo” entre el principado renacentista y los albores de la monarquía absoluta, la monarquía estatal,  en cuyo contexto puede ser interpretado su republicanismo  como un coloreado humanístico que rinde de paso homenaje a la República romana.[11] La palabra stato  tiene sólo  un sentido estrictamente político en el escritor florentino cuando significa, como en Roma, la existencia de un poder independiente en un territorio, que no depende de una concepción urbana,  pues está fuera de la ciudad, aunque acabó siendo incluido intra fies civitatis como el ámbito de poder del magistrado.[12]

 

No veía en él un individuo histórico, como ocurrirá más tarde, a medida que el Estado Soberano  gane autonomía hasta llegar a ser autárquico, sino un  territorio -según Miglio, los hombres sobre los cuáles ejerce el soberano el poder- cuya seguridad y justicia garantiza el príncipe. Lo Stato es un instrumento del orden, de modo que la conquista de un stato equivale a la fundación o refundación de un orden político en un territorio.

 

Conquistar un territorio o estado es relativamente fácil: basta disponer de los medios suficientes y utilizarlos virtuosamente en el sentido de la antigua virtú republicana. El escritor florentino se preocupa de los medios, no de los fines, salvo el excepcional, pero normal en la tradición clásica de la política, de instaurar un orden político nuevo. Pero lo que le preocupaba verdaderamente era como articularlo a fin de conservar y legitimar la posesión del estado o territorio conquistado. Algo evidentemente más difícil que en el caso de una propiedad heredada. Se ha observado, que Maquiavelo emplea muchas veces la expresión mantenere lo stato. Quería expresar seguramente, que la duración es esencial para ganar el crédito que otorga la “legitimidad de ejercicio”.

 

c). Pocock ha mostrado que el fin de la política no consistía, en efecto, para el escritor florentino, en   innovar sino en mantener el equilibrio entre las fuerzas sociales existentes.  No era un revolucionario como decía Strauss, empeñado en hacer de Maquiavelo un enemigo de la tradición, sino, por decirlo así,una suerte de conservador-liberal que podría repetir lo de San Agustín: regna sine iustitia magna latrocinia sunt.[13]

 

Cuando circulaban ya  copias manuscritas de El príncipe, escribió en el borrador de una Alocución a una magistratura fechado en 1519 o 1520:«Al faltar las virtudes y surgir los vicios, empezaron [los dioses] a volver al cielo poco a poco, y la última que abandonó la tierra fue la Justicia. Esto no demuestra más que la necesidad que tienen los hombres de vivir bajo las leyes de aquella…Pero al faltar el tiempo y faltar la Justicia, faltó con ella la paz, de la que se origina la destrucción de reinos y repúblicas… Es ella la que genera la unión en los Estados y Reinos; su unión, conservación y potencia, defiende a los pobres e impotentes, contiene a los ricos y poderosos, humilla a los soberbios y audaces, frena a los codiciosos y avaros, castiga a los insolentes y dispersa a los violentos, y genera en los Estados esa igualdad, deseable en un Estado, si uno quiere conservarlo. Entre todas las virtudes, es ésta la virtud que más agrada a Dios ».[14]

 

Su Stato no es, pues, revolucionario como el Estado Soberano posterior. Lo que mueve normalmente a lo Político son las pasiones políticas, y el Estado Leviatán es, a diferencia de lo Stato,   una forma de lo Político revolucionaria de suyo, tanto por su condición de artificio  como por el hecho de que su política tiende a acumular todo el poder, incluido el eclesiástico.

 

d). Lo Stato de las ciudades italianas era inicialmente un recurso para conservar el orden republicano. De ahí el carácter comisario del príncipe, signore o dictador, aunque facilitase luego la instauración de dictaduras  hereditarias, que para los nostálgicos de la República eran tiranías desde el punto de vista de la justicia, según la distinción clásica ab origene, absque titulo o ex defectu tituli y, con frecuencia, de ejercicio, ab exercitio o ex parte exercitu.  Es de notar que Maquiavelo prescinde por supuesto de la de origen y en realidad también de la de ejercicio. Hennis señala[15]  el Príncipe de Maquiavelo como la causa originaria de que el concepto “tiranía” no sea ya “un componente vivo” de la teoría política moderna, lo mismo que el derecho de resistencia: lo que importa es cómo se ejerce el poder desde el punto de vista político, no desde el de la justicia. Tal es el objeto de las máximas, más bien que consejos, que resumen su experiencia y sus conocimientos, singularmente en El príncipe.

