El Diluvio Universal 31 de mayo de 2015 | 5:40 pm

Leyendo el Quijote

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Se dice que el Quijote es una sátira a los libros de caballerías. El que escribe las notas a mi edición no tiene duda al respecto y, a juzgar por las tasas, aprobaciones y privilegios de los censores que aparecen al comienzo de la Segunda Parte, puede concluirse que ya cuando se escribió la obra pasaba como una ridiculización moral de esta forma popular de literatura, considerada menospreciable. Sin haber estudiado exégesis alguna del Quijote (salvo hace mucho tiempo las observaciones de Ortega y Gasset, de las que no recuerdo nada, o quizá no quiera acordarme), adivino que ésta es una presuposición común.

 

Por mi parte, no trato de negar que el Quijote satirice a los libros de caballerías. Burla hay, y continuamente, pero dejar aquí la cosa supondría no haber comprendido el Quijote en absoluto. Es posible incluso que Cervantes comenzara a escribir con este propósito, pensando en relatar algo entretenido sobre la locura de alguien que quiere resucitar las andanzas caballerescas, y de paso contar tantas otras sabrosas historias. No me aventuro a presentar una tesis fuerte al respecto porque no tengo datos suficientes (y tampoco digo que no pueda hacerse con cierta plausibilidad). Ahora bien, sí afirmo que, como sucede necesariamente en el arte, el producto supera –o acabó superando– las intenciones originales o conscientes del autor. Desde esta perspectiva, determinar en qué punto de la escritura del texto el autor empezó a asomarse a otros horizontes que no eran el de la mera burla[1] o si, en cambio, tenía ya colegida la idea completa de lo que acabará siendo la obra desde el principio, resulta poco importante. Hay que pasar por encima decididamente de la idea vulgar de la omnisciencia del autor; en cierto modo, hasta qué punto Cervantes sabía lo que realizó con el Quijote –y con más razón al comienzo– ha de quedar en suspenso.

 

Si el Quijote es una sátira de las novelas de caballerías o de la literatura de entretenimiento de la época, la primera ironía que salta a la vista es que Cervantes creó la novela más entretenida jamás escrita. Que es como decir: escribió otra novela de caballerías, de hecho la mejor. De ello sí se puede decir que Cervantes era consciente, puesto que, aunque jocosamente, así nos informa varias veces el propio texto. Si el Quijote es la mejor novela de caballerías, se sigue inexorablemente que la sátira no se dirige a las novelas de caballerías como género. Algo que por lo demás queda manifiesto en la discusión, hacia el final de la Primera Parte, entre el cura y el canónigo, a la que se añade al final el propio Don Quijote con una observación crucial sobre la que volveré más adelante. Así, en el capítulo XLVII de la Primera Parte leemos con toda claridad que la crítica a las novelas de caballerías ha de ser, por decirlo de una forma actual, dialéctica, de tal modo que sólo algunas obras de este género son cuestionables, mientras que otras contienen valores encomiables. En el capítulo siguiente –donde por cierto asoma una reprobación perfectamente actual al mercantilismo de la literatura moderna–, se aplica el mismo principio a las comedias.

 

En el fondo, es como si la sátira se volviese sobre sí misma y la obra formase un círculo completo en que la sátira es a su vez satirizada. Esta doble vuelta es sustancial a la obra. Decir pues que el Quijote es una sátira sería tan sólo una media verdad, porque es asimismo –y principalmente– una sátira de la sátira, y así una creación de un rango aún superior a lo que concede la –presumida– crítica habitual, independientemente del talento de Cervantes como escritor, admirable también en tantas obras suyas[2].

 

Desde un punto de vista formal, la sátira duplicada es un modo de contrastar los dos planos de la vida moral: lo real y lo ideal. Así como observamos una dialéctica permanente entre la locura y la cordura, de tal modo que cabría desprender del texto dos tipos de locura (una, la vivida interiormente por el propio Don Quijote, y otra, la que le adjudican los que no ven las cosas como él, o sea, los cuerdos) y así dos tipos correspondientes de cordura, casi estamos tentados a concluir, que, al menos desde el punto de vista de la locura interior (visionaria, la llamaremos luego) de Don Quijote, los que se ríen de los libros de caballerías son en el fondo los ridiculizados, porque no han sabido percibir en ellos el potencial espiritual que en ellos se albergaba.

