Cofa del mesana 4 de noviembre de 2017 | 7:34 pm

Economía para José Antonio (II)

 

 

Querido Papá:

 

 

Explicarte qué es el dinero, aquí y ahora, de una manera comprensible —ya que, desgraciadamente, de una forma sencilla es imposible— es el reto de esta nueva misiva. Pero antes de hacerlo debemos aclarar algunos términos. La forma más sencilla de dinero, y que menos dificultades presenta, es el efectivo o metálico (1): éstos son los billetes y monedas de curso legal (concretamente, monedas de 1, 2, 5, 10, 20 y 50 céntimos y de 1 y 2 euros; y billetes de 5, 10, 20, 50, 100, 200 y 500 euros, siendo la unidad de cuenta el euro, que ya no representa ningún peso metálico). No obstante, la mayoría de los pagos no se realizan en efectivo, sino mediante transferencias bancarias. Las cuentas entre las que se verifican constituyen meras anotaciones numéricas cuyo saldo se ve aumentado, cuando reciben un ingreso, o disminuido, cuando se carga una deuda. A este tipo de dinero, junto con sus respectivos instrumentos aledaños (libretas, chequeras o tarjetas electrónicas), vamos a llamarlo genéricamente dinero bancario.

 

Para no complicar las cosas, vamos a dejar momentáneamente a un lado la cuestión de los activos financieros, ya que no son estrictamente dinero (tan solo para algunos). Lo que debes tener presente es su relación, ya que éstos pueden liquidarse y, al pagarlos, el dinero debe salir de alguna parte (sí, del dinero bancario). En realidad, la cantidad de dinero a considerar, o eso que los economistas llaman oferta monetaria, depende de los diferentes grados de liquidez —no es lo mismo un billete que, por ejemplo, una libreta de ahorro o una acción—, y ésta es a su vez móvil e incluso volátil —con un billete puedes pagar/comprar prácticamente de todo (a no ser que sea un billete de 200 en la panadería o para un tique de aparcamiento); con una libreta sin tarjeta o talonario, nada (pero puedes ir al banco a por efectivo), claro que si has transformado previamente tu cuenta de ahorro en una cuenta corriente, lo que requiere tiempo y trámites; de modo parecido, una acción debe venderse para disponer de su ingreso bancario, de todas formas estás a expensas de su cotización en bolsa (podrías creer que está momentáneamente demasiado baja y decidir esperar)—; por este motivo, se consideran diferentes agregados monetarios: el más obvio son los billetes y monedas; el M0 les añade las cuentas de reserva de los bancos privados en el Banco Central, que pasan por ser como una versión electrónica del metálico mediante la que los bancos se pagan entre sí, y constituye la base monetaria; el M1 engloba el efectivo en circulación y los depósitos a la vista, sin las cuentas de reserva; el M2 contiene al M1 más los depósitos a plazo de hasta 2 años y los depósitos con preaviso de hasta 3 meses; y el M3 añade al M2 diversas cesiones temporales de dinero, participaciones en fondos del mercado monetario y los valores que no sean acciones y tengan una vida no superior a dos años emitidos por instituciones financieras monetarias de la Eurozona (te estoy especificando los agregados de la UE, en otros países pueden definirse más, M4, M5…, o distintos).

 

Teniendo presente las dificultades señaladas, vamos a lo esencial, que afecta a, por así decirlo, la parte más evidente del dinero. Debido a la materialidad de monedas y billetes, tiende a pensarse que el efectivo es el dinero. Por su parte, el dinero bancario son anotaciones que grosso modo se corresponden con un metálico existente, cuya parte no circulante —necesariamente la mayor— se halla depositada en las correspondientes sucursales bancarias. Este modo de ver las cosas no solamente es el más intuitivo, sino que no es manifiestamente contradicho durante nuestra educación, proceso de socialización o explicaciones públicas; sin embargo, no ocurre así. Es más, el dinero efectivo —o la parte considerada auténtica y real por la mayoría— constituye una porción ínfima de la oferta monetaria, especialmente servida para hacer frente a las necesidades cotidianas respecto a las transacciones de la gente común.

 

Si bien un cálculo milimétrico se antoja imposible, el dinero material emitido por las instituciones monetarias, o sea, el efectivo o metálico —billetes y monedas de curso legal, te recuerdo— apenas constituye el 3 por 100 de la oferta monetaria total, según la estimación de la organización Positive Money para la economía británica en 2010. El resto, el 97 por 100, o la inmensa mayoría, es dinero bancario, servido al público con interés por estas entidades, y con su consiguiente puerta abierta a los mercados financieros globalizados. En la zona Euro, como te puedes imaginar, sucede algo aproximadamente igual (pongamos que en torno al 95 por 100). Esto significa que, en la práctica, si no nos dejamos deslumbrar por nuestro aparentemente fácil acceso a billetes y monedas, el dinero que utiliza la economía es el dinero bancario; esto es que toda actividad aledaña a transacción está intermediada por, o finalmente referenciada en, la red de bancos, o sea, en lo que conocemos como sistema financiero. La cuestión esencial es ver cómo funciona y qué implica este modo de, al fin y al cabo, organizar la propia sociedad basada en la división empresarial del trabajo.

 

En la vida de cualquier persona trabajadora, por muy ahorradora que ésta fuera, hay al menos un momento en el que no tiene más remedio que acudir al banco a solicitar un préstamo: para poder comprarse una vivienda. (Nos referimos, huelga decirlo, a alguien que vive en España, aunque el ejemplo podría extrapolarse a los países de nuestro entorno, incluso a la totalidad de aquellos que constituyen el tipo de sociedad calificada como Occidental. Es cierto que esto no tendría que suceder así si las rentas de alquiler fueran sustancialmente inferiores al recibo mensual de una hipoteca. Sin entrar a analizar ni a discutir el asunto, veremos cómo el propio sistema incentiva la propiedad y el aumento de valor de las viviendas generando burbujas inmobiliarias). Después de recabar información sobre tu solvencia, si el banco acepta concederte el préstamo/crédito (2), respaldado por la hipoteca sobre la misma vivienda, lo primero a que te obliga es a abrir una cuenta —si no la tenías ya— en la propia entidad. Entonces, sencillamente introducen los datos y la cantidad de euros en cuestión en su sistema informático y te entregan la libreta con la cifra impresa. Este dinero es, obviamente, dinero bancario, y tiene la particularidad de que antes de la operación de préstamo/crédito no existía: se acaba de crear y se ha introducido en el sistema. Claro que, a pequeña escala, ese dinero bancario es intercambiable por metálico/efectivo, y podemos ir a nuestro banco o a la red de cajeros automáticos y retirar hasta una determinada cantidad de billetes; pero siempre, aunque sea en ventanilla, hay un límite para obtener efectivo. La realidad es, sin embargo, que ese dinero no existe más allá de la red bancaria, y siempre y cuando las entidades puedan hacerse cargo de sus obligaciones.

 

Hagamos aquí un pequeño alto para recapitular: hemos visto que la práctica totalidad del dinero de la economía es dinero bancario; y que éste es emitido en forma de depósitos por las mismas entidades privadas, como resultado de continuas operaciones de crédito.

 

…de lejos, el papel más grande en la creación de dinero es realizado por el sector bancario… Cuando los bancos hacen préstamos, crean depósitos adicionales para aquellos que han pedido prestado el dinero. [Paul Tucker, subdirector del Banco de Inglaterra. Bank of England, Boletín Trimestral 2007, Q3, Vol. 47, No 3].

 

La pregunta inmediata es si existe un límite máximo en la creación de dinero bancario (a partir de ahora, una vez el término está claro, no lo escribiré más en cursiva). La respuesta es que estrictamente no más allá de la normativa que las autoridades monetarias dispongan, esencialmente la obligación de mantener las citadas cuentas de reserva en el Banco Central y metálico por una determinada cuantía, es el llamado coeficiente de caja, que es la parte del dinero que debe quedarse en forma de reservas líquidas, no pudiéndolo emplear para inversiones ni préstamos («Los bancos no guardan el dinero depositado en ellos, ya que mantener los fondos inmovilizados en sus instalaciones es menos rentable, por ello todo banco toma gran parte del dinero depositado y lo intenta invertir, bien mediante créditos, invirtiendo en valores (bolsa) o en deuda (bonos)»; [Wikipedia]). Respecto a esto, cobran especial relevancia las normas de contabilidad, aunque al hablar de “liquidez” volvemos a introducirnos en el tenebroso mundo de los activos financieros que puedan considerarse.