 

Lo Stato maquiavélico no era un fin en sí mismo que carece por ende de fines intrínsecos, propios, sino, afirma Gianfranco Borrelli, un instrumento del poder al servicio de la res publica o  común, semejante a la política eclesiástica medieval. Por eso su modelo de dictador era el de un comisario al estilo romano en casos de emergencia, que, dada la situación de Italia, podía prorrogar su función.

 

e). Pierre Manent tiene razón cuando afirma que la Monarquía Absoluta  es un forma de gobierno singular que ha alterado la tradición política europea y la causa de muchos conflictos. No es un tema para tratar aquí y ahora. Pero en relación con Maquiavelo, si bien el dictador comisario anticipa históricamente, por un lado  las monarquías estatales absolutas, prefigura  también por otro, y quizá con más motivo, el presidencialismo republicano.   El punto de partida común en ambos casos es, igual que en la Edad Media, el interés de la res publica, consistiendo la misión, tanto del dictador-monarca como del dictador-presidente, en cuidarla. Así pues, aunque el dictador  carezca de legitimidad de origen, si consigue transformar la situación política  en un régimen u orden político, adquiere la de ejercicio  convirtiéndose en el que preside lo relativo a la res  commune.  

 

Sin embargo, frente a la tradición romana, en que la res publica pertenecía a los ciudadanos, las monarquías absolutas, siguiendo el ejemplo de la Polis, a la que pertenecían los ciudadanos,[16] consolidaron la herencia en la jefatura del gobierno, introdujeron el principio dinástico, cuya aceptación pudo haber estado influida por la monarquía helenística y la basileia bizantina y, en virtud de la ley de hierro de la oligarquía, acabaron de hecho prevaleciendo los intereses de las Casas dinásticas sobre los de la res publica. Para citar un ejemplo, los norteamericanos  comprendieron que salvaguardaba  mejor la res publica la forma monárquica no hereditaria, el presidencialismo, más adecuada a los tiempos democráticos.  Existe desde entonces, decía Ranke, un conflicto permanente entre el principio monárquico y el republicano, que es un rigor un conflicto  entre los principios hereditario y electivo. Circunscrito al ámbito de lo público, la enorme intensificación y expansión de este último, lo ha extendido al de lo privado.

 

Maquiavelo era fiel a la tradición romana y, como sostienen bastantes autores, hay probablemente  datos y elementos suficientes en sus escritos  para extraer una concepción republicana presidencialista. Sobre todo El príncipe, es una crítica feroz de los gobernantes dictadores, entre ellos los florentinos, que, incapaces de establecer auténticos órdenes políticos, vivían en una situación de ilegitimidad permanente.

 

 

12.- El inmanentismo del poder

 

En la Edad Media, el poder era un concepto teológico. Dios es omnipotente, todo poder procede de Él y lo  relacionado con el poder se reducía prácticamente a determinar su depositario en este mundo: quien representaba el poder de origen divino y como se representaba.[17]

 

Maquiavelo  descubrió empero su utilización libre de toda traba en las prácticas de la época, hizo del poder la idea rectora de su pensamiento y, como reza  el subtítulo del libro de Marcu, fundó la escuela del poder.  Seguramente, no cayó  en la cuenta de todo lo que significaba esa escrituración notarial del hecho y con su naturalismo de buen humanista al estilo antiguo,  tematizó el poder de una manera enteramente nueva para la mentalidad contemporánea, todavía medieval, al presentarlo sin decirlo expresamente como la inmanencia del poder, o quizá mejor, el poder de la inmanencia.[18] Un poder  que se autojustificaba  por su éxito. La posterior kratofilia o amor al poder por el poder como una especie de amor sui, tiene sin duda su origen en El príncipe.

