Cofa del mesana 14 de febrero de 2013 | 6:00 am

El animal racional

Bonobo TZ (Fat Steel Panda)

Nunca hemos dejado la modestia a un lado a la hora de hablar de nosotros mismos. Así, Linneo llamó primates, en un sentido de primacía, al hombre y a los mamíferos que se le parecían (a los demás, no estrictamente definibles por alguna de sus características anatómicas o alimentarias, les denominó secundates, reservando tertiates para aquellos animales que ni siquiera eran mamíferos). Según la actual nomenclatura científica, todos los seres humanos vivos pertenecemos a la especie Homo sapiens sapiens. O sea, «hombre sabio», por duplicado para distinguirnos de otras “subespecies” ya extintas[1].

 

Es el atributo de la “racionalidad” el que nos distingue radicalmente de los demás seres vivos. Somos el “animal racional”, aunque esta expresión se deba a una parcial traducción de Aristóteles, cuyo lógon ékhon hacía referencia a nuestra capacidad de hablar. Y es el lenguaje simbólico el rasgo esencial cuyo rastro debemos buscar en la prospección de nuestros orígenes.

 

Buena parte de las investigaciones encaminadas a entender cómo adquirimos los humanos nuestras capacidades lingüísticas se basan en estudios experimentales con nuestros parientes más próximos. Ello puede servir, extrapolándolo a nuestros lejanos antepasados, para lograr una idea acerca de la potencialidad inicial de la que se pudo partir al respecto, cosa que con el transcurrir del tiempo se ha ido ampliando y seleccionando hasta llegar a las actuales referencias simbólicas, aderezadas con la refinada habilidad para producir una variedad de sonidos cuyas combinaciones puedan remitirlas. Pues bien, una de las conclusiones más curiosas es que los chimpancés, que en su medio natural no utilizan premeditadamente signos para comunicarse —entre otras cosas porque ni lo necesitan ni disponen de ellos— son capaces de aprender en cautividad un número modesto de ellos, así como de utilizarlos con evidente intencionalidad para conseguir ciertas cosas de sus cuidadores. Ello pone de relieve dos cosas: (1) que no tiene porqué existir en el cerebro un nódulo específico para el aprendizaje lingüístico, sino que entre los mecanismos de asimilación de conductas hay alguno —o la combinación de algunos— que es posible utilizar para ello; y (2) que las aptitudes comunicativas están integradas en la interacción social, en este caso con los experimentadores humanos, que ofrecen el sistema de signos y propician el contexto en el que resulta útil emplearlos.

 

Sin entrar a narrar en detalle las habilidades mostradas por los chimpancés (puede resumirse que llegan a dominar en torno a los doscientos signos como máximo, aunque son incapaces de construir frases enlazando con sentido más de dos o tres de ellos, que nunca usan para contar algo o expresar sentimientos, sino sencillamente para reclamar a sus interlocutores alguna cosa del entorno presente), sí es interesante la mención de dos casos muy significativos al respecto.

 

En el Language Research Center de la Universidad Estatal de Georgia, los investigadores intentaban en vano enseñar un sistema de comunicación mediante signos abstractos, que denotaban cosas concretas, a la hembra de bonobo Matata. Ésta asistía a las sesiones con su joven hijo Kanzi colgado a su espalda. Cuando trasladaron a la madre para que volviera a quedar preñada, los científicos descubrieron con asombro que Kanzi, que por entonces tenía dos años, dominaba con soltura los signos que su madre no había conseguido aprender. Kanzi ha alcanzado cotas hasta las que ningún simio había llegado antes, logrando entender el lenguaje hablado mucho mejor que lo que puede llegar a expresar mediante los signos de su pizarra portátil (muchos piensan que si éstos hubieran sido iconos, en vez símbolos arbitrarios, su rendimiento hubiera mejorado). Según un experimento ideado por su entrenadora, la primatóloga Sue Savage-Rumbaug, acerca de la comprensión de 660 instrucciones orales, el bonobo superó a Alia, una niña de dos años y medio.