 

El coeficiente de caja, coeficiente legal de reservas o sencillamente encaje exigido en la zona euro no llega al 2 por 100 (incluso menos para los depósitos a la vista). Volviendo al caso inicial, aquel en el que la cuenta de nuestro amigo vio su saldo incrementado en, por ejemplo, y por poner un número redondo, 100.000 euros gracias al préstamo hipotecario solicitado. Lo normal es que la práctica totalidad del ingreso —si no más— sea transferida a la cuenta del vendedor de la vivienda que acaba de adquirir. Su banco, según el imperativo del encaje, deberá conservar el 2 por 100, o sea 2.000 € de los 100.000, disponiendo entonces de 98.000 más para prestar. Si se repite sucesivamente la operación, y suponiendo que los siguientes agentes mantengan siempre la totalidad de los depósitos emitidos en dinero bancario dentro del sistema, a los 100.000 euros se habrían podido añadir hasta 4.800.000 euros más. Es el llamado multiplicador monetario o multiplicador bancario. Bien es cierto que a medida que se vayan reintegrando los préstamos el dinero bancario creado se irá extinguiendo, y también habrá quien prefiera ir disponiendo del efectivo, pero esta cifra ofrece una idea de hasta qué punto es posible expandir el crédito bancario.

 

Por su parte, el prestatario se encuentra en obligación con la entidad que le ha concedido esos 100.000. Para poner una cifra posible y hacernos una idea, supongamos que el interés sea un fijo del 3 por 100 y el plazo de amortización de 25 años. En total, nuestro amigo tendrá que reintegrar 209.378 € —más del doble de lo solicitado—, aunque podrá hacerlo en cómodos plazos de 698 € al mes durante 300 meses (las cantidades han sido redondeadas en su última cifra para evitar decimales). No es necesario que te detalle las tribulaciones que pueden asaltar a nuestro prestatario cuando se vayan sucediendo los acontecimientos económicos y laborales a lo largo de esos años, según el cariz que tome la cosa; pero, ¿y el banco?, ¿qué riesgo cierto corre la entidad? La respuesta es que, en lo que atañe a un único préstamo, prácticamente ninguno. Además, cuenta con la garantía hipotecaria. El verdadero problema es un escenario de crisis económica generalizada, que suele llevar asociada una caída general del precio de las viviendas. Aunque, tranquilos, que no cunda el pánico entre aquellos que son acreedores del banco: el Estado garantiza los depósitos de los particulares hasta una cuantía de 100.000 euros (y me creas o no, las cantidades fueron mera coincidencia). Suceda lo que suceda —ya se verá— lo que sí hace la red de bancos de manera más o menos inmediata es convertir en dinero bancario las deudas de sus clientes para poder cobrar los réditos, hacer frente a sus propias obligaciones, y para que aquellos puedan saldarlas entre sí (al fin y al cabo, el dinero bancario, una vez emitido por la institución financiera legalmente acreditada, ya no remite a nadie y puede ser de todos). Pero, insisto, en este juego de deudas encadenadas tiene que haber ganadores y perdedores, y son precisamente las entidades financieras las que están en posición de “decidir” quienes van correr un destino u otro: son ellas mismas las que conceden liquidez a personas u organizaciones con ciertos estatus.

 

A la hora de desenmarañar todo este asunto es conveniente moverse en términos de activos y pasivos. En general, un activo —en oposición a pasivo— financiero «es un instrumento financiero que otorga a su comprador el derecho a recibir ingresos futuros por parte del vendedor, es decir, es un derecho sobre los activos reales del emisor y el efectivo que generen». Suelen ser emitidos por cualquier agente económico en condiciones de producir —caso de las empresas, calificándose entonces de “corporativos”— o de recaudar —la capacidad fiscal de los gobiernos— con constancia y continuidad. «Al contrario que los activos tangibles —un coche o una casa, por ejemplo—, los activos financieros no suelen tener presencia física» representándose mediante títulos en papel y anotaciones contables, esto es una cuenta en un banco, lo que vuelve a remitirnos al problema del dinero bancario, necesitando de la intervención de estas entidades. La clave es que «el comprador de un activo financiero adquiere un derecho de cobro (el activo) y el vendedor una obligación (o pasivo)», [entrecomillados tomados de la web Economipedia].

 

Desde este punto de vista, la solvencia de cualquier entidad, incluso de cualquier agente, incluso de cualquier persona normal, parece clara: el valor de sus activos debe superar al de sus pasivos (3). Claro que decir esto no es decir mucho si no concretamos eso del “valor” y el cuándo se considere el saldo (podemos estar a punto de recibir un ingreso); pero al final aparece el dinero: el dinero que estén dispuestos a pagarnos por nuestros activos, sean éstos materiales o financieros, dinero que, cómo no, tendrá la forma de dinero bancario: la pescadilla que se muerde la cola. Ah, y una última consideración: nunca es lo mismo el dinero que nosotros estimamos que valen nuestros activos, especialmente los financieros, respecto al que realmente pudiéramos conseguir como quien dice aquí y ahora ya, sobre todo en el escenario de crisis generalizada en el que todos los agentes ejercen sus derechos de cobro, pues las previsibles ventas obligadas suelen desplomar los precios.

 

Llegados a este punto, podemos pintar nuestro cuadro con la misma brocha gorda para todos. Y vamos a hacerlo. A excepción de los billetes y monedas que circulan entre el público, y que fueron emitidos por el Tesoro, el dinero —que en su práctica totalidad toma la forma de dinero bancario— es algo equivalente a un activo o derecho sobre nuestro banco para que éste realice pagos en nuestro nombre, además de la potestad de retirar ciertas cantidades de efectivo, siempre según las reglas y la conveniencia de la entidad. Salvo las pequeñas transacciones cotidianas —comprar el pan o el periódico, tomar un café, etcétera— generalmente realizadas en metálico, y que pueden asumirse como “directas”, la inmensa mayoría que se efectúan en la economía son referenciales: cuando un agente paga a otro —una empresa a sus proveedores o trabajadores, o a otra compañía— en vez de prorrogar entre ambos la condición de acreedor —quien vende— y de deudor —quien compra—, lo cual implicaría hablar de crédito entre ellos, el primero acepta convertirse en acreedor del banco del segundo, asumiendo la entidad tal obligación por el importe señalado. El crédito/deuda (la una y la otra cara de la moneda) lo son con el banco, o, más gruesamente —pues a la fuerza terminarán debiéndose y compensándose entre sí—, con la red de bancos. El sistema financiero es en el fondo un entramado de promesas de pago, anotadas y puestas en circulación, de derechos y de obligaciones capitalizados por estas entidades privadas.

 

Efectivamente, los bancos no tratan por igual a todos sus (generalmente forzosos) clientes. Para la mayoría de los particulares, el banco se negará a hacerse cargo de sus pagos cuando éstos sobrepasen el saldo de sus cuentas. A los que considere más solventes, les proporcionará crédito, mas hasta un límite en cantidad y en tiempo. En el caso de las pequeñas y medianas empresas, y habida cuenta de que son éstas las que producen los bienes de consumo y prestan los servicios oportunos, el tratamiento que reciban por parte de los bancos condicionará enormemente sus expectativas. Finalmente, a las grandes empresas multinacionales y a los grandes patrimonios, estas entidades acostumbran a concederles las máximas posibilidades de financiación. Es en este último caso donde puede hablarse de verdadero “poder financiero”. Hyman Minsky (1919-1996), conocido por su hipótesis de la inestabilidad de los mercados financieros, lo explica con claridad y rotundidad:

 

La banca no consiste en prestar dinero; para prestar, el prestamista deber tener dinero. La actividad fundamental de la banca es aceptar, esto es, garantizar que un tercero es solvente. Un banco, aceptando un instrumento de deuda, acuerda realizar determinados pagos si el deudor no lo hace o no puede.(4)

 

Para ilustrar lo decisivo que puede resultar la financiación —hasta el punto de poder hacer o no posible el funcionamiento de un negocio— te reproduciré lo escrito respecto de las líneas de crédito en la propia web del BBVA:

 

Una línea de crédito es un producto financiero usado en las empresas para la financiación del circulante o la cobertura de necesidades financiación a corto plazo (…) es una autorización que una entidad financiera concede a una empresa para disponer de financiación y poder afrontar pagos con dinero en efectivo, hasta una cantidad máxima y un plazo determinados.

 

Las líneas de crédito se conceden a las empresas en función de su capacidad de pago y les sirven para atender pagos puntuales en momentos de baja liquidez. Por ejemplo, sirven para atender el pago de las nóminas o para pagar a proveedores, si en el momento de tener que ejecutar el pago no se dispone de líquido suficiente para atenderlo y se espera que entren ingresos a posteriori.

 

(…) Por ejemplo, para atender casos como los siguientes:

Para atender el pago de nóminas.

Para pagar una reparación urgente de una máquina.

Para aprovechar una oferta de materia prima, en la que el descuento compensa el coste financiero extra en el que se incurre.

Para pagos a proveedores en general.

Para atender pagos de empleados, a través de tarjetas de crédito.

Para evitar impagos y cargos por descubierto en cuenta, atendiendo cargos de forma automática con dinero procedente de la línea de crédito.

 

En general, una línea de crédito sirve para poder poner en marcha negocios y lanzar proyectos en los que los flujos de caja son desequilibrados. Sirven para empresas cuya actividad genera flujos muy desequilibrados, como es el caso de los promotores inmobiliarios, que necesitan un gran capital inicial, y de los concesionarios de vehículos, que se ven obligados a comprar coches para cada campaña.