 

El pensamiento moderno gira desde entonces en torno al principio de inmanencia en contraste, que llegó a ser oposición, con el principio de trascendencia. Suele atribuirse su origen  al averroísmo, que trastrocó el pensamiento medieval e impulsó el voluntarismo. En ese contexto, uno de los méritos de Maquiavelo consistió precisamente en reunir, ordenar y sintetizar magistralmente las prácticas sin escrúpulos, tan especialmente intensas y casi normales en su tiempo, que habían llegado a ser  tópicas debido al hecho de que el poder se sustentaba en sí mismo, sin ninguna referencia trascendente, salvo el uso que hiciera la necesidad de aparentar piedad coram populo.

 

El descubrimiento y el atrevimiento de Maquiavelo al poner por escrito el inmanentismo del poder fue teológica y metafísicamente su mayor aportación al pensamiento moderno y la clave de todas las críticas, aunque al a-teólogo y a-filósofo Maquiavelo, no le interesaban personalmente esas cuestiones. Sus descripciones del modo en que se producían los príncipes en su época, se limitan que poner por escrito con un brillante estilo literario, como operaban losnuevos poderes al margen de la vieja concepción del orden universal. Seguros moralmente de sí mismos, empezandopor los de las Signorie,  se sentían empero obligados a practicar la política de la apariencia   estudiada por Vissing y otros autores.

 

De lo que Maquiavelo no es responsable es del abandono o renuncia, más que oposición, a la visión trascendente del orden, incoados en el averroísmo e impulsados por el nominalismo cuyas principales figuras fueron Occam y Marsilio de Padua.  Lutero sentirá  la necesidad de distinguir teológicamente entre dos reinos y un derecho natural divino y un derecho natural profano para conservar la relación entre el aquende y el allende. Tales distinciones eran  algo confusas, pero tuvieron largas consecuencias: el protestante Grocio escribirá unos cien años más tarde etsi Deus non daretur; silete theologhi in munere alieno!, dirá casi por la misma fecha Alberigo Gentile, también protestante; auctoritas non veritas facit legem, rubricó Hobbes, otro protestante. Se trataba de que el poder político descansaba en sí mismo, en el poder humano, como si fuera creación de la voluntad del hombre, o en la nada. El resultado de la política de poder o cratológica fue el abandono o la transformación de la concepción medieval del orden, correlativamente la de la omnipotentia iuris y la formación del iusnaturalismo político racionalista, como la teoría política moderna.[19]

 

 

13.- La praxiología política

 

A diferencia de la filosofía y la teoría políticas, el realismo político es fundamente una praxiología. «Una doctrina, dice Portinaro, que interpreta situaciones, elabora máximas para la acción y formula previsiones asentadas en la experiencia».[20]

 

a). La acción es hija de la acción, no del método, y en Maquiavelo existe una contraposición  neta entre lo que se  debe hacer y lo que se hace, e intenta establecer una relación directa, inmediata, con lo que se hace, con la realidad, la verdad efectiva de la cosa: «sendo l’intenzione mio stata scribire cosa che sia utile a chi la intende,  mi è parso più conveniente andare dreto alla verità efettuale della cosa, che alla immaginazione di essa», escribe en el capítulo XV del Príncipe.[21]  Esto resultaba difícil de entender por la visión de la política clásica operante en la mentalidad jurídica de la época.

 

Preocupado por los motivos que inspiran la acción, otra gran aportación de Maquiavelo fue su concepción praxiológica de la política, que, en contra de lo que se piensa con frecuencia, no hace precisamente de él un maquiavélico. Para el escritor florentino, la política conoce “regularidades” destinadas a reiterarse y reproducirse siempre y comúnmente, incluso en tiempos y contextos diversos. Valen para el pasado y para el presente: «el desafío consiste en descubrirlas estudiando la historia y conociendo adecuadamente la naturaleza humana».[22]Abandonando la tradición de la retórica sobre el buen gobierno, se concentró en el gobierno político. El príncipe es una teoría de la acción política que podría haberse titulado, “El actor político: praxiología política”.

 

En una época de disolución, Maquiavelo es, ciertamente, «el hombre que va contra el espíritu de su tiempo; es el crítico implacable de una época cuyas debilidades percibe claramente su penetrante mirada». Frente a la decadencia de la virtú en sentido dinámico, como forza, presenta a los florentinos, cuya economía monetaria ha enterrado la  capacidad  militar -se accedía al mando político por el influjo de la riqueza-, pone el ejemplo de  los vecinos suizos, un pueblo de costumbres sencillas y en armas, que le recordaban a los romanos, una verdadera democracia,[23]  a los que en algún momento consideró un enemigo peligroso.[24] Sus supuestos consejos eran inferencias de la práctica política oligárquica sin la contención de la religión, la moral o la ética, con ánimo de revitalizar a sus compatriotas y predisponerles a la acción.

