Cofa del mesana 31 de enero de 2013 | 5:00 am

El dinero

Hooked on the money (HikingArtist.com)

En el momento actual, y en el llamado Primer Mundo, la gran mayoría de las personas —si son consideradas individualmente— o de las familias —como grupo primario más parentela, haciéndolo colectivamente para añadir la posibilidad de relación efectiva entre sus miembros— son incapaces de procurarse por sí mismos, y por sus propios medios (o carecen de alianzas definidas para ello), el alimento, el agua, el vestido, el calzado y la vivienda. Dicho de otra manera, sus imperativos de subsistencia, cuando menos, están en manos, no de otras personas —con quienes podrían trazarse vínculos duraderos y no exclusivamente referidos al intercambio material, las referidas alianzas, tan naturales en la historia de Homo sapiens—, sino de obligatorias relaciones cuyo nexo y sostén es el dinero. Llama poderosamente la atención que, en estas circunstancias de tan impersonal dependencia, las últimas décadas del pasado siglo y lo que llevamos del actual, sean considerados los momentos en los que los humanes gozamos de una mayor libertad, naturalmente restringida al “espacio geopolítico” al que pertenecemos.

 

Será estéril toda aproximación al problema del dinero que no repose en su carácter simbólico para la relación social, dotándolo para transmitir derechos sobre los objetos o incluso sobre las personas, así como para saldar obligaciones, portando una medida del valor de tales bienes y acciones, todo de forma directa o diferida en el tiempo, siempre y cuando se den las circunstancias que no alteren sustancialmente su vigencia. Ello nos lleva a hablar del dinero de cuatro formas diferentes, aparentemente relacionadas y unificadas en el mundo actual; aunque hay constancia de que no es así para todas las culturas, ni lo fue en todo tiempo y lugar, más bien al contrario, su forzosa ligazón aparece como algo novedoso.

 

Las cuatro maneras que anticipamos, con enormes posibilidades de que se hubieran dado cronológicamente en la historia por este orden, son:

 

A) FORMA DE PAGO, en cuanto DESCARGO DE ALGUNA OBLIGACIÓN mediante la entrega de objetos cuantificables, preferiblemente fungibles. Varias de estas obligaciones sociales —no se trata de obtener ningún bien a cambio del pago, lo cual podría constituir un acto de compraventa—, comprometidas en cumplimiento de lo ritual-legal-consuetudinario, como por ejemplo el llamado “precio de la novia”, deben satisfacerse de esta manera. El caso prototípico era, y en algunos lugares todavía continúa siéndolo, la entrega de una cantidad estipulada de reses, palabra —pecus— de la que deriva el término latino pecunia, que precisamente significa «dinero». Sin embargo, el ganado tiene valor en sí mismo, como carne, leche y pieles o para tracción; y aunque en aquellas culturas constituía además una forma de «riqueza» (pecuarius), o se le veía como un modo de «ahorro» (peculium), esto es que añadía la consideración alusiva a la reseñada utilidad; resulta mucho más descriptivo el caso de ciertas sociedades en las que se utilizaban conchas o cuentas, que únicamente poseían/poseen el valor simbólico para saldar el tipo de obligaciones al que nos referimos.

 

B) DEPÓSITO DE RIQUEZA. Como acabamos de ver, hay un paso desde la posibilidad de disponer de aquellos objetos cuantificables, válidos para cumplir con ciertas obligaciones, a la previsión de acumularlos para poder hacerlo en un futuro en el que se sepa necesario. El atesoramiento permite diferir en el tiempo el momento del pago o, yendo más allá, prodigar favores a quienes te rodean. Cuando la riqueza es pública y notoria, ésta otorga un extraordinario crédito a su poseedor, ya que los demás siempre estarán dispuestos a tratar con él o a hacer mayor caso de sus recomendaciones. El depósito del dinero comenzó respondiendo más a tal cuestión de influencia y de prestigio social que a otras razones. Señalaremos aquí que, debido a esta trascendencia, la exhibición de la riqueza se decantaría por lo visual y su depósito por lo portátil; y ambos coincidirían en collares, anillos, brazaletes, pendientes y otras joyas. Naturalmente, hacerse pasar por rico, sin serlo, para contar con las prerrogativas de su condición fue un recurso eficaz. Seguramente por ello los metales preciosos coincidieron con los más escasos. Mutatis mutandis de lo personal a lo colectivo, para un linaje o para los ciudadanos de una ciudad-estado, este mismo papel lo desempeñaba el tesoro familiar o público, en este caso en forma de estatuas, escudillas, ajuares u otros objetos sagrados.