 

El otro caso es el de la hembra Washoe, criada por los Gardners y adiestrada en el uso de los signos de los sordomudos. Tras un aborto, Washoe adoptó a la joven Loulis, a la que se evitó que tuviera contacto con el lenguaje de los signos. A pesar de ello, Loulis aprendió a utilizar 17 signos durante sus primeros veintinueve meses, llegando hasta los 51 a los cinco años, así como a realizar sencillas combinaciones de ellos. De esta forma se demostró que Washoe estaba dotada para transmitir culturalmente las habilidades comunicativas adquiridas.

 

Las experiencias de Kanzi, Washoe y Loulis constituyen una base sólida para postular que nuestros ancestros disponían de una evidente aptitud potencial para la comunicación, siempre integrada en el ambiente social. Resulta sorprendente que la edad crítica para aprender un lenguaje, al igual que sucede con los humanos, ya esté presente en los simios[2]. Pero lo más sintomático es que su capacidad para comprender y aplicar los signos, una vez revelados y encajados en la práctica cotidiana, parezca existir previamente a la experiencia de ellos. O sea, la disposición lingüística, como cosa participada en la relación social, estaba ahí, esperando la adopción de un código útil y congruente con su medio de difusión (en los experimentos, gráfico-visual, utilizando los gestos o las pizarras proporcionadas por sus cuidadores). La asimetría que se presenta entre los simios, en los que la comprensión del lenguaje humano parece superar con creces sus posibilidades expresivas con los signos ofrecidos, nos lleva a pensar que se trata de criaturas que poseen una habilidad natural para compilar información extra de las circunstancias contextuales; a la vez que nos sirve para encontrar, por contraste, la característica esencial del lenguaje humano: su drástica emancipación de la realidad presente, hasta llegar a desbordarla.

 

Para los primeros Homo, no es posible deslindar la comprensión del mundo de su expresión dentro del grupo. La trasmisión cultural de los conocimientos sobre el medio, que en algún momento debió de superar la mera imitación, junto a la necesidad de conseguir ciertas conductas de los compañeros a la hora de coordinar determinadas acciones colectivas, ello más allá de las posibilidades gestuales de la mímica, debieron de actuar como acicates para implementar la comunicación verbal. La capacidad de manejar y utilizar signos para tales fines, tal y como hemos comprobado que sucede con nuestros parientes cercanos, ya existía; sin embargo, ¿desde cuándo estuvieron nuestros antepasados dotados para inventarlos?

 

Responder con certeza a esta pregunta —que sin el cuándo es evidentemente retórica, pues resulta manifiesto que en algún momento lo estuvieron— es algo imposible. Sin embargo, puede colegirse una contestación en base a dos líneas indirectas de investigación: (A) las adaptaciones morfológicas, referentes a, o relacionables con, la posibilidad de modular controladamente una gama de sonidos suficientes para posibilitar un lenguaje hablado, asumida la capacidad cerebral para concebirlo y comprenderlo; y (B) la complejidad y sofisticación del utillaje lítico, cuyo grado de innovación y transmisión cultural, diferenciados localmente, deberían de sustentarse en una comunicación verbal descriptiva de los métodos para crearlos y el modo de usarlos. Comenzaremos por esta última, más imprecisa.

 

Después de golpear dos piedras hasta la obtención de filos cortantes —no se sabe con certeza si en ellas o en las escamas que se desprendían o se empleaban ambas—, que caracterizó las toscas herramientas del Modo 1 u Olduvaiense (desde hace más de 2 crones), no encontramos cierta sofisticación hasta el siguiente tipo de industria, el Achelense o Modo 2 (en torno a hace 1,5 Ma), del que son típicos los núcleos trabajados por ambas caras, o bifaces con forma de lágrima. En estos utensilios comienza a apreciarse una evolución en el diseño y una preocupación por la elección de los materiales apropiados. Durante el Modo 2 surge la novedosa forma de obtener una lasca preparando el núcleo antes de desprenderla. Es el método Levallois —llamado así por el barrio parisino en el que se hallaron por vez primera este tipo de útiles—, que pone de manifiesto una concepción previa o imagen mental del diseño que se pretendía lograr. Esta manera de trabajar la piedra se generalizaría y se diversificaría durante el Modo 3 o Musteriense (hace unos 300.000 años), alcanzando un notable rendimiento por permitir la extracción de varias lascas de forma centrípeta o en paralelo tras preparar adecuadamente el nódulo.

