Filibusteros de agua dulce 30 de septiembre de 2012 | 8:00 am

El trabajo humano

Al margen de los escrúpulos teóricos, existe en el escepticismo un elemento sádico que se apresta a demoler las certezas por el deseo de que no pertenezcan a nadie. Causa irritación que otros se vanaglorien con la verdad, como si les estuviera reservada por un designio providencial. Al no ser un patrimonio particular, no toleramos que nadie tenga la arrogancia de reivindicarla, y tratamos de persuadir a los que creen poseerla de que, en realidad, asisten a una ficción. Hay una enfermiza complacencia en inocular la duda y tornar inseguros a quienes se pavonean de sus convicciones.

 

   Y es cierto que de los innumerables proyectos que han halagado a la humanidad con teorías especiosas pocos han servido para otro propósito que no fuera el de alimentar la ingenuidad o la vanidad de sus aparentes descubridores, ya que reposan sobre bases tan endebles que acaban hundiéndose en las arenas del tiempo. Sin embargo, aunque todo buen principiante es un escéptico, todo escéptico no es más que un principiante.

 

   Constituye un objeto de discusión establecer los diversos medios que permiten realizar un ideal, pues cada individuo se deja llevar por sus propios conocimientos o por su conveniencia particular. En un proyecto de largo alcance, unos abandonarán por cansancio y otros se apartarán porque les han surgido nuevos intereses. Las distintas aprensiones, las pasiones opuestas y los discordantes intereses dificultan que sean muchos los que consiguen unirse para lograr un objetivo, por muy noble que sea, y mucho menos persistir en la consecución de otros.

 

   En la lucha por los derechos civiles, aunque los boicots, las sentadas y las manifestaciones tuvieron éxito en la eliminación de las leyes y reglamentos discriminatorios del sur, fracasaron cuando pusieron en tela de juicio las condiciones sociales de los grandes núcleos urbanos: las necesidades de los guetos negros respecto a la vivienda y la enseñanza, por un lado, y los intereses de los grupos blancos de ingresos más bajos. El alcance de este modo de acción se limitó a denunciar esas condiciones y exponer cuán irreconciliables eran las posiciones. Al respecto, llama la atención la hipótesis liberal de una “armonía de intereses” natural. No fue precisamente Marx sino los propios economistas liberales quienes dieron por supuesta la ficción comunista de un interés común de la sociedad, con una “mano invisible” que armoniza los intereses conflictivos.

 

   Maquiavelo mide a los hombres de todas las épocas por el mismo rasero. Emplea el mismo tono para hablar de Alejandro Magno, Aníbal y César Borgia: “como quiera que estos acontecimientos los producen los hombres, cuyas pasiones y disposiciones permanecen iguales en todas las edades, originan naturalmente los mismos efectos”. Pero el hecho de que el hombre sea capaz de actuar, es decir, tomar una iniciativa y poner algo en movimiento, significa que cabe esperar de él lo inesperado e improbable. En su filosofía política, Aristóteles nos indica lo que está en juego: “el trabajo del hombre”, “vivir bien”. Un logro específicamente humano. No hay nada más elevado de alcanzar que esta realidad.

 

   Sin auténtica política vivimos necesariamente mal.

2 comentarios a “El trabajo humano

  1. Querido Mauricio:

    La inteligencia elegante aplicada a las conductas sociopolíticas suele suscitar, espero que no sólo en mí, la hilaridad. Es difícil no reír con ese retrato del sadoescepticismo de quienes creen que negando la posibilidad de verdad en una afirmación alcanzan una posición verídica para sí mismos, como si negando que un atleta sea capaz de dar un salto de ocho metros de longitud, las piernas del escéptico se fortalecieran.

    Y es difícil no despertar de la egomanía comprendiendo, tras la lectura de tu escrito, que la política también consiste en saber que no se puede cuidar de la propia vida sin cuidar de la de todos.

    Qué honor es tenerte aquí.

  2. «Aunque todo buen principiante es un escéptico, todo escéptico no es más que un principiante.» No se puede decir más con menos, y con tanto humor.

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