 

C) PATRÓN DE VALOR. Como forma evidente de valor, al ser posible saldar con él la obligación social, cosa que lo convierte en útil para todos los miembros de la comunidad, y contando con el atributo de cuantificable: es comprensible que el valor de los bienes comenzara a ser expresado en unidades dinerarias; y aquel asimilado a razón de la cantidad de éstas. Esto supone una tendencia a adoptar como símbolo un objeto que pueda dividirse en fracciones más pequeñas —las reses o los esclavos, e incluso las conchas no son aptas para ello— y que no tardaría en relacionarse íntimamente con los sistemas de pesos y medidas. La propia palabra «dinero» procede del latín denarius, que, aparte de ser una moneda romana, significaba “que contiene diez”, lo que tal vez recoja la tendencia a usar el sistema decimal debido a su facilidad operacional.

 

D) MEDIO DE CAMBIO. El dinero también se utilizó como un paso intermedio en los intercambios, lo que permitía diferirlos en el espacio y en el tiempo. Una vez que su uso se hiciera común, las transacciones podrían empezar y acabar en dinero, perdiendo así su inicial condición de nexo. Está claro que éstas últimas utilidades, las de patrón de valor y medio de cambio, actuaron sinérgicamente a medida que la fiscalidad se “monetarizó” y el comercio se impuso, situándose en la base de la forma de vida de una sociedad contemporánea que se construyó sobre la radical división del trabajo y su correspondencia con una estratificación en clases sociales.

 

Insisto en que es un hecho que los usos del dinero aquí descritos no se han dado simultánea y conjuntamente en todo tiempo y lugar. El comercio local en las comunidades rurales funcionaba en su mayor medida con intercambios directos de mercancía. El grado de adecuación al “precio” expresado en moneda resultaba variable; y la “diferencia” de valor solía resolverse mediante ciertos favores y ayudas, o sea, “trabajos” extra para el que adquiría consideración de “deudor”, o bien se mantenía constancia del “derecho del acreedor” a un futuro quid pro quo. El pago en moneda de curso legal se exigía a los forasteros o se admitía para el caso de quienes solamente dispusieran de tal forma de pago. La generalización del dinero como medio de cambio vendría en un paquete de circunstancias interdependientes, sustancialmente la separación entre el trabajo y su producto final, la posibilidad de expansión de la masa monetaria gracias al dinero fiduciario y al crédito, y las exigencias fiscales de tal forma de pago. Y éstas no se dieron hasta el siglo XIX.

 

La falacia cataláctica elimina la historia anterior para hacer tabula rasa una vez impuesto el nuevo modo de producción y su economía de “libre mercado”. Ludwig Von Mises escribirá en La Acción Humana acerca del dinero:

 

     “El dinero es un medio de intercambio. Es el bien de más fácil colocación: las gentes lo desean por cuanto piensan utilizarlo en ulteriores trueques interpersonales. Es dinero aquello que con carácter generalizado se ofrece y acepta como medio de intercambio. He aquí la única función del dinero. Cualesquiera otras funciones generalmente atribuidas al mismo no son más que aspectos particulares de esa fundamental y única función del dinero, la de ser medio de intercambio”.

 

Ignorando deliberadamente los demás usos del dinero, o metiéndolos todos en el saco cataláctico, Mises asume que las obligaciones sociales deben ingresarse en el mercado. Tal negligencia pone de manifiesto algo que muchos han señalado: la contemporánea sociedad de mercado se levantó sobre la forzosa necesidad de las gentes de procurarse, mediante el intercambio cataláctico, aquello que ya no podían conseguir directamente según los tradicionales usos corporativos. La destrucción de los órdenes sociales del Antiguo Régimen otorgaría mayor libertad a los potentados de antaño y abriría la puerta a los nuevos. Poder y riqueza deben de sincronizarse periódicamente. Se buscan. No en vano, la palabra «rico» proviene del término gótico reiks que significaba “poderoso”.

