Cine 30 de junio de 2015 | 6:30 pm

Los vencidos

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Ni la Historia ha sido escrita sólo por los vencedores ni el cine alberga únicamente cantos más o menos tardíos a las victorias guerreras. Hay espacio para atender la postura de los vencidos (resulta admirable Cartas desde Iwo Jima, sobre todo viniendo de un director, Clint Eastwood, capaz de perpetrar una grosería imperialista del calado de American Sniper), para analizar las consecuencias de la guerra, como el retorno de los excombatientes al hogar y su difícil adaptación social (El regreso de Hal Ashby o Los mejores años de nuestra vida de William Wyler), e incluso para el pacifismo (Sin novedad en el frente, la adaptación de la novela de Erich Maria Remarque por parte de Lewis Milestone) o incluso para el antimilitarismo (Senderos de gloria).

 

Por supuesto, en las películas más famosas del cine bélico predomina el punto de vista del vencedor -si es que en la guerra puede hablarse de triunfos, como apuntaba lúcidamente el duque de Wellington-, ya sea en las campañas napoleónicas, las guerras mundiales o la de Corea. Mención aparte merece el tratamiento hipercrítico dado por la propia industria hollywoodiense a la guerra de Vietnam.

 

En el verano de 1914 los soldados marcharon al campo de batalla con la exultante expectativa de una lucha de caballeros a la antigua usanza, para acabar sumiéndose en un estupor horrorizado ante las nuevas técnicas de matanzas masivas, que disiparon rápidamente la insatisfacción y el aburrimiento incubados durante un largo período de paz. Romain Rolland, en una carta abierta a Gerhart Hauptmann, denunció la violación de la neutralidad belga llevada a cabo por las tropas alemanas, recordando a los escritores y artistas alemanes su tradición humanista e invitándoles con muy poco éxito a una alianza pacífica de la inteligencia.

 

En la Gran Guerra, los ingleses anunciaron el vendaval de los hunos que se cernía sobre la civilización europea, mientras que en Francia se decía que la barbarie asiática entraba en lucha contra la razón. En Alemania se describe el enfrentamiento con estas antítesis: héroes contra comerciantes, sentimiento frente al entendimiento, comunidad orgánica frente a la fría sociedad  y “deber, orden y justicia” por encima de las ideas de 1789. En la literatura más eximia se nos muestra cómo para los que se han endurecido en las tempestades de acero resultan despreciables la tibieza y la vida acomodaticia. A estas personas forjadas en el combate les atraen las temperaturas extremas. El guerrero ya no se deja seducir por las blanduras de la cotidianidad ni por el espíritu humanístico.

 

Será en la obra de Mario Monicelli, La Gran Guerra, de 1959, donde hallaremos una de las más profundas y conmovedoras visiones sobre el absurdo de la guerra que se hayan visto en el cine. Es la historia tragicómica de dos pícaros (Vittorio Gassman y Alberto Sordi) atrapados en las trincheras y los embarrados campos llenos de cadáveres. Estos hombres no comprenden por qué han sido reclutados ni los motivos por los que han de luchar y morir.

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