 

¿Es que acaso podría hacerse algo parecido con la literatura de entretenimiento actual, pongamos las historias de espías o similares? Si, como parece, no sería posible, la razón ha de situarse en que las sagas caballerescas no son siempre lo que parecen a la mirada superficial de quien tan solo quiere entretenerse. Una sátira de los best sellers actuales se quedaría solo en eso, en sátira, y dado lo vulgar del tema probablemente acabaría mordiendo el mismo polvo que lo satirizado. Sería algo radicalmente intranscendente para el arte y para la vida.

 

Como decía, resulta irrelevante pretender saber hasta qué punto el autor era consciente de lo que estaba produciendo. Según se lee, se diría que Cervantes no sabe siempre si lo de Don Quijote es locura o iluminación genuina. Y no tiene por qué saberlo. Es más, haberlo sabido o decidido habría supuesto la destrucción de la tensión dialéctica entre la locura y la cordura, que es el eje principal sobre el que se desarrolla toda la obra. El Quijote juega precisamente con la ambigüedad entre lo uno y lo otro, con el no saber, y, en todo caso, si hay que decidirse por uno de los lados, habría que hacerlo incuestionablemente por el de un favorecimiento de la locura caballeresca sobre la cordura de la normalidad. Sólo la simplicidad o el interés de algunos censores puede pasar esto por alto.

 

Me detendré, pues, un momento en la cuestión de la locura de Don Quijote, sin duda mil veces tratada. Resulta indiscutible que no es una locura cualquiera, sino tal que otorga un acierto moral permanente, por supuesto siempre sujeto a ajustes y críticas (muchas de las conversaciones de Don Quijote con Sancho Panza son esto precisamente). Es decir, más que locura, se trata de visión espiritual. Como notan asombrados otros personajes de la novela al conocerle, Don Quijote es perfectamente cabal en todos los demás aspectos de la vida; su locura sólo atañe a las caballerías. En cualquier caso, la pregunta que hay que hacerse –y que el lector no deja de hacerse según lee– es si el comportamiento de Don Quijote –y de Sancho Panza también, aunque de modo vicario– responde en verdad a una locura en el sentido lato del término o si se trata de algo enteramente diferente, incluso hasta opuesto, la máxima cordura. ¿Se engaña Don Quijote, o se engañan los que creen que se engaña? ¿Es el sentido común, la empiria, la cordura, la última palabra sobre la realidad, o hay algo más? ¿Y qué sería este más? 

 

Sin perder nunca de vista lo que Freud llamaría el principio de realidad, o sea, la normalidad social de lo correcto y lo incorrecto, Don Quijote se abalanza sobre una realidad superior (e interior) en virtud de la cual el propio principio de realidad queda trastocado en su significación, sin tampoco dejar de ser lo que es. Don Quijote es una figura sempiterna porque da vida a alguien inspirado exclusivamente por lo transcendente, sin componendas de ninguna clase y en constante pugna con la realidad considerada normal. Para Don Quijote, el principio de realidad es tan solo un símbolo de una realidad superior. Podemos por cierto llamarla realidad porque es operativa; si no existiese esa realidad superior, que no es la de la normalidad social, no existiría el Quijote, no lo leeríamos con deleite, no sacaríamos fruto ninguno, no habría revulsivo moral. Lo que se dice del Quijote se dice del arte en conjunto, pero aquí de modo eminente y magistral.

 

Que Don Quijote ve lo transcendente en el principio de realidad, y que por tanto éste es solamente, en última instancia, símbolo de una realidad superior, queda patente en la discusión entre el cura y el canónigo a la que antes hacíamos referencia: al reprehender el canónigo a Don Quijote por atender a la literatura de fantasía caballeresca antes que a las edificaciones morales provenientes de las vidas históricas célebres, por ejemplo de Alejandro o César (se trata por tanto de una amonestación de altura, racional y en nada vulgar), Don Quijote responde que él ve la realidad de un modo simbólico o, por mejor decir, como un símbolo, y que tal símbolo está inscrito en la literatura de caballerías. Esta discusión plantea diáfanamente un problema sobre el que aún existe gran confusión, el de la incompatibilidad (pero también complementariedad) entre el discurso racional (más intersubjetivo) y el simbólico (más subjetivo).