 

En negocios con flujos de caja más regulares, las líneas de crédito sirven para compensar los gaps (distancias) que existen entre los pagos y cobros por los servicios prestados. De esta manera, un productor que venda material y lo cobre a 90 días, con una línea de crédito puede ir cubriendo los pagos de materias primas, nóminas y otros gastos de su actividad durante el tiempo que tarde en cerrar la venta por completo, cobrándola.

 

Por tanto, las líneas de crédito son el “pegamento financiero” que permite desarrollar muchas actividades profesionales, las cuales necesitan salvar períodos de falta de liquidez para poder cerrar el círculo y obtener un resultado empresarial positivo.

 

Supongo que queda lo suficientemente claro: sin el soporte financiero adecuado la actividad empresarial, tal y como hoy la conocemos, resultaría imposible. La “decisión” acerca de quiénes van a poder tener una oportunidad y quienes no, e incluso quiénes van a poder sobrevivir, si vienen mal dadas, y quiénes hundirse, cae bajo el tejado de las instituciones financieras.

 

Si nos fijamos, dentro de la actividad bancaria, los pasivos suelen estar claros: son concienzudamente anotados en el debe. La complicación está en los activos o, más concretamente, en la valoración de los activos. Te pondré un ejemplo de la economía real; mejor dicho —como lo que la teoría económica convencional considera como economía real es el intercambio de bienes y servicios excluyendo la perturbación monetaria, lo que sí que es absolutamente irreal— de economía práctica (para evitar la confusión); y de primera persona, con lo que no hay posibilidad de equívoco. Yo compré un piso —mi casa— por 16 millones de pesetas en el año 2000. Dos años después, en la misma finca, se vendió —y fíjate que hablo de algo cerrado, no que se considerara que valiera, se pidiera o se negociara por— una vivienda prácticamente idéntica a la mía —la letra de enfrente de unos pisos más arriba: son simétricas— por unos 190.000 y pico euros, prácticamente 32 millones de las antiguas pesetas. ¿Cómo es posible —y lo fue— que un piso de segunda mano duplique su precio/valor en —relativamente— tan poco tiempo? Pues sus motivos habrá —y los hubo—, pero te puedo asegurar que éstos no obedecieron a una circunstancia real/material/tangible relacionada con el propio inmueble ni con la finca —del orden de obras de mejora, instalación de un ascensor, etcétera—, sino a un fenómeno “especulativo” en lo que toca, precisamente, a la valoración de los activos.

 

Volviendo la vista atrás, recordamos cómo hubo algunas voces —aunque muy minoritarias y en parte silenciadas en los medios de masas— que alertaron del peligro de la burbuja inmobiliaria en España (también en otros países). Fueron desoídas. Y resultó ser un activo financiero derivado del préstamo/crédito hipotecario, las llamadas obligaciones de deuda garantizada o CDO (5), las que provocaron el estallido de finales de 2007 en EE.UU y su posterior contagio a las finanzas mundiales. Por cierto, que, una vez desatada la crisis después de la caída de Lehman Brothers, el gobierno y la Reserva Federal (Fed) decidieron rescatar, entre otros, al gigante de los seguros AIG. En una entrevista televisada, Ben Bernanke, presidente de la Fed, fue interrogado acerca de dónde sacó el dinero necesario para ello (se habló de unos 160 millones de dólares solamente en aquel primer momento). La transcripción es literalmente la que sigue:

 

(Periodista:) ¿Es el dinero de los impuestos lo que la Reserva Federal está usando?

(Bernanke:) No es el dinero de los impuestos. Los bancos tienen cuentas con la Fed, de la misma manera que uno tiene una cuenta en un banco comercial. Así que para prestar dinero a un banco, simplemente se usa la computadora para marcar el tamaño de su cuenta en la Reserva Federal. Es más parecido a la impresión de dinero de lo que es a un préstamo.

 

Creo que el proceso está descrito de forma bastante explícita. El dinero que los bancos tienen en la Fed, en este caso, o en su correspondiente Banco Central, es una especie de “versión electrónica” del dinero efectivo o metálico —por aquello de no ser necesario imprimirlo, ahorrándose tiempo, tinta y papel, ni custodiarlo— conocido como Moneda de Reserva del Banco Central, depositado en sus correspondientes Cuentas de Reserva del Banco Central. Es a través de éstas como los principales bancos que liquidan sus operaciones en una misma moneda compensan sus saldos y se pagan entre sí (los bancos más pequeños deben, a su vez, tener cuenta con alguno de éstos). Es, por tanto, esta moneda de reserva la que realmente se mueve —son transformables el efectivo y los instrumentos de deuda pública—, el dinero bancario sencillamente se crea y se destruye a diferentes ritmos en un esquema adyacente. Pero ya te explicaré el funcionamiento centralizado de los sistemas monetarios de reserva fraccionaria en otra ocasión, volvamos ya, tras este aclaratorio paréntesis, con el asunto del piso.

 

El caso es que el piso —que es un bien real— tiene un valor hipotecario que toma como referencia su precio de mercado. El primer paso para la burbuja inmobiliaria es la demanda real —a finales de los 90, las generaciones más numerosas de españoles se encontraban en el momento de comprar su casa, a lo que hay que añadir la atracción turística que despierta nuestro país— la cual comienza a estimular la subida de precios. Sin embargo, para que se convierta en un fenómeno auténticamente general, la mayoría del público debe poder acceder fácilmente al crédito para adquirir su vivienda, y los bancos lo dispensaron sin restricciones a pesar del encarecimiento. El sistema de precios —si es que se puede llamar “sistema”, aunque ahora lo haga para trasladarte la idea de interconexión— tarda un tiempo en “comunicarse”. La movilidad financiera es mucho más rápida. Así, el precio de los pisos se elevó a un ritmo mucho más alto que los costes de producción, generando enormes beneficios y atrayendo mayor flujo de inversión especulativa: además de su construcción en sí —la cual genera evidente actividad, con todo lo que ello pueda implicar, y suculento rendimiento—, comprar pisos o encargarlos hacer para después venderlos por una creciente suma se convirtieron en boyantes negocios.

 

Una subida continuada y generalizada del precio de la vivienda puede no molestar a nadie, o al menos hay una serie de aparentes razones que, si no llegan a convertirla en una cosa estrictamente recomendable, tampoco la condenan rotundamente. En tales circunstancias, los bancos multiplican sus préstamos —y así el dinero bancario— al creer contar con una garantía hipotecaria de valor creciente. La gente aprecia en ello una especie de “efecto riqueza”: su patrimonio parece incrementarse, lo que favorece el gasto, que a corto y medio plazo estimula la economía. He aquí una de las falacias más peligrosas de las finanzas a la hora de valorar los activos. Te la referiré a mi propio caso.

 

Apenas 2 años después, el valor de mi piso se duplicó. Esto significa que podría haberlo vendido, liquidado el préstamo hipotecario y haber ingresado mi buen dinero. (Pongo “podría” en itálica para indicar que no lo hice, y de paso resaltar que no es lo mismo pensar en algo que ponerte a hacerlo, ya que, a la hora de llevarlo a la práctica, siempre surgen dificultades imprevistas y no todo puede terminar saliendo tal y como se pretendía). Mas si así hubiera sido, me hubiera encontrado con, por poner una cifra posible y redonda, unos 60.000 euros más en mi cuenta, pero sin vivienda. Naturalmente, tendría que comprarme otra, y entre buscar y decidirnos pasaría algún tiempo (lo que supondría un gasto de alquiler o tener que volver a casa de nuestros papás). El precio de las casas continuaría subiendo y, a pesar del ingreso, necesitaría un nuevo crédito, seguramente mayor, que me endeudaría en mayor medida, fuera en cuota mensual o durante un mayor tiempo de amortización. La única oportunidad de una jugosa ganancia neta hubiera sido la de vender cerca del final de la inflación para comprar la nueva vivienda durante la caída de los precios, tras la implosión de la burbuja; pero, esto, ¿habría alguna forma de calcularlo? La respuesta es que no con exactitud. Puede estimarse una buena aproximación, desde luego, pero nunca con la información que llega a la gente normal. (Una cierta conclusión es que la especulación inmobiliaria no está recomendada cuando no puedes utilizar más que tu propia casa).

 

El cómo haya valorado yo mi piso —el activo real— considerándolo un activo financiero —el dinero que podría conseguir si lo hipoteco, si lo alquilo o incluso si lo vendo (en estos dos últimos casos debo disponer de vivienda alternativa)—, así como las acciones económicas que emprenda contando con el respaldo de este valor, es algo que me atañe a mí y a mi familia, entre otras cosas porque seremos nosotros quienes de alguna manera suframos las consecuencias de nuestros errores de previsión (no es exactamente así: nosotros, la gente común, somos en cierta medida sujetos pasivos expuestos a las decisiones de otros y a los desajustes sistémicos de esto que llamamos economía; aunque aceptémoslo tal cual). Sin embargo, jamás debería concebirse de esta forma para las empresas, especialmente las más grandes, de las cuales dependen tanto sus trabajadores como sus clientes y proveedores; y no digamos ya los grandes bancos, cuya actividad se resuelve precisamente en monetizar —y con esto quiero decir en transformar en dinero bancario— estos activos, poniéndolos en circulación. Pues la “libertad” contable y la desregulación han favorecido lo más parecido a una estafa generalizada que terminarán pagando los más débiles —hay reflejo político— y sufriendo los más pobres —hay distinta afectación según el estatus socioeconómico, en nuestra sociedad asimilable al patrimonial—.

