Cine 1 de abril de 2016 | 3:50 am

Golpes al vacío

ali y houston

La impaciencia nos devora. De ahí el ansia de novedades y la atracción de llegar al límite para fantasear con sobrepasarlo. La manía de los desplazamientos turísticos tiene mucho que ver con el apetito de consumir comienzos y finales enlatados, de llegar e irse para volver a llegar e irse… Lo voluble y tornadizo recubre la fugacidad de las vidas, amenizándolas, edulcorándolas. El entierro prematuro del pasado al que nos entregamos sin descanso aguza nuestra conciencia de lo actual, de lo presente. Del afán de exprimir la vida a dejarla seca y vacía no hay demasiada distancia si la capacidad de vivir a fondo el instante se torna en la angustia de quemarlo pronto porque queremos que lo siguiente llegue cuanto antes.

 

No escasea tampoco, en los temperamentos artísticos, el horror al vacío, proponiéndose fines que exigen la actividad ininterrumpida de todas las fuerzas,  la concentración absoluta en un punto frente a la distracción en varios, y el aprovechamiento de cada minuto en una elevación continua para evitar descender. Von Kleist se imponía hablar con rapidez y suma intensidad, o de lo contrario, tartamudeaba y caía en un silencioso y hosco ensimismamiento.

 

Queriendo distanciarse de la atonía de la estabilidad burguesa, se anhela la captura de una infinita intensidad en el instante. Por eso, para Brecht, el boxeador representaba una figura cultural de primer orden, como atleta de la presencia de espíritu, con su instinto para el instante (la mirada de la resolución) en que debe agacharse y debe golpear.

 

Alejado de la épica de la superación que trompetea en Rocky, de la crónica del fracaso que sigue al éxito (Toro Salvaje) y de la  denuncia de los aspectos más sórdidos del entorno pugilístico (Cuerpo y alma), John Huston nos presenta en Fat City, con un realismo que duele y una piedad que conmueve, la cotidianidad de un par de modestos boxeadores. Rodada en Stockton, el director quiso que los actores se integraran en los ambientes mortecinos en que se desarrolla la historia. Además, en los combates,  Stacy Keach y Jeff Bridges pegaban y recibían de verdad.

 

Estos apesadumbrados “encajadores” no consumen sus vidas con la esperanza de un resultado que siempre está por llegar. En la secuencia final, Tully, con su impenitente don de la ebriedad, ve su apagado futuro en una suspensión del tiempo, observando al camarero y a los viejos que juegan en las mesas. Huston tomó la sabia decisión de prescindir del metraje que se rodó acerca del declive y el abatimiento absoluto de Tully. Con una extraordinaria contención dramática, ya todo estaba sugerido en el rostro desencajado de Stacy Keach, en una soberbia interpretación o mimetización de su personaje.

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