 

Para Don Quijote, todo lo concerniente al principio de la realidad pasa por un crisol espiritual que, al traducirse en discurso o imagen, obtiene naturaleza simbólica. Aquí todo es transformado en un ideal de vida superior, llevado hasta sus últimas consecuencias, incluso bajo el coste de perder la propia cordura. Se trata por lo demás de algo contagioso: muchos de los personajes que van conociendo a Don Quijote (especialmente Sancho, por supuesto, pero no sólo él) acaban por acompañarle de sentimiento y razón en muchos casos. Ello se muestra singularmente cuando, tras ser rescatado de la sierra, se produce la discusión entre todos los personajes reunidos en la venta –o, mejor, castillo encantado– acerca de si es bacía o yelmo de Mambrino. Discusión que eventualmente llega a las manos, y que no por casualidad detiene el propio Don Quijote, declarándola cosa de niños, remachando que fue «la autoridad de Agramante y la prudencia del rey Sobrino (personajes del Orlando Furioso)» lo que puso fin a la pendencia. Sobre la autoridad también he de volver en un momento.

 

Lo que parecen exageraciones de Don Quijote, que despiertan la sorna o la sorpresa de los cuerdos, tal como la cantidad de gigantes o tropas que puede sajar de un mandoble, apuntan a una realidad más cabal incluso que la cordura de la consciencia ordinaria, pues abren el paso a sustratos aún vivos de la vida que disciplinas tales como el psicoanálisis o la crítica literaria y del mito han ido sacando a la superficie. Los gigantes no serán una realidad empírica de acuerdo con criterios racionales modernos, pero son un símbolo de realidades materiales que en cierto modo pueden historiarse (como hizo por primera vez Vico) y que en otro sentido han de tomarse como formas subjetivas de comprensión de encuentros espirituales.

 

El Quijote comienza cuando Don Quijote ya está convencido de su empresa; en este sentido nos perdemos el proceso que le ha conducido hasta aquí, un proceso de interiorización –como se muestra abiertamente en los primeros capítulos al describir a Don Quijote como alguien encerrado en su cuarto leyendo– cuya descripción sin duda sería instructiva. Pero lo decisivo es que, una vez alcanzado este punto, se llega al convencimiento de que no hay más salida que ponerlo en práctica. La misión consiste en transformar (interiormente) todo lo real en ideal, cueste lo que cueste. En una palabra, en trasfigurar la realidad. Y ello en cada punto, exhaustivamente, sin excepción, y sin embargo no irracionalmente, como en el caso de tantos fanáticos que quieren imponer sus ideas sobre los demás.

 

Don Quijote es en efecto el mayor de los caballeros porque, al contrario que sus predecesores, se impone la tarea máxima de inventárselo todo (bueno, casi todo: es importante percatarse de que si en las tierras por las que anduvo no quedase ni rastro de lo caballeresco las aventuras de Don Quijote carecerían de sentido). Don Quijote ha tenido el valor de resucitar esta vieja práctica cuando como poco ya está en estado de descomposición, y es el caballero más perfecto porque, aparte de que su ambición de superarse a sí mismo y a sus predecesores no tiene límites, no se le ocurre nunca que su trabajo de transfiguración permanente de la realidad pueda ser errado. Esta transfiguración espiritual ha de ser necesariamente ingenua, como si uno no supiese más que su ideal. Es el poeta o el santo por antonomasia; es, en última instancia, Cristo.

 

Don Quijote es una figura de autoridad, acaso la figura de autoridad más potente que haya creado ingenio literario alguno. En rigor, la autoridad no es algo que se tiene –algo que pensaría tan sólo quien ya ha confundido autoridad y poder–, sino que se recibe de lo alto y en permanente lucha contra el poder de lo establecido por la normalidad social. En el caso de Don Quijote, la recibe de caballeros anteriores (reales o fantásticos, poco importa), de su adorada e hipostática Dulcinea del Toboso, pero asimismo y también en última instancia de Cristo.

