El Diluvio Universal 1 de octubre de 2015 | 3:12 pm

El bien político

62graces

Un sistema político óptimo debería estar construido de tal modo que esté enfocado siempre hacia la verdad; no que pretenda tener la verdad, sino que sus mecanismos internos estén constituidos de tal modo que faciliten al máximo su descubrimiento. La confusión entre lo uno y lo otro es la confusión entre los lados de dentro y de fuera, como si el sistema pudiese suplir la acción de los sujetos que lo conforman dirigida a un ideal moral o, al revés, como si la acción no tuviese que constituir y asentar sistemas que posibiliten al máximo su libre desenvolvimiento.

 

En realidad, más que hacia la verdad –que es un espacio multifacético, por ejemplo la verdad del ADN es diferente a la verdad de un caso de corrupción política– un sistema político óptimo debería facilitar el descubrimiento del bien. Éste es su telos más apropiado, si bien desde luego está inundado por los telos de la verdad y de la belleza, por seguir la trinidad tradicional de los tres dominios o esferas de valor (Weber). Se sigue con todo el mismo principio de no confundir los dos lados: la constitución de un sistema que facilite al máximo el bien no debe confundirse con el modo de constituirse como bien a cada paso, que en ocasiones tendrá que romper con lo previo. La traducción de un lado a otro no estará pues exenta de conflictos puntuales, lo cual prueba que en efecto se trata de dos cosas diferentes, en permanente relación dialéctica.

 

El ideal, el telos, manda sobre lo constituido. La constitución es la solidificación de lo sabido, de lo averiguado tras la acción. Siempre sucede después, y anteponerlo supone con frecuencia la inhabilitación de la acción. No obstante, tampoco puede perderse de vista que, al ser un proceso evolutivo, lo constituido en el pasado puede ser sin duda más adecuado que objetivos concebidos en cierto momento histórico como ideales, de tal modo que un estudio de la historia de las constituciones, siempre con el ánimo de determinar cuál es el sistema óptimo, sea asimismo imprescindible.

 

Lo sabido, lo constituido, es por definición siempre imperfecto. El ideal del bien en cambio es puro; otra cuestión es que las condiciones de la existencia, cuyos estratos hasta la supervivencia tienen un peso casi insoportable, impongan constantemente su forma. De ahí que el equilibrio entre lo ideal y lo real se aproxime siempre a la imposibilidad, y que sin embargo este filo sea el propio tanto de la libertad como de la inteligencia, alejándose lo más posible de la petrificación por un lado y de la inacción por el otro.

 

La cuestión de la verdad o del bien político no puede confundirse con la opinión. La ideología es precisamente la confusión del ideal con la opinión momentánea e irreflexiva. Mas puesto que al fin y al cabo no se conoce el ideal, sino que éste es ‘solamente’ un telos, la práctica abierta del contraste entre opiniones está en la base de la persecución del bien común. No hay otro modo, aunque la historia esté plagada de intentos no ya sólo de definir este bien de antemano, sino de imponerlo desde el poder constituido.

 

No hay mayor entorpecimiento al descubrimiento activo del bien que el estado. Ello principalmente porque procura suprimir o absorber las fuentes mismas del bien, que son múltiples y diversas, y cuya interacción produce complejidad, de nuevo bordeando (intelectualmente) lo imposible.

 

Hay que dejar la puerta abierta a la idea de que la forma política del bien está aún por descubrirse, especialmente cuando está tan a la vista que, en conjunto, parecemos alejarnos más y más de ese ideal. Es más, hay que asumir que la forma política óptima estará siempre por descubrirse. Esto no supone negar la bondad innata a determinadas formas políticas del pasado, pero sí supone aseverar su perfectibilidad. Nos precipitamos siempre al pensar que ha existido (aunque imperfectamente, se añadirá) o que ya existe (error aún más nefasto, que demuestra un grado de ilusión superlativo) el ideal. Y nos precipitamos también si pensamos que hay una fórmula intelectual precisa capaz de encarnar tal bondad de un modo más o menos definitivo. Aunque tal fórmula tenga muchos aciertos, no puede suplir en absoluto la enorme complejidad de la acción, que sin duda forzará una reformulación al poco tiempo.

 

El ideal de la convivencia no cabe en ninguna fórmula intelectual, de sistemas, de una constitución. La definición de un sistema autoproclamado como bueno puede todo lo más enseñar las zonas oscuras de los sistemas a los que se enfrenta; puede conferir una forma bajo la cual puede pensarse la realidad, y de este modo avanzar en su mejora. Pero en sí mismo contiene también la semilla del engaño. Del mismo modo que el poeta se ve forzado a despreciar su verso y arrojarlo a la pira para poder así seguir creando sin el obstáculo de su propio ego, el bien político no se esconde tras la fórmula, sino que es una tarea creativa propia del dominio moral, es la pasión misma de desarrollarlo. Aquí reside el verdadero sentido de la libertad política, que por supuesto vive inmersa en otras consideraciones, tales como la justicia o la prudencia, por citar dos clásicas.

 

La tarea de desentrañar con el pensamiento lo que hacemos pasionalmente es, de seguro, una de las cualidades inherentes al ser humano, pero también es una tarea desesperada y perdida de antemano, siempre secundaria con respecto a la entrega al ideal. Dado que los que se dedican a la política se dicen entregados al ideal, surge de inmediato el problema intelectual, pues no todos pueden tener razón en todo. Pero aunque la dilucidación teórica del ideal y de su plasmación en la materia sea imprescindible, el sentido del bien político viene dado antes por una acción que mira sólo al ideal. Y el ideal no pertenece a nadie en exclusiva y nos pertenece a todos por igual.

 

Se actúa en libertad en gran medida sin saber, puesto que no podemos saberlo todo, de hecho muy poco. La libertad y el saber se contraponen, aunque después, en retrospectiva, podamos admirar que también se complementan. Esto supone una cierta humildad, un valor no precisamente en alza entre quienes se apresuran en la carrera del poder. En este sentido, la humildad tuvo mucho más predicamento en el pasado. Hoy impera la conquista del poder para la imposición, sea como sea, de la ideología propia, casi siempre un desecho de vaciedades sin verdadero sentido dialéctico, a saber, contraponible a otras. El ‘sea como sea’ es, en fin, el enemigo tanto de la pasión por el bien político como de la inteligencia animada a desentrañar aquello invariable del bien común.

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