 

En Europa, este tipo de industria se asocia con el Hombre de Neandertal, aunque la talla Levallois no siempre formará parte de él, perviviendo las hachas de mano, o los derivados cuchillos de dorso, en el catalogado como Musteriense de tradición Achelense. Ello pone de relieve la escasa homogeneidad cultural, a pesar de su relativa cercanía geográfica, y el relativo estancamiento tecnológico de los grupos de neandertales; lo que ha sido utilizado por algunos estudiosos para señalar el escaso desarrollo lingüístico alcanzado por estos humanos. No sucede lo mismo en África en el entorno de hace 100.000 años, donde la proliferación de novedades que anticipan el Modo 4, tales como los microlitos de Howiesons Poort en Sudáfrica, las puntas aterienses del Magreb o los conjuntos amudienses de Oriente Medio, señaladas como PUP (pre-Paleolítico Superior) y asociadas a restos humanos de cráneos redondeados, sugiere cierto dinamismo. Glynn Isaac ha atribuido la alta diferenciación local de las culturas paleolíticas africanas de ese periodo a la proliferación lingüística. Hay que ser cuidadoso, no obstante, a la hora de ligar lenguaje y tecnología, ya que también hay hallazgos de humanos anatómicamente modernos, que rondan la referida antigüedad crítica, junto a conjuntos líticos típicos del Paleolítico Medio (asimilado al Musteriense). Ello podría significar que el desarrollo del lenguaje simbólico aconteció entre los modernos, pero no en todos los modernos.

 

Respecto de la investigación de A, se conocen dos regiones en la corteza cerebral que han demostrado estar relacionadas con el habla, ambas casi siempre situadas en el hemisferio izquierdo: (1) el área de Broca, en la tercera circunvolución frontal, a la altura de la sien; y (2) el área de Wernicke, especie de excrecencia de la circunvolución temporal, situada por detrás y un poco por encima del oído. La primera parece controlar y coordinarlos músculos encargados de la producción del lenguaje hablado, mientras que gracias a la segunda se pueden separar los sonidos discretos que conforman el habla del flujo de sonido, más o menos constante, que llega al oído. Así, las alteraciones de ésta última —el área de Wernicke— imposibilitan al individuo para comprender el lenguaje hablado, aunque puede mantenerse la capacidad de leer e incluso escribir. En general, el hemisferio izquierdo suele controlar la combinación de secuencias, no solamente en lo que respecta a procesar y producir los sonidos del habla, sino para usar metódicamente las manos, tal y como se ha comprobado en los sordomudos, quienes suelen perder la facultad de usar el lenguaje de los signos tras una lesión en la zona.

 

Las impresiones cerebrales suelen conservarse en el interior de los cráneos fósiles, lo que fundamenta la paleoneurología. Phillip Tobias ha reseñado que la región inferior del lóbulo temporal, relacionada con el área de Wernicke, estaba ya desarrollada en los Homo habilis de Olduvai. Ambas zonas, la de Broca y la citada de Wernicke, se hallan claramente presentes en Homo ergaster. Sin embargo, Alan Walker, principal encargado del estudio del “niño de Turkana”, fósil representativo de esta especie, ha anunciado que el estrecho canal medular vertebral que presenta el KNM-WT 15000 implicaría que su región torácica estaría menos enervada que la nuestra, lo que le incapacitaría para realizar los precisos movimientos inspiratorios y espiratorios que requiere el habla humana, al menos tal y como la conocemos. Walker resuelve que el desarrollo de las áreas de la corteza en cuestión respondería a una adaptación primariamente relacionada con la habilidad manual para tallar la piedra.

 

Otra línea de indagación acerca de A no se detiene en las capacidades cerebrales de los homínidos para comprender y encadenar los sonidos del habla, sino que se centra en la otra pata del banco: la posibilidad física de producirlos (evidentemente, ambas cosas están interrelacionadas y su separación es analítica). La posición baja de la laringe humana, creando una caja de resonancia suficiente para tal fin, y el acortamiento de la lengua para alcanzar rápida y precisamente las posiciones adecuadas al producir los sonidos consonánticos, ya han sido exploradas. En su trabajo, ya clásico, el lingüista Phillip Lieberman y el anatomista Jeffrey Laitman señalaron una apreciable relación entre la posición de la laringe y el grado de flexión de la base del cráneo. La longitud de la lengua es proporcional a la del paladar óseo, y los músculos que la mueven se insertan en el hueso hioides.

