El Diluvio Universal 30 de junio de 2015 | 5:31 pm

Designios estatales

congelacion

«Sólo la mentira absoluta tiene hoy libertad de decir la verdad».

Th. Adorno, Minima Moralia, 71

 

Hay razones para pensar que el protestantismo, al radicalizar lo cristiano en detrimento del suelo en que fue conformándose como cristiandad, a saber, del equilibrio del mundo antiguo, propició una progresiva sustitución de éste por lo estatal. La imposición total de lo cristiano (lo subjetivo) en detrimento de la cristiandad (lo intersubjetivo e interobjetivo) es tal vez la crítica filosófica más importante que puede hacerse a la propuesta de Kierkegaard, la cual, no obstante, se sustrae tanto del estado como del protestantismo oficial. Si lo subjetivo tiene que alcanzar su fin empujando más allá de las limitaciones impuestas por la corrección social o de la razón, ambas íntimamente ligadas, filosóficamente hablando su absolutización es un desastre. Tanto el estado como el protestantismo oficial sustancializan la subjetividad de tal modo que no sólo imponen un límite arbitrario y artificial a sus dimensiones, sino que imposibilitan cualquier crítica intersubjetiva o una comprensión de las condiciones interobjetivas (principalmente económicas) en que vive. El mundo moderno, aunque presumiblemente ansioso por volver a lo pagano, ha perdido el equilibrio subjetivo-intersubjetivo-objetivo del mundo antiguo. Es un mundo en que ninguna de las esferas se ven con claridad suficiente; un mundo que ya ni es pagano ni cristiano: es fundamentalmente estado.

 

En nuestra era predomina pues lo absolutizante estatalizado, con contornos de subjetividad u objetividad según convenga al poder. En el dintorno asistimos a un repudio de lo verdaderamente transcendente, si bien el estado siempre tiene causas mayores a las que recurrir en caso de querer movilizar a las masas. Se produce así una pseudodialéctica; falsa porque las corrientes no navegan en el mismo plano. Los movimientos modernos en pro de la libertad, principalmente la revolución francesa y el marxismo, pero también otros de tipo más bien religioso ligados originalmente al protestantismo, parecen ser asombrosamente ignorantes de la expansión del estado que se produce a su lado. No creo que pueda decirse que tal ignorancia fuese intencionada, no al menos en todos los casos. En Marx, por ejemplo, se aprecia cierto anti-estatismo, si bien algunos de sus presupuestos hegelianos podrían haberlo traicionado. Incluso Kierkegaard (quien de amante del estado, consciente o inconscientemente, tiene poco), al no contemplar la causa de la libertad colectiva, robustecía su ausencia sin saberlo.

 

La situación resultante de la introducción de lo estatal, tal vez aún más grave de lo delineado por Adorno y Horkheimer en La Dialéctica de la Ilustración, es lo más próximo a lo amorfo y a lo infrahumano que se puede concebir. El poder nunca ha sido tan absoluto, ni ha penentrado hasta tal punto en el cuerpo social. Vivimos en la permanente tentación del abismo de la nada; trasfondo que motiva sustancialmente la conducta social e individual. Se trata de una precipitación al nihilismo que no ha perdido su voluntad de engullirlo todo, desde hace ya tiempo sin cortapisas efectivas, ya fueran las costumbres locales que hacían el derecho (o parte de él), el mecanismo interno del contrapoder a lo Locke/Montesquieu, o la autoridad espiritual tradicional.

 

A menos que queramos entender este proceso como guiado por un designio ajeno a él mismo (cosa que sucedería por cierto cuando se transfiere una perspectiva simbólica –subjetiva– a lo histórico –lo intersubjetivo e interobjetivo–), hemos de comprender las razones por las que hemos devenido en este curso. La apelación a la subjetividad del protestantismo fue la salida más a mano de la asfixia (filosófica, intersubjetiva) de lo que se ha conocido como el ‘mito de lo dado’, a saber, de la idea de que las formas son eternas y dadas para siempre. A ello habría que añadir los rasgos incipientemente protoestatales de la edad media tardía y el renacimiento. El anhelo de profundización en lo subjetivo es una constante a lo largo de las eras y las culturas, pero en épocas de crisis puede sentirse como el último recurso de la libertad, pues el proceso de interiorización, mientras dura, enmascara las condiciones externas. En cualquier caso, el protestantismo, al solidificarse y al renunciar a la autoridad tradicional de la Iglesia y asociarse al poder de los príncipes, comenzó un proceso de vaciamiento de las densidades intersubjetivas, reemplazándolas por lo estatal, que aún no se ha detenido, y no hace más que incrementar, independientemente de que existan también signos puntuales de otra cosa.

 

La apelación a la subjetividad como baluarte de la libertad podrá abrir a nuevas posibilidades o clarificar un espacio agarrotado de presuposiciones que no se pueden cuestionar ya sea por miedo o por falta de tiempo. Pero es un arma de doble filo, pues por sí misma vacía todo lo previo, y, de sustancializarse, corre el peligro de eliminar todos los contenidos de verdad labrados durante siglos, amén de ignorar el horizonte de la libertad colectiva. La religiosidad de la nueva era, orientalismo inclusive, está en perfecta continuación de esta tendencia: más subjetivismo, más aislamiento, más ingenuidad, más falsa conciencia, más estado (menos política), más simulación de vivir en un mundo fundamentalmente bueno, ocultando la opresión y la desesperación.

