Cofa del mesana 15 de marzo de 2015 | 5:00 am

Del imposible Jesús histórico

Gaudi Jesus (Jason)

Hacia el año 112 de Nuestra Era, Plinio, gobernador de la provincia romana de Bitinia (Asia Menor), escribió al césar Trajano en los siguientes términos:

 

Les pregunté si eran cristianos, y se lo pregunté por segunda y tercera vez con amenazas de castigarlos. Si se aferraban a ello, ordenaba que se los llevasen para ejecutarlos, pues no tenía ninguna duda de que fuera lo que fuese lo que admitían, en todo caso merecen ser castigados por su obstinación y contumaz pertinacia (…) En cuanto a los que decían que ni eran ni habían sido jamás cristianos, me parecía bien dejarlos marchar, cuando recitaban una plegaria a los dioses (…) y, además, maldecían a Cristo; cosas que (según se dice) a los que son realmente cristianos no se les puede obligar a hacer. (Plinio, Epístolas, 10, 96).

 

Aparte del citado, nos han llegado más testimonios que parecen dejar claro que, para los magistrados imperiales, lo más irritante, por incomprensible, de esta “secta” de origen judaico era su absoluto desprecio por la propia vida, en el caso de que se pretendiera amenazar ésta para conseguir domeñar su “creencia” y pertinente conducta. Semejante resistencia les convirtió en un auténtico peligro público: con gente así, y llegado el caso, el poder quedaba en entredicho. Es en este sentido, más que en el de acabar con la religión naciente, como hay que entender las primeras persecuciones a los cristianos. La cosa cambiaría desde la ordenada por el emperador Maximino el Tracio (hacia 235 de NE), cuando se comenzó a atacar directamente a obispos y presbíteros, hasta el terrible y sistemático intento de Diocleciano por descabezar el movimiento, ya en la primera década del siglo IV.

 

Prácticamente desde el comienzo, la pena por rehusar el ofrecimiento a los dioses y reconocer el genius (espíritu divino) del emperador era la muerte. Aun así, y en lugares tan diferentes como, por ejemplo, Lugdunum (Lyon) y la citada Bitinia, a lo largo de los tres primeros siglos, miles de personas “prefirieron” ser ejecutadas que acceder a ello. Justino, un filósofo platónico de Flavia Neapolis (actual Nablus, Cisjordania), pagano y de habla griega, se convirtió al cristianismo conmovido y convencido por el coraje de los mártires (del griego martyres, “testigos”), cuya tortura y ejecución pública presenció. Poco después (estamos en la mitad del siglo II), destacará como uno de los primeros apologetas, llegando a denunciar la injusta persecución al emperador Antonino Pio, a sus hijos y al Senado de Roma. Ya en tiempos de Marco Aurelio, él mismo sufrirá tan aciago destino después de establecerse en la capital imperial.

 

Hay quien, en todo esto, solo es capaz de ver una extraña y persistente epidemia de masoquismo neurótico. Sin embargo, aquellos hombres y mujeres adujeron un motivo: permanecer como fieles “testigos” de un rabí galileo del siglo I, conocido como Jesús de Nazaret, que murió en la cruz condenado por un delito de sedición. Pero, ¿qué tuvo realmente de extraordinario aquel Jesús? Es más, ¿podemos estar seguros de su existencia?

 

En esta, como en otras muchas averiguaciones sobre un relativamente lejano pasado, cometeremos un error si nos limitamos a proyectar nuestra mente, “certezas” y creencias contemporáneas insertas en ella, sobre aquellas “ignorantes” gentes de antaño. Tampoco disponemos de una documentación propia: Jesús nada dejó escrito que sea absolutamente fiable; el papiro, soporte habitual de aquel tiempo, es un material deleznable, lo que nos enfrenta a copias de copias, con todo lo que ello significa; e, incluso, los textos más cercanos a su ministerio público, los cuatro Evangelios canónicos —resultando su autoría y su mayor o menor proximidad al Maestro aún objeto de profunda controversia— se prestan a ser declarados fuentes interesadas. En estas condiciones, el panorama puede parecer desolador.

