La puerta azul 15 de noviembre de 2013 | 3:00 am

El disparo

Man hunting with dogs - shooting rifle at birds. [front] (Boston Public Library)

 

Bajo una lona azul improvisada

que hacía las veces de refugio y cementerio,
mi hermano y yo asistíamos a los pichones malheridos,
agonizantes,
que los hombres iban depositando allí,
sin tan siquiera mirar si había niños dentro,
demorando con su amor infantil a la muerte.

 

Un hilo de sangre bajaba desde el pico y salpicaba las plumas

e iba dejando una escritura roja,
como un idioma de peligro en el suelo.
Aun así nos parecía posible la vida, su continuidad.

Algunos de ellos aleteaban

mientras las moscas se acercaban para devorarlos
con sus zumbidos y sus trompas ávidas de despojos.
Nosotros las espantábamos con las manos,

al tiempo que intentábamos restañar las heridas.

 

La mayoría llegaban ya muertos.

Había un velo translúcido en sus miradas,
una pequeña charca que temblaba
no sé si en mí o en sus pequeños cuerpos.
Luego, como una demolición inacabable,
una última iridiscencia afloraba en la pupila.
O tal vez era el sol de la tarde
que cuajaba una imagen postrera en el ciego redondel de sus ojos.

 

Recuerdo cuando entró nuestro padre.

Nos estaba buscando y alzó al fin aquella carpa
donde sucedía un circo de horror
bajo el amparo inocente de unos niños.

 

No puedo olvidar aquella expresión suya de derrota

y de vergüenza humana
al vernos allí, reanimando la nada.
Nos sacó con el mismo cuidado,
con la misma amabilidad,
que antes habíamos puesto nosotros en las aves moribundas.

 

Llevaba una escopeta

con el doble cañón apuntando el suelo.
Los ojos de mi padre eran también dos orificios oscuros y profundos.
Miré en ellos. Seguí el reguero de pólvora.
Vi los cadáveres, el poso cárdeno en las plumas,
la salvación imposible.

 

Y luego, dentro, el disparo.

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *