Cofa del mesana 28 de febrero de 2013 | 10:00 am

El animal "social"

despioje

No es posible salirse del sendero de la sociabilidad humana si queremos entender las huellas de nuestros ancestros en su caminar hasta nosotros. Desde cierto umbral de cohesión comunitaria, la selección natural termina por actuar no exclusivamente sobre los individuos, haciéndolo sobre los grupos cuya organización ayuda a medrar. Mucho más aún si su supervivencia está ligada a una actitud cooperativa y al mantenimiento de cierta tradición cultural, como es el caso.

 

Los pasos de la hominización pueden desglosarse sustancialmente en bipedación y encefalización, por este orden. Se ha comprobado racionalmente cómo ambos entran en contradicción (el aumento del cerebro y por ende de la capacidad craneal dificulta el parto en una cadera adaptada al bipedalismo). Sin embargo, la fórmula tautológica de la teoría nos lleva a la conclusión de que los dos han sido seleccionados por suponer finalmente una ventaja para la supervivencia. Claro que no nos conformamos con quedarnos ahí, en el mero reconocimiento del hecho que hoy podemos observar por doquier; y queremos averiguar cómo han ido redundando las señaladas modificaciones evolutivas hasta alcanzar tal superioridad. Pues bien, la conclusión a la que aquí llegamos termina trascendiendo la mera individualidad para apoyarse en el grupo. Así, sin la consideración social, es imposible explicar a Homo sapiens.

 

Como siempre, es fundamental saber desde donde partimos. Para ello no tenemos más remedio que realizar el consabido ejercicio de actualismo. En este caso, y para eliminar el riesgo de una solución no contemplada, lo haremos de la forma más amplia posible, examinando los sistemas sociales de todos los primates catarrinos (parvorden catarrhini).

 

Dando un sentido cabal a las observaciones de campo, llegamos a la conclusión de que la organización comunitaria de estos primates se basa en la relación que pueda establecerse entre tres grupos categóricos: (a) los machos adultos; (b) hembras adultas con crías; y (c) jóvenes, especialmente los machos. Así, pueden establecerse dos grandes tipos de sistemas sociales: (1) sistemas uni-macho o de poliginia de macho único, en el que un gran macho adulto controla a un grupo de hembras o “harén”, siendo el único que se aparea con ellas, y manteniendo a los machos jóvenes en la periferia[1] (las hembras, con sus crías de diversa edad, generalmente se hallan físicamente juntas, compartiendo un mismo territorio, aunque puedan estar separadas entre sí como en el caso del orangután); y (2) sistemas multi-macho o de poliginia de varios machos, en los que varios machos adultos, aun jerárquicamente ordenados para minimizar conflictos, cooperan entre sí para mantener un territorio en el que viven las hembras y sus crías, pudiendo aparearse con ellas sin una norma fija de exclusividad, si bien los machos más viejos tienen cierta preferencia. En (1), la competencia entre los machos por el acceso reproductivo a las hembras, hasta configurar su propio harén, es brutal; ello se traduce en un elevado dimorfismo sexual, llegando los machos de algunas especies a casi doblar en tamaño a las hembras —por su proximidad a nosotros, señalaremos al gorila como ejemplo paradigmático—; algo que no sucede en intensidad comparable en el caso de (2). Naturalmente, dentro de estos dos modos genéricos hay diferencias entre especies en cuanto a la extensión, movilidad o estabilidad de las manadas, pero básicamente definen las sociedades de los catarrinos.

 

En ambos tipos de organización, según las pautas de conducta observadas para los casos de “co-alimentación”, ya sea tolerando la proximidad o incluso llegando a compartir la comida, “acicalamiento” o “despioje” y “juego”, dentro de los animales del mismo gran grupo se ha anotado una clara relación preferencial para con los parientes uterinos, siempre de forma más marcada entre las hembras, remontándose hasta la cuarta generación para algunas especies[2], llegando a constituir auténticas “matrilíneas” (Kawamura, 1958; Yamada, 1963; Sade, 1965; Kaufmann, 1966; Goodall, 1967; Koyama, 1970; Loy, 1972; Miller, 1973). La relación entre cada uno de estos “linajes” suele venir marcada por la diferencia de estatus entre las “matronas”.