 

Desde las disputas de la Reforma, la literalidad de las Escrituras fue puesta en entredicho. El racionalismo ilustrado encontró eco en el protestantismo alemán, que no tardaría en abalanzarse sobre la figura del nazareno para tratar de descubrir el personaje real, si lo hubiere, soterrado bajo los textos apologéticos. Se inaugura así, en aquel siglo XVIII, la llamada “búsqueda del Jesús histórico”. Entre sus múltiples derivados, también hubo lugar para la negación: Jesús es un mito. Claro, que si no se pone mayor límite a la exégesis que un casual simbolismo y los criterios de historicidad se elevan radicalmente, tampoco hubiera existido Napoleón Bonaparte de no ser contemporáneo suyo, como ingeniosamente sugirió la sátira de Jean-Baptiste Pérès (Comme quoi Napoléon n’a jamais existé ou Grand Erratum, source d’un nombre infini d’errata à noter dans l’histoire du XIXe siècle, 1827).

 

Hoy por hoy, entre la grandísima mayoría de los investigadores, existe un consenso acerca de la existencia real de Jesús de Nazaret. Y el argumento definitivo, que yo denomino argumento existencial, es que, si se diera por cierta la tesis contraria —Jesús no existió— hacer encajar el nacimiento y la historia posterior del cristianismo, los documentos que lo sustentan y todo su corolario, sería algo prácticamente imposible. Si la persona del nazareno fuera enteramente mítica, habría que explicar, así, a botepronto, por qué se erigió sobre la incompleta biografía de alguien que vivió en un sitio tan apartado del centro imperial como Galilea; alguien que, además, era judío palestino, conociendo la trascendencia y la seriedad con la que aquel pueblo se refería a los asuntos relacionados con su único y misterioso Dios nacional; o por qué se eligió que su ejecución fuera mediante la crucifixión, el más ominoso y humillante castigo de aquel tiempo; o cómo es que, desde el principio, sus inmediatos seguidores arriesgasen sus haciendas y sus vidas por algo que sabrían inventado: ¿qué interés cabal tendrían en ello?; incluso, ¿qué razón hay para que esta historia, fruto de una premeditada elaboración, presente una sorprendente disparidad de versiones puntualmente contradictorias ya desde sus primeros momentos conocidos?

 

Dejando a un lado los oráculos bíblicos, siempre impregnados de paradójicas indeterminaciones, el historiador Flavio Josefo, en el capítulo 5 del libro VI de su famosa La Guerra de los judíos, da por descontado que el mundo hebraico se encontraba excitado por una «ambigua profecía que se encontraba asimismo en la Escritura, según la cual en aquel tiempo uno de sus compatriotas llegaría a convertirse en el amo del mundo» (la cursiva es mía). No existen demasiadas dudas acerca de que el mesianismo judaico del siglo I estaba a la espera de un líder regio y militar para doblegar al poderoso Imperio Romano. ¿Cómo es que terminará proclamándose como tal a un galileo después de ser crucificado por sedición?

 

Siguiendo a Josefo, según sus Antigüedades judías y en La guerra de los judíos, fueron varios los caudillos o profetas mesiánicos que surgieron en aquellos tiempos: Judas el Galileo, que se sublevó en el año 6 de nuestra era; Atrongés, que se otorgó el título de rey a la muerte de Herodes el Grande; Simón el Insurrecto, un antiguo esclavo de aquel; Simón el Mago, contemporáneo de Jesús; Dositeo, que preconizó la resurrección de los cuerpos y también esperaba el inminente fin del mundo, (hacia el año 35); Menandro, otro mesías samaritano de corte similar a los dos anteriores; Teudas, decapitado por Fado en el 44 (sea o no el citado erróneamente en los Hechos de los Apóstoles, que algunos historiadores identifican con Teodoro o Matías de Margalo, o sean ambos o todos diferentes, que para el caso es lo mismo); el mesías El Egipcio, que se sublevó bajo Félix entre el 50 y el 60; y el caudillo Simón bar Kojba, reconocido por rabinos y doctores de la Ley como el auténtico mesías de Israel, que se rebeló contra Roma en el año 132. Todos estos “movimientos”, sin excepción, fueron incapaces de dejar huella, bien extinguiéndose una vez ejecutados sus cabecillas, bien diluyéndose ante la imposibilidad de interesar a más gente. Solamente el rabí de Nazaret sirvió de fundamento a una ekklesía, perpetuándose hasta nuestros días y más allá. Pero, ¿por qué?, si según las “fuentes históricas no cristianas”, pasó prácticamente desapercibido o fue, en una palabra, insignificante.

