Cofa del mesana 15 de marzo de 2017 | 5:00 am

Economía para José Antonio (I)

Line chart (Andreas Levers)

Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida (Jn 14, 6)

 

 

Querido papá:

 

 

 

Llegado a mi madurez, he cambiado mi forma de ver el mundo. Sé que, más acá de lo revelado y del ejemplo vivífico del Hijo, no existe la Verdad. Tampoco hay verdad —con minúsculas— más allá de triviales sentencias —del tipo “El Támesis pasa por Londres”— y de sus variaciones tautológicas dentro de una lógica bivalente. Sin embargo, los asuntos complejos —desgraciadamente la práctica totalidad en los que nos vemos envueltos—, no nos es posible zanjarlos con absoluta seguridad en términos de certeza o falsedad. Y eso que la racionalidad dual es tremendamente operativa: todo aquello que sea no-falso puede ser declarado como verdadero; no obstante, esquivar siempre la contradicción exige una jerarquía entre las propias verdades. Sea como sea la lógica (bi, tri o plurivalente), en el conocimiento siempre queda algún resquicio abierto a la voluntad.

 

Toda descripción de la realidad en un lenguaje formal resulta tan parcial y problemática como humanamente útil. Si en algo consiste nuestra naturaleza es precisamente en esto. Las propias exigencias sociales seguramente originaron la “traducción” y caracterización simbólica del medio en que nos desenvolvíamos. Nada nos parece tan intuitivo como la onomatopeya, o como los números que llamamos naturales. Sin embargo, al poco de comenzar el desarrollo geométrico-matemático aparecieron los problemas de continuidad. Se descubrió que la razón entre el lado de un cuadrado y una de sus diagonales no puede ser expresada como razón de dos números enteros cualesquiera. La raíz cuadrada de 2 es un número de infinitos decimales aperiódicos: un no-racional o irracional. Es como si, casi llegados a la mitad del segmento de la recta real delimitado entre el 1 y el 2, hubiera un punto/número que no pudiéramos jamás alcanzar por muchísimo que nos acercáramos a él. Precisamente el punto, en cuanto ente fundamental euclidiano, carece de realidad física, lo cual constituye otra fuente de problemas a la hora de describir el espacio, ya combinado con el tiempo para la cosmología actual.

 

Continuaremos el entremés epistemológico señalando un tercer tipo de inconveniencia. Si acabamos de ver que el lenguaje formal arrastra sus propias dificultades, así como que se abren grietas al, por así decirlo, adaptarlo a la realidad; cuando esto consigue llevarse más o menos adelante —conforme a diversas simplificaciones heurísticas (tranquilo, que más adelante te explicaré lo que esto significa)— tropezamos con sistemas que carecen de solución en el sentido tradicional del término, o bien se obtienen “series” de soluciones tan sensiblemente dependientes de las condiciones iniciales estimadas que una ligera variación de éstas alteraría completamente el resultado, lo que se vendrá a llamarse sistema caótico. El caso inicial paradigmático fue el llamado problema de los tres cuerpos, que consistía en calibrar la posibilidad de determinar, en cualquier instante posterior, las posiciones y las velocidades de tres cuerpos sometidos a una atracción gravitacional mutua, fuera cual fuera su masa, pero siempre partiendo de unas posiciones y velocidades dadas (sus condiciones iniciales son 18 valores: sus 3 coordenadas de posición y las 3 componentes de su velocidad). En 1888, el físico y matemático francés J. Henri Poincaré (1854-1912) presentó una memoria en la que demostraba la imposibilidad de reducir el problema a una fórmula. En 1903, Poincaré escribió lo siguiente:

 

<<(…) nosotros solamente podemos conocer la situación inicial de manera aproximada. Si esto nos permitiera predecir la situación que sigue en el tiempo con la misma aproximación, es todo lo que necesitaríamos, y podríamos decir que el fenómeno ha sido predicho, que está regido por leyes. Pero esto no es siempre así; puede ocurrir que pequeñas diferencias en las condiciones iniciales produzcan condiciones muy diferentes en los fenómenos finales. Si un pequeño error en las condiciones iniciales produce un enorme error en las condiciones finales, la predicción se vuelve imposible y tenemos un fenómeno fortuito.>>