 

Es necesario determinar las presiones selectivas que configuran la adopción por una especie de uno u otro sistema social prototípico. A continuación, en base a las condiciones ecológicas que pueden mostrarse y/o inferirse de los hallazgos arqueológicos, y siempre dando por sentado que similares características ambientales provocarán una respuesta parecida, podremos construir una hipótesis plausible acerca de la organización social de Homo. Cuando llegue el momento, iremos incluso más allá especulando, ello sin contradecir las pruebas, cómo pudieron surgir los primigenios usos culturales que terminaron modelando el parentesco, auténtica base de las relaciones en las sociedades humanas.

 

Suele considerarse que los animales viven en grupos cuando los beneficios que obtienen de ello superan a los costes. Pero puede suceder que algo así no esté tan claro, y que una determinada especie se limite a continuar con las conductas sociales heredadas de sus antecesores. De hecho, en los grandes mamíferos, que siguen la llamada estrategia de la K[3], la manada nunca supondrá un inconveniente por la proximidad entre sexos que conlleva; más bien al contrario, puesto que la vida solitaria en un amplio territorio podría dificultar la procreación si machos y hembras se dispersan en demasía, o comprometer la recomendable variabilidad genética en una crisis poblacional. Por ello, la mera pertenencia a la caterva asegura, que no es poco, la reproducción de una especie, ofreciendo cierta protección ante los depredadores. La cuestión está en el acceso a los recursos nutritivos y la competencia territorial, que son los que determinarán la densidad máxima de animales que puede permitirse el grupo, así como delimitará la estrategia que construye las relaciones entre ellos. Aquí seguiremos básicamente esta idea, introducida por Richard Wrangham, de la Universidad de Harvard, en los años ochenta.

 

Si el alimento es abundante, de baja calidad y se presenta en parcelas continuas, la dieta será discreta y las hembras podrán pacer juntas. La competencia entre los machos será exclusivamente sexual y, en estas condiciones, formarán y mantendrán un harén. Bien es sabido que la potencia reproductora de una especie de estrategia de la K depende de la cantidad de hembras, siempre y cuando haya un macho en condiciones de cubrirlas, no del estricto número de ellos. Esta disposición de los recursos nutritivos se corresponde con un sistema de poliginia de macho único.

 

 

En el otro extremo del eje de estas condiciones ambientales, el alimento puede ser de calidad variable, presentarse eventualmente y en parcelas discontinuas, con lo que la dieta tenderá a ser de amplio espectro; y la competencia se centrará en los recursos, no en el sexo. Los machos lucharán por mantener un amplio territorio en el que viven varias hembras con sus crías. La prerrogativa para aparearse con ellas viene incluida en este tipo de organización. Los grupos que cuenten con un mayor número de machos dispuestos a cooperar en mantener y ampliar el área territorial, tendrán ventaja. Este imperativo ecológico favorece el sistema multi-macho.

 

Estos grupos pueden ampliarse o fisionarse según ciertas necesidades. Entre los sistemas uni-macho, suele primar la estabilidad: los machos periféricos tienden a abandonar su comunidad de origen y algunas hembras jóvenes son “raptadas” por algunos de ellos. Si hay que unir fuerzas para protegerse para dormir o desplazarse en campo abierto, las “familias extensas” de varios machos pueden reunirse, como es el caso en los babuinos hamadrias o los gelada. De aquí a la poliginia de varios machos solo hay un paso. Las sociedades multi-macho tienen un equilibrio precario. Así, cuanto más numerosas, mayor territorio pueden conquistar y mantener; pero, llegados a cierto punto de crecimiento, las tensiones entre las matrilíneas se disparan, dividiéndose éstas en dos grupos de ellas con machos asociados[4].

 

Entre estos dos casos “límite”, hay una concurrida gradación intermedia en los que la estrategia organizativa puede no resultar tan obviamente relacionada con las condiciones ambientales. Así que, mientras aquella no suponga un obstáculo frente a éstas, es posible argüir la “renuncia” a alguna incierta ventaja a favor de la continuidad en la conducta social heredada de los antepasados. Ello llevaría a un análisis etológico particular a cada especie, renunciando a las notas de generalidad de todo conocimiento. Pero, aparte de considerar su validez, el esquema anterior encaja fenomenalmente con nuestros dos parientes vivos más cercanos: el gorila y el chimpancé, respectivamente.

