Filibusteros de agua dulce 31 de octubre de 2012 | 9:00 am

Enfermedades económicas

 

Los pioneros de la economía del bienestar dictaminaron que la propiedad colectiva de los medios de producción disiparía las energías del género humano, deteniendo el progreso económico, a menos que antes de su instauración, todo el pueblo hubiese adquirido una capacidad de generosa devoción hacia el bien público, cosa relativamente rara.

 

De esta manera, en la China del sincretismo pragmático se ha introducido cierta privatización, y los derechos de uso de la vivienda, por ejemplo, se pueden comprar y vender durante un periodo de 70 años, pero el suelo sigue siendo del Estado, que lo recupera cuando lo necesita con ofertas irrechazables. El dinero que genera el boom inmobiliario y los objetivos de construcción de infraestructuras fijados por Pekin, propicia que los funcionarios locales, confabulados con los promotores, confisquen propiedades. Así, la burocracia del partido comunista chino ha acabado abrazando en parte la tesis de Adam Smith acerca de la única función legítima de gobierno: “la defensa de los ricos contra los pobres y la de aquellos que tienen alguna propiedad contra quienes no poseen ninguna”.

 

En verdad, la enorme acumulación de riqueza de la sociedad moderna ha requerido una escasa consideración por la propiedad privada cuando esta ha supuesto un obstáculo. Y es que en efecto, la propiedad fue un inmenso robo en los orígenes del capitalismo moderno. Es comprensible que el propio Proudhon vacilase en admitir el remedio de la expropiación general: con el propósito de evitar la pobreza, la abolición de la propiedad privada podía hacernos caer en la tiranía.

 

Lejos ya de simbolizar una virtud, la pobreza, en el discurso de la modernidad, es un mal del que debemos curarnos. Hasta el final de la Edad Media los pobres estaban bajo protección específica, procurándoles una forma de subsistir en un lugar de pertenencia y residencia. En el siglo XIX se produce el gran cambio, la Enmienda de 1834 a la Ley de Pobres en Inglaterra. La principal recriminación a esta ley por parte de los precursores del capitalismo era que impedía la movilidad de una mano de obra que encima tenía pocos incentivos para trabajar debido a la ayuda parroquial. Era preciso destruir el sistema de subsidio a la pobreza para crear un mercado laboral ajustado a las necesidades de la producción. Además, durante la “edad oscura” se calcula que apenas se trabajaba más de la mitad de los días del año. Los días festivos oficiales sumaban 141 días laborables en Francia antes de la Revolución. La atroz extensión del día laboral se da en el comienzo de la revolución industrial cuando los trabajadores tuvieron que intensificar su rendimiento ante la introducción de nuevas máquinas.

 

Resulta imperativo lograr un crecimiento económico acelerado, no para borrar el estigma de la pobreza, que se resiste a desaparecer hasta de los países más pujantes de Occidente, sino para alejarnos del subdesarrollo; pero, subdesarrollo ¿en qué o en relación a qué modelo? Este concepto tecnocrático que desdeña los valores culturales y la fisonomía de cada sociedad fue acuñado por Truman para glorificar la hegemonía estadounidense y prometer la expansión del modo de vida desarrollado, como si fuera posible una definición universal de la buena vida, aparte de los efectos catastróficos que supondría su adopción por todos los habitantes del planeta, por muy “sostenible” que sea: expediente ideado para neutralizar a los ecologistas. La lógica del desarrollo global arrasa entornos donde se disponía de medios de supervivencia y arraigadas formas de vida colectiva para engrosar los suburbios de chabolas de las aglomeraciones urbanas, donde se hacinan los que quieren traspasar el umbral o línea de pobreza con un par de dólares al día. Existe en el imaginario occidental una larga tradición de asimilación simbólica entre los pobres y los salvajes. El etnocentrismo, con su miseria moral, desprecia a los que se resisten a incardinarse en la vida “ideal”, apegados a su miserable primitivismo en mundos rurales donde se las arreglan para alimentarse y cobijarse pero no para acceder a lo superfluo.

 

La clave para la prosperidad económica consiste en la creación organizada de un sentimiento de insatisfacción, exacerbando el afán consumidor; este es el nuevo evangelio predicado a la naciente clase media de Estados Unidos que se encaminaba al paraíso uniforme de los barrios residenciales. Se opera un cambio trascendental en la psicología colectiva; el consumo pasa de ser vicio a virtud, el sentido del ahorro y la moderación que la ética protestante había inculcado en el comportamiento del norteamericano medio van difuminándose ante la emergencia de la satisfacción inmediata del comprador a plazos. El pobre de hoy en día sería aquel incapaz de consumir -que es la condición necesaria para una identidad social- y de no ser menos (lo de ser más queda reservado para la necesidad de ostentación de los adinerados) que la mayoría de prisioneros de la adicción o de la envidia.

 

Por eso, para hacer girar de nuevo la Gran Rueda del Consumo es preciso dejar de sermonear con la austeridad, purgar el sistema financiero, y aceptar quitas de las deudas inasumibles. Si la pobreza es como una enfermedad, podremos librarnos de ella con el diagnóstico adecuado. Tras seguir el tratamiento y la dieta recomendados por los expertos de la salud económica (adelgazamiento de la asistencia estatal, inseguridad social y endurecimiento de las condiciones laborales) urge volver a poner dinero en los bolsillos de los consumidores para que tengan una vida consumada.

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