El Astillero 1 de febrero de 2016 | 7:02 am

El sentido común de la utopía y la ambición

saint simon

La francesa de carácter filosófico es, de todas las literaturas nacionales, la que mejor abusa de una pretendida concepción del sentido común. La deriva soberanista de lo popular que se incubó durante la Revolución dejó una impronta intelectual: la de tender a aproximase al pueblo con la intención de guiarlo ideológicamente y, por tanto, mantenerlo ligado a la clase dirigente.

 

Existe un temor ancestral a que “los nuevos tiempos” sean la excusa que enarbolan los hombres, no para poner las cosas en su debido orden, concreto, estable, sino para encajarlas en la estructura de una quimera. Por eso, resulta tan conveniente apelar al sentido común como criterio de verdad, que es como la confianza que tenía Sancho Panza en los bachilleres de Salamanca, que nunca mentían… salvo cuando les interesaba.

 

Es un hábito moral precioso el de la preferencia constante por lo verdadero, tanto teórica como prácticamente. Sin embargo, cuando decimos de algo que es de “sentido común” no estamos hablando de su verdad sino de su extensión o difusión, de su fuerza conservadora.

 

Las alquimias económicas y políticas (en el Mercado y el Estado) también han buscado el elixir de la vida, lo irreductible en la naturaleza y la historia, lo que alimente nuestros sueños de transmutación actuales, porque como predicó Saint-Simon en Le Producteur: “La edad de oro, que una ciega tradición situó en el pasado, está ante nosotros”. Y su advenimiento descansa en una escatología de visiones mesiánicas y utópicas de las que las ideologías (con su exaltación gregaria y avidez de felicidad) son la expresión vulgar.

 

Relacionándolo con la proposición de Engels sobre el paso del reino de la necesidad al de la libertad, Curzio Malaparte afirmaba que donde hay libertad no hay Estado. Pero el autor de Tecnica del Colpo di Stato estaba demasiado apegado a la fórmula de “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el Estado”. Resulta más efectivo encauzar la voluntad popular o ahormar el sentido común abandonándose a la utopía democrática, la que presupone que debemos acatar libremente lo dictado por el poder (el conformismo marcado por el derecho) porque todos nosotros, los ciudadanos, podemos convertirnos en miembros de la clase dirigente.

 

Pero para mandar se necesita una predisposición anímica a prueba de todo quebranto, una pasión por identificar y cruzar metas, además de rapidez y desenvoltura en la elección de los caminos que conducen al éxito. Y sobre todo, ha de contarse con una gran ambición (una que se considere inseparable del bien colectivo) que sepa utilizar las pasiones populares para los propios fines.

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