 

Una notable reducción del dimorfismo sexual fue una de las características adquiridas por los primeros Homo. Algo así está asociado, como se ha señalado, a una menor competencia sexual entre los machos por el acceso a las hembras. Ello de una forma más evidente que la reducción de los caninos, que puede seleccionarse por los imperativos dietéticos que comienzan desde la masticación. Las condiciones ecológicas del campo abierto en la sabana, respecto al avistamiento y protección frente a los depredadores, e incluso el enfrentamiento con ellos por una pieza recién abatida o por restos de carroña, se refuerzan para hacernos inferir que estos seres hubieron de disponer de algún tipo de sociedad que favoreciera las actitudes cooperativas. Luego, en algún momento, la densidad de las poblaciones habría de devenir en competencia territorial, ya sea estrictamente referida a algún área o sobre las fuentes de alimento y/o agua estacionales que lo señalarían; llegando a añadirse las “canteras” donde obtener las piedras para fabricar aquellos rudimentarios útiles que se les asocian. Teniendo en cuenta estos factores, respecto a los dos modelos sociales básicos de los grandes primates que hemos apuntado, hemos de decantarnos por los sistemas de tipo multi-macho. Sin embargo, hay algo que convierte a nuestro género en excepcional: las hembras humanas carecen de estro.

 

Por el medio arbóreo en que comenzaron medrando, los primates son animales que perciben el mundo en base a los estímulos visuales. Las hembras de monos y grandes simios anuncian su celo con el enrojecimiento y la tumefacción de las zonas genitales y perianales. Entre los géneros bípedos que evolucionaron a finales del Mioceno, algo así podría terminar resultando contraproducente, aparte de inútil por las complicaciones para avistarlo en praderas de hierba alta. El caso es que, en algún momento, los machos de nuestros antepasados carecieron de la forma efectiva de saber cuándo las hembras eran sexualmente receptivas y biológicamente fértiles. Cosa que, lejos de comprometer su descendencia, hubo de suponer o estar cercanamente relacionada con alguna ventaja.

 

La pérdida del estro en las hembras humanas[5] alivió las tensiones entre los machos, impidiendo que las hormonas alteraran temporalmente una conducta irremisiblemente cooperativa para la supervivencia propia y del grupo. Al no existir un periodo de celo definido, el no convertir la competencia sexual en cosa permanente, y no complicar la fertilidad de la especie, terminaron por seleccionar una solución de equilibrio: la “alianza” sexual entre un macho y una hembra.

 

Naturalmente, esto no fue siempre así entre todas las especies de Homo, ni entre todas las bandas de algunas de ellas. Los grupos pudieron ser promiscuos, apareándose todos los machos adultos con las hembras sin norma fija, o algunos machos pudieron mantener diferentes intensidades de poliginia. Pero a la postre, un sistema simétrico que fomentara la cohesión del grupo, impidiera la endogamia, favoreciendo el intercambio con las tribus vecinas y tuviera la versatilidad suficiente como para tolerar eventuales fraccionamientos o engrosamientos según una regla sencilla, sería la tendencia inexorable que planearía sobre las sociedades humanas.

 

En los sistemas sociales de nuestros parientes más próximos podemos encontrar la referida “alianza” sexual, compuesta por la fuerza y la conveniencia. También las prerrogativas de la “descendencia” en las referidas matrilíneas. En palabras de Robin Fox:

 

La singularidad del sistema humano, por tanto, no radica en que invente algo nuevo, sino en la combinación de estos dos elementos de tal manera que es el modo mismo de descendencia el que determina la naturaleza de la asignación de compañía sexual: en otras palabras, la exogamia.

 

Más allá de su tendencia intrínseca al equilibrio y a la simetría a largo plazo, no es posible imaginar la composición estricta de los grupos prehistóricos humanos sin conocer antes las condiciones ecológicas que particularmente debieron de soportar. Las bandas tenderían a acoplarse al número de miembros que el medio pudiera sobradamente abastecer. En ello habría que tener en cuenta que la potencial fertilidad del colectivo está en relación directa con el número de mujeres en disposición de aparearse; y que su capacidad para mantener un territorio y para la caza, seguramente lo estaría con el número de hombres adultos en buen estado físico. Así pudiera darse un mayor valor al intercambio o a la adquisición de mujeres procedentes de los grupos vecinos, o, según las circunstancias, a la de hombres. Las presiones ambientales pudieron imponer filtros culturales al respecto, controlando la fisión y la fusión entre las bandas, o incluso dando cobertura a ciertas tendencias al infanticidio y al abandono de los muy ancianos en épocas de escasez.

