El Diluvio Universal 1 de enero de 2015 | 6:05 am

Desromanización

Desromanizacion

En cierta ocasión, Dalmacio Negro me dijo que la secularización es uno de los asuntos clave de nuestro tiempo. Es difícil no estar de acuerdo. En este artículo quisiera acercarme brevemente a algunos aspectos implicados en el gran debate sobre la así llamada secularización.

 

En general, ‘secularización’ alude al proceso mediante el cual lo que antaño estaba anclado en lo eterno (saecula saeculorum, expresión latina de la Vulgata, traducción del griego aiōn y a su vez traducida de muchas maneras diferentes según la lengua y el momento) pasa al ‘siglo’, o sea, a lo temporal. El término, pues, sería propio de quienes de un modo u otro consideran que existe una dimensión trans-temporal y que nuestra era, pongamos a partir de lo que se ha venido a llamar modernidad, camina en la dirección opuesta.

 

La idea de la secularización fue rigurosamente rebatida por Hans Blumemberg en su monumental La Legitimidad de la Modernidad, donde ya en las primeras páginas indica que, más que un proceso de secularización, en la Modernidad hemos asistido a una ‘re-ocupación’ de problemas y aproximaciones a la realidad que habían quedado a un lado o se habían desechado en virtud de una herencia de problemas acumulados que se remontan cuando menos hasta San Agustín. En este sentido, para Blumenberg la condena agustiniana a la curiositas parece ser un momento crucial que acarrearía consecuencias fatales para empresas tales como la científica.

 

En todo caso, al menos implícitamente, Blumenberg coincidiría con la idea anterior en el contraste entre lo temporal y lo eterno, tal vez no tanto porque acepte la distinción en sí (pues para ello tendría que aceptar primeramente lo eterno), sino más bien como la constatación histórica de una tensión filosófica entre ambos polos. La tensión habría existido de hecho, por más que Blumenberg (o el ateísmo en general) argumente que no hay lugar para lo eterno.

 

La cuestión radicaría entonces en hasta qué punto ambos aspectos (temporal y eternal) son incompatibles (el extremo siendo que el problema es falso porque no hay nada eterno), o, por otro lado, hasta qué punto es al menos concebible que la secularización y/o la re-ocupación moderna y el empuje hacia lo trans-temporal tienen ambos sentido.

 

En cuanto al aspecto temporal, desde la era postmoderna en que nos encontramos cabe pensar que la secularización consistió también, y tal vez sobre todo, en un cambio paulatino de formas tradicionales de vida en familia, en sociedad y en política surgidas a partir de una configuración fundamentalmente romana que el cristianismo y por tanto Europa y el mundo occidental heredó. La habitual acusación al protestantismo de haber comenzado la secularización moderna podría explicarse en parte de esta manera, a saber, como desromanización, independientemente de que el despojo protestante a la Iglesia de sus prerrogativas tradicionales supuso una invitación al crecimiento del poder político, a saber, de lo secular, que ahora carecía del cortapisas de la auctoritas religiosa basada en principios tanto teológicos como del derecho y la filosofía natural. Basta leer ciertos tratados de Lutero para comprender que su invectiva tiene casi más que ver con una especie de proto-nacionalismo alemán contra Roma que con algo teológico o espiritual. Es sobre todo en la liturgia, en las costumbres, donde Lutero pide, por decirlo mal y pronto, que le dejen en paz. (No afirmo que la liturgia esté desposeída de cualidades teológicas o políticas, todo está relacionado, por supuesto).

 

 

Desde cuarteles católicos, la Modernidad siempre cargará con esta acusación de ser una prolongación del protestantismo, a mi juicio con razón. Algo así como la ‘secularización’ a que aluden los tradicionalistas existió sin duda (a saber, una transferencia de lo propiamente eterno a lo temporal), del mismo modo que algo así como una re-ocupación de temas desechados o incluso prohibidos también se dio necesariamente para dar salida a una serie de iniciativas que estaban bloqueadas debido a una confusión entre lo eterno y lo romano (o, por extensión, aristotélico –Lutero se encona de un modo especialmente brutal con Aristóteles y la escolástica–).

 

Aunque aún en formación y siempre al borde de los peligros mencionados (caer en un eternalismo de lo temporal o temporalizar lo eterno), no puede descartarse la posibilidad de un nuevo encaje entre ambos factores. Con todo, no puede olvidarse la dificultad de la incompatibilidad entre distintos modelos metafísicos de eternidad, que ya apareció vertiginosamente durante los comienzos de la formación del paradigma cristiano que ha dado forma a Occidente. Aparte del materialismo clásico, Platón y Aristóteles, debemos volvernos permanentemente sobre el gnosticismo, el neoplatonismo, el judaísmo helénico, y el dogma y las herejías cristianas para no adentrarnos en callejones sin salida.

 

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