 

En base a estos parámetros, nuestros antepasados muestran tener posibilidades para ejecutar los sonidos básicos de la lengua. Por la flexión del basicráneo, Juan Luis Arsuaga e Ignacio Martínez sostienen que el aparato fonador del Homo habilis y del Homo ergaster ya era “parecido al nuestro”. La discutida capacidad de los neandertales al respecto, añadiendo la morfología y dimensiones —básicamente modernas— del hioides encontrado en la cueva israelí de Kebara, carece de fundamento. Sin añadir una teoría sobre la forja de la propia lengua primigenia que las acompañe, estas investigaciones no hacen sino reseñar lo obvio: una dotación creciente para emitir sonidos con fines comunicativos.

 

La Hipótesis de los Índices

 

Recapitulando lo que hemos averiguado hasta ahora, podemos resumir que en la familia humana se han añadido sinérgicamente las presiones selectivas originadas por la interacción social, ello, al tratarse de un tipo de animales en los que la supervivencia individual estaba indisolublemente ligada al grupo. La necesidad de reconocer y acumular información sobre los miembros del clan, junto a la ventaja de predecir la conducta de los demás —o sea, la inteligencia social— fue la vía primaria que posibilitó otras adaptaciones y derivó hacia otras habilidades, entre las que terminó emergiendo la capacidad simbólica para fusionarse con las aptitudes comunicativas.

 

Según se infiere de las investigaciones anteriores, alguna forma de comunicación verbal acompaño a las especies de Homo casi desde el principio. Sin embargo, solamente Homo sapiens sapiens fue capaz de empezar a agrupar los objetos, los seres y las acciones en clases para poder designarlas simbólicamente según los sonidos convenidos. La clave está en la habilidad para concebir y discriminar relaciones, incluyendo en el juego las imágenes verbales, siempre y cuando fuera físicamente posible producir un buen número de ellas.

 

La práctica totalidad de las lenguas modernas del mundo cuentan con entre 20 y 40 sonidos. Esto es debido a la evolución que han sufrido para adaptarse a la escritura alfabética. No sucede lo mismo con las más primitivas, que necesitan un mayor número de ellos. En general, la sencillez fonética es consecuencia de un mayor desarrollo de las reglas gramaticales que normalizan el habla, lo cual suele ser el resultado de la acción continuada de una organización estructural creada con tal fin[3]. Las lenguas originarias no habrían sufrido tal diacronía, con lo que es de prever que carecieran inicialmente de normas o que éstas no estuvieran depuradas, acumulándose al resultar añadidas ad hoc para resolver las necesidades comunicativas de sus hablantes, relacionadas entonces con las actividades comunes de subsistencia[4]. Ello implicaría que el número de sonidos necesarios para expresar lo cotidiano fuera inusitadamente elevado, tendencia que puede apreciarse en las lenguas de las sociedades ágrafas.

 

Según los manidos estudios genéticos, los bosquimanos tienen el marcador M91, sobre el que se ha definido el haplogrupo A del cromosoma Y, concretamente en su parte no recombinante (NRY). El M91 registra la mayor diversidad alélica conocida, lo que convierte a sus portadores en el grupo humano más antiguo del mundo. Antaño ocupantes de la mayor parte del África subsahariana, los san o !Kung —denominación con la que se distinguen a ellos mismos— terminaron siendo desplazados hacia el sur del continente por la gran migración de los agricultores y pastores bantúes hace unos tres mil años. Algunos grupos de bosquimanos sobreviven todavía hoy como cazadores-recolectores en las regiones semidesérticas de Namibia, Botswana y Sudáfrica. Estas gentes hablan un grupo de lenguas emparentadas —unos 35 idiomas— sin relación apreciable con las demás lenguas africanas. En 1928, fueron catalogadas por Schultze como joisánicas, denominación que todavía persiste. La más antigua, el !Xu se basa en 141 sonidos diferentes, muchos de los cuales se distinguen por una serie de chasquidos y ruidos semejantes a besos llamados “clicks” (Greenberg, 1950).