 

Aunque hayamos sido groseramente socializados en el individualismo, las correas nos terminan uniendo a todos. Volviendo a lo de los pisos, coloquialmente: oye, préstame dinero que voy a comprar parcelas y edificar, que ya te lo pagaré con sus intereses cuando vaya vendiendo las viviendas. Qué problema hay en la deuda si hay quien puede transformártela en dinero a cambio de un aparentemente módico interés. No tengo dinero, pero fulanito me debe 100€, y si voy al banco me dan 97€ por la deuda de fulanito; ellos, que se han quedado con los 100€ de la deuda de fulanito, guardando 1€ en la reserva, pueden ir prestando los 99€ restantes; así lo hacen con un cliente, emitiendo a su favor un depósito de 99€, de los cuales vuelven a reservar 1€ (coeficiente de caja zona Euro), disponiendo de 98€ más para prestar: los 100€ que debe fulanito siguen siendo los 100€ que debe fulanito, pero ahora hay en disposición de circulación 97 + 99 + 98, esto es 294, o sea 194€ más (por el momento, y creciendo).

 

El dinero bancario —que es dinero-deuda, engendrado ex nihilo y servido con los correspondientes intereses— puede crearse, pero también se va extinguiendo a medida que los prestatarios van devolviendo los créditos. La cantidad de este tipo de dinero puede expandirse más o menos, y más o menos rápidamente, mantenerse aproximadamente estable, o contraerse, también más o menos y más o menos rápidamente, según el ritmo de creación de dinero bancario, lo que equivale al ritmo de concesión de nuevos préstamos o líneas de crédito. ¿Qué ocurrirá si este ritmo se endurece en condiciones y/o decae de forma relativamente brusca y notoria? Pues que habrá menos dinero disponible en la economía. Menos dinero para todo, para realizar compras, para pagar a los proveedores, para pagar los salarios…; y sí, también para devolver las propias deudas y poder cumplir con las obligaciones financieras. Y menos dinero es dinero más valioso.

 

Te pondré una especie de recreación de lo que sucede. Como ejemplo resulta un tanto truculento —vamos, que es muy improbable que pueda suceder exactamente así—, sin embargo, creo que es efectivo para que lo visualices, entre otras cosas por referirlo al metálico. Pongamos un billete de 50€ que cambia regularmente de manos unas 1.000 veces durante una semana, de tal manera que este solo billete de 50 basta para permitir transacciones por un valor de 50.000 euros. Supongamos, además de que este billete es el mismo —aunque el dinero sea fungible y sustituible, es siempre el de la misma numeración—, y el único que soporta el flujo circular fijo de intercambio por valor de los citados 50.000 euros. Si en un momento dado este billete fuera retirado por un imperativo que pesa sobre alguno de los participantes, se interrumpiría la circulación; y aunque éste mismo o algún otro interesado volviera a introducir un nuevo billete para recuperarla, tardaría algún tiempo, lo que alteraría la velocidad y el flujo monetario no se mantendría dentro de lo esperado, esto es que el billete no llegaría en el momento justo, tal vez fuera del lapso de tiempo para que algunos de los agentes, a su vez faltos de liquidez o atrapados por alguna obligación, pudieran continuar con el ritmo de las transacciones. Si estas circunstancias afectan a un número significativo de participantes, ya no se podría contar con unos ingresos esperados, presionando para alterar el funcionamiento “normal” de todos. Mas los bancos están, aparentemente, para contrarrestar este tipo de problemas.

 

En vista de unas relaciones económicas forzosamente encadenadas —así ha de suceder necesariamente en una sociedad basada en la división empresarial del trabajo—, se tendió a implementar un sistema financiero flexible en la generación de deuda, habida cuenta de que las obligaciones serían monetizadas en pos de engrasar el intercambio. El autocontrol y la responsabilidad son, no obstante, tan necesarios como difíciles cuando por principio tal flexibilidad no se mantiene a la hora de extinguir las obligaciones. En todo este maremágnum rige una sólida máxima: el auténtico prestamista no puede perder su dinero —sus genuinos activos—, en realidad, no necesita ni arriesgarlo. Lejos de constituir su solución, los bancos —tal y como hoy en día funcionan y están concebidos, lo que apunta a la regulación, esto es a la política— son el problema. Si no el único, sí son los que contribuyen a la deriva hacia una mayor gravedad, a la máxima gravedad.

 

Durante todos estos años de “investigación económica” he atendido a referencias de varias personalidades, algunas de las cuales me he esforzado en conocer. Una de las que más me ha impactado, si no la que más, es Frederick Soddy (1877-1956), un eminente científico y profesor universitario inglés, catedrático en Oxford y premio Nobel de Química en 1921, que también se interesó por la economía, criticando radicalmente el sistema monetario (tal vez por eso jamás había oído hablar de él). Y lo más inaudito es que plantó los cimientos de su juicio antes de que aconteciera el crack bursátil de 1929 y comenzara la Gran Depresión (su obra Wealth, Virtual Wealth and Debt, en español «Riqueza, Riqueza Virtual y Deuda», fue publicada en 1926), muy seguramente influyendo en el planteamiento de Irving Fisher (1867-1947) en su poco mencionada teoría de la deflación de la deuda (1933), como explicación de las crisis procíclicas (lo veremos).

 

Soddy captó la esencia del negocio bancario y lo retrató con inusitada claridad:

 

Un préstamo, si es genuino, no crea un depósito, porque lo que el prestatario coge es a lo que renuncia el prestamista, y no hay aumento de la cantidad de dinero, sólo alteración de la identidad individual de los propietarios del mismo. Pero, si el prestamista no renuncia a nada, todo lo que el prestatario recibe es dinero nuevo y la cantidad total se incrementa proporcionalmente. Tan deliberadamente se ha rodeado de confusión la verdadera naturaleza de este ridículo procedimiento por algunos de los más inteligentes y hábiles abogados que el mundo ha conocido, que todavía hay algo de misterio para la gente ordinaria, quienes sosteniéndose la cabeza confiesan que son “incapaces de entender las finanzas.” No se pretende que fuese de otra forma.

 

También explicó a qué conducirá la expansión crediticia, efectivamente monetaria a base de dinero bancario, que él llama “dinero ficticio o fantasma”:

 

Los bancos comercian con el capital monetario que ellos mismos han creado, pero pretenden hacer como si no lo poseyeran. Si son liquidados y su negocio interrumpido, todos los excesos de sus pasivos sobre sus activos deberían ser cubiertos por aquellos a los que han prestado el dinero. La cantidad de dinero se reducirá entonces, digamos, a una sexta parte de la cantidad actual o menos. Los precios, “al final”, caerán una sexta parte a menos que se emitiera una cantidad equivalente de genuino dinero por parte del estado para sustituir el dinero ficticio destruido (…) Si esto no se llevara a término, el último préstamo en ser reembolsado sería pagado con un dinero que tendría seis veces el valor del dinero que fue emitido. En promedio, la cantidad total de los préstamos sería pagada por el doble de su poder de compra inicial. Esto describe, en cierta manera, la vital distinción entre el dinero real y el dinero fantasma que estamos describiendo. En la devolución de un préstamo genuino la cantidad de dinero no se ve afectada. Con la devolución de un préstamo ficticio disminuye la existencia de dinero, por lo que el reembolso se hace progresivamente más difícil a medida que se realiza el mismo. Si se emite en una expansión y se cancela en una recesión, la devolución se realiza en unidades monetarias que valen más que las prestadas. (6)

 

Termino las citas del Nobel de Química con una reflexión esencial (te la resalto en cursiva):

 

(…) mi protesta principal contra la economía ortodoxa es que confunde la sustancia con su sombra. Confunde la riqueza con la deuda y es culpable de la misma equivocación que la vieja señora que, al quejarse su banquero que su cuenta estaba en descubierto, rápidamente le envió un cheque sobre esta misma cuenta para cubrirlo.