 

Es fácil inferir, una vez asimilados los usos del dinero que hemos descrito, una fuerte tendencia a que su valor simbólico descansara en el valor real convencional que se atribuyó a los metales preciosos. Era el comercio de ciertas mercancías, que habrían de traerse de lejanas tierras o incluso de la otra parte del mundo, lo que proporcionaba las mayores ganancias. Como medio de intercambio “internacional” se impusieron el oro y la plata en cuanto a su peso, y no por el valor que señalara la autoridad que acuñara aquellas monedas. De hecho, y en cuanto a tal medio de intercambio indirecto, el material con el que se forjara el dinero de curso legal soportado por el estado era irrelevante para el comercio interno, así como, en contrapartida, para saldar las obligaciones fiscales. Varios episodios de este tipo, ya en la antigüedad, se han recogido en la Oeconomica II del Pseudo-Aristóteles:

 

     “Timoteo, el ateniense, estando en guerra con los olintos, y necesitando dinero, acuñó una moneda de bronce y la distribuyó entre los soldados. Cuando éstos protestaron, les dijo que los mercaderes y minoristas les venderían los productos, tal como habían hecho antes. Entonces les dijo a los mercaderes que si recibían dinero de bronce, lo usaran de nuevo para comprar los artículos que se vendían en el país y todo lo que les llevaran en los botines; y también les dijo que si le llevaban el dinero de bronce sobrante, que recibirían plata a cambio”.

 

En contra de lo que podría pensarse, las monedas de hierro, bronce o latón no depreciaron ni aumentaron su valor. Y no ocurrió por la conjunción de varios motivos. En primer lugar, era sabido que este tipo de acuñaciones caducaban tras algún tiempo, lo que eliminaba la posibilidad de atesorarlas, ello aunque el estado asegurara el cambio del excedente por plata según el tipo inicialmente declarado. Su depósito privado, retirándolas de la circulación, solamente les sería factible a los ricos por una cuestión de liquidez; y, de todas las maneras, al constituir los impuestos un deber honorífico para ellos, conocido como proeisphora1, carecería de sentido y utilidad pretender convertirlas en el precioso metal.

 

Lo cierto es que en los tratos internacionales, desde su nuevo despuntar bajomedieval hasta su pujanza renacentista y moderna, el medio de cambio hubo de aceptarse por su valor intrínseco, o sea, por su contenido de oro o plata. Y esto era precisamente lo que fundamentaba el atesoramiento de las monedas de metales preciosos, retirándolas de la circulación. Las necesidades comerciales interiores se resolvieron con acuñaciones de menor pureza o en otros metales y aleaciones. La conocida ley de Gresham pone claramente de relieve cómo las diferentes funciones del dinero —en este caso en cuanto a medio de cambio y como depósito de riqueza— pueden marchar por separado. Ello además del desfase entre las condiciones comerciales dentro y fuera de las propias fronteras.

 

Es fácil inferir cómo sobrevino la primera gran transformación moderna del dinero: la radical separación entre su utilidad como medio de cambio (aceptación, hasta por terceros, y circulación de las primitivas letras de cambio sobre las reservas metálicas de los orfebres, más tarde billetes de banco) y como depósito de riqueza. Más tarde, en la Inglaterra del siglo XVIII, se descubriría la segunda: la capacidad de expandir la oferta monetaria y el crédito muy por encima de la oferta de oro, al portar las mismas transformaciones sociales, que tal acción promovía, las necesidades comunes de subsistencia, que debían atenderse mediante el desembolso corriente, manteniendo una circulación dineraria que hacía que los comunes se apartaran de ejercer sus derechos sobre los depósitos metálicos. Ello comenzó y se encarriló en la sinergia que hizo del Banco de Inglaterra el único banco emisor y depósito metálico centralizado, también encargado de la deuda pública en evidente simbiosis con el Estado.

 

Las primeras potencias occidentales industrializadas no tardaron en darse cuenta de que podían utilizar su posición cabecera para captar los metales preciosos de los demás países, siempre que lograran mantener los tipos de cambio apropiados con las monedas nacionales extranjeras respaldadas por el oro de sus tesoros. El llamado patrón oro guió la primera globalización en las transacciones internacionales. La ventaja era evidentemente suya. Solamente había una cosa en la que los países no desarrollados podrían competir: tierra y materias primas.

 

Sin embargo, y a la larga, tal y como prevén los modelos de comercio, habrá una tendencia al equilibrio. Es el teorema de igualación de los precios de los factores (IPF), racionalmente irreprochable, tanto como lo puedan ser las cacareadas leyes del mercado, de las cuales se infiere (a pie de página, aquí adjuntaremos el enfoque de Heckscher y Ohlin2). Cada región tenderá, en definitiva, a producir aquellos bienes cuyos factores se encuentran allí de forma intensiva. La libertad de comercio producirá la nivelación, descontando los costes del transporte. Aunque hay espacio para la controversia, la IPF se considera verificada en la economía atlántica de finales del siglo XIX. Sin desviarnos por el inmenso corolario que sugiere para la historia posterior —el imperialismo y el colonialismo, intereses geopolíticos, por no decir económicos, guerras mundiales, política de bloques y aislamiento internacional, etc—, es evidente el poderoso factor perturbador que a este respecto significaba el dinero, según el poder adquisitivo que era capaz de mantener la propia moneda de cada estado.