 

En el fondo, lo que nos sugiere el sabio francés es que no podemos convertirnos en observadores externos y omniscientes respecto de todos los fenómenos. Habrá algunos en los que las limitaciones señaladas tengan un efecto despreciable, apenas afectando al resultado previsible; sin embargo, hay casos en los que una mínima desviación produce desenlaces muy diferentes. Además, las cosas, los seres y el paisaje tienen formas, y posición. En la descripción geométrica, resulta tan intuitivo como expresivo “reducir” la complejidad de las formas guardando alguna razón de proporcionalidad entre su perímetro, su superficie y su volumen. Nuevamente, nuestra percepción altera la realidad de otras “escalas”. El también físico y químico francés Jean Perrin (1870-1942), luego galardonado con el Nobel, anotó lo siguiente en tan temprana fecha como 1906:

 

<<Usando lenguaje geométrico, las curvas que no tienen tangente constituyen la regla, y curvas regulares, tales como el círculo, son interesantes pero especiales.

A primera vista, la consideración del caso general puede parecer un mero ejercicio intelectual, ingenioso pero artificial. Los que oyen hablar de curvas sin tangente tienden a pensar que la naturaleza no presenta tales complicaciones, ni siquiera las sugiere.

Sin embargo, lo contrario es la verdad. Esta afirmación se puede ilustrar considerando ciertos valores experimentales sin preconcepción.
Considérese, por ejemplo, uno de los copos blancos que se obtienen al añadir sal a una solución jabonosa. A cierta distancia su contorno puede dar la sensación de estar nítidamente definido, pero a medida que nos acercarnos esta nitidez desaparece. El ojo ya no puede dibujar una tangente en cualquier punto. Una línea que, a primera vista, pareciera ser satisfactoria, bajo un escrutinio detallado resulta ser perpendicular u oblicua. El uso de una lupa o de un microscopio aún nos deja más en la duda, ya que aparecen nuevas irregularidades cada vez que aumentamos la magnificación, y nunca logramos conseguir una impresión nítida, lisa como la dada, por ejemplo, por una bola de acero…
… la característica esencial de nuestro copo es que cualquier escala incluye detalles que prohíben absolutamente la fijación de una tangente.
Quedaremos dentro de los dominios de la realidad experimental en el momento en que observemos bajo el microscopio el movimiento browniano con el que se agita una partícula (browniana) suspendida en un fluido. Se descubre entonces que la dirección de la línea recta que une las posiciones ocupadas por una partícula en dos instantes muy cercanos en el tiempo varía irregularmente en forma absoluta a medida que el intervalo entre ambos instantes se hace menor. Un observador sin prejuicios concluiría, en consecuencia, que está tratando con una curva a la que no se le puede dibujar una tangente.>>

 

Si aceptamos todas estas restricciones, ¿cómo se ha podido ir levantando el edificio del conocimiento científico? La respuesta es que —lo acabamos de ver— hasta finales del siglo XIX y principios del XX, tales barreras no se conocieron, al menos de una manera explícita, y sencillamente se ignoraron. Es más, las trayectorias rectilíneas o circulares y las formas cúbicas y esféricas eran las “perfectas”, cuestionándose entonces qué sucedía en la naturaleza para no reflejar semejante esplendor: Todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme y rectilíneo a no ser que sea obligado a cambiar su estado por fuerzas impresas sobre él, había escrito Isaac Newton (1642-1727) en sus Principios Matemáticos de Filosofía Natural.

 

En realidad, lo que los científicos hacen es trabajar con un sistema de objetos/relaciones más sencillo, que sirve de modelo simplificado de la realidad, lo cual es siempre útil de cara a recabar información, aunque más o menos preciso según a qué tipo de fenómenos se aplique. Volviendo al problema de los tres cuerpos, por ejemplo, se asume que la masa del menor es despreciable, o bien ésta se añade posteriormente a modo de “perturbación”; y se considera que uno de ellos se encuentra en órbita circular respecto al otro. Estas suposiciones son, precisamente, las que más arriba he denominado simplificaciones heurísticas.