 

Aquí remataremos esto señalando que, con la estabilización del clima, especialmente tras el Younger Dryas[6], fue precisamente el propio triunfo de su estilo de vida, en el medrar de los cazadores recolectores del Paleolítico Superior, lo que terminó desatando la competencia por los recursos, inaugurando con ello la era de la supremacía masculina. La capacidad de proteger el propio territorio pasaba por que los clanes cercanos pudieran unirse y contar con el mayor número posible de hombres para defenderse de las eventuales incursiones de intrusos, a su vez desplazados de su lugar ancestral por una horda más poderosa. Al final, la presión demográfica dentro de los mismos colectivos obligará a la exploración de nuevas fuentes alimentarias, convirtiéndose en el factor primordial que propiciará la nueva organización estructural en ciertas regiones favorables.

 

Cerraremos el capítulo señalando que las hipótesis encaminadas a dilucidar cómo fue seleccionado el extraordinario cerebro de Homo se decantan por la vía del aumento de la complejidad social. En estas condiciones, los animales son señaladamente dependientes de una característica de su medio, esto es, de sus compañeros configurados como grupo” (Carrithers, 1992). O dicho de otro modo, las aptitudes sociales no son algo neutro respecto de las posibilidades reproductivas de un individuo, como tampoco lo son las habilidades particulares de cada miembro del grupo, en lo que respecta a la eficiencia en localizar nuevas fuentes de alimento, alertar de la presencia de depredadores, defender un territorio, etcétera, para la supervivencia del colectivo, siempre y cuando exista algún medio de que la innovación individual pueda ser emulada por los compañeros.

 

Los trabajos de campo de etólogos y primatólogos nos han desvelado que los simios tienen una especial capacidad cognitiva para discernir e interpretar las interacciones sociales, incluso en lo que se refiere a terceras partes. Tomasello y Call han enumerado estas conductas:

 

En varias especies, los individuos (1) redirigen su agresión de forma preferente hacia el pariente de su enemigo pasado; (2) de modo simultáneo, amenazan a un individuo dominante mientras apaciguan a otro individuo dominante para el primero; (3) acicalan con preferencia a compañeros que tienen mayor rango que los demás presentes; (4) se sorprenden cuando individuos que deberían ser dominantes ante otros individuos parecen emitir sonidos que indican sumisión; (5) comprenden diferentes gritos de llamada que codifican las relaciones entre los individuos que luchan; (6) respetan la «posesión» individual de otros individuos y objetos; (7) intentan evitar que se formen determinadas relaciones entre terceras partes; y (8) fomentan la reconciliación entre terceras partes que acaban de pelearse.

 

El psicólogo Nicholas Humphrey habla sin tapujos de “racionalidad” para procurarse el bien propio, ello sin sobrepasar los términos del “contrato social” con la comunidad, de la que en última instancia depende el medrar de todos:

 

A los primates sociales se les exige ser, por la propia naturaleza del sistema que crean y mantienen, seres calculadores; han de ser capaces de calcular las consecuencias de su propio comportamiento, de calcular el comportamiento posible de los demás y de sopesar el balance de pérdidas y ganancias (…) todo ello en un contexto en el que la evidencia para sus cálculos es efímera, ambigua, sujeta a cambios, y ello también como consecuencia de sus propias acciones. En una situación así, la «destreza social» va de la mano con el intelecto y aquí, finalmente, las facultades intelectuales que se requieren son de orden superior.

 

La distinción entre la inteligencia social y la inteligencia técnica o aplicada puede ser una categorización útil, pero aquí carece de sentido porque aparece imbricada en las relaciones entre los animales, que en los catarrinos no se limitan, como vimos, a un mero agregado de individuos que únicamente interaccionan en los periodos de celo. Existen códigos de señales, tanto sonoras como muecas o aspavientos, que, dependiendo del contexto, transmiten información acerca del estado de ánimo de un animal, yendo en ello incluidas las vicisitudes de su interacción con el ambiente. En todo caso, tolerar la mera presencia de otro, más o menos cercana, supone en sí una fuente de sabiduría, pues es posible utilizar el conocimiento de otros individuos[7] estudiando su mirada —si un compañero mira fijamente en una dirección, suele ser signo inequívoco de que hay algo interesante allí—, lo que evita al animal “tener que invertir mucho tiempo en comprobar lo que está sucediendo en su entorno” (Gärdenfors, 2.000); o incluso de “emularlos”[8] en sus acciones.

 

Se ha documentado la aparición de algo equiparable a una “tradición cultural” entre algunas especies. Los etólogos japoneses que estudiaban a los Macacos de la isla de Koshima (Macaca fuscata) solían arrojarles boniatos en la playa. Los tubérculos se llenaban de arena, lo que dificultaba su consumo. Una joven hembra, llamada Imo, comenzó a lavarlos, primero en un arroyo cercano y luego en el mar, descubriendo que quedaban limpios y más sabrosos. Sucedió algo similar cuando los investigadores dejaron granos de trigo. También a Imo se le ocurrió, en vez de cogerlos uno a uno, llenarse las manos de ellos aun mezclados con la tierra. Luego soltaba el puñado en el agua, donde las semillas flotaban y la arena se hundía. Su comportamiento “innovador” no tardó en ser adoptado por el grupo y, con la debida emulación, pasar de madres a hijos.

 

Encontramos aquí que entre los Primates superiores hay individuos curiosos y experimentadores, capaces de “discernir” un comportamiento, truco, o hasta el apoyo de un objeto, que puedan resultar beneficiosos o útiles. También, que la organización social que fomenta el contacto y la proximidad entre los animales —aunque pueda haber ciertas preferencias de parentesco por matrilinajes al respecto, siempre hay individuos “puente” que lo sortean evitando las barreras— contiene en sí misma el germen que lleva a emularlos y a adoptarlos, en su caso, transmitiendo tales usos a la siguiente generación. Más dificultades se encuentran en la “comunicación” intergrupal. De hecho, entre los chimpancés parecen levantarse barreras culturales. Así, los de África occidental desconocen la práctica oriental de utilizar ramitas para “pescar” termitas, pero son capaces de utilizar piedras a modo de yunque y martillo para romper las nueces.

 

Partiendo de este sustrato social, o de uno esencialmente similar, es fácil imaginar cómo entre algunos Homo se seleccionaron aquellas características —las ya revisadas de la pérdida del estro y la reducción del dimorfismo sexual, con la más que probable alianza reproductiva macho-hembra— encaminadas a lograr la mayor cohesión y cooperación posibles entre los miembros del grupo[9]. El aumento de la inteligencia, vía expansión cerebral, fue una más. Una racionalidad aplicada, basada en pruebas de «ensayo y error», con la capacidad colectiva de asunción y transmisión de lo beneficioso, que portaba la organización grupal, terminó realimentando el proceso.

 

El tamaño de las redes de intercambio multiplica la posibilidad de innovación. Que los sistemas de parentesco humanos estén encaminados a realización de la exogamia, y que ello pueda relacionarse —y seguramente como tal fuera seleccionado— con las alianzas intergrupales que incluían el trueque de objetos y el tráfico de habilidades tecnológicas, no puede ser una casualidad.

 

Las adaptaciones cognitivas de los grandes Primates se ciñeron exclusivamente al ámbito social, en el cual se fusionaba todo lo demás. Por el contrario, Homo sapiens fue capaz de interiorizar su conciencia al “empatizar”, sincronizándose con los demás para descubrir el y el yo subyacentes en las ricas relaciones colectivas, con todos sus niveles de complejidad[10]; y de proyectar su razonamiento hacia el ámbito físico, aplicando el juego antecedente-consecuente de las conductas hasta tornarlo en la causa-efecto de los fenómenos naturales[11]. Ello propiciará la aparición del lenguaje y pensamiento simbólicos.



[1] En el caso de los gibones y siamangs, su monogamia podría considerarse un caso excepcional del modelo uni-macho.