 

b). En los tiempos de cambio, si penetra la duda en las creencias colectivas, se enerva el valor y deviene normal o casi normal la inmoralidad o amoralidad en el uso del poder. Éste tiende a marchar por sí sólo, sin ninguna atadura, y justificado por su éxito, contagia a todo lo demás. El mismo éxito puede darle una apariencia de legitimidad. No es raro que se resquebraje entonces el êthos, la moralidad colectiva. Y de ahí suele inferirse que  la política  es por naturaleza inmoral, o, por lo menos amoral, como si fuera eso la sustancia de la política. Tal es una de las causas profundas de la guerra contra la política y del utopismo y, en último análisis, de que el Estado Leviatán, pensado por Hobbes según Strauss y Hans Meier como un Estado de Paz,  que impone el consenso en el ámbito político, el de la soberanía, monopolice la libertad política.  

 

Ni el poder es inmoral, como pensaba el protestante Jacobo Burckhardt –die Macht ist Böse– y se suele divulgar citando fuera contexto la frase del católico Lord Acton “el poder corroe y el poder absoluto corrompe absolutamente”, ni  la política es inmoral por naturaleza. Al contrario, tal como el maquiaveliano Maquiavelo pensaba  frente al vivere corrotto, aunque no lo diga así, que el poder y la política son medios necesarios para la vida ética. 

 

Ni fundó la política moderna, ni la ciencia política, ni era maquiavélico.  Ni siquiera afirmó que el fin justifica los medios. Su pensamiento era maquiaveliano.  Escribe Carl Schmitt en su conocido Diálogo sobre el poder: “si Maquiavelo hubiera sido maquiavelista, seguramente no habría escrito libros que le dieran mala fama. Habría publicado libros piadosos y edificantes, y, mejor aún, un anti-Maquiavelo”.

 

Suponiendo que sea cierto que la política es inmoral por definición, nada tiene que ver con Maquiavelo, cuyo interés en la moral apenas rebasa la praxiología como teoría de la acción política correcta. Le interesa más la ética como el contexto fundamental  que debe tener en cuenta la política práctica.

 

La leyenda del maquiavelismo se apoya, pensaba Fernández de la Mora,  en el éxito de El príncipe, una especie de best-seller de todos los tiempos, más que en la intención o el contenido del libro.

 

c). No se gobierna con padrenuestros, piensa y escribe Maquiavelo. Rompiendo con las normas universales de los  Espejos de príncipes y los tratados de moral tradicionales manteniendo empero su  formato, ofrece el autor de  El príncipe el material de “un programa político-técnico”  acorde a la realidad de la política práctica.[25] «Partiendo de estas relaciones fácticas, deduce sus propias normas, para poner la política en una situación adecuada técnicamente al poder».[26] Las cuenta  por cierto con bastante ironía: Rousseau repite dos veces, en el artículo sobre Economía política y en el Contrato social, que esa obra era una sátira. Sus “consejos” son inferencias retóricas sobre la lógica de la acción política a la vista de los hechos. Y, amén de que su autor fuese un gran escritor  -lo que le dio fama en vida como escritor fue su comedia La mandrágora-, una de las causas de su influencia fue sin duda su brevedad.

 

En efecto, en la historia del pensamiento abundan los ejemplos de libros breves que son como actas notariales del Zeitgeist o de las líneas maestras del cambio que se está produciendo. Sin necesidad de remontarse a los Evangelios,  podrían citarse en la época moderna-contemporánea El discurso del método de Descartes, el segundo Ensayo sobre el gobierno civil de Locke, El contrato social de Rousseau, ¿Qué es el tercer estado? de Sieyès, el Manifiesto comunista de Marx, el Plan de los trabajos científicos necesarios para reconstruir la sociedad de Comte, Camino de servidumbre de Hayek, El concepto de lo político de Schmitt. etc. 

