Cine 25 de abril de 2019 | 8:24 am

El atajo de la locura

La ira de Samuel Fuller dinamitó los géneros desde dentro, triturando clichés con verdadera pasión. Sin su legado no se entiende la visceralidad de Scorsese, las emociones servidas en crudo de Ferrara o las convulsiones tarantinianas. La dureza de su tratamiento cinematográfico se desarrollaba naturalmente en sus obras bélicas (“Uno Rojo: división de choque”; “A bayoneta calada”). Y es que como sostenía Robert Aldrich, hemos heredado la innata agresividad de nuestros ancestros. Mostrar el horror no suele tener efecto cuando los horrores provocan fascinación. La guerra es la vida “fuerte”, “auténtica”, fuente de glorificaciones.
 
 
Ahora bien, si le quitamos el halo romántico, la guerra, en el contagio de la paranoia, se convierte en el marco idóneo para el desenvolvimiento de los individuos más crueles (los mejores soldados son los más dementes), que pueden canalizar sus instintos en aras de una causa ennoblecida. El loco desvela cierta elementalidad humana: los deseos más primitivos, los mecanismos más simples, las determinaciones más urgentes. La locura es una especie de infantilización. No distan gran cosa el control de los alienados y la educación de los niños. De la locura brota un violento mundo interior de sufrimientos inexplorados y perversiones latentes.
 
 
Desde la época de Tarquinio el Soberbio sabemos que hacerse el tontiloco por algún tiempo puede ser lo más prudente: para no ser asesinado, como el resto de sus parientes, Junio Bruto se fingió loco, y como el oráculo había advertido que el jefe de  Roma sería quien primero besase a su madre, Bruto besó la tierra, disimulando su acción con una falsa caída. En “Shock Corridor” Fuller también aborda la locura, simulándola. En este caso, por parte de un periodista (la dislocación de palabra y sentido forma parte del ardid periodístico) que ambiciona ser laureado con el mayor triunfo profesional. Si la vida consistiera en llegar a alguna parte a través de una carrera de obstáculos,  entonces sería preferible llegar el último.
 
 
Resulta curioso que la entrada del protagonista en la atmósfera psiquiátrica se base en un incesto fraudulento. Nunca hemos conseguido excluir la sexualidad. Incluso los santos tienen tentaciones carnales. Contra esto nos limitamos a reservar ámbitos en los que la actividad sexual no tenga cabida. Hay circunstancias y personas con las que el sexo no solo se considera obsceno sino criminal, propio de lunáticos. Que esto haya sido arbitrariamente definido no impide que constituya uno de los pasos fundamentales de la Naturaleza a la Cultura (Levi-Strauss).
 
 
Los locos tienen la peligrosa virtud de romper la enojosa uniformidad (malestar de la civilización) de nuestras convenciones culturales: sacuden las normas de conducta, agitan la manera correcta de ver las cosas e incluso pueden desenmascarar a los truhanes. Hay que recelar de las ideas fijas o  las visiones concluyentes, del encerramiento teórico en suma, porque en cualquier explicación totalizadora del mal subyace “el elemento paranoico del pensamiento” (Adorno). La renuncia a la universalidad de la razón es sensata cuando significa la renuncia a la razón como dominio, pero recae en el cinismo cuando implica la reducción de la razón al propio dominio (la razón de los derechos adquiridos).
 
 
La vanidad engendra una locura más común de lo que querríamos admitir: la del que se identifica consigo mismo mediante una adhesión imaginaria que le permite atribuirse las cualidades de las que carece. Locura normal que tiene tantas caras como ambiciones e ilusiones hay en el mundo. Los principios morales más elevados (la lealtad) y las ideas más depuradas (la libertad) no tienen otra función para el neurótico que el amurallamiento de su intimidad, complicado sistema con el que se engaña a sí mismo y a los demás acerca del significado de sus inclinaciones. Cuántas veces el presuntuoso trata de satisfacer su propia vanidad acallando al contrario sin pararse a pensar (más que por esa discusión interna que llamamos reflexión está acompañado durante toda su vida por una especie de monólogo inconsciente que reverbera como un eco) que su discurso sólo ha servido para halagarse.
 
 
Para Ramón y Cajal el cultivo de una segunda personalidad complementaria resulta impuesto por la naturaleza ya que órgano que cae en desuso muere. Y en la lucha por la vida no va ganando quien atrofia la mitad de un cerebro en beneficio de la otra mitad, sino quien sabe conservar todas sus fuerzas mentales para poder desplegarlas. En la película de Fuller, sin embargo, determinados lunáticos no se hacen dueños del estado de ánimo complementándolo o librándose sin más de él, sino siempre con un estado  ánimo opuesto: un negro que ha enloquecido  a causa del hostigamiento racista se hace adalid de la segregación que imponen los blancos.
 
 
Vamos sintiendo que las paredes de una persona son delgadas y corren peligro de derrumbarse. Y que la razón deslumbrada abre los ojos ante el sol y no ve nada. Existen momentos de lucidez instantánea puesto que su aparición no puede ser más que una desaparición, como el relámpago que sólo se ve en la noche más oscura.
 
 
Quizá lo que distingue al cuerdo del enfermo mental sea que el primero tiene todas las enfermedades mentales mientras que el segundo no tiene más que una.

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