 

Hay modelos para los que este reduccionismo resulta admisible, incluso revelador. En otros, sin embargo, puede corromper sustancialmente el problema (en las referidas situaciones de sistemas no estancos, dinámicos, difíciles de precisar y de medir, que muestran una respuesta caótica). En todo caso, convendría especificar en qué términos se erige el modelo, advirtiendo de sus posibles distorsiones. Claro, que siempre existirá la tentación de reducirlo, esto es de seleccionar las condiciones analizadas, de tal forma que obtengamos una expresión matemática sencilla que respete las condiciones de linealidad, o sea, que el problema pueda ser expresado como la suma de sus descriptores.

 

A diferencia de las partículas elementales o del origen del universo, campos marcadamente neutros, cuando el conocimiento se hace cargo de cuestiones relacionadas con nuestra propia situación, sustancialmente de la sociedad, la organización política y de la actividad económica, saltan chispas por doquier. Ni siquiera apelando a la veracidad descriptiva —esto es ponerse de acuerdo en cómo son y cómo funcionan las cosas, más allá de que así estén bien o mal y pudieran estar mejor o peor si lo “cambiáramos”— es posible llegar a un acuerdo. La razón es que nuestra cabeza va siempre más rápido y más lejos, y sabemos que el cómo importa, y mucho. Somos conscientes de que la descripción y la valoración de algo no están absolutamente separadas, ni son, por ende, completamente independientes; y, en ocasiones, nos es más sencillo percibir que determinada situación es buena para nosotros —y nos conviene, yendo a peor si se innovara, o así lo creemos— que complicarse en descubrir cómo funciona y en qué se fundamenta. Además, la inmensa mayoría de los miembros de la sociedad son incapaces de poder ponerse a observar por sí mismos su mecánica, debiendo fiarse de la información, construcción y fundamentación que otros le ofrecen al respecto —está previsto que así sea—, y que naturalmente es coherente, portando un juicio favorable, con los admitidos matices que sean, —difícilmente podría ser de otro modo— con el statu quo imperante.

 

Los modernos estudiosos de la sociedad —el corpus de las llamadas ciencias sociales se hallaba por entonces aproximadamente íntegro— no tardaron en darse cuenta de que la situación económico-patrimonial de sus miembros condicionaba potentemente su posición y su capacidad de influencia en ella. Esa similitud en el estatus arrojaba como resultado una comunidad de afectación e intereses que, así considerada, dio lugar al concepto de clase social. La descripción y el análisis del sistema socioeconómico se realizaron en tales términos. Ya hemos visto cómo Adam Smith (1723-1790) refirió tres grandes grupos al respecto: trabajadores, capitalistas y terratenientes. El pensador escocés, a pesar de ser considerado uno de los padres del liberalismo, no tuvo problema alguno en manejar tales conceptos.

 

El choque vendrá poco después —a mediados del siglo XIX—, y no únicamente debido a la adscripción en clases, sino al comprobarse de manera efectiva, primero, y formularse según el positivismo naciente, después, que los intereses de los trabajadores no solo eran diferentes, sino manifiestamente contrarios a los de sus empleadores. Brotó entonces la que vendrá a conocerse como teoría del conflicto, históricamente apadrinada por Carlos Marx (1818-1883). Sin entrar en mayores profundidades, en este punto resulta evidente que el marxismo tiene razón. La prueba del algodón de que esto es así, es, precisamente, la eliminación de las clases en el análisis y modelización de la economía, ya sí separada como disciplina académica independiente en las últimas décadas del devenir decimonónico: los fenómenos económicos se redujeron a términos de relaciones de intercambio entre agentes individuales.

