Cofa del mesana 7 de enero de 2019 | 11:42 pm

Economía para José Antonio (III y final)

 

 

Querido Papá:

 

He decidido cambiar radicalmente el rumbo de esta tercera misiva. Con la segunda —casi una tesina— he pretendido, además de plantear el problema del dinero y de presentarte la irrupción y deriva de las principales instituciones, mostrarte una perspectiva histórica rigurosa para desvelarte, en contra de la creencia dominante, que todo es más antiguo de lo que parece. Si el capitalismo industrial despegó —así lo atestiguan las cifras de crecimiento— hacia 1820, el desarrollo de las redes comerciales y financieras, los instrumentos de pago, las compañías de cédula por acciones, la bolsa y algo muy parecido al mercado de capitales, lo habían hecho holgadamente más de un siglo antes, con todo lo que esto pueda implicar. También pudimos apreciar cómo las aparentes “razones” y los “procesos” que dieron lugar a las citadas instituciones son sustancialmente diferentes del modo en que suelen presentárnoslos.

 

La historia como pasado, más allá de su intrínseca incognoscibilidad cuando ésta no es vivida en su momento o cercanía, presenta un doble problema de difícil solución. En primer lugar, los registros, muchos de ellos escritos en un lenguaje de otra sincronía (con lo que muchas palabras, como poco, connotan otra cosa), son o atañen a hechos oficiales convenientemente relatados, o bien son aportaciones heterodoxas tal vez retorcidas o exageradas. Esto acarrea una tendencia, tal y como han lamentado algunos autores (Unamuno, Brecht o Wolf me vienen ahora a la cabeza), a que poco o nada se sepa de la vida de la mayoría de la gente común, por no hablar de los colectivos marginados. En segundo lugar, la historia se escribe desde el presente relativo, de tal manera que, tras un cambio político más bien súbito, los encargados de acomodar el pertinente relato se refieren a la situación anterior como cosa injusta e inconveniente. Un bandazo de estas características tuvo lugar con la Revolución Francesa (1789-1799, según la cronología tradicional). Jean Sévillia advierte cómo ciertos términos, de sesgo hoy despectivo, fueron resultado de una cierta mitificación de aquella:

 

Le Petit Robert define el absolutismo como un «sistema de gobierno en que el poder del soberano es absoluto, y no está sometido a ningún control». El mismo diccionario observa que el término ha sido inventado en 1796. «Absolutismo» es, pues, un concepto forjado durante la Revolución, a fin de vilipendiar las instituciones anteriores y de justificar la necesidad de haberlas derrocado. De la misma manera que el Antiguo Régimen (expresión creada en 1790), el absolutismo no constituye una categoría científica, sino una figura de la propaganda.

En el siglo XVII, el término «absoluto» no es nada peyorativo. La palabra proviene del adjetivo latino absolutus, «acabado, perfecto», procedente del verbo absolvere que significa «desatar», «desligar». La monarquía absoluta no es la monarquía sin límites: es la monarquía sin ataduras. [Jean SÉVILLIA, Históricamente Incorrecto, El Buey Mudo, Madrid 2009, p. 140].

 

Teniendo en cuenta estas limitaciones, he considerado que un enfoque puramente transversal, diacrónico, del asunto del dinero, bien podría hacer perder de vista la sincronía actual, que al fin y al cabo es lo que nos interesa; y que, como sucede con otras tantas situaciones de la historia, no podemos zanjar que su evolución —o lo que el dinero ha llegado a ser hoy— fuera la estrictamente “lógica” o previsible a priori desde algún momento del pasado. Es menester, pues, enlazar lo dicho con la situación presente de una manera explícita, como el marco y fondo que es.

 

El asunto del dinero es —digámoslo ya— absolutamente insoluble. No es posible una definición positiva y concreta. Y no se trata de una incertidumbre nueva, ni mucho menos. Ya a mediados del siglo XIX, John Stuart Mill (1806-1873) escribió:

 

El poder adquisitivo de un individuo en un momento determinado no se mide por el dinero que tenga en su bolsillo, independientemente de si con dinero queremos dar a entender el metal o si incluimos los billetes. Este consiste, en primer lugar, en el dinero que tenga en su poder; en segundo lugar, el dinero que tenga en el banco y todo el que le adeuden y pueda reclamar; en tercer lugar, cualquier crédito que pueda tener.