 

Charles Peirce agrupó los signos según la relación que guardaban con su referente. Así obtuvo tres categorías básicas: (1) iconos, cuando la citada correspondencia se debe al parecido físico; (2) índices, si ésta es resultado de algún vínculo antecedente-consecuente; y (3) símbolos, por un acuerdo  arbitrario convencional. Según señalan las lingüistas Elizabeth Barber y Ann Peters, es evidente que:

 

(…) solo es posible interpretar un símbolo arbitrario mediante el proceso directo de aceptar una convención y luego aprenderla. Por lo tanto, se precisa cierto modo preliminar de comunicación para comenzar a establecer los acuerdos convencionales que subyacen en los sistemas arbitrarios. Los iconos y los índices desempeñan esta función de instrucciones iniciales porque pueden existir sin acuerdo convencional. Así pues, la comunicación hablada, como la escritura y la señal, tuvieron que comenzar en forma de iconos o índices y pasar gradualmente a la arbitrariedad.

 

Ya hemos visto que, desde los primeros Homo, nuestros ancestros cuentan con las capacidades cerebrales primarias para una aptitud comunicativa. Y su nivel de comprensión del mundo les dotaba holgadamente para poder manejar los iconos, que en el caso del sonido se llaman “onomatopeyas”. Imitar las llamadas de los animales o los ruidos de la naturaleza pudo convertirse en un recurso vital. Sin embargo, una comunicación basada en este tipo de imágenes exigiría una cada vez mayor gama de sonidos —fonemas— o la capacidad de combinarlos en unidades mayores —morfemas—, aportando en ello nuevos criterios de relación con los referentes que sobrepasarían las meras similitudes onomatopéyicas, resultando las correspondencias antecedente-consecuente las siguientes posicionadas.

 

El descenso de la laringe y el acortamiento de la lengua resultaron finalmente seleccionados. No insinuamos aquí que tal cosa sucediera estrictamente por la cuestión del habla, aunque seguramente tuviera algún peso. Los estudios antropométricos han revelado que la forma de la cabeza es muy sensible a la proporción entre la medida de la cara y la de la bóveda craneal —cuanto mayor es esta última, más pequeña es la primera— y ambas pueden vincularse con la temperatura (Howells). Nuestra propensión al análisis nos puede hacer perder de vista la acción conjunta de varios factores. Así, la tendencia al desarrollo del neocórtex frontal, relacionada, entre otros, con las conexiones cerebrales que manejan y coordinan las secuencias de movimientos complejos de las manos y del rostro, se tradujo en frentes altas y caras más pequeñas, también más versátiles para climas variables y favorecedoras de una mayor producción verbal de sonidos. Tal vez el acortamiento de la cavidad nasal fue compensado con la nueva posición de la laringe, gracias a que un cráneo más redondo y compacto permitió un cuello más estilizado y menos robusto.

 

Las posibilidades físicas de ampliar el repertorio de los sonidos del habla requieren, no obstante, una rápida combinación de los movimientos musculares de labios, boca y lengua, además de las inspiraciones y espiraciones necesarias para variar o mantener el flujo apropiado de aire que atraviese la doble caja de resonancia en que se convierte el tracto buconasal. Se ha descubierto un gen, el FOXP2 (o Forkheadbox P2), que presenta relación con este manejo. Una mutación de este gen ha sido constatada entre los miembros de una familia (convencionalmente conocida como KE) que presentaban dificultades lingüísticas, tanto articulatorias como gramaticales[5]. Un desorden análogo se ha observado en otro individuo (ídem como CS), un niño de cinco años no emparentado con la citada familia, en el que el segmento del genoma donde se sitúa aquel gen había sido perturbado por traslocación.