 

Ciertamente, la nueva sociedad estatal de mercado demostró el mayor dinamismo que le era intrínseco. Los casos de personas que superaban su adscripción —así suele referirse en sociología una disposición de estatus basada en la herencia— mediante el empleo de sus propias cualidades, ascendiendo en su posición socioeconómica gracias a sus logros individuales, estaban al orden del día. En modo alguno fue insensato considerar que, muy en consonancia con las teorías evolucionistas tan en boga, era la valía personal lo que en decisiva instancia determinaba una estratificación en todo caso abierta: el análisis de clases sociales bien podría ignorarse. Además, los individuos constituyen literalmente la unidad de acción. Contemplar los fenómenos humanos desde este inexpugnable principio, basando las explicaciones colectivas en una mera agregación de respuestas personales, es la postura del individualismo metodológico.

 

Que las diversas circunstancias sociales afecten de formas diferentes a ciertas personas, e incluso que éstas reaccionen distintamente ante ellas, es algo que puede considerarse como normal, especialmente en un ambiente en el que han sido precisamente socializadas para comportarse y responder de manera individualista. Esto, no obstante, no elimina las fuerzas e inercias sociales que sus integrantes soportan debido a los condicionantes de su posición. El caso de un cohete que supere la atracción terrestre no implica la inexistencia del campo gravitatorio; el caso de un individuo que alcance el logro no anula las restricciones sociales que haya tenido que sortear. Pero donde mejor puede apreciarse la limitación de la perspectiva individualista es en otras sociedades no colonizadas culturalmente por Occidente. Así que recurriremos a un antropólogo, mi admirado Marvin Harris (1927-2001), para que nos explique la otra posición, aparentemente contraria, del holismo metodológico:

 

<<Los holistas metodológicos defienden que la vida sociocultural constituye un nivel de fenómenos exterior y superior al de los individuos que están sujetos a los fenómenos en cuestión. Según la formulación de Durkheim (1938:13), el ámbito de lo social consta de elementos o «hechos» sociales «que pueden imponer restricciones externas al individuo… y que existen por derecho propio, independientemente de sus manifestaciones concretas». (…) Sustentan el holismo metodológico tres proposiciones:

 

El todo es más que la suma de sus partes y no puede reducirse a ellas.
El todo determina la naturaleza de sus partes.
Las partes no pueden comprenderse si se estudian con independencia del todo.

(…) Los todos socioculturales son necesariamente cognoscibles únicamente mediante procesos de abstracción lógica y empírica a partir de los datos de la observación de sus partes, las menores de las cuales son las actividades y pensamientos de los individuos.>> [Marvin HARRIS, Teorías sobre la cultura en la era posmoderna, Crítica SL, Barcelona 2004, pp. 49 y 51].

 

Si te fijas bien, tenemos una maravillosa coincidencia con la no linealidad. La descripción que el profesor de Brooklyn nos ofrece sobre el holismo metodológico es coherente con la condición f(x + y) ≠ f(x) + f(y), asumiendo el dinamismo sistémico de las sociedades humanas. Al final, respecto de los desordenados datos disponibles, es, parafraseando a Einstein, el pensamiento creador del científico —Harris lo refiere como abstracción lógica y empírica— lo que debe tratar de construir una respuesta global atendiendo a las diversas soluciones parciales. Un suceso iterado puede ser síntoma de un hecho. Un único hecho puede a su vez tener muchas y diversas explicaciones; sin embargo, cuando se trata de esclarecer dos hechos que pueden acontecer simultáneamente, el número de explicaciones comunes se reduce; si son tres, serán aún menos; y así según una tendencia sucesiva. Pero ojo, hay soluciones múltiples y contradictorias que también pueden hacernos replantear las características de determinadas circunstancias a las que hemos otorgado la categoría de hecho; y es que hay hechos que como tales no podemos delimitar más allá de su relación con otros hechos, relación que además no es constante ni proporcional, sino que solamente aparece en ciertas limitadas condiciones alterando el representado sistema.