 

La conexión con el oro se mantuvo, para el bloque capitalista, a través del dólar —a 35$ la onza, fijado en Bretton Woods—. Lo cierto es que después de la emancipación colonial, y cuando los nuevos estados comenzaron a poder exigir sus derechos sobre las propias materias primas, el metal amarillo comenzaría a fluir hacia ellos, y eso, claro está, no podían tolerarlo los poderosos. A comienzos de los setenta, EE.UU. suspendió la convertibilidad y devaluó su moneda. Esto es que el crédito de la divisa de cada estado se haya implícito en su particular estatus económico, ello unido a unas descontroladas finanzas globalizadas. Pues esta es la última transformación del dinero, como crédito y deuda, cuya volatilidad ahora padecemos.

 

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1 En la Antigua Grecia, la proeisphora (en griego antiguo προεισφορά, literalmente «anticipo de impuesto») era una liturgia (servicio público impuesto a un particular rico) mediante la que un grupo de hombres ricos anticipaban a la polis el montante de la eisphora (impuesto excepcional sobre el capital) y que se reembolsaba después al conjunto de los contribuyentes. El objetivo era esencialmente paliar la lentitud del cobro.

En Atenas, sobre la cual se concentran las fuentes, la proeisphora se apoyaba en un colegio de trescientas personas, constituido por los tres representantes más ricos de las sinmorías (grupos fiscales). En caso de necesidad, los tres proeispherontes anticipaban el monto debido por el conjunto de su sinmoría que después les reembolsaban sus miembros, incluso si esto no era siempre posible; en cuyo caso, el proeisphoronte tomaba a su cargo toda o parte de la liturgia. (Fuente WIKIPEDIA).

 

2 Ambos estudiosos suecos, el primero de la historia económica y el segundo de la teoría del comercio, llegaron a la conclusión de que la libertad de comercio provocaba la convergencia de los precios de los bienes, y ésta llevaba consigo una convergencia en el precio de los factores. Como explicación más gráfica te trascribiré lo escrito por el propio Bertil Ohlin:

«Australia tiene poca población y una oferta de tierra abundante, gran parte de la cual no es muy fértil. En consecuencia, la tierra es barata y los salarios son elevados, en comparación con gran parte del resto de países. Según esto, parece entonces que lo más rentable sería producir bienes que requieran mayor proporción de tierra poco fértil y menor proporción de mano de obra. Éste es el caso, por ejemplo, de la producción de lana […]. De la misma forma, las regiones mejor dotadas de capital y de mano de obra técnicamente cualificada se especializarán en la producción industrial […]. Las ventas de una región a otra consistirán en bienes intensivos en aquellos factores en los que esa región esté mejor dotada y cuyos precios, consecuentemente, sean bajos […]. En resumen, se importan los bienes que requieren grandes cantidades de factores escasos y se exportan aquellos bienes que son intensivos en factores relativamente abundantes […]. Australia cambia lana y trigo por productos industriales, ya que los primeros requieren mucha tierra y poco trabajo, y los bienes industriales lo contrario. Podemos decir, entonces, que la tierra australiana se intercambia por trabajo europeo […].
Si, por ejemplo, Australia produjera sus propios productos industriales en lugar de importarlos desde Europa o América a cambio de productos agrícolas, entonces, por un lado, la demanda de trabajo sería mayor y los salarios aumentarían y, por otro lado, la demanda de tierra y, en consecuencia, la renta asociada, sería menor que la actual. Al mismo tiempo, en Europa, la escasez de tierra sería mayor y la de trabajo menor que en la actualidad si los países de Europa se vieran obligados a producir productos agrícolas en lugar de comprarlos al exterior. Por tanto, el comercio hace aumentar el precio de la tierra en Australia y disminuirlo en Europa, mientras que los salarios tienden a disminuir en Australia y a aumentar en Europa. En otras palabras, la tendencia es una equiparación de los precios de los factores productivos». (Ohlin, 1924, en Flam y Flanders, 1991, 90-92).

 

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