Cine 30 de septiembre de 2012 | 3:00 am

Johnny Guitar

En el arte hay un talento que sale de las emociones, de las simpatías y de las intuiciones, no menos que del cerebro. Lo que está falto de corazón también carece de comprensión. Nuestra capacidad para la elección moral se nutre de la sensibilidad, que a su vez, pone en marcha la disposición para actuar por sí mismos. La atención y el despertar de los sentimientos que experimentamos ante la gracia e inteligencia de los objetos estéticos son elementos fundamentales de una adecuada respuesta a la vida.

 

   A diferencia de la ópera, que deviene arte virtualmente congelado, el cine es y ha sido un fructífero medio de conservación de ciertas ideas y estilos. Así, elementos que podrían pasar de moda, se convierten en recursos utilizados en nuevas e innumerables combinaciones. El melodrama da buena cuenta de ello, y en menor medida, el western. Johnny Guitar es uno y otro. La música de Victor Young y la canción de Peggy Lee atraviesan el corazón de esta insólita obra de un Nicholas Ray capaz de inscribirse en la tradición para renovarla, de sacudir el polvo de las convenciones plásticas, narrativas y dramáticas de los géneros.

 

   Separadas de toda emoción significativa, las meras sensaciones de excitación o placer físico resultan insípidas. Ya decía Bateille que el erotismo de los cuerpos tiene algo de pesado y siniestro al actuar en el sentido de un egoísmo cínico mientras que el erotismo de los corazones es más libre; la pasión de los amantes prolonga en el dominio de la simpatía moral, la unión corporal.

 

   No es necesario que se mientan. El amor de Vienna y Johnny Guitar durará tanto como sus vidas. Nunca estarán demasiado lejos el uno del otro para que su destino se les vaya haciendo indiferente. A pesar de las decepciones, infidelidades y ausencias, subsiste una capacidad mutua de ofrecer resistencia a los embates del tiempo, ajenos a la propensión a olvidar partes de su vida que ya no encajan con las imágenes actuales de ellos mismos: el presente no podrá configurar el pasado. La santidad de los sentimientos se impondrá al demonio del cálculo y de las convenciones sociales. Su pasión ha sido tempestuosa y dolorida. Las posibilidades de sufrir son tanto mayores en la medida que sólo el sufrimiento revela la entera significación del ser amado.

 

   El amor correspondido es algo excepcional en la película: todos los demás personajes están enamorados a su pesar o desean a quien no pueden conseguir. El amor frustrado se convierte en un odio que desemboca en la muerte.

 

   La belleza de un plano o de un movimiento de cámara suele ir pareja a su necesidad expresiva. Al final, Joan Crawford avanza elástica y ágil, como impulsada por la admiración que suscita en el hombre que ama, y “llena su existencia” porque poesía es “lo absoluta y auténticamente real” (Novalis). La felicidad tranquila que auguramos a los amantes no tiene otro sentido que el apaciguamiento del largo sufrimiento que la precedió.

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