 

Dejando a un lado la distinción billete/metal, hoy innecesaria, el citado autor relaciona correctamente el dinero con el “poder adquisitivo”. A su vez, la amplitud de éste depende de la situación jurídica (las deudas que uno pueda reclamar) y de su estatus patrimonial (el crédito que pueda conseguir, que está generalmente supeditado a las posesiones que ofrezca como garantía); o sea, en primera instancia de su posición social, y en última de la legislación, específicamente de la protección de la propiedad privada y de los contratos celebrados, esto es que se hallan implícitos los gobiernos de los estados.

 

Pero, lejos de aventurarnos por otros callejones, sin o con dudosa salida, quedémonos con la idea de “poder adquisitivo” que la cita de Stuart Mill nos ha servido para introducir. Como concepto marco, éste encaja con la “definición” de dinero que he leído a Ha-Joon Chang, uno de los economistas —aunque etiquetado de «heterodoxo»— más destacados del momento: un símbolo de lo que otros, en nuestra sociedad, nos deben, o de nuestro derecho a cantidades particulares de los recursos de la sociedad. Se trata —observarás— de una “definición” no concreta por su pretensión intencional (de ahí el previo entrecomillado); es decir, lo decisivo del “objeto” en cuestión —el dinero— no es aquello que concretamente sea o pueda ser, sino su objetivo —o aquello para lo que se utiliza— en cuanto que implica e impregna a los sujetos, sus múltiples relaciones y, en correspondencia, a las propias sociedades estatales, cuya interacción condiciona el mismísimo mundo. Subyace, aquí, un trasfondo de justicia —ya referimos a propósito la clásica definición de Ulpiano—, que muchos suelen declarar como “social” —como si nada tuviera que ver con lo demás, y “lo social”, “lo económico” y “lo político” hubieran de ser una especie de compartimentos estancos— aprovechándose de las connotaciones negativas que han ido acumulándose sobre la manida palabra y extendiéndose a su familia léxica. De esta forma, el dinero es algo que se puede hacer y rehacer para que encaje con una función que, lejos de ser estrictamente una pretensión y una consecuencia económica, resulta una disposición social: el modo en el que se acumula y moviliza la riqueza en una sociedad desigualmente estratificada y jerarquizada sobre la división del trabajo; cosa que se transmite a las propias relaciones entre sociedades estatales a un nivel global, entre las que también rige un rango más o menos elevado de consideración y una cierta especialización en lo que se refiere a su participación económica dentro del “orden mundial”.

 

Respecto de nuestra propia subsistencia y bienestar, jamás en la historia los individuos habíamos dependido tanto los unos de los otros sin mediar ninguna relación personal más allá de la declarada como “económica”. Se da la curiosa circunstancia de que, pese a esto, también se considera que nunca se han alcanzado mayores cotas de libertad. No quisiera extenderme en demasía explicándolo, lo que además nos haría perder el hilo del discurso, pero créeme si te digo que “libertad” significa “independencia”, en cuanto ausencia de restricciones, y, como tal, “privilegio” de unos sobre otros (aunque puedan admitirse grados relativos). ¿Cómo es posible conciliar semejante contradicción? [Abro corchete para recoger convenientemente la gruesa paradoja: vivimos en un tipo de sociedad en la que la inmensa mayoría de la gente, si no su totalidad, es impotente de poder procurarse directamente, o dentro de algún grupo de parentesco, su propio sustento. La única alternativa consiste en poder realizar algún trabajo dentro del esquema de una organización y entramado empresarial que le son personalmente ajenos, subordinándose a ellos para colaborar en su destino: vender algún tipo de servicio o producto a otros ciertos miembros de la sociedad, que, coherentemente, suelen estar individualmente en idéntica situación. Esta incapacidad es tanto material, pues se carecen de parcelas y espacios propios para cultivar o criar animales de cara al autoconsumo, o, cuando no es excepcionalmente así, las propias leyes dificultan y desincentivan tal pretensión; como formativa, ya que los socializados carecen de los conocimientos especializados y de la práctica necesaria para poder sacar adelante una actividad de esta índole. ¿Dónde está, pues, la libertad individual sin la mínima autosuficiencia, ni vínculos sólidos de interdependencia razonablemente equitativos y aceptables? La respuesta está precisamente en las relaciones económicas, en cómo éstas se han apartado de lo social, de lo personal, de lo ético y de lo afectivo, refiriéndose a un vínculo simbólico que porta una medida objetivable y parcial del valor capaz de generar y transmitir obligaciones a los demás: los “derechos a cantidades particulares” —de los que nos habla la definición— de los bienes y servicios que ofrece la sociedad implican de alguna manera a otros miembros la obligación de proporcionárselos.]