 

Para concluir me detendré unos momentos en la forma más común de deuda, es decir, el dinero, porque creo que hasta que tengamos un entendimiento más correcto de lo que representa la existencia del dinero, y hasta que su poder de compra no quede fijado tan definitivamente como el sistema de pesos y medidas, no habrá paz en la sociedad, y los sistemas políticos y sociales continuarán estando basados en el engaño. (…) tal vez me pregunten cómo es posible fijar el poder de compra del dinero. La respuesta es sencilla. Hay que imprimir más dinero cuando los precios, en promedio, como indiquen los índices, tiendan a bajar, y hay que retirar el dinero de circulación cuando los precios tiendan a subir. (7)

 

Frente al impulso marginalista y la síntesis marshaliana, que darán lugar a la disciplina, sobrevivió una visión dinámica y desequilibrada de la economía, no contemplada por la teoría académica o academizante, que se fijó en la perturbación monetaria endógena. Esto significa que el dinero no se añade al proceso económico desde afuera (dinero exógeno) estableciendo una mera relación cuantitativa —según la manida ecuación (8)—, sino que está en la mismísima raíz del modo de producción capitalista, por cuanto constituyó la forma habitual de movilizar el stock de capital, esto es hacer fluir en el espacio y en el tiempo los derechos de propiedad propios como obligaciones ajenas, sin los elevados costes de transacción que supondría su constante y continua formalización contractual (esto último es de mi cosecha). La condición de acreedor (derecho a favor) y de deudor (obligación en contra), en la mayoría de las ocasiones momentáneas y cambiantes, habida cuenta de la desincronización espaciotemporal propia de la sociedad del mercado, fueron referidas a un “tercer agente”: el banco y conjunto de bancos, luego concebido como sistema financiero.

 

En esta tradición encontramos al sueco Knut Wicksell (1851-1926), pionero en la teoría de la creación de crédito (1898), que podría resumirse según la máxima: los créditos crean depósitos, no al revés como ha venido sosteniendo la teoría convencional (9). Pero entre los grandes pesos pesados del ataque al axioma del equilibrio, añadiendo leña al asunto del dinero endógeno, además de otras cuestiones, y postulando una concepción dinámica, encontramos al citado último Irving Fisher, a John Maynard Keynes (1883-1946) y a Joseph Alois Schumpeter (1883-1950). Fue, sin embargo, el norteamericano Hyman Minsky (1919-1996) a quien debemos la explícita hipótesis sobre la inestabilidad de los mercados financieros. Yo me introduje en el conocimiento y mejor comprensión de esta corriente de pensamiento —“pensamiento” como forma de hablar, porque desde luego no es mero pensamiento en el aire, sino basado en una observación empírica e histórica rigurosa a la que responde con coherencia— a través del profesor australiano Steve Keen (nacido en 1953, profesor de economía y finanzas en la Universidad de Western Sydney, hoy en Kingston, Reino Unido), en su impagable libro “La economía desenmascarada” (Debunking Economics, 2011). Keen se lanza incluso a modelizar a Minsky en base a los tres macro-agentes —empresas, bancos y familias— propuestos por el circuitista italiano Augusto Graziani (1933-2014) (10). La clave para poder desenmarañar el asunto está en considerar lo evidente: una economía monetaria de la producción, y no separar ésta ajustándola a un sistema de trueque. En palabras de Keen:

 

(…) Graziani sostenía que, si tratamos el dinero como cualquier otra mercancía sujeta a las «leyes» de la oferta y la demanda, entonces la economía no deja de ser de facto más que un sistema de trueque: con la única diferencia de que se ha añadido una mercancía más al conjunto, con la cualidad de ser la mercancía a través de la cual han de tener lugar todos los trueques. Este cambio es de tipo cuantitativo y no cualitativo (…)

 

El brillante hallazgo de Graziani consistía en que, para que una economía monetaria pudiera distinguirse con claridad de una economía de trueque, la economía monetaria no podía emplear una mercancía como dinero. Por lo tanto, el dinero debía ser una no mercancía, algo que estuviera intrínsecamente desprovisto de valor, y que no pudiera producirse simplemente a la manera de las mercancías propiamente dichas: «una mercancía dinero es, por definición, un tipo de dinero que cualquier productor puede producir por sí mismo. Pero una economía que utilice como dinero una mercancía salida de un proceso de producción normal no podrá distinguirse de una economía de trueque» (Graziani, 1989:3). Esta conclusión condujo a su vez a un principio simple, pero profundo: «[…] Por lo tanto, una verdadera economía monetaria deberá utilizar un dinero simbólico, que en nuestros días es el papel moneda» (ibíd.:3).

 

(…) los bancos son un componente esencial del capitalismo, y son intrínsecamente diferentes a las empresas industriales. Las empresas producen bienes (y servicios) para la venta, por la vía de combinar trabajo y otras mercancías en un proceso de producción que implica tiempo y esfuerzo. Los bancos generan y cumplen promesas de pago de las que terceras partes se sirven para facilitar la venta de bienes. Por lo tanto, cualquier modelo del capitalismo debe dejar muy clara la distinción entre empresas y bancos: «[…] Como en una economía monetaria los pagos se hacen necesariamente a través de un tercer agente, y el tercer agente se especializa en la actividad de producir medios de pago (en la era moderna el tercer agente son los bancos), bancos y empresas deben considerarse dos tipos distintos de agentes […] En cualquier modelo de una economía monetaria, empresas y bancos no pueden agregarse en un único sector» (ibíd.: 4; las cursivas son del texto original).

 

De esta simple pero profunda perspectiva de lo que constituye la esencia de una economía monetaria capitalista se derivan dos requisitos esenciales para un modelo de capitalismo:

 

todas las transacciones incluyen transferencias de fondos entre cuentas bancarias;

el número mínimo de clases sociales en un modelo de capitalismo es tres: capitalistas, trabajadores y banqueros. (11)

 

Aclarado el punto de la economía monetaria —hablando en plata: las empresas piensan en términos monetarios, necesitan dinero para poder producir, venden su producción por dinero, los trabajadores trabajan por dinero y necesitan dinero para vivir; dinero que, en todo caso, no se puede sencillamente producir salvo por prerrogativa bancario/financiera—, resulta obvio que ésta necesita irremisiblemente del concurso del Estado. La capacidad de efectuar promesas de pago y generar poder adquisitivo —de quiénes son, de dónde salen, sobre qué garantías o qué sucede con los derechos de señoreaje— tiene que ser una actividad forzosamente regulada y restringida. No quisiera perderme en los vericuetos de la ancestral controversia Mercado versus Estado, pero es oportuno aclarar ahora ciertos términos.

 

En contra del mantra repetido hasta la saciedad desde la potencia mediática comprada por los ultra ricos, la economía de mercado en una sociedad basada en la división empresarial del trabajo hubo de ser levantada en íntima complicidad con el poder estatal. Que los resultados fueran estrictamente los que fueron/son y que éstos estuvieran absolutamente previstos es altamente improbable; aunque lo que sucediera/sucedió lo fuera/fue porque hubo de admitir una serie de prerrogativas de estatus personal y de clase que habría/hay que mantener a toda costa, presionando de forma que lo que ha sucedido es coherente con el abanico de posibilidades que tales condiciones permitieron/permiten, está fuera de toda duda; otra cosa es que se quiera ver y resaltar con la debida potencia y difusión; pero eso, claro, es que no. Te hablaré concretamente. El tipo de sociedad en el que vivimos —y no solamente en “lo económico”, sino en todo lo demás— está basado en tres pilares fundamentales: la propiedad privada de bienes raíces, la obligatoriedad de los contratos y el sistema financiero. Pues bien, hoy se puede decir sin el menor atisbo de duda que esta tríada está absolutamente subvencionada, ya que los que han adquirido y mantienen su posición gracias a ello, hoy —a diferencia del siglo XIX y de los dos primeros tercios del XX— ni siquiera pagan impuestos.

 

Debería señalarse que el nivel de impuestos requerido para instituir incluso los sistemas más limitados de derechos de propiedad y de intercambio comercial no es insignificante. Cualquiera que haya comprado alguna vez un trozo de tierra y haya tenido que sufrir el lío del registro de los títulos sabe que, para determinar quién es propietario de qué, resulta esencial disponer de registros públicos meticulosos. Efectivamente, una de las razones de que «la posesión sea nueve décimos de la ley» [te aclaro: el entrecomillado por el autor es un dicho popular anglosajón de tradición liberal] es que resulta prohibitivamente caro mantener registros definitivos de quién es en realidad propietario de que. En su libro The Cost of Rights: Why liberty Depends on Taxes [El coste de los derechos: por qué la libertad depende de los impuestos], Stephen Holmes y Cass Sunstein estiman que en 1997 el gobierno federal de Estados Unidos gastó 203 millones de dólares en gestionar los registros de la propiedad. Eso fue sólo para llevar la cuenta de las cosas. Proteger y hacer valer esos derechos cuesta al gobierno federal más de 6.500 millones de dólares, y eso no incluye los costes asociados al sistema de justicia federal (más de 5.000 millones de dólares), mucho menos «la protección de la policía y las correcciones criminales» en toda la nación (73.000 millones de dólares en 1992). (12)

 

Seguiré con la transcripción de Joseph Heat (1967, profesor de filosofía en la Universidad de Toronto), que es particularmente interesante en este punto:

 

(…) el Estado gasta enormes sumas sobre todo protegiendo la integridad de las transacciones comerciales. La criminalización de los delitos de guante blanco como el fraude, la malversación, el soborno y la falsificación, es básicamente un programa social, en este caso planteado para reducir los costes de transacción asociados con la inversión privada. Pero esto es un programa social increíblemente importante. Sin la seguridad que ofrece la persecución pública de estos delitos, sería imposible organizar amplias inversiones, o incluso realizar lo que ahora vemos como transacciones comerciales elementales.