 

Si confrontamos la historia de Jesús de Nazaret con la pila de “mesías” señalados más arriba, independientemente de las variedades biográficas y “doctrinales” que podamos encontrar, el signo distintivo y exclusivo del rabí galileo es que solamente a sus discípulos les dio por proclamar que su maestro había vuelto a la vida. Y es precisamente aquí, en la Resurrección, donde radica el auténtico núcleo del cristianismo. Por supuesto que los hechos y palabras de Jesús serán presentados en una retrospectiva postpascual, como coherentemente no podría ser de otra manera.

 

Son muchos los que lamentan que todo lo que nos ha llegado del crucial acontecimiento —me sigo refiriendo a la Resurrección— sean los precarios testimonios de los más íntimos seguidores del Nazareno, a quienes es fácil achacar un traumatizado interés en su memoria. Huelga decir que de ahí a la alucinación colectiva, incluso a la mera fabulación, hay solo un pasito. Lo cierto es que, en lo que se refiere a este asunto, nos vemos obligados a atravesar el “ojo de la aguja” de la certificación de aquellos humildes pescadores y demás, que tampoco tuvieron la delicadeza de dejar su indiscutible declaración por escrito para la posteridad.

 

El caso es que, a diferencia de los acólitos de aquellos otros presuntos elegidos, sus pusilánimes apóstoles huyeron en cuanto prendieron a Jesús (y aquí, aceptando el llamado criterio de dificultad, pues es cosa que les deja en mal lugar, los Evangelios no parecen dudosos); obrándose la sorprendente transformación de que, poco tiempo después de la ejecución de su maestro, acudieran, aun a riesgo de sus vidas, al mismísimo Templo a proclamarle. Pensar que algo extraño sucedió ahí está al alcance de la intuición más pacata.

 

La tradición del sepulcro vacío no implica por sí misma el hecho de la Resurrección, pero no la imposibilita. Sin la existencia real de una tumba conocida en la que debió ser depositado el cuerpo de Jesús, y sin el hecho de que éste ya no se encontrara allí, la manifestación postpascual del judeocristianismo jerosolimitano carecería de alguna credibilidad. También resultaría absurda la acusación a los discípulos del robo del cadáver si éste no hubiera desaparecido. Además, ¿cómo es posible que los aterrados seguidores del Nazareno, incapaces de acompañar a su maestro durante su suplicio, tuvieran el inaudito valor de asaltar una tumba seguramente custodiada?

 

Incluso el propio material arqueológico remite a un lugar conocido y a una ubicación transmitida. El sepulcro fue “descubierto” en tiempos de Constantino (hablamos del siglo IV), y se encontró debajo de un templo de Venus ligado a la fundación de Aelia Capitolina en el año 136. Nadie hubiera buscado una tumba dentro de la ciudad, como fue el caso —éstas siempre se ubicaban en las afueras— a no ser que existiera una tradición local antigua sobre el sepulcro de Jesús.

 

Si es especulación aseverar acerca de las expectativas de los discípulos, no creo que yerre al asegurar que, a pesar de los terribles presagios de su Maestro, jamás imaginaron que el Altísimo permitiera que su Siervo fuera martirizado, humillado y muerto en la cruz. Tras semejante destino final, el golpe a los seguidores de Jesús hubo de ser terrible. La impresión, insuperable. El mero hecho de poner en boca del Sufriente, pronunciáralo o no, el primer versículo del Salmo 22, ¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?, es el desgarrador testimonio de aquel trance… Y, sin embargo, estos hombres y mujeres, aterrorizados, despreciados por buena parte de los suyos y moralmente destruidos, darán al poco tiempo testimonio de las palabras y hechos del… ¿crucificado? No, ¡¡¡del Resucitado!!!

 

He aquí el “quicio” del cristianismo: aceptar el testimonio de la auténtica Resurrección de Jesús. Algo insólito, irracional e imposible, solo concebible si se cree en Dios; y no en un Logos, Principio o Motor del universo; no un bondadoso “Gran Relojero”, garante de las inmutables leyes físicas, que nos permite distinguir la vigilia del sueño, dotándonos para la deducción-comprensión del mundo; no ese Dios que “no juega a los dados”; todo lo contrario: un Dios que interviene en la Historia humana de forma velada, escapando a nuestro orgulloso positivista conocer; un Dios que no es de la razón, es del corazón.