 

En una era en que la autoridad (espiritual) se ha esfumado del panorama social y político, sólo resta la encarnación del ideal, locura mediante, por parte del individuo. Esto es también manifiesto en el Quijote: la era de los altos ideales caballerescos se ha esfumado; reina ya –aunque no tanto como hoy– la incredulidad y la cordura. No puede ser mayor el alegato contra la modernidad en conjunto, ni más elocuente, ni, por supuesto, más humorístico. El Quijote pertenece a un momento (¿histórico o simbólico?) en que, como decía Hölderlin y citaba hace poco Diana Piorno en un bello e intrigante relato, los dioses se han marchado. Pero a Don Quijote no le atañe, eso no es de su incumbencia. Como individuo tocado por una misión espiritual, sólo importa ponerla en práctica.

 

La locura de Don Quijote es, decíamos, visionaria, como ha de serlo también la autoridad. Atrapa la verdad (‘existencialmente’ se diría hoy, es decir, no al modo epistemológico de las ciencias) y no deja que se escape. La al parecer abundante literatura sobre el cabalismo –u otras ramas del esoterismo– grabadas en el Quijote oscurecería tal vez que la propuesta cervantina es sumamente sencilla: Don Quijote se aferra con pureza y simplicidad a la verdad de su amor y de su sentido desinteresado de la justicia. Por supuesto, desde el punto de vista humano, o de la cordura, muchas de sus hazañas tienen resultados fatales, hasta ridículos (sobre todo al principio). Pero más importante que el resultado de la hazaña codificada por el principio de realidad es ejecutarla desde el convencimiento de la transfiguración. Todos los obstáculos, reticencias ajenas, se transforman así en magos encantadores que quieren engañarnos, demonios haciendo de las suyas, velos que ocultan la verdadera realidad, la espiritual. Todos los encuentros necesitan de una reversión de lo aparentemente real a lo ciertamente espiritual para que pueda llevarse a cabo la misión.

 

La transformación de la realidad que ejecuta Don Quijote no es gratuita, como suponen los biempensantes que le toman por loco, sino, al revés, rigurosísima. Todo atraviesa su crisol visionario, todo sin excepción, empezando por sus motivos más altos: una aldeana ‘hombruna’, ‘de pelo en pecho’ (así describe Sancho Panza a la sin par Dulcinea del Toboso), se convierte en el ideal más perfecto de belleza. En Dulcinea se admira ejemplarmente la fuente de la que bebía Santayana cuando identificaba las verdades estéticas y morales, relación que ha mutado en el arte del siglo XX desde Baudelaire y que, con todo, se mantiene intacta, pues todo arte, al perseguir un ideal contrapuesto a lo dado en el mundo social, está indisolublemente ligado a la (edificación) moral. Una vez alcanzado el punto del convencimiento interior –y, como hemos dicho, de aquí parte la novela–, estamos ante un ideal dado totalmente y de un solo golpe, pero explicado a los demás, tanto lectores como personajes, poco a poco, evidenciando de este modo, una y otra vez, que no hay fisuras en su visión. Los que dudan son los otros: los personajes, el lector, tal vez incluso el autor. La encarnación del ideal no.

 

La verdad de Don Quijote es, sin más, el amor, que lo acapara todo: erotismo, ascetismo, lucha, la lealtad de la amistad y de los contratos, la del trato a superiores e inferiores. Un amor que es tanto más verdadero cuanto más ideal y perfecto es, y cuanto más dispuesto se esté a dar la vida por él. El amor se descubre así como superior a la muerte, aunque no sepamos tal cosa como se saben las cosas de la ciencia. Se trata de algo que se pone en práctica, que es acción; acción que por otro lado emana de la fe cristalina en que el mundo transfigurado por el amor es el más cabal, en realidad el más real. Sin la transfiguración no puede comprenderse la realidad. Se entenderán acaso fragmentos a la manera de la ciencia, y ello no es poco, pero la realidad seguirá siendo incomprensible e insignificante, por tanto caprichosamente manipulable, delatando así haberse labrado a base de convenciones ciegas por sí mismas, pura mecánica moral y física.