 

Al mismo tiempo, algunas formas antiguas del crimen de guante blanco se han despenalizado. La gente que no pagaba sus deudas solía ir a la cárcel. Muchos hombres de negocios se encontraron con este problema, de modo que presionaron para lograr un programa que los ayudara a evitar esa situación. Ahora nos referimos a ello como «protección por bancarrota». Básicamente es una forma de seguro social, contratado por el acreedor. Se paga la protección para el deudor en forma de un tipo de interés ligeramente más alto para todo aquel que pida un préstamo. La responsabilidad limitada tiene la misma estructura. Solía ocurrir que un inversor en una corporación —no importa lo pequeña que fuera su participación en ella— podía considerarse responsable de la totalidad de las deudas acumuladas por la empresa. Esto hacía imposible a los inversores reducir su riesgo a través de la diversificación. Por el contrario, comprar sólo una acción en una empresa exponía al inversor a la pérdida potencial de toda su fortuna. En varias jurisdicciones las asambleas legislativas fueron poco a poco adoptando reglas de responsabilidad limitada a lo largo del siglo XIX, fundamentalmente garantizando a los accionistas que no podrían perder más dinero del que hubieran invertido. La prima de esta forma de seguro social se pagó, de nuevo, en forma de un tipo de interés ligeramente más alto en los préstamos.

 

Es importante subrayar que la ley de bancarrota y la de responsabilidad limitada —que implican, ambas, descargar deudas— violan categóricamente varios principios conservadores fundamentales. Interfieren con los derechos de propiedad, minan las obligaciones contractuales, merman la responsabilidad personal y dejan a la «sociedad» que pague la factura por la falta de previsión o la conducta insensata de los individuos. Por tanto, ¿qué beneficios tienen estas políticas? Ayudan a estabilizar el sistema capitalista, reduciendo la volatilidad en la producción, y sirven como una fuerza mayor que promueve la inversión y el crecimiento económico. También disfrutan de un apoyo casi unánime entre las clases empresariales. La protección de las empresas ante la bancarrota ha sido una característica permanente de la economía estadounidense desde 1898, y ninguna economía moderna ha triunfado nunca sin provisiones similares. Cuesta imaginar cómo, incluso algo tan simple como un fondo de inversión, podría organizarse sin el principio de la responsabilidad limitada.

 

En general, lo que estos programas tienen en común es que todos son formas de seguro social que beneficia a la gente con dinero para prestar*. Todos contienen excepciones creadas por el Gobierno y financiadas por el Gobierno del principio cautelar del prestamista. Podríamos verlos como programas sociales para capitalistas. Naturalmente, rara vez se oyen quejas desde las clases empresariales sobre este tipo de «interferencias» del Gobierno en el mercado. A lo que normalmente se oponen los prestamistas e inversores no es al seguro social, ni siquiera al principio de seguro social, sino simplemente a los tipos específicos de seguro social que protegen a los demás, especialmente a los trabajadores y consumidores.

 

(…) el compromiso hacia el capitalismo de «gobierno limitado» y del laissez-faire se convierte no tanto en una defensa de los principios de libertad individual como en una forma de privilegiar arbitrariamente los intereses de aquellos con dinero para invertir (a quienes podemos referirnos, por comodidad, como «los ricos»).

 

(…) El capitalismo no es un orden espontáneo. La falacia de composición, sin embargo, nos tienta a creer que es así. Dado que a todo el mundo le interesa tener un sistema de derechos de propiedad, o que haya orden en el intercambio de bienes, ¿no tenderán precisamente a organizar sus asuntos de esa forma? ¿Quién necesita un Gobierno para intervenir? Sin embargo, resulta que sí necesitamos un Gobierno que intervenga, incluso para asegurar las condiciones más básicas para que funcione una economía de mercado. Dos chicos intercambiando canicas en el patio del recreo pueden ser un orden espontáneo, pero el sistema económico capitalista es una construcción muy artificial, basada en un elaborado conjunto de programas sociales que se han ido refinando y cambiando levemente a lo largo de los siglos. (13)

 

Formas de seguro social que beneficia a la gente con dinero para prestar, esto que escribe el profesor de Toronto —y que yo he resaltado en itálica—, ¿qué significa exactamente? Responder exhaustivamente esta cuestión podría llevar varios libros y una vida entera de investigación, para tan solo lograr una modesta aportación al asunto. Optaré por la vía del resumen, naturalmente desde el humilde conocimiento que he podido adquirir durante estos años de voluntaria dedicación, eso así, aderezado con la mayor dosis de “sentido común”.

 

Básicamente, los acumuladores de dinero —entonces metales preciosos y bienes raíces, o sea, dinero-objeto reserva de valor y rentas— aceptaron prestarlo al comercio y a la industria para ganar poder adquisitivo sin arriesgar su patrimonio. Así se edificó el crédito: lo que al fin y al cabo “prestaban” era su evidente solvencia; lo que ganaban, disponer de las obligaciones de los comunes ganando poder de compra. Y todo comenzó desde el Estado, o desde el Gobierno, como dicen los anglosajones. Aunque para los detalles me remita a mi larguísima carta inicial, retrataré la esencia del proceso.

 

Es evidente que el comercio a larga distancia —nos referiremos a él como exterior— necesita de dinero-cambio. Es fácil visualizar cómo los grandes mercaderes acumularon el metal. Hubieron de enfrentar, entonces, una gran contradicción: cómo ganar más conservando lo ganado. El oro y la plata eran una estupenda forma de atesorar. Sin embargo, al resultar su disponibilidad relativamente escasa, retirar los metales de la circulación perjudicaba el comercio y la manufactura, que era precisamente su negocio y la actividad donde obtenían el valor. Una buena forma de resolverlo era comprando tierras, lo que solía conceder derecho a una renta vitalicia. En añadidura, debido a la relativa limitación de buenas parcelas —cercanas a y/o bien comunicadas con vías fluviales o la costa— en diversas zonas de Europa, éstas aumentarían su precio. Y este fue entonces el problema en buena parte del Continente, la escasez de tierra y su acaparamiento por parte de la nobleza feudal. Otra manera de lograrlo era dedicarse a prestar el dinero ganando interés. Tal práctica tenía sus restricciones religiosas y estaba mal vista, además, realizar adelantos en metálico era demasiado arriesgado según en qué circunstancias. Había, no obstante, un cliente muy especial, en ocasiones muy necesitado de cuantiosos empréstitos; y, aunque el interés fuera bajo, la renta era segura —siempre podría recaudar impuestos o gravar las transacciones—; en todo caso, que el Gobierno estuviera “en deuda” con alguien cuya actividad necesita de especial favor y protección —legal y militar— era siempre bienvenido. El hecho de que el circulante siempre sobrepasara con creces el oro depositado al cual se refería, hasta que, siguiéndolo en retrospectiva, cortara definitivamente los lazos con el amarillo metal, muestra bien a las claras cómo la posesión del precioso activo no estaba ni mucho menos completamente en juego (lo cual debía estar de alguna manera “desregulado” por ley). Al final, se trató, y se trata, de una cuestión de poder y de estatus tanto personal como internacional: no es lo mismo ser John Pierpont Morgan que Juan Manuel Urquijo Urrutia; ni la Fed que el Bank Sentral Republik Indonesia.

 

Para cubrir el inevitable desaguisado de los bancos por dispensar más poder adquisitivo —mediante operaciones de descuento y emisión de depósitos a préstamo, como ya vimos en la primera carta— del admitido por la economía —considerada ésta a escala local, regional o nacional, según el ámbito de influencia de las entidades de crédito de que se trate—, cosa que irremisiblemente sucederá, y se notará cuando la gente decida convertir sus ganancias en metálico para poder ahorrarlas mejor —llevándose el oro y la plata a entidades o departamentos de depósito, rigurosamente monetarios, o guardándolo ellos mismos “bajo la baldosa”—, y habida cuenta de que financieros y políticos se iban a necesitar mutuamente, se fue perfilando una especie de “institución mixta”, que aproximadamente es lo que hoy conocemos como banco central. Si es cierto que el paradigma de semejante entidad, encarnado —lo vimos— por el Presidente y Compañía del Banco de Inglaterra, surgió de la necesidad de financiar al Gobierno a cambio de los privilegios de emisión y del manejo de la deuda nacional, terminará por asumir el papel de sostenedor de un entramado financiero que demuestra continuamente la imposibilidad de ceñirse al metálico en la naciente sociedad industrial. Si el dinero no puede ser solamente el oro, ni siquiera referirse enteramente a él, qué mejor que estar aparentemente garantizado por la deuda oficial del gobierno a través del Banco Central. De esta forma —imprimiendo dinero-papel para comprar bonos gubernamentales, lo que es una “deuda ficticia”, bonos que a su vez podrían ser recomprados por el resto de entidades acordando la pertinente ganancia de interés—, esta institución podía crear y aportar liquidez a los bancos momentáneamente —se supone— faltos de ella, actuando como prestamista de última instancia, según la célebre expresión atribuida a Walter Bagehot (1826–1877, economista y analista político inglés que dirigió el prestigioso semanario The Economist durante 17 años).