 

[2] Naturalmente, es posible que se remonte a algunas generaciones más, quién sabe si la quinta o la sexta; pero, dada la longevidad de las especies más estudiadas respecto al tiempo que se lleva realizando este trabajo, todavía no ha podido comprobarse.

 

[3] En biología, la estrategia de la K se refiere a animales de mediano o gran tamaño corporal, con una longevidad de varios años, bien adaptados a un entorno de condiciones relativamente estables, que mantienen tasas de reproducción bajas, tras gestaciones prolongadas y con necesidad de desarrollo ulterior de la descendencia por un tiempo significativo. Se opone a la estrategia de la r, o la de pequeños animales, de corto ciclo vital y ecosistema incierto, que producen extensas camadas tras una rápida gestación, y cuyas crías apenas necesitan meses de crecimiento para alcanzar la madurez sexual.

En el caso de los primates, que nos ocupa, podemos establecer una comparación significativa entre el potencial reproductor de las hembras de dos especies, cada una de ellas representantes extremas de las dos estrategias. Así, la hembra del lémur ratón (género Microcebus) —estrategia r— puede dar lugar a unos 10 millones de descendientes en el tiempo que una hembra de orangután (Pongo) —estrategia K— produce uno.

[4] Se ha documentado ampliamente en los macacos japoneses (Koyama y Furuya)

[5] Se ha señalado que fue sustituido por el estímulo visual de unos pechos siempre abultados, lo cual mostraba la permanente disponibilidad sexual de la hembra humana.

[6] Después del llamado calentamiento de Bölling-Allerod, el clima euroasiático —y seguramente mundial— recayó, hace unos 12.900 años, en un nuevo período muy frío, conocido como Younger Dryas. La palabra Dryas se refiere a la Dryas Octopelata, una planta de pálidas flores amarillas típica de la tundra que hizo de nuevo su aparición en las tierras de latitud meridional, testigo innegable de la desaparición de los árboles, que fueron sustituidos por una vegetación más pobre. Este enfriamiento cedió súbitamente hace unos 11.600 años.

[7] No es posible llegar a conclusiones claras acerca del grado de «conciencia» de los grandes simios o de las especies de monos observadas. Nuestros cercanos primos del género Pan son capaces de reconocerse ante un espejo (test de Gallup), además de un sinfín de sorprendentes habilidades; pero ello lo consiguen siendo “educados” por sus experimentadores, y tras no pocos intentos en muchas de las pruebas. Tomando como referencia los procesos de pensamiento en relaciones causa-efecto definidos por Peter Gärdenfors —a saber: (a) Ser capaz de prever los efectos físicos de las acciones propias; (b) Ser capaz de prever los efectos de las acciones de los demás; (c) Comprender las causas de las acciones de los demás; (d) Comprender las causas de los acontecimientos físicos—: simios y monos son solventes en los apartados (a) y (b), incapaces en (d), y existe cierta polémica respecto de sus aptitudes para discernir (c). Respecto a lo que nos ocupa, seremos conservadores, suscribiendo lo que Tomasello y Call concluyen: “Así pues, los primates no humanos son capaces de comprender relaciones antecedentes-consecuentes en la conducta de los demás, pero no existe un entendimiento de un componente psicológico atendiendo a los estados mentales e intencionales de los demás —susceptibles de empatía, añadiremos aquí que medie en las interacciones con su entorno”.

 

[8] Sin una comprensión clara de la intencionalidad  “hacia”  y “del” otro, más allá del momento presente de la acción y extrapolándola del contexto, muchos autores prefieren utilizar el término “emular” en lugar de “imitar”. Los simios no señalan objetos, ni los levantan para enseñárselos a los demás. Tampoco llevan a otros a algún lugar para mostrarles algo, ni les ofrecen objetos de forma activa. Así, no pueden enseñar de modo intencional nuevas conductas a otros individuos.

 

[9] El psicólogo Robert Dumbar, en su libro Grooming, gossip an the evolution of languaje (1996), ha postulado que el lenguaje surgió inicialmente como la manera de fortalecer los lazos sociales en un grupo amplio.

 

[10] Se ha sugerido que los conciertos matrimoniales pudieron ser la primera forma de comunicación simbólica (Deacon, 1992).

 

[11] Es una coincidencia universal que las mitologías más primitivas se basan en la personificación de los astros, animales y otras fuerzas de la Naturaleza.

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