El Diluvio Universal 15 de enero de 2015 | 4:31 am

Hacia el origen de lo político

el origen del hombre nuevo

Detengámonos a examinar ese momento de libertad bruta constitutiva de todo lo social, de todo lo político. Desde luego hablar de ‘momento’ resulta confuso para empezar, pues en realidad nos estamos acercando, sin poder nunca hacer pleno contacto, al origen, a la arjé. Aquí todo es tentativo, especialmente en lo que concierne a su relación con lo temporal y lo ontológico. Si bien los griegos no habían concebido la arjé como una nada a partir del cual surge la creación – idea que solamente irrumpiría con la introducción de la Revelación bíblica–, en la idea de arjé, como en la de aletheia (verdad) sobre la que tanto meditará Heidegger, palpita ya el no-ser, como se hace evidente en el doble camino del Poema de Parménides. Ésta es la ambigüedad ontológica de la cuestión, pero también aquí radica su riqueza. Ya sea mediante la orientación hacia el presente de la arjé o hacia el futuro de la Revelación bíblica (no en vano el ciclo bíblico culmina en el Apocalipsis, y no en los Evangelios), importa meditar sobre este momento central anterior a todo momento, a toda palabra, a toda ocasión en el terreno de lo político.

 

Lo que algunos escritores prominentes de la postmodernidad en este terreno han llamado ‘el Evento’ (Žižek, Badiou) tiene que ver sin duda con esta aproximación al origen (dicho sea así con el permiso de Salvador Pániker), si bien mi impresión es que no se han detenido suficientemente en este punto que acaricia el no-ser. Es como si quisieran demasiado aprisa mostrar –o, lo que es peor, demostrar– sus tesis, las cuales en absoluto surgen espontáneamente de tal Evento, sino que provienen de preconcepciones labradas en laboratorios analíticos y dialécticos de otra clase (marxistas, leninistas, maoístas, robespierrianos, o los que fuere), pero en conjunto girados a eso que se denomina izquierda, lo cual por cierto ya indica hasta qué punto nos hemos apartado de la cuestión del origen y hemos entrado en un discurso fundamentalmente moderno. La modernidad, por supuesto, tiene todo que decir, pues el origen, sea lo que sea (o lo que no sea) es equidistante de todos los puntos temporales, y puede abordarse desde cualquiera de ellos. El origen, así, está íntimamente ligado al presente, si bien un presente permanentemente escapado, y de este modo simultáneamente real y posible.

 

En todo caso, resulta inexcusable partir de este sentido del origen si queremos elaborar la cuestión de qué es o puede ser la política. Yo diría que tanto la libertad bruta a la que aludíamos al comienzo, como la igualdad esencial a la que me he referido en un par de artículos en esta publicación –requisito imprescindible de una verdadera política, que naturalmente no puede confundirse con el igualitarismo social, el cual ya obedece a programas preconcebidos y estatalistas– residen en este origen, o, por mejor decir, se observan con más intensidad cuanto más nos acercamos a ese origen que en último término permanece oculto, innominado.

 

A mi juicio –y ésta es una tesis que desarrollé bien o mal, no lo sé, en La Gran Alternancia– una de las marcas de nuestra era ha sido el descubrimiento de este vacío de enorme poder generatriz, con la brutalidad que necesariamente le acompaña. La brutalidad de una aproximación al origen en el dominio político ha sido apelada por todos los movimientos totalitarios del siglo XX sin excepción, pero –es preciso añadir– es también la fuente de toda regeneración. Si concedemos que la regeneración es la marca imprescindible no sólo ya de la temporalidad misma sino de la libertad, el problema está servido. Nos encontraríamos en una situación en la que toda aproximación al origen adolece del peligro literalmente ya infinito de la aniquilación, y, por otro lado, donde todo lo que sea mantenimiento de lo dado, sin regeneración, está condenada al fracaso y la impotencia, por mucho que simule que funciona. No obstante, puede decirse que funciona porque muchos de sus movimientos están aún vinculados al origen gracias a una tradición, a una retransmisión continua complejísima que aún aguarda investigación. Se diría pues que la solución a este dilema feroz, cuyos segmentos intermedios ofrecen la complejidad abrumadora de la realidad, tiene por este sendero al menos una posibilidad: se trataría de una combinación –por llamarlo de alguna manera– alternante entre la aproximación al vacío radical del origen y las construcciones llevadas a cabo y conservadas hasta la fecha que surgieron a partir de ella. Alguien dirá que la cuestión que sigue inmediatamente es determinar exactamente qué construcciones son válidas y cuáles despreciables, pero aquí tal vez, como sucedía con los escritores mencionados antes, nos estemos precipitando. En todo caso, en mi opinión es no sólo imposible sino además seguramente desastroso ignorar en parte o en todo los descubrimientos de la antigüedad, la modernidad y la postmodernidad. Esto no significa, ni muchísimo menos, que haya que tomarlo todo de cada una de estas eras. Más bien que habría que comprenderlas en conjunto y en detalle, examinando las causas que las formaron, pues al fin y al cabo nuestro momento es heredero de todas ellas, y sea lo que sea que aguarde el futuro no será ninguna de ellas en exclusiva, sino una configuración nueva que las incorpore mejor, mal o peor.

 

Desde un punto de vista temporal, la política sólo puede comprenderse como un fruto muy tardío, casi siempre menospreciado, masivamente incomprendido, y demasiado fácilmente asumido como algo real y puesto en práctica en eso que se llama actualidad, que Óscar Martínez, en un artículo para El Cratonauta, ha visto iluminadoramente hasta qué punto se trata precisamente de la fachada que impide la política. Los primeros impulsos de libertad, asociados sin duda a la fuerza, dieron en el Derecho y el Gobierno. Ambos constituyen un intento, todo lo deficiente que se quiera, pero no por ello irreal o siempre engañoso, de preservar de la libertad, aunque sea sólo porque aspira a preservar alguna suerte de convivencia. Es evidente que sin esta base no habría política posible, así como que toda sustitución del derecho por la política, como ha sucedido en la Modernidad a partir de la Revolución Francesa, conduce, paradójicamente, a su propia demolición. El Derecho, es verdad, es esencialmente conservador, pero por eso mismo es un suelo sólido sobre el cual puede brotar la vegetación política. El Derecho, nótese, es asimismo creador, y lo es precisamente en tanto que se remonta permanentemente a la fuente, al origen.

 

Así, hablaríamos de construcciones sucesivas, cada una de las cuales no sólo se asienta sobre las previas sino que han remontarse directamente al origen para mantener su vigor, su tono vital. En este sentido, una revolución política (más bien pseudo-política) que, diciéndolo o sin decirlo, pretenda ignorar este humus labrado durante siglos de convivencia, no alcanzará la altura de civilización que preside la verdadera política, ese juego de amores y desamores con la realidad que, en cierto momento de nuestro progreso, cierto pueblo decidió hacer un asunto público.

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