La puerta azul 30 de noviembre de 2012 | 5:00 am

La piedad

Hoy yace un hombre en el suelo y de sus brechas abiertas nacen alas.

 

He oído llover toda la noche. Sé que llovía porque oía la lluvia caer en el fondo de un patio de luces, un patio de luces estrecho como un pozo. Las plantas estarían ahogándose, pensaba. El mar habría levantado las olas como si fueran faldas para dejar pasar los espermas de su espuma, otra vez los parkings amanecerían inundados y los posos del café serían arena en las terrazas del malecón. Pero yo no me he movido. Sé que han pasado cisnes negros por encima y que parecían la noche, pero yo me he quedado inmóvil, apenas respirando. Si me he quedado muy quieta es porque no iba en el vagón de un tren que no he cogido. Si he estado quieta es porque el tren iba solo, sin pasajeros, y tal vez los asientos parecían mundos mudos y el revisor no habría sabido qué hacer, si quitarse el uniforme y mirar por la ventana como quien nada puede ver, o echarse a llorar sobre los respaldos vacíos. Ahora habrá llegado a su destino y aquí ya se ha hecho día y la lluvia no ha cesado. Ahora entrará en la estación y yo no bajaré de él para andar sobre un empedrado de céspedes suaves. No, porque sigue lloviendo y se han formado charcos en las ciudades. Todo sigue inerte y riguroso dentro, porque se derrumban las arquitecturas, porque tiemblan todas las maderas. Y hay un concierto del Emperador siempre sonando y una butaca que uno abandona lleno de miedo y de pobreza, porque es frágil dar refugio a los pájaros en el barro. Porque sostuvimos las certezas como si fuera su pulso un manojo de tallos, un puñado de nudos y de nervios.

 

Hoy cae la lluvia con más balas que nunca, con más descenso, con más gravedad. Hoy yace un hombre en el suelo. Parece un pájaro. Y hay dos mujeres a su lado que son alas. Afuera todo es algo mucho más pequeño, afuera no sucede lo que sucede en ese instante de absoluta piedad. Hay dogos negros, salivas de perros rabiosos queriendo infectarlo todo de negrura. Quieren derruir todos los cuerpos, son los grandes artificieros de las detonaciones controladas y, sí, los edificios y los hombres se desploman, caen, pero ellos no saben, no saben que es entonces cuando nace algo que es más grande que estar erguido, porque sólo ahí el hombre es hombre, en cuanto no está solo, en cuanto sabe que no es nadie sin los demás. Es ahí donde nace la sociedad, la única válida. Y de entre los escombros surgen los jilgueros de la voz, la voz que es pueblo y es cañaveral, que es acequia y es casa. Sólo ahí las monedas vuelven a ser panes. Y si un hombre, un hombre, digo, un hombre bueno cae y se desploma porque la ceguera y el vasallaje son un fusil que es un candado que son caninos de perros sanguinarios, si un hombre bueno cae, repito, se edifican todos los escombros, como si fueran un magnolio o un milagro.

 

Ya naciste con todos los desahucios llorando en tu garganta. Ya naciste solitario lleno de hombres. Ya no eres el exiliado en el tiempo que decía Espinosa, porque ahora eres de tu tiempo. Tu tiempo es este desastre, este desastre que ennoblece, este desastre que es el mejor canto para no rendirse. Y sólo brota un sentimiento de amor, de verdadero amor, de amor sí, por qué no decirlo, en todos los que conmovidos asistimos a la valentía y a la grandeza de los hombres.

 

Hoy cae la lluvia con más brazos que nunca. Desde la noche pasada no ha parado de llover y yo me he quedado a oscuras, llena de escayolas por dentro donde los perros te destrozan y tú caes cayéndote lleno de palabras hermosas, ay, llena de escayolas como una estatua que tiembla, amigo mío. Pero miro afuera y ahora es todo más limpio y en toda esa humedad hay un otoño que embellece la tierra y huele a tierra mojada, huele al barro y a las manos con las que hacen las casas los hombres. Y así, con la compañía de este pensamiento, los animales del pecho empiezan a moverse y sacuden la lluvia de sus lomos. Sobre la acera hay una mancha de tu sangre y, sin embargo, una confianza plena me hace sentir a cubierto. Ahora sí, ahora ya pasó la calumnia y pasaron los siervos del Estado con sus uniformes de enterrador. Ahora sacas algo del bolsillo para que se te pase la fiebre, como queriendo hacer una presa en el riachuelo que nace de tu frente, y sonríes. Tú dices que esa fotografía es La Piedad y no se me ocurre mejor manera de definir lo que esas heridas y esas manos humanas sosteniendo tu cabeza representan.