 

 

[1]Op. cit. Intr. p. 11.

[2] Historia de la filosofía política. Madrid, Instituto de Estudios Políticos. III, 1, p 184.

[3] Una frase de Alois Dempf citada por Münkler (Machiavelli… I, II, p. 87), resume muy bien lo que significó “la imagen del hombre pesimista-naturalista” del nominalismo en orden a la consolidación del Estado Soberano: «La filosofía social optimista [escolástica], que deducía el Estado de la conservación natural política y social del ser humano, es sustituida por una concepción pesimista de la fuerza (Gewalt) del Estado…»

[4] Un estudio crítico de esta conversión en W. Hennis, Op, cit.

[5] Es más discutible la otra afirmación de Conde de que la Retórica sea «acaso también una de las cifras del Estado moderno». Op. cit. Pról., p. 14. Cf. W. Hennis, Op. cit. VI.

[6]Retórica. I, 2,l 1325 b 26)

[7]Discorsi, I, 58.

[8]W. Hennis. Op. cit. III, p. 63,

[9] Para todo esto, B. de Jouvenel, El poder. Historia natural de su crecimiento. Madrid, Unión Editorial 1998.  J. R. Strayer, Los orígenes medievales del Estado moderno. Barcelona, Ariel, 1986. F. Kern, Derechos del rey y derechos del pueblo. Madrid, Rialp 1951. Del mismo, Derecho y constitución en la Edad Media. Valencia, Kyrios 2013. Etc.

[10] La Monarquía hispánica… I, 3, p. 57.

[11] G. Miglio, Op. cit.  29, pp. 202-203.

[12] Á. d’Ors, “El no-estatismo de Roma”. Ensayos de teoría política. Pamplona, Eunsa 1979. 2, p. 59

[13] Como los conceptos políticos son polémicos, lo de conservador liberal aplicado a Maquiavelo, ha de entenderse en su contexto concreto. Podría decirse lo mismo de Bodino y Hobbes, cuyas teorías de la soberanía y el Gran Artificio estatal, tan revolucionarias en si mismas como el pensamiento del escritor florentino, eran conservadoras y liberales en su circunstancia, en tanto medios para impedir la guerra civil.

[14] Escritos políticos breves. IV, 1, p. 128.

[15] Op. cit., Pp. 86ss.

[16] Cf. Á.  d’Ors,  Op. loc. cit. 2, p. 59.

[17] Para esto, las obras de Walter Ullmann.

[18]Cf. R. Rotermundt, Staat und Politik. Münster, Westfällisches Dampfboot 1997.

[19] Para todo esto, entre otros, H. Welzel, Introducción a la filosofía del Derecho. Madrid, Aguilar 1971. A. González Montes, Religión y nacionalismo. La doctrina luterana de los dos reinos como teología civil. Salamanca, Biblioteca Salmaticensis 1982. Del mismo, Reforma luterana y tradición católica. Naturaleza doctrinal y significación social. Salamanca, Universidad Pontificia 1987.

[20] Op. cit. P. 20.

[21] Cf. M. d’Addio, Storie delle dottrine politiche. Génova, Edizione culturali internazionali I, 1994. 15, 3, p. 287. El capítulo que dedica Addio a Maquiavelo teniendo en cuenta su relación con Guicciardini, es muy equilibrado y esclarecedor. Maquiavelo era más pragmático que el escéptico Guicciardini.

[22] G. Miglio, Op. cit, 28, p. 201.

[23] Cf. A. von Martin, Sociología del Renacimiento. México, Fondo de Cultura 1962. II, e) pp. 96-98.

[24] Vid. la carta a Vettori de 19 de agosto de 1513,

[25] «Se comprende lo insólito, la fascinación literaria del Príncipe de Maquiavelo, solamente cuando se tiene conciencia del carácter de provocación que tiene un libro que corresponde en la disposición y en el título a la convención de un género literario, para, tras esta máscara -de modo semejante al don Quijote de Cervantes- llevar al absurdo su pretensión tradicional». W. Hennis, Op. cit. II, p. 36. Pero no parece que se propusiera Maquiavelo ridiculizar los Espejos de príncipes.

[26]             H. Münkler, Im Namen des Staates. I, 2, p. 62.

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