El Diluvio Universal 31 de julio de 2015 | 3:45 pm

Logos y estado

mariposa caos

Qué tipo de decir es el logos (la filosofía) que refleja objetos y que reflexiona sobre sus reflejos. Un decir tal que al decir pierde su objeto. Un decir que es la esencia de todo decir.

 

La ‘música’ es, por ejemplo, uno de esos reflejos. La música se escucha; después viene el decir acerca de lo escuchado. La filosofía habla. Pero lo que dice la filosofía no es la propia música. Con todo, decir ‘música’ pertenece también al hacer de la música; el nombre se vincula al acto indisolublemente. Tocar música juntos, escucharla, supone desde el comienzo el concierto de la palabra o, más primitivamente aún, del gesto: vamos a hacer música. El decir (la filosofía) se hunde en la comunicación. La comunicación supone emisor, receptor y mensaje: yo, tú (nosotros) y ello.

 

La filosofía penetra en todo, pero se queda siempre fuera. La filosofía no es ninguna de las partes del saber, del decir, ni por supuesto puede identificarse con el todo. Es la cara de fuera, es el decir. Sin ser ellas, tanto las partes como la totalidad del ser dependen de la filosofía (del decir) a cada momento. Ser y decir, realidad y comunicación, son inseparables pero no idénticas, porque sin su distancia (abismal) tampoco habría decir, filosofía.

 

Qué tipo de decir es el mito, que tiene la filosofía incrustada en él desde el origen (en tanto que es un decir), y que, más que reunir desde fuera, inspira desde dentro, conspira entre todo antes del decir propiamente filosófico, que tiene algo que decir sobre algo dicho anteriormente. El mito se vincula a lo de dentro de cada ocasión, si bien, por ser decir, es ya reflejo, contiene el germen del logos. De ahí variación de lo narrativo, que va desde la primera hasta la tercera persona, conservando sin embargo la interioridad. Su lenguaje es necesariamente metafórico y literal; no es, como el de la filosofía, lógico y ordenador del material. El mito otorga sentido interior; en él se revela el telos del modo más inmediato. La filosofía espera fuera, crítica.

 

El mito no perece en la palabra del mismo modo que la filosofía. El mito está labrado de olvido, pide el olvido porque impulsa a la acción; la filosofía es recuerdo, es el a posteriori. El mito permanece como ruptura-repetición; la filosofía es cambio, distinción, historia, reordenación constante de un material virtualmente infinito. El mito es ebriedad; la filosofía, sobriedad. El mito quiere preservar un núcleo de eternidad; la filosofía jamás puede permitirse ese lujo. El Concepto y la Idea son abstractos, pero no eternos. El mito es afectivo y pasional en su búsqueda de la eternidad; tiene otro sentido del tiempo.

 

Lo bello (subjetivo/emisor), lo moral (intersubjetivo/receptor), lo verdadero (objetivo/mensaje) son pues antes de la filosofía, la cual retoma sus vivencias o experiencias una vez expresadas y las ordena de acuerdo con su logos. En la filosofía no está lo bello, lo moral o lo verdadero sino indirectamente. La cuestión de si el principio ordenador del logos es bello, bueno o verdadero en sí mismo es posterior. La aprehensión de lo bello, de lo moral o de lo verdadero no proviene del orden del logos, aunque éste después la empape, penetrándolo hasta (casi) el origen.

 

El vínculo entre los tres dominios es la libertad de hacer cumplir sus propósitos últimos (telos), de lo cual también está impregnado el logos, a pesar de su hipóstasis paralizadora en estado. En lo subjetivo, la libertad se manifiesta como la confrontación de la dimensión temporal de la existencia con la eternidad; en lo moral o intersubjetivo, la libertad de perseguir el bien común se confronta al mandato, a la obediencia; en lo objetivo, el descubrimiento de la verdad, en tanto que algo comprobable y razonado, se confronta a la oscuridad, ya sea del prejuicio o de lo aún desconocido.

 

Desde un rudimentario mirar desde fuera que supondrá con el tiempo grados crecientes de abstracción, el estado se constituye como una razón (logos) de tercera persona (ello, objeto) que en su arrogancia quisiera hacer desaparecer los telos propios del yo (sujeto) y del nosotros (intersujeto). En cierto modo, la hipóstasis paralizadora del estado –paralizadora porque es contradictoria en su esencia, mata lo que toca– revierte el desarrollo natural que va de lo mío a lo tuyo y de ahí a lo nuestro, con la salvedad de que el ‘mío’ del estado contiene un elevadísimo grado de abstracción y de afueridad, y tiende a acapararlo todo, incluso la propia razón.

 

Cada telos contiene su propio logos. El estado es objetivismo, es la ciencia objetiva hecha suprema y total en dominios que no le corresponden, con la consecuente destrucción de sus telos. El estado supone el desprendimiento del logos de todo lo que le formó, pero también de lo que vive contemporáneamente a su lado, siempre amenazado de aniquilación: lo subjetivo y lo intersubjetivo con sus respectivos telos.

 

La realidad es, pues, estado; contiene de hecho el estado, su posibilidad de crecimiento. El estado vive, existe, es un producto del desarrollo humano. Mas su predominancia implica una suerte de desertización del ser. Detener el proceso de estatización de lo real y lo imaginario supondría cultivar a su lado la realidad del yo y del nosotros y sus telos respectivos hasta que deje de imponerse como lo único. Y supondría, además, justamente mediante el propio logos de tercera persona, aclarar las distorsiones devenidas de tal imposición.