 

A ti te han derribado. Ellos sólo ven eso, no ven, sin embargo, que ya no eres uno, que con tu dignidad puesta en pie se alzan las demás. Y que de pronto escampa y suenan ya las heroicas en las conciencias de los hombres sordos.

15 comentarios a “La piedad

  1. Diana, tu sensibilidad es un regalo para todos nosotros. No puedo añadir ni comentar nada más, por mi propia incapacidad para reflejar sentimientos en palabras, pero también porque una vez que tú lo has hecho toda glosa es innecesaria.

    Un abrazo
    Juan Sánchez

    • Ahí está, es justamente eso, el ánimo esperanzador y valiente del hombre a pesar de los golpes, de las caídas, de lo miserable. Es algo tan grande… Muchas gracias por tu comentario. Un abrazo.

  2. Querida Diana:

    Lo han dicho Juan y Carlos. Regalo de sensibilidad y perfección. Añado la anunciación. Después de leer tu artículo tengo la sensación de que algo muy hermoso está por llegar. Supongo que una de las manías de los seres angelicales es anunciar bondades.

    Bienvenida.

    • Ese mismo pensamiento esperanzado tengo yo, querido Óscar. Es una expectación feliz. Y cuento los días al tiempo que entrego mi mano. Es algo hermoso que se está gestando. Como si un germen de amistad estuviera sobrehilando nuestras vidas, las de todos. Hoy no puedo sentir sino la compañía de los hombres y sé que eso es bueno. Sólo del desorden puede generarse la vida y son las relaciones mutualistas entre organismos, y no las de competencia o las predatorias, las que le dan origen. Recobrar la fe en el hombre es, sin duda, lo más grande que nos puede pasar. Y eso se lo debemos a este tiempo convulso. Maldita decadencia hermosa que une a los hombres. Un abrazo, amigo del alma. Y gracias por tu bienvenida.

  3. Diana siempre escribe sobre aquello que jamás perecerá. Siempre, jamás: tanto abarcan sus palabras. Un largo abrazo, amiga.

    Saludo con todo mi agredecimiento a El Cratonauta.

    • Querido Carlos:

      Tú ya te has vuelto necesario para todos. Si alguna vez ocurriera no saber quiénes somos, si sucediera mirar a los demás y no saber, entre tantos relojes, cuál es nuestro tiempo, si no entendiéramos que es en lo de afuera donde hay que buscarse los ojos, entonces, podríamos recurrir a esa milagrosa suerte de poder mirarnos en tu espejo. Tú ya no te mires, no te hace falta, no te mires que estás en el pensamiento y en las calles donde uno debe estar, porque estás con un altavoz gritando palabras humanas para que los necios y los cobardes y los asesinos, los que avergüenzan a la vida, a la Naturaleza, vuelvan a ser hombres. Que las heridas abiertas son labios, amigo. Hoy, si cabe, resuenan con más fuerza aquellos versos de Hölderlin: ‘El hermoso consuelo de encontrar el mundo en un alma, de abrazar a mi especie en una criatura amiga’. Gracias por ser ejemplo para todos. Y por esas palabras hilanderas que me dedicas… Mi abrazo y mi profunda compañía.

  4. Querida y admirada Diana:

    Aunque son muy conocidos no me resisto a citar los versos de Hölderlin: pero allí donde está el peligro/brota también lo que salva

    ¿Puede existir una conciencia a la que no reanime el son de tu inspiración? Estaremos deseando que vuelva a abrirse la puerta azul de tu talento.

    Muchas gracias y bienvenida.

    • Querido Rafael:
      Los versos de Hölderlin me han llegado al alma, y no podía ser de otra forma tratándose de él. Si te soy sincera no los conocía. Tal vez debería sonrojarme, y lo hago, sí, pero no por esa omisión, sino de puro sentimiento emocionado. Muchísimas gracias por tu bienvenida y por tus bonitas palabras. La puerta azul, que anuncia la ilusión de llegar a un lugar seguro, lleva abierta cuarenta años y no puede cerrarse. Mi abrazo.
      Diana

  5. Diana, tienes una forma muy delicada y bella de exponer la dura realidad con un toque onírico y de esperanza que me encanta, porque deja abierta una ventana a un cielo azul y limpio.

    • Querida Arancha:
      No sabes cuánto agradezco tus alentadoras palabras. Que nuestra fortaleza sea siempre ese cielo intacto que dices. Un abrazo.

Comentarios

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