 

Las actuaciones del Banco de Inglaterra se demostraron claves para paliar los pánicos bancarios en las primeras décadas del siglo XIX. A pesar de tratar de limitar la expansión del crédito —cosa que a la postre se demostrará imparable, pues el dinero así concebido es puro crédito/deuda, ya que del valor/objeto auténtico al que se refería (el metal y la tierra, con sus contenidas materias primas y rentas asociadas) nadie estaba dispuesto a desprenderse—, la misma Ley Bancaria de 1844 (la muy citada Peel’s Bank Act) concedía una emisión fiduciaria —o no respaldada por oro— de hasta 14.000.000 de libras al respectivo departamento —llamado de emisión, solo a efectos contables— de la institución financiera central, obviamente para apuntalar los inevitables desfases de liquidez. Sobran las palabras, pues la conclusión es clara: una cosa es el indispensable poder de compra del dinero, que hay que hacer llegar a los comunes en la sociedad del mercado, y otra el además auténtico contenedor del valor.

 

Que los manejos internos de cada Estado en materia monetaria no afectaran al desarrollo del comercio exterior se sustanció en el compromiso de tipo de cambio fijo que configuró el Patrón Oro entre las grandes potencias: la Gran Bretaña, el Imperio Alemán, Estados Unidos y la III República de Francia. En el interior, el poder adquisitivo creado por los bancos se vendía al en ocasiones imperiosamente necesitado público con interés. Como era de esperar, este agio se fue cargando en cascada en los procesos productivos, según la obvia regla del poder, del estatus y de la influencia política de los protagonistas, condenando a las sociedades capitalistas —hoy el mundo entero— a un crecimiento económico y expansión continuos y relativamente rapidísimos, con todos los excesos que esto supone a nivel cultural/humano y ambiental/planetario.

 

Termino. Y lo haré dándote una visión final del dinero como institución, sobrepasando el cerco de “lo económico”. Un saldo derecho/obligación favorable otorga, en una sociedad cimentada sobre la división empresarial del trabajo, poder adquisitivo; y el dinero, en sus diferentes formas, es la manera impersonal, enajenable, fraccional y contable de transmitir partes de los derechos sobre otros; no se trata de un derecho sobre las mercancías, sobre los bienes o sobre los servicios —aunque es comprensible que se nos presente así, y tal sea su apariencia en la mayor parte de las ocasiones— sino sobre una “parte” —que suele denominarse laboral o profesional— de las personas, que al fin y al cabo son la fuerza motora indispensable y las que en último término se relacionan.

 

La teoría económica se fundó precisamente sobre la ignorancia expresa del hecho “relacional” —que en el mundo del incipiente capitalismo conduciría a la contradicción y al conflicto— contribuyendo a la superación de los obstáculos morales asociados. El hombre no es de ningún modo concreto y puede serlo de muchos. Somos criaturas extraordinariamente flexibles e irremisiblemente empáticas. Somos seres culturales. El dinero fue/es la institución social que portaba/porta el engaño para hacernos ignorar nuestras conexiones y parecer inocentes de la suerte de nuestros semejantes cercanos y lejanos.

 

(…) desde el momento que se describe la acción humana, uno se refiere a su intención, pero toda descripción es normativa si pretende tener validez general, porque la proposición positiva sobre cómo es o cómo se comporta el ser humano, al aspirar a adquirir validez general/universal, se convierte en norma, en cómo debe comportarse el “hombre” según el modelo que explica científicamente su comportamiento. Por esta razón, si la economía tiene rango de ciencia, el ser humano debe estar determinado por algún tipo de imperativo superior a su voluntad (la maximización racional de su utilidad) o, por el contrario, la economía es completamente descriptiva y contingente como la historia y sólo puede permitirnos adquirir un conocimiento sintético, agregativo de casos particulares, que no tiene validez universal y, en consecuencia, carece de capacidad predictiva. La economía, al tratar del ser humano o la sociedad, debería incorporarse epistemológicamente al campo de las humanidades con la historia o la literatura a no ser que el libre albedrío, simplemente, no existiese. Sólo en el supuesto de que el ser humano careciese de voluntad, de libertad, de intención podrían la economía o las ciencias sociales hacer ciencia como pretendía Marx con su materialismo histórico. Por lo tanto, si hoy en día el materialismo histórico está desacreditado, pero la economía neoclásica goza de buena salud, esto no puede deberse a razones científicas o académicas. Es, simplemente, a una cuestión política y de poder, porque comparten las mismas características científicas ambas. La caída de la URSS no prueba nada científica o académicamente, sólo ha dejado sin un escaparate de cultura oficial a los marxistas, mientras que los neoclásicos tienen todo tipo de plataformas para reproducir su discurso.

 

De hecho, este tema está tratado extensamente en el libro Rational economic man. A philosophical critique of Neo-Classical economics de Martin Hollis y Edward J. Nell (…) de 1975. (…) Los economistas sostienen que afirmar que el hombre está motivado por la búsqueda racional de su propio interés no es un juicio moral o ideológico, es una descripción científica, objetiva y neutral de la naturaleza humana, aunque no haya prueba empírica o demostración científica de tal punto. Es más, es imposible saber a quién se refieren con ese hombre ideal o si alguien lo ha conocido o existido en algún lugar o periodo histórico determinado. Pero olvidemos estos detalles que sólo preocupan a los historiadores y sigamos. Como el hombre es egoísta, los sueldos altos atraerán a los mejores. Por lo tanto, vemos cómo la ciencia ya es normativa, ya nos da normas. Si queremos tener buenos directivos que gestionen bien, hace falta pagarles salarios altos. Esto es una norma y, por lo tanto, la obedecemos y aceptamos que los propios directivos se asignen salarios altos. Como es evidente, esta construcción intelectual no ha contribuido en nada en que los directivos y ejecutivos hayan incrementado sus salarios espectacularmente en los últimos 30 años. Del mismo modo, los economistas tampoco afirman esto como consecuencia de la generosidad de las empresas que dirigen estos ejecutivos, que han sabido recompensar justamente a estos mismos economistas por su labor científica y su contribución al conocimiento. Todo es ciencia de la buena.

 

El problema es que los pocos estudios empíricos que se han hecho sobre el tema de los salarios demuestran lo que la mayoría sabemos de forma intuitiva o por experiencia personal: los salarios altos atraen a trepas, a arribistas sin escrúpulos, sin límites morales, tramposos, egoístas, insolidarios, sádicos, materialistas… en fin, la selección de los mejores. Como es lógico, esto no tiene ninguna relación con la crisis económica de 2008. Tampoco con el grado de corrupción que sufren nuestras instituciones. Todos estos fenómenos son independientes y tienen causas científicas no relacionadas con la cultura y los valores que, desde sus posiciones de poder, los economistas difunden como ciencia neutral y objetiva. La economía como toda construcción intelectual que tiene como objeto de estudio al ser humano sólo puede ser normativa, porque es imposible estudiar al ser humano desde la amoralidad. Lo he explicado usando a Tony Judt en anteriores ocasiones, pero, en esta ocasión, me referiré a la literatura: toda la épica, toda la poesía, toda creación artística tiene un afán normativo, un deseo de decirnos que está bien o está mal desde un punto de vista moral. El arte es, fundamentalmente, normativo. El estudio de la historia es normativo y el de la economía no es distinto. El problema es que aceptar esta obviedad desarma la autoridad científica de los economistas y, sospecho, que antes derribarán las facultades que osen no acatar su grandeza que reconocer lo evidente. La economía neoclásica no describe al hombre, dice cómo debemos ser para tener mercados competitivos perfectos. Estamos ante un proyecto de ingeniería social en el que se dice cómo debemos ser, qué debemos priorizar, qué debemos considerar vital o importante para lograr economías competitivas, para lograr tener mercados competitivos perfectos y eficientes.

 

Por lo tanto, los economistas procurarán que en nuestra sociedad el altruismo sea castigado, porque es ineficiente. El altruismo nos empobrecerá como sociedad, en consecuencia, debe incentivarse negativamente, ridiculizarse, ser objeto de censura y denuncia, porque impide al modelo teórico de la economía neoclásica funcionar. Lo distorsiona y lo refuta, porque ese modelo necesita de seres humanos egoístas para ser verdad, para ser útil. Por todo esto, no dudo de que algunos economistas serían capaces de erradicar a los altruistas para lograr que su modelo fuese verdadero por corresponderse con la realidad.