 

Al contrario de lo que se suele pensar, el problema de las edades premodernas, y sobre todo de la Edad Media, no era la falta de discusión. Más bien habría que hablar de su exceso, si bien bajo el imperativo del ‘mito de lo dado’ o de las formas ya dadas que arranca tanto de Platón como de Aristóteles. La edad moderna ha sustituido tal discusión por subjetividad estatalizada, camuflada por un parlamentarismo o liberalidad ideológica pretendidamente política, pero en rigor más al servicio del estado que de la realidad. El dogma, tan despreciado por los ignorantes, supone discusión, asamblea, concilio. Bien visto, esto ha desaparecido de la faz de la tierra, permaneciendo en cambio la necesidad de una conclusión, ahora a cargo del estado.

 

Hoy cada cual va a su aire, y en último término se las ve con el estado directamente y a solas. En ello consiste su gran victoria, anticipada por Hobbes. La verdad, a la que al principio de la era moderna podía aún apelarse, ya fuese subjetivamente como en el protestantismo, ya objetivamente como en la empresa científica, es ya poco menos que nada, o simplemente el poder de lo que se ordena o prepara por los medios de información estatalizantes. Lo subjetivo y lo objetivo se han paralizado, es decir, se han estatalizado, pues ésta es la paradoja de lo estatal: que lo que parece un movimiento vertiginoso supone en realidad congelación. La crítica reaccionaria a la técnica tiene aquí su razón de ser. En lo social, el no-me-toques se toma como el máximo de la gentileza. Un abismo se abre entre cada cual y los demás, que el capitalismo ahonda de maneras ampliamente demostradas. Así, lo que Adorno llamaba ‘la interioridad vacía’ en Kierkegaard resulta ser al final un fenómeno mucho más amplio y complejo, ni siquiera ya protestante, sino estatal. Que algo así como ‘interioridad vacía’ sea aplicable a Kierkegaard en concreto es cuestionable; lo abordaremos en un próximo artículo.

 

Lo que desde la Ilustración y hasta las religiones de la nueva era se suele considerar un fruto del cristianismo, a saber, la alienación de lo humano en favor de lo divino –ahora considerado ficticio o inexistente–, ha de verse también como producto de la razón estatista, una razón cuya linealidad, neutralidad y ambición de mensurabilidad de todo lo existente expurga a la realidad de su verdadera complejidad, de las rupturas y las densidades. El Estado es positivismo puro, se traga toda negatividad, diversidad o densidad, y nos escupe el esqueleto, que hemos de tomar como la realidad inmaculada. El positivismo filosófico trae su causa de la (ir)realidad del estado.

 

La verdadera complejidad de la realidad, sin duda presente en el pensamiento y en el arte premodernos, aunque no explícitamente, pasa en la modernidad y sobre todo en la postmodernidad a ser un pluralismo eminentemente estatal, es decir, donde el estado, como ya planteó Hobbes, es el mediador en los conflictos entre estos entes singulares (todo lo diversos que se quiera) sin mutua conexión. El estado en cuanto tal está de este modo causando conflictos nuevos. La complejidad de la realidad (o el pluralismo ontológico) está permanentemente distorsionada por las operaciones del estado, de tal modo que en lo real complejo impera el pensamiento simplista y la polarización, cuyos resultados se tienen como signo de una complejidad propia solamente de hoy y no de eras anteriores, aparentemente simples.

 

Este modo de pensamiento es hoy el más general aunque se dispute con fuerza desde muchos cuartos, no siempre todo lo comprehensivos que sería deseable. No es fácil proponer una alternativa teórica a este estado de cosas, pero si en algún momento la teoría es importante es cuando domina la fragmentación. Debido a la penetración de lo estatal en todos los dominios de la vida y a una escala gigantesca, titánica diría E. Jünger, quien entre otros lo percibió hace más de medio siglo con singular claridad, el tipo de fragmentación actual carece de referentes. Lo que se exige a nuestra era es mucho más de lo que se ha exigido nunca antes, y nunca ha habido tan pocos ánimos. La dependencia y la sumisión al estado lo acaparan todo. Gracias a ello, no obstante, ahora sabemos con toda certeza –por si quedaba alguna duda– que existe siempre un vínculo entre las esferas tal que no atenta contra el pluralismo ontológico, o que no retrocede a un monologismo u otro. Lo que se induce socialmente repercute en lo subjetivo: la libertad interior ha de ir acompañada de la libertad política. Pero nada podremos hacer hasta que no sepamos bien qué es el estado, cómo funciona, qué consecuencias trae su dominio.

 

El estado, en fin, se ha adueñado tanto de lo privado como de lo público, distorsionado su sentido, simplificándolos, aniquilándolos prácticamente. Lo interior y lo político atraviesan ahora invariablemente el filtro de lo estatal, encaramado como mediador supremo, primero y último, en nosotros mismos, con los demás o de las cosas. Si la autoridad supone en última instancia la unión perfecta entre lo humano y lo divino, la contrafigura de Cristo es el estado, pues no es ni lo uno ni lo otro, queriendo sin embargo hacerse pasar por los dos, juntos o por separado.

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