El Diluvio Universal 15 de octubre de 2015 | 6:36 pm

El qué y el quién

rubens trinidad

El qué y el quién

o

un apunte apologético a ciertos escritos de Fermín Ortea

El quién, lo que cada cual es para sí mismo, en transformación, se introduce en Occidente con el concepto relativamente tardío de ‘persona’ desarrollado por la Iglesia latina, que cruza la visión bíblica del Dios personal (“Yo Soy el que Soy”) con el concepto jurídico romano de persona. Esto no estaba presente en los griegos, ni los antiguos ni los padres de la Iglesia, quienes se centraron ante todo en el qué, en el ser y en la razón de las cosas.

 

Se diría que el subjetivismo moderno parte de aquí, pero lo que es más importante: también el estado. El estado, a pesar de su aparente impersonalidad, producto del grado de abstracción cognitiva en que se mueve, del tratamiento objetivista de los juristas modernos (Bodino, Hobbes) y de la técnica, es la personalidad suprema. Es un quien paradigmático, oculto tan solo porque no se le ha dado voz, cosa que sólo puede hacer, imperfecta e incompletamente por supuesto, pero aún así tal vez decisivamente, la imaginación. Si esta imaginación tiene éxito es porque toca una realidad que sólo así podía ser iluminada, porque permite ver aspectos constitutivos del estado de un modo que sólo puede ser expresado en primera persona. En primer lugar, por ejemplo, hasta qué punto está basado en la arbitrariedad.

 

El origen de la emergencia del estado habría que localizarlo entonces en la traducción del término griego hypostasis por el latino de persona en la teología trinitaria, que es el centro del pensamiento occidental. La Trinidad es el antecedente de las tres esferas de valor modernas (Weber) o de los tres ejes del espacio antropológico (G. Bueno). La separación de las tres esferas, según Weber acaecida en la modernidad, siempre había estado ahí. Lo característico de la modernidad no es la trinidad, sino el imperio de un tipo de objetivismo devenido del subjetivismo de la persona. Los descubrimientos científicos modernos están en perfecta continuidad con el pasado, puesto que son esencialmente praxis técnica. La imagen que la ciencia moderna ha propiciado de sí misma como liberadora es propagandística: los descubrimientos diversos siempre han chocado con el entendimiento común y presente. Como se advirtió ya muy temprano en la teología cristiana, los tres ‘lados’ de Dios (una imagen que para muchos padres de la Iglesia era ya excesiva pero aceptable para poder hablar), son eternos, y por tanto se han encontrado siempre ahí, vinculados a la realidad humana.

 

Lo pernicioso no es el quién como tal, sino su absolutización, con el consiguiente desvanecimiento del qué. El quién es la persona particular sobre la que con razón tanto insistiría Kierkegaard, un quien que se transforma y cuando ante todo importa que se transforme, pues el quién es quien tiene libertad para realizar o no un trabajo interior. Ningún sistema de conocimiento puede realizar esta tarea por cada uno de nosotros. El quién es siempre único, totalmente distinto de los otros en tanto particular, al revés que el qué, que es común a todos y cada uno. Con el correr de la teología, el quién no obstante se confundió con lo individual, que es una categoría del ser y no de la persona: lo individual no es único, sino uno, unidad y en nada distinto de otros individuos. En este tránsito, cimentado dogmáticamente, del ser al uno-mismo, del qué al quién, se anticipan todas las divinizaciones subsiguientes, en especial la del estado. Un error que arranca con la divinización de la persona de Jesús, aunque sin duda ha estado presente en tantas religiones que serían idolátricas al no tener noción del verdadero Dios, que no se sujeta a ninguna imagen, tampoco a la de persona, una imagen puramente humana y aplicable solamente en ciertos contextos, más literarios o míticos que filosóficos.

 

El estado es un falso dios, sin duda, pero eso no le quita su estatus divinizante al que tanto y tantos se adhieren y que es tan difícil de combatir. Podría decirse que, en este sentido, la única manera de detener al estado es religiosa o espiritual, algo que por otro lado está inserto en la tradición del cristianismo. Pero el estado está hoy más oculto que nunca, velado por la impresión de que sólo puede tratarse acerca de él lógicamente y no míticamente. Si lo pensamos bien, el estado pertenece incluso más al reino del mito que al de la lógica. Y el cristianismo parece haber desactivado su vocación anti-idolátrica, seguramente porque también él, en algunas de sus versiones teológicas, cojea de ese mismo pie.

 

El estado es algo más que un logos devenido abstracto, todo o casi todo afueridad (no en el sentido dado por M. Blanchot). El estado es también una figura mítica, el titán máximo si se quiere, Leviatán claro, gobernador supremo del mundo, tal vez la(s) Bestia(s) apocalíptica. El estado quedará frenado tan pronto como cese su adoración más o menos consciente y empiecen a generarse formas de vida alineadas con una vida enfocada hacia lo divino, con sus tres ‘caras’ o ‘dimensiones’ de Transcendente, Espíritu (todo a través) y Logos (profundidad), que en la Encarnación se une indisolublemente a lo humano.

 

El discurso teológico de persona, tal vez sin poderlo advertir en un primer momento, confunde lo lógico con lo mítico. Aun siendo ‘persona’ una acepción más próxima al mito –pues persona implica narrar lo que le sucede a un yo, una historia, un mythos–, se hace pasar por culminación lógica al establecerse como dogma teológico. En el mito no puede haber una distinción clara entre lo humano y lo divino: éste es su defecto, y también es su fuerza. En el mito hay personas alineadas o no, o más o menos, con lo divino en su devenir existencial. La distinción entre lo humano y lo divino es lógica, lo mismo que la unión o la unidad entre ambas conocida como Cristo. Al confundirlas lógicamente, lo personal pasa a encumbrarse como la forma misma de lo divino. Y ahí se cuela de remolón la antropolatría, cuyo último coletazo es el estado, y elevada hasta tal punto que ya nos es difícil distinguir nada más.

 

El estado aparenta ser impersonal, pero es un Hombre divinizado. La fusión de la técnica con el estado ha venido a confundir aún más la cosa, o pseudocosa, de tal modo que la impersonalidad y volatilidad de la primera se atribuye al segundo. En el estado como técnica suceden tantas cosas que ya no sabemos ni podemos saber quién, cómo, cuándo o por qué se produjeron. Las causas de las decisiones que nos afectan a todos se alejan de lo humano en parte por el telos propio de la técnica librada a sí misma, pero también por la persona (no naturaleza) divina del estado. El hecho de que las cosas en el estado suceden como si fuesen impersonales no significa que lo sean, ni que la volatilidad sea inevitable. Las decisiones son siempre personales; son y serán, a pesar de los retratos ofrecidos por la ciencia-ficción, de humanos, aunque éstos tiendan a la deshumanización. La ciencia ficción procura, en el mejor de los casos, imágenes metafóricas, no literales. Por ello la realidad supera siempre a la ficción. La megamáquina de la ciencia-ficción no sería, en fin, más que el Hombre divinizado disfrazado de técnica. El estado no es, sino que simula tan sólo que existe; si bien tal simulación es operativa, distorsionando la realidad y la lógica.

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