 

La separación entre el Jesús histórico y el Cristo de la fe es algo más que analítica. Cabría preguntarse cuál es el criterio de tal distingo más allá de su imbricada continuidad. El Cristo de la fe aparece como un cajón de sastre donde depositar todo lo inverosímil que rodea al enigmático maestro —con la Resurrección al frente—, por lo que el Jesús histórico queda en una mera deducción consensual, nacida de la inevitable necesidad de poder explicar lo que sucedió a continuación. Ya hay estudiosos que se ven impelidos a contemplar la hipótesis de la Resurrección, aunque recluyéndola en la susceptible mente de sus discípulos. La realimentación ritual de un afortunado desvarío tal vez pueda esclarecer la comunidad de Jerusalén; pero, ¿cómo explicar los repentinos brotes, incluso entre los gentiles, a una “velocidad” que desafía la difusión?

 

El aristocrático cronista romano Gayo Suetonio, en su obra Vidas de los Doce Césares, publicada hacia el año 120 de Nuestra Era, nos habla de los disturbios ocasionados en Roma por los seguidores de un tal Chrestus —a todas luces un mal deletreo de la palabra latina «Christus», derivada del griego Xristos— en tiempo de Claudio. En el año 49 de NE, el emperador ordenó que todos los judíos abandonaran la capital, seguramente a consecuencia de los citados problemas de orden público. Esta circunstancia también la menciona el evangelista Lucas: cuando Pablo arribó a Corinto, cerca del año 50, se encontró con un judío llamado Áquila, originario del Ponto, que acababa de llegar de Italia, y con su mujer Priscila, por haber decretado Claudio que todos los judíos saliesen de Roma (Hch. 18, 2).

 

Si Jesús murió el viernes 3 de abril (14 de nisán) del año 33 de NE —según la reconstrucción de los profesores de Oxford, Colin J. Humphreys y W. G. Waddington (http://usuaris.tinet.cat/msanroma/crucifixio.html) en un artículo publicado en Nature en diciembre de 1983—, teniendo en cuenta las fuentes citadas, que ya refieren un conflicto en los últimos años cuarenta, no es descabellado pensar que el proto-judeocristianismo —como arraigado testimonio de peregrinos impresionados, bien por el propio Maestro, bien por los hechos de sus discípulos— se hubiera extendido rápidamente a través de la red de sinagogas, sin que, en un primer momento, surgiera una declarada hostilidad desde la ortodoxia judaica (si es que hubiera de considerarse algo así previamente a la formulación del judaísmo rabínico). Ello nos acercaría a las tempranas fechas de principios de los cuarenta, e incluso a finales de los años treinta del siglo primero, como presencia inicial de la revelación jesuática, sin mayor elaboración teológica y más allá del ámbito jerosolimitano y siriopalestino. No podemos soslayar esta posibilidad, que además ayudaría a comprender el arrollador éxito de Pablo, quien ya “trabajaría” sobre un terreno abonado, y vendría a saldar las señaladas disputas no cerrando la puerta del Evangelio a los incircuncisos, asunto ya debatido en Jerusalén (h. el año 48, en el mal considerado primer concilio de la iglesia).

 

Más allá de la mención de la Resurrección y la alabanza de «Jesús Mesías», llama poderosamente la atención la ausencia de una referencia explícita al ministerio público del Maestro en las cartas paulinas (sustancialmente éstas responden a diversas dudas planteadas entre las iglesias, compendian aclaraciones y recomendaciones éticas y doctrinales, y solicitan algunas actuaciones concretas, como colectas u oración). Sin embargo, tratándose del llamado Apóstol de los gentiles, tal silencio sobre las palabras y los hechos de Jesús carece de sentido, a no ser de que ya circularan relatos proto-evangélicos —no podemos saber si algún Evangelio, aproximadamente tal y como hoy los conocemos, o alguna “primera redacción” o traducción de un original semítico— que se leían en las reuniones del día del Señor.

 

La dicotomía Jesús histórico/Cristo de la fe erigida por el llamado método histórico-crítico siempre se ha nutrido de una datación tardía de los Evangelios. Una mayor cercanía a los hechos arroja una mayor probabilidad de encontrarnos ante un testimonio certero sobre la vida de Jesús. Por el contrario, si son recientes, podrían considerarse un modo de catequesis, o incluso como la mera expresión de fe de las comunidades donde surgieron. He aquí un inevitable campo de batalla. Claro, que una forma no cruenta de vencer consiste en desarmar al adversario previamente al choque.