 

El dinero es, efectivamente, una institución social; mas no puede parecerlo, ya que su simbolismo arrastra una estructura que es susceptible de cambiarse. En el fondo, el dinero es el nudo gordiano del reparto del valor efectivo —o aquel que puede trocarse por algo concreto— entre los miembros de la comunidad y, si se tercia, entre los de las diversas sociedades.

 

Retomemos el hilo: ¿cómo puede estar seguro el molinero de que recibirá suficiente trigo del agricultor, así como el panadero de que aquel le remitirá la harina necesaria para hacer el pan, no mediando relación y compromiso personal entre ellos? (ello por poner como ejemplo una cadena de producción deliberadamente sencilla). La respuesta es la obvia: en ningún momento se trata de asegurar el suministro, y mucho menos de hacerlo en base a vínculos personales, que cuando responden a los repetitivos usos generales se convierten en sociales (“sociopersonales”, sería lo más fiel aun a costa del neologismo). Por el contrario, lo que se pretende es permitir el afloramiento de una red que, a costa de intermediación, pueda conectar a los molineros con la mayor cantidad posible de suministradores de grano —cantidad siempre abierta a la incorporación o separación de participantes— de tal manera que los necesitados puedan decantarse por la oferta que mejor les convenga desde el punto de vista estrictamente “económico” —liberándolo de las eventuales lealtades personales y restricciones sociales, pretendiendo además esquivar la intersección política—; conveniencia que, y no es difícil de adivinar, el propio entramado termina obligando a que sea la de la oferta de menor precio medida en unidades de la propia moneda de cuenta.

 

A la hora de servir nuestro ejemplo hemos colado de rondón la división del trabajo. Esto es que hemos dado por supuesto que hay quienes se dedican a hacer pan, fabricar harina y recolectar grano para venderlos. Pasamos por alto una sutil cuestión: ¿es ésta una actividad exclusiva? O, dicho de otra forma, el agricultor, el molinero y el panadero, ¿SOLO orientan su actividad de cara a la venta de su producción, o mantienen parcelas destinadas a atender sus propias necesidades, siempre dentro de algún grupo familiar o sociopersonalmente vinculado?

 

Todo aquello que la historia y el estudio de los diversos grupos y sociedades humanas nos han mostrado es que las decisiones de producción JAMÁS han sido individuales, sino destinadas a cubrir las propias necesidades colectivas que, naturalmente, abarcan las consideradas básicas para todos sus miembros (incluso contribuyen a delimitarlas, respecto a qué es lo deseable, lo aceptable y lo disponible). Fue en los intersticios grupales donde surgió la intermediación mercantil, de principio no productora, mas sí propiciadora del desarrollo institucional del dinero. Solamente desde una economía monetaria existe la posibilidad de generar los incentivos necesarios para lograr que la gente acepte producir de manera intensiva unas pocas mercancías, luego destinadas a un comercio general. A partir de cierta extensión de las redes comerciales, y apoyándose en las oportunas disposiciones políticas, el tránsito por la sociedad estatal de mercado basada en la división empresarial del trabajo es poco menos que un imperativo vital: tanto a tu generación como a la mía nos han socializado concienzudamente para ello.

 

El dinero es la institución socioeconómica “liberadora” del peso de los vínculos sociopersonales y grupales opuestos a la mentalidad mercantil: perseguir el lucro ya no constituye un impedimento para la consideración de los sociópatas (todo lo contrario: supone el éxito social). Tanto como el forjador de las cadenas del deber para aquellos que no han sido bendecidos por la propiedad ni por la herencia, obligados a caer en deuda con los suministradores del dinero. Qué es y cómo funciona el dinero ha pasado a constituir el arcano de nuestros días. Prepárate.

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