Literatura 1 de febrero de 2016 | 5:03 am

La maravilla de lo real

alejo carpentier

Emerson, el maestro de Walt Whitman, anunció el fin de los tiempos de dependencia y aprendizaje de los conocimientos de otras tierras; de ser alimentados con los restos de otras cosechas. Surgían hechos y acciones que los propios americanos debían cantar. “¿Quién puede dudar de que renacerá la poesía y nos llevará a la nueva era?”.

 

Alejo Carpentier no vivió en el siglo de las luces pero sí en el París más esplendoroso del siglo veinte. La irrupción de los nazis en la bella ciudad hizo patente la decadencia europea (la de Occidente, culminando la profecía de Splenger), y la necesidad de una inversión completa en tierras americanas, de la búsqueda de una cierta pureza nativa, en la que una cultura regenerada se insertaría en un paisaje exuberante. Una verdadera revolución en lo real maravilloso. De un viaje a Haití y otro por la selva amazónica surgirán El reino de este mundo (en la que los elementos naturales facilitan la revuelta de los esclavos negros) y Los pasos perdidos.

 

En América no era preciso forzar o manipular la realidad. Sin artificios ni hallazgos fortuitos de cariz surrealista, la naturaleza y la realización inminente de la utopía ya son completamente inspiradoras: “nosotros teníamos lo maravilloso latinoamericano en estado bruto, al alcance de la mano, listo para ser usado en arte y en literatura, como un ready made de Marcel Duchamp”. El estilo envolvente y proliferante de Carpentier, rico en adjetivos, se alimenta de la abundancia tropical y de un nativismo fervoroso.

 

Mostró su adhesión a Castro, pero su maravilloso estilo hubiera tenido difícil encaje en el realismo socialista. Por eso, resultó airoso volver a París con un cargo diplomático. Allí, Carpentier, presenciaría como se abría paso un tipo de novela (Nouveau roman) en la que se preconizaba que el escritor debe renunciar a todo deseo de escribir hermosamente por el placer de hacerlo o de producir goce estético. Según Nathalie Sarraute, el autor ha de plegarse al registro de la realidad y será “capaz de belleza sólo en el sentido en que pueda ser bello un gesto cualquiera de un atleta; cuanto mejor adaptado a su objetivo, mayor será su belleza”. El novelista ha de aprehender la verdad (sus fragmentos) como un científico, con un ejercicio puramente funcional de su estilo.

 

Los filisteos explican de manera prosaica lo maravilloso e intentan reducirlo a medidas normales o regulares, tomando lo extraordinario por ordinario. Son personas que renuncian a la admiración y la sorpresa, moviéndose eternamente en el círculo de sus rutinas. Carecen de imaginación y les resulta sospechoso quien la tiene en demasía. Por el contrario, Alejo Carpentier nunca intentó empequeñecer lo sublime.

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