 

Perdona la deriva tan abstracta. Lo importante para el propósito de estas líneas es que, ante el tan extenso como frondoso campo que el holismo nos abre a la comprensión de los fenómenos socioculturales, ¿qué ofrece el individualismo metodológico? La respuesta es nada y todo. Me explico. Si en último término la explicación del comportamiento es siempre una decisión individual —obviando presiones e incentivos, que obviamente habrían de venir “desde fuera”, lo que implicaría la imposibilidad del mismo individualismo—, al tratarse cada persona de una singularidad, estamos ante un no-saber o un para qué cuestionarse el statu quo (¡qué más da!). Pero si es construir algo de lo que se trata, el individualismo metodológico debe enfrentarse irremisiblemente a la única reducción heurística que le es factible: idealmente solo puede existir un único individuo. Pues bien, una simplificación tan zafia continua siendo la base sobre la que se levanta la teoría económica convencional. Me despido con unas líneas del profesor Steve Keen:

 

<<Según la teoría económica, cada consumidor trata de lograr el máximo nivel de satisfacción en función de sus ingresos, cosa que hace eligiendo la combinación de bienes que puede permitirse y que le reporta un mayor placer personal.

(…) los economistas se toparon con dificultades fundamentales a la hora de pasar del análisis de un individuo aislado al análisis de la sociedad, en la medida en que tuvieron que «agregar» el placer que los bienes de consumo reportaban a diferentes individuos. Como la satisfacción personal es de carácter claramente subjetivo, no hay forma objetiva de agregar la satisfacción de una persona a la satisfacción de otra. Dos personas cualesquiera experimentan dos niveles distintos de satisfacción de, por ejemplo, un plátano más, de forma que un cambio en la distribución de la renta (que haga que una persona deba renunciar a un plátano en beneficio de otra) podría resultar un nivel diferente de bienestar social.

En consecuencia, los economistas se veían incapaces de probar su afirmación, algo que solo lograrían si pudieran demostrar de alguna forma que al alterar la distribución de la renta no se alteraba el bienestar social. Llegaron a la conclusión de que eran necesarias dos condiciones para que esto se cumpliera: a) que todas las personas tuvieran los mismos gustos; b) que los gustos de cada persona no cambiaran conforme a las variaciones en su nivel de renta, de manera que cada dólar adicional de renta se gastara exactamente de la misma forma que los dólares anteriores (por ejemplo, 20 centavos de dólar en pizza, 10 centavos de dólar en plátanos, 40 centavos de dólar en vivienda, etc).
La primera premisa implica, de hecho, asumir que hay una sola persona en la sociedad (o que la sociedad está compuesta de una multitud de clones idénticos) (…) la segunda premisa implica asumir que solo existe un bien, pues de otra manera las pautas de consumo cambiarían necesariamente conforme aumentara la renta. (…)
Cuando las condiciones a) y b) son transgredidas, como por fuerza ha de suceder en el mundo real, entonces sucede que ciertos conceptos importantes, que son importantes para los economistas, se vienen abajo. Entre ellos, se encuentra la idea clave de que la demanda de cualquier producto caerá a medida que su precio aumente. Los economistas pueden probar que «la curva de la demanda es descendente en el precio para un individuo concreto y un bien concreto». Pero en una sociedad que consta de muchos individuos diferentes con muchos bienes diferentes la «curva de demanda del mercado» puede tener cualquier forma, pues a veces la demanda ascenderá a medida que el precio del bien suba, contraviniendo así la «ley de la demanda». Por lo tanto, un componente esencial del análisis económico de los mercados, como es la curva de la demanda del mercado, no cumple los requisitos necesarios para que la teoría económica sea internamente consistente.>> [Steve KEEN, La economía desenmascarada, Capitán Swing Libros SL, Madrid 2015 (ed. original 2011), pp. 92, 93 y 94].

Un comentario a “Economía para José Antonio (I)

  1. Josean, muy interesante este comienzo de carta. No sé si lo tratarás en entregas subsiguientes, pero aparte de la cuestión del individualismo vs holismo metodólogico, está otra al menos tan importante: la función de las estructuras del desarrollo moral, tanto individual como colectivamente, y de las ideologías que se asocian a cada uno de los estadios del desarrollo, cada una distorsionando la realidad a su manera. Aunque las clases sociales a las que aludes no sean enteramente distintas de los patrones del desarrollo cognitivo o moral, tampoco son idénticas. Aquí habría mucho que indagar también.

    Un fuerte abrazo.

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