 

Todos podemos reclamar al Quijote como nuestro; todos, de hecho, le reclamamos: literatos, políticos, periodistas, académicos… todos le reclaman como propio. Y a todos nos agrede. La situación de nuevo es análoga a la de Cristo. Al reclamarle con nuestras vidas miserables, con demagogias de salón o de parlamento, le mancillamos. Pero a él no le importa; ya no pertenece a este mundo de mediocridades. Al haber alcanzado el convencimiento de la visión y de la tarea, al estar todo sujeto al empuje de la transfiguración, el mundo ya es otro. Con todo, no es vano del todo reclamar al Quijote como propio, en primer lugar porque existen otros muchos ideales a los que se contrapone. Nos pertenece porque en el Quijote está inscrita la altura humana máxima, fundida ya plenamente con lo divino.

 

Por último, quisiera añadir que no es casual que Don Quijote sea español. Aunque pueda haber algo de esto, no creo que sea pura retórica académica afirmar que en el Quijote se encuentran las claves principales de lo español. No entro en la cuestión de si España ya no es y la polémica que acarrea; no la discuto. Podemos, si se quiere, hablar de la España que fue, si con todo tenemos presente que hablar en pretérito puede confundir más que aclarar, pues entonces hay que dar un punto histórico definitivo donde se pasa del ser al no-ser, cosa a mi juicio imposible. Además, como se ve precisamente en las renovadas lecturas del Quijote, la irradiación de aquel mundo y de aquella presentación de la verdad no se ha detenido, sino que prosigue incólume, por muy cubierta que esté por la capa de polvo de la comentarística y las conmemoraciones. Tal vez incluso su luz sea mayor con el paso del tiempo y la perspectiva que ofrece.

 

España como crisol de un equilibrio entre lo racional y lo irracional, sin sujeciones a la racionalidad abstracta y más estatista europea, como equilibrio anodino entre la cordura y la locura, entre lo apolíneo y lo dionisíaco, entre lo aguerrido y lo manso, entre lo más elevado y lo prosaico, todo ello –y mucho más– palpable en el Quijote. El cuadro completo de estas tensiones podría desarrollarse aún más, pero en conjunto se diría que estamos ante una forma capaz de unir opuestos sin despreciar nada, cosa de la que es incapaz por sí sola la razón de los cuerdos, fundamentalmente la de la modernidad. El lenguaje literario es tal vez más apto que el teológico para dar cuenta de esta tensión unitiva entre opuestos tales como cordura y locura, lo más elevado y lo prosaico. No en vano la Revelación es un mythos que sólo más tarde adquiere la categoría de logos, por supuesto hoy disputada, si es que no masivamente refutada. En todo caso, la teología dogmática constituyó un intento parecido, y en España tuvo uno de sus más grandes bastiones. Estas cosas, a pesar de todo, no desaparecen tan fácilmente.

 

España, finalmente, como lugar en que la razón está arraigada pero no hipostasiada en deidad resuelve-todo, definitiva, como en buena parte de las fuentes de la filosofía moderna. España donde tal vez, como dicen estudiosos tanto católicos como materialistas, la Ilustración europea no fue necesaria, al menos en puntos sustanciales. España con una historia, pues, singular, refractaria como ninguna al historicismo, a una mecánica exclusivamente inmanente de relato donde el todo y sus partes se entiende más como logos que como mythos. España que, como decía Gustavo Bueno en una conferencia memorable, va hacia delante o muere, exactamente igual que Don Quijote.

 

***

 

[1] Admitiendo esta hipótesis, que es tal vez hacia la que más me inclino con el texto solamente en la mano, sin conocer datos biográficos y otras consideraciones estéticas o históricas, me parece evidente que cuando alcanza a escribir el célebre discurso de las armas y las letras a cargo de Don Quijote, Cervantes ya no tiene un sentido unidireccional de la burla y encuentra en Don Quijote la encarnación de valores espirituales transcendentes.

[2] Por cierto que su Persiles, otra obra colosal y de la que se habla demasiado poco, es también una novela de caballerías.

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