 

Espero que estas impresionantes líneas de Carles Sirera (Doctor en Historia por la Universidad de Valencia) te vacunen contra las tendenciosas explicaciones liberales y paracientíficas. El gran problema no es sólo que existan hombres amorales en cantidad más o menos significativa y posición altamente influyente; es una cuestión de fondo: se ha edificado un mundo que desincentiva el propósito ético en las relaciones humanas. El instrumento de semejante desbarre es el dinero, tal y como es hoy concebido y dispensado, auténtico sostén del ultraindividualismo. Reitero lo escrito por Soddy: hasta que su poder de compra no quede fijado tan definitivamente como el sistema de pesos y medidas, no habrá paz en la sociedad, y los sistemas políticos y sociales continuarán estando basados en el engaño.

 

 

 

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1 El término “metálico” constituye una referencia histórica al metal precioso (oro y sobre todo plata) en el que tradicionalmente se acuñaban las monedas, que así tenían un valor intrínseco. Los billetes comenzaron como recibos convertibles en una determinada cantidad de aquellas, generalmente múltiplos de la unidad de cuenta/peso metálico, consignada en el mismo papel; de ahí que en ellos se leyera: “el Banco de España pagará al portador la cantidad de [las pesetas que fueran]”. Hoy en día, sin embargo, monedas y billetes carecen de valor intrínseco, lo que se denomina dinero fiduciario.

2 Algunos bancos distinguen entre préstamo hipotecario y crédito hipotecario: «el préstamo hipotecario es cerrado: tiene unas condiciones fijas establecidas en un contrato, que deberá modificarse si el cliente quiere cambiarlas –por ejemplo, para ampliar el importe a financiar-. En cambio, en el crédito hipotecario se concede una cantidad de dinero, y el titular puede disponer del total o de solo una parte de ese dinero concedido. Cada vez que necesite más dinero puede utilizar el resto, siempre que la cantidad total que esté utilizando no supere el límite de crédito que estableció el banco. A medida que el titular devuelve el dinero prestado, puede volver a disponer de esas cantidades», [Fuente: web del BBVA].

3 Esta definición de solvencia, deliberadamente generalizada, unifica el concepto de activo. Hay que aclarar, no obstante, que es posible un “desdoblamiento”, por así decirlo, entre activos reales o físicos y activos financieros. La posibilidad de crear éstos últimos atañe más bien a la naturaleza de los agentes considerados, ya que solamente algunos pueden emitir todo el surtido de instrumentos financieros, otros solamente algunos tipos y otros por sí mismos ninguno. En el caso de los particulares comunes, los bienes raíces o inmobiliarios pueden transformarse en activos financieros con ayuda de una entidad hipotecaria; con otros bienes, solo queda acudir a una casa de empeños, contabilizando como activo el dinero que esperáramos recibir a cambio (el cual no siempre coincide con nuestra estimación). Los particulares adinerados, así como las grandes empresas, suelen contar con los servicios de una rama de las finanzas especialmente dedicada a este menester: la banca de inversión o banca de negocios.

4 Hyman Minsky, 1986, citado en el blog La economía del Dr. Pangloss, de Jordi Llanos.

5 Una obligación garantizada por deuda o colateralizada mediante deuda (en inglés Collateralized Debt Obligation o CDO) es un tipo de producto financiero estructurado y respaldado por activos financieros de tipo ABS (asset-backed security). Originalmente, este tipo de valores fueron desarrollados para los mercados de deuda corporativos, aunque con el tiempo las CDO se ampliaron para incluir también hipotecas y valores respaldados por hipotecas (MBS o mortgage-backed security: bonos sobre préstamos hipotecarios cuyo reintegro es utilizado para pagar el interés de los bonos; pueden ser negociados en los mercados financieros secundarios).

Como otros tipos de valores privados respaldados por activos, una CDO puede considerarse como una “promesa y obligación de pagar” a los inversores en un determinado orden, según el flujo de caja que las CDO recaudan de un conjunto de bonos y otros activos que poseen. Las CDO se rebanan en tranches (o “tramos”), que recaudan el flujo de caja asociado a intereses y pagos principales en un orden basado en la antigüedad. El término “valor estructurado” se refiere a las diferencias de derechos de cobro que tiene cada uno de los “tramos” en que se dividen los derechos. Si algunos préstamos quedan impagos (préstamos morosos) y los flujos de caja recaudados por la CDO son insuficientes para pagar a todos sus inversores, entonces los más nuevos (junior tranches o “tramos de menor antigüedad”) son los que asumirán pérdidas en primer lugar. Los últimos en perder fondos asociados al impago y, por tanto, los más seguros son los asignados a los primeros inversores (los senior trenches o “tramos de mayor antigüedad”). Consecuentemente, los pagos a cupones (y sus intereses asociados) varían para cada “tramo” siendo los tramos más antiguos y seguros los que reciben una menor tasa de interés y los más nuevos los que reciben una tasa de interés más alta para compensar el mayor “riesgo por impago” de estas últimas. Así las CDO pueden recibir clasificaciones en orden de seguridad: Senior AAA (conocidas como super senior); Junior AAA; AA; A; BBB; y Residual. [Fuente: Wikipedia].

6 Citas de Soddy en el blog La economía del Dr. Pangloss, de Jordi Llanos.

7 Citado en la web Dinero Positivo.

8 La teoría cuantitativa del dinero, parte de una identidad, la ecuación de cambio, según la cual el valor de las transacciones que se realizan en una economía ha de ser igual a la cantidad de dinero existente en esa economía por el número de veces que el dinero cambia de manos: P • Q = M • V; dónde: P = nivel de precios; Q = nivel de producción; M = cantidad de dinero; V = número de veces que el dinero cambia de manos, es la velocidad de circulación del dinero. [Fuente: Wikipedia].

Si el nivel de producción está determinado por la función de producción y por el equilibrio en el mercado de trabajo, y la velocidad de circulación del dinero, V, se asume como una constante determinada de un modo exógeno, todo aumento en la oferta de dinero habrá de traducirse en una elevación de los precios en igual proporción. De este modo se llega a la conclusión de que el dinero es absolutamente neutral: la determinación de las variables referentes al lado real de la economía (el volumen de producto, el nivel de empleo, la inversión y el ahorro, así como el tipo de interés) se obtiene sin necesidad de hacer referencia alguna a la cantidad de dinero. Además, el dinero puede introducirse después de determinar el equilibrio en el lado real de la economía y no se produce ninguna alteración. En esto se apoya lo conocido como dicotomía clásica: se pueden analizar por separado la economía real y la economía monetaria. [El circuito monetario, por Eladio Febrero Paños, Área de Teoría Económica Departamento de Economía y Empresa Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Castilla-La Mancha].

9 Ibídem.

10 Graziani entendió el dinero en tanto financiamiento para la producción y concibió al proceso económico como una secuencia de distintas fases en tiempo real, que estuvo en contraposición con el enfoque neoclásico de intercambios simultáneos. El dinero se introduce a la economía como poder adquisitivo, donde los bancos financian a la clase empresarial y permiten a las empresas desplegar el proceso productivo, las innovaciones que modelan la composición de la producción, fijan el ingreso y la distribución de la riqueza. Desde esta perspectiva, el dinero es totalmente endógeno y no neutral, no sólo en la depresión, sino también en el sistema después que “sale de la crisis”. El circuitismo propuesto por Graziani es un análisis positivo más que normativo y al igual que otras visiones afines (circuitismo francés o neo-chartalismo) fue resultado de la oposición al Keynesianismo estándar, el Monetarismo y la Nueva Macroeconomía Clásica, pero también de la insatisfacción de las visiones Neoricardianas y Marxistas y de las principales corrientes Post Keynesianas. Está de más señalar que Graziani siempre se distanció del Nuevo Keynesianismo que fue una actualización de la Síntesis Neoclásica. [Riccardo Bellofiore, In memoriam Augusto Graziani, disponible en Internet].

11 Steve KEEN, La economía desenmascarada, Capitán Swing, Madrid 2015 (Ed. or. 2011), pp. 588, 590 y 591. Respecto a la utilización del término “clase social”, el profesor Keen realiza la siguiente nota al pie: Aquí normalmente los economistas dicen «agentes» en lugar de clases (dado el énfasis microeconómico de la modelización neoclásica, y la asociación peyorativa que la política decimonónica dio a la noción de clase). Yo empleo el término clases porque las clases sociales son una realidad objetiva en el capitalismo, y porque las condiciones SMD (Teorema Sonnenschein – Mantel – Debreu), en palabras de Alan Kirman, sugieren que: «Si hemos de seguir progresando, es posible que nos veamos forzados a teorizar en términos de grupos que tienen colectivamente un comportamiento coherente […] Así, las funciones de gasto y demanda, si han de ser contrapuestas a la realidad, deben ser definidas a algún nivel razonablemente alto de agregación. Quizá tengamos que abandonar la idea de que hay que comenzar en el nivel del individuo aislado» (Kirman, 1989:138).

12 Joseph HEAT, Lucro sucio. Economía para los que odian el capitalismo, Taurus (Santillana Ed. Generales), Madrid 2009, p. 49.

13 Ibídem, pp. 53, 54 y 55. Las cursivas del asterisco (*) son mías.

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