 

En 2001, Lai, Fisher, Hurst, Varghakhaden y Monaco publicaron un artículo en Nature en el que señalaron estos casos —los de KE y CS— relacionándolos con el citado FOXP2. Los autores indicaron que este gen difiere en los humanos, respecto al de los chimpancés y al de los gorilas, en dos aminoácidos localizados en su exón nº 7, cosa que parece estar relacionada con los sutiles movimientos orofaciales que exige un habla, no olvidemos que seguramente basado en sus inicios —añado yo— en un elevado número de sonidos, como los hasta 141 que perviven en la primitiva lengua !Xu de los san. El grupo de científicos liderado por Simon Fisher también consideró que la variante del FOXP2 pudo aparecer durante los últimos 200.000 años, algo “compatible con un modelo en el cual la expansión de los humanos modernos era determinada por la aparición de un lenguaje humano más eficiente” (Nature 413, 2001).

 

La mutación fue seleccionada porque resultó útil. Que la coordinación de las secuencias de movimientos torácicos y orofaciales que permitieron modular un gran número de sonidos fuera, o no, la única o la principal ventaja de los cambios en FOXP2 es algo residual. El caso es que la mayor producción fonética estimuló el pequeño universo referencial del designar onomatopéyico, cuya expansión hubo de transitar por la combinación de sonidos adjudicándoles un nexo significante-significado según un criterio de relación indicial o causal. El lenguaje inaugura así la racionalidad en la descripción del mundo y, yendo más allá, ofrece la posibilidad acumulativa de las experiencias registradas y su transmisión intergeneracional. Con las ventajas derivadas de esta fenomenal herramienta, Homo sapiens sapiens pudo colonizar el mundo, llegando a todos los rincones del planeta excepto a la Antártida.

 

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[1] Se admite como tal al Hombre de Herto (Homo sapiens idaltu, u hombre sabio “anciano”, ésta última palabra en lengua amárica), definido por tres cráneos arcaicos encontrados en Etiopía con una antigüedad de unos 158.000 años, aunque podrían acercarse a los 200.000 según nuevas dataciones. En general, los restos humanos transicionales africanos que rondan esta última fecha suelen ser designados como «sapiens arcaicos». Así, el cráneo de Broken Hill fue momentáneamente adscrito como Homo sapiens rhodesiensis, si bien más tarde perdería el estatus de subespecie. Algunos paleoantropólogos incluyen al Hombre de Neandertal como otra subespecie (Homo sapiens neanderthalensis), pero la mayoría no lo aceptan.

 

[2] En las comparaciones con otros mamíferos sobre los valores alométricos de la relación entre el peso corporal y el peso del cerebro, los primates, excepción hecha de los humanos, no salen tan bien parados como se cree si el estudio se ciñe a la edad adulta. No ocurre así en el momento del nacimiento y en los primeros años de vida, que es cuando su desarrollo encefálico relativo es consistentemente superior al resto, sobre todo entre los catarrinos. Ello se ha interpretado como una selección encaminada a la temprana integración social de los animales inmaduros, que necesitan aprender las complejas relaciones que presidirán su vida en el grupo. La asimilación de un lenguaje habría encajado en este patrón.

 

[3] Los correctos usos lingüísticos se delimitarán, sustancialmente, a través de los programas oficiales de enseñanza dentro de la comunidad, siempre coincidente con las lindes políticas. Como veremos, el interés por entenderse o hacerse entender, unificando para ello el idioma, podrá partir espontáneamente de las gentes de un territorio, pero desde la irrupción de la escolarización obligatoria, siempre quedará en manos del interés de sus gobernantes.

 

[4] Por ejemplo, los agtas de Filipinas disponen de treinta y un verbos distintos para designar distintas modalidades o circunstancias de pesca, pero carecen de una palabra genérica que signifique «pescar». Seguramente habrán adivinado que su forma de vida se basa en la explotación de los recursos marinos. En otros casos, lo que no existen son términos específicos para nombrar algunas partes del cuerpo, o para los números mayores de cinco.

 

[5] En la denominada familia “KE”, aproximadamente la mitad de sus miembros —15 de 29— se encuentran afectados por una alteración lingüística que les impide, entre otras cosas, articular de manera adecuada y usar adecuadamente la morfología verbal. Ello se ha transmitido durante las tres últimas generaciones con un patrón de herencia correspondiente a un único gen dominante autosómico.

Un comentario a “El animal racional

  1. Amigo mío, estoy francamente impresionado con tu hipótesis de los índices, que, sin ser ni remotamente experto en la materia, se me antoja muy cabal.

    Espero poder la obra entera pronto.

    Un abrazo.

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