La puerta azul 15 de octubre de 2013 | 6:00 am

El desvelo

Insomnio (Carolina Rios)

 

Estoy poniendo suma atención a los ruidos. El vecino no colocó los fieltros bajo las sillas y toda la noche he oído arrastrar metales. Toda la noche alguien regó las plantas, alguien llevó a los perros constipados a la calle. He sacado el desvelo de la cama. Incomprensiblemente seguía postrado allí; le he dicho que era un sinsentido para quien encarna la vigilia angustiosa, el desasosiego. Yacer es para los que nacen conciliados con el mundo, para los que no sufren el desamparo de los dioses, he recalcado. Tal vez haya sido dura con él. No he alzado la voz, pero sí he vocalizado con severidad cada palabra. Temo haberle asustado. He sentido cómo dos pájaros escapaban de su pecho.

 

Me ha seguido, le he hecho el desayuno: café, bizcocho con nueces, un vaso de agua. Quisiera ofrecerle un cigarrillo, pero no fumo. Le he pedido que no baile, a pesar de que afuera la luz sea demasiado intensa y haya vecinos vibrando con la música de ese sol. Le he pedido que no acaricie al gato, que no peine a sus hijos. He podido convencerle de que no era necesario; ni siquiera hacer las maletas para llevarles a algún lugar de vacaciones. Ahora debería asearlo, lleva toda la noche en una postura estanca, en una postura que asemeja la peste, pero dice que no; el desvelo es rebelde. Ha decidido sentarse a la mesa, escuchar las variaciones Goldberg, apagar los teléfonos. Quería que encendiera la calefacción, he tenido que explicarle que aún huele a verano. Ahora está tecleando palabras, anota algo sobre ayer, sobre los días de antes, sobre cualquier tiempo que haya podido preceder el momento en que escribe. Me corrige, dice que no son palabras, que son cristales. Nos hemos mirado. Y, sí, lleva razón, he visto los cristales. Debe haber escrito con los ojos. Y los ojos deben haberse roto con el alma.

 

En verdad ése es el ruido que se revuelve contra él, que le trastorna, que ha dejado una orfandad en sus días, que ha cancelado sus planes de viaje, que le ha hecho desayunar sin ganas, que le niega el reposo. El de los espejos y ventanales golpeando el cerebro, batiéndose con violencia, haciéndose añicos. Es ése el ruido que amplifica el desorden. Ésa es la transparencia inhumana; ése, el hedor. Ésas, las ganas de llenar ceniceros vacíos con el polvo, con la cal quebradiza de los muros, con los posos que se asientan lentos, demoledores, sobre el fondo de las cosas; de borrar su ingravidez de los censos, de clavar crisálidas en los expositores fríos de la costumbre, de tañer las campanas que brotan de entre los huesos. De que algo punzante, en fin, sobrevenga.

 

Y es ahora cuando el desvelo se arranca las pestañas, se muerde las uñas y los insectos le devoran la sangre. Ahora cuando me implora que le lleve a la ducha. No sé por qué, después de todo, quiere que le limpie los cortes.

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