 

Cómo se irán entrelazando lo subjetivo, lo intersubjetivo y lo objetivo (el yo, el nosotros y el ello) es imposible de anticipar, pero sí podemos, y ésta es la labor del logos, introducir a cada paso y en conjunto la clarificación intelectual. No es el sino del logos quedarse atrapado en estado, en una autoabsorción objetivista que quiere implantarse como el único telos (ya sin telos, al ignorar las caras de dentro de cada dominio) digno de consideración. La filosofía tiene que librarse del estado, del objetivismo, para abrazar en cambio la objetividad, que, como los otros dominios, tiene una cara de dentro y otra de fuera.

 

La vieja metafísica (subjetivista) del contraste entre apariencia y realidad ya no sirve. Es preciso partir (al modo materialista) de los tres dominios naturales en todo decir (yo, tú, mensaje), y de las caras de dentro y de fuera en cada uno de ellos. La realidad es estado, contiene al estado, y empujará siempre hacia la estatización. El estado no es apariencia, no es evanescente, no desaparece con un encanto mágico. No podemos pues realizar una operación de inversión, de dar la vuelta metafísicamente (subjetivamente) al estado, como si detrás de él residiese una realidad prístina a-estatal, que es más bien el ideal, el telos.

 

La razón-estado progresivamente emancipada de toda interioridad, que en su discurso a veces la tacha de tiránica (por ejemplo en determinadas formas de crítica ilustrada al mito), camina hacia el positivismo, hacia lo puramente descriptivo. Incluso allí donde se habla de cualidades, no dejan de asimilarse a mensuras. El mito, en tanto que sujeto a la interioridad, mantiene el núcleo de lo ideal, que es la libertad. En él se concilian naturalmente lo estético, lo moral y lo espiritual, por más que el pensamiento tenga luego que desligarlos y analizar sus formas, explicitar sus niveles de profundidad y extensión.

 

Este tipo de pensamiento (logos) ya no se aproximaría a lo estatal si no cae en la tentación de determinar cómo han de ser los contenidos de verdad de cada dominio, que están sujetos a sus propios telos. Al ser parte sustancial de lo subjetivo y lo intersubjetivo, al ser incluso el modo de narración por antonomasia, el mythos en cuanto tal es irreemplazable. En este sentido, siempre podrá decirse que el mythos supera al logos, pues el mito es el reflejo más inmediato de la pasión de cada dominio por alcanzar sus respectivos telos, que se pierde, al menos en parte, con la reflexión posterior de la filosofía. En el mejor de los casos, la filosofía supone una mediación de un grado más alto, capaz de coordinar los diversos dominios (a la vez autónomos y mutuamente dependientes) en su desenvolvimiento espontáneo. En el peor, degenera en estado.

 

La libertad personal, la colectiva y la de la verdad objetiva se mueven en planos distintos, con frecuencia en conflicto no sólo porque tomar en serio una perspectiva supone ignorar las otras, sino porque están siempre dialécticamente enfrentadas entre sí. Piénsese por ejemplo en cómo desde el punto de vista subjetivo ha de ser considerado tentador (por falsamente exculpatorio) todo lo relacionado con la atribución de causas a condiciones externas. Sean éstas cuales sean, no deciden ni un ápice sobre la libertad interior. El telos de la subjetividad apunta a que todas las condiciones externas sean abrazadas interiormente sin distinción, sabiendo que no son nada comparadas con lo trascendente. Por otro lado, el logos del dominio objetivo aspira precisamente a conocer las condiciones externas con la mayor precisión posible, descartando las distorsiones de los afectos ínsitos a la subjetividad.

 

Así, lo objetivo puede ser superador de lo subjetivo o al revés, y lo mismo puede decirse de las relaciones entre subjetividad e intersubjetividad, y entre intersubjetividad y objetividad. Lo subjetivo asoma como superador de lo intersubjetivo por ejemplo como reto del individuo al poder establecido, y lo intersubjetivo como superador de lo subjetivo en la necesidad de aceptar la autoridad o, dicho de otro modo, de abrazar lo que nos ha sido dado socialmente. La intersubjetividad muestra su versión superadora de la objetividad en la deseabilidad del bien común más allá del estado, y lo objetivo por encima de lo intersubjetivo en por ejemplo la ambición de aclarar las supersticiones.

 

Estas relaciones dialécticas entre los dominios pueden degenerar en la imposición de uno sobre los otros, sustancializando como realidad lo que es sólo perspectiva. En la modernidad, el imperio de lo objetivo ha tenido como resultado que los telos subjetivo e intersubjetivo, y sus correspondientes logos, se pierdan de vista, si bien ésta no es toda la historia, puesto que en la modernidad también hay signos evidentes de lucha contra la predominancia de lo intersubjetivo, allí donde por ejemplo las costumbres y la tradición impedían novedades artísticas o descubrimientos en el campo científico. En todo caso, la conexión de este desarrollo típicamente moderno hacia la afueridad, la abstracción y la objetivización con la formación del estado es íntima; no puede entenderse un fenómeno sin el otro. El estado es la cara de fuera del logos. El logos es pues constitutivo del estado. Con él hay también que desarmarlo.

 

El logos desembarazado de la magnetización hacia el estado tendría la capacidad de poner en armonía los distintos dominios asociados a las tres personas naturales de toda comunicación, el yo, el tú-nosotros y el ello. No obstante al reconocimiento, o incluso precisamente al reconocer la naturaleza conflictiva y dialéctica de cada dominio en sí mismo (las dos caras) y de los dominios entre sí, asoma al fin la posibilidad de admirar el engendramiento y el mutuo apoyo entre ellos para alcanzar sus propios telos en libertad. Sin una visión de conjunto, que sólo puede ser ofrecida por el logos, nada más fácil que caer en la imposición de nuestro segmento predilecto sobre los otros.

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