 

Son varios los estudiosos que insisten en incapacitar por principio a los creyentes que deciden revisar los aspectos históricos de Jesús de Nazaret. Según aquellos, éstos están irremisiblemente “contaminados por la fe”, que les impide la exigible neutralidad y nubla su capacidad para el discernimiento de determinadas evidencias. Los no creyentes, ateos y agnósticos, son, por el contrario, los únicos dotados para evaluar “científicamente” estos asuntos, relativos a la exégesis de los textos referenciales y al apuntalado método histórico-crítico. Se envuelven así con un falso halo de desinterés por el trasfondo del tema, como si la crucial pregunta por Dios fuera una cosa quimérica —no hay argumentos que contrarrestar porque, sencillamente, no pueden existir argumentos a favor de semejante desbarre antediluviano—, para poder así investir sus conclusiones de proverbial autoridad. Nada más lejos de la verdad, porque aquel desenlace de la investigación que no socava la fe, sí puede contribuir a tambalear una acomodada increencia: por supuesto que ateos y agnósticos son proclives a las hipótesis que desacreditan lo trascendente, con lo que jamás debemos tomarles por neutrales aunque así se nos presenten.

 

Como iniciador de la llamada escuela histórico-crítica, siempre se señala a Hermannn Samuel Reimarus (1694-1768), aunque no hubiéramos tenido constancia de su pensamiento —solamente facilitó su ideario, recogido en Apología o defensa de los adoradores racionales de Dios, a sus íntimos— si no hubiera sido por su amigo Gotthold E. Lessing (1729-1781), quien publicó siete fragmentos de Reimarus, aunque presentándolos como “de un Innombrado”, entre los años 1774 y 1778. Ambos —tanto Reimarus como Lessing— eran deístas. Esto significa que pensaban que la vía correcta de acceso a Dios transcurría por la experiencia personal y racional. Desechaban la revelación divina directa, y estaban convencidos de que la Primera Causa no intervenía en el Mundo —una vez ya fijadas por Él las Leyes universales, a cuyo conocimiento los hombres estamos dotados para acceder gracias a nuestra condición de seres racionales— y mucho menos en la Historia humana.

 

Es muy importante conocer el punto de partida e inicio histórico de los ultracríticos porque se puede apreciar que no hay necesidad de investigación: sus conclusiones devienen directamente de sus marcados axiomas. Como Jesús no escribió personalmente nada, nada podemos saber ciertamente de él. Lo que nos ha llegado es el testimonio de los apóstoles y de su fe en Cristo. Por otro lado, en las narraciones evangélicas se recogen historias mágicas y milagrosas, incluida la crucial Resurrección, que atentan contra las leyes de la naturaleza, que son las mismas inmutables leyes de Dios; deben, por ende, ser falsedades, invenciones o derivaciones míticas, por lo que los textos neotestamentarios —tal y como ya se consideraba desde el inicio del racionalismo ilustrado con los escritos veterotestamentarios— no son en absoluto de fiar, careciendo de rigor histórico.

 

Desde este sencillo análisis y catalogación, se erige una consideración dual: la del Cristo, por un lado, que responde a la fe postpascual, y de la que tenemos sobrada literatura; y la de, necesariamente —para algunos ni siquiera eso—, un misterioso Jesús real, recalcado como Jesús histórico, a quien es necesario reconstruir de manera consecuente. Esta ruda división deja en el limbo una intrínseca relación y encadenamiento entre ambos: el Cristo como consecuencia de los hechos, palabras y vicisitudes históricas de Jesús, incluida la Resurrección; y alerta sobre la inevitable invalidación sustancial de las fuentes literarias para todo aquello que no case con el prejuicio dominante, algo a lo que inevitablemente estamos condenados en este asunto a no ser que nos abramos a la consideración de lo trascendente. Y he aquí lo irritante: Jesús de Nazaret nos obliga a enfrentarnos a ello.

Un comentario a “Del imposible Jesús histórico

  1. Querido Josean:

    Pones el dedo en la llaga del problema más difícil que puede tratarse, la relación de Jesús con Cristo. Su estrecha vinculación en los Evangelios es la característica distintiva de estos documentos, comparados con otros fundacionales de una religión (aunque, dicho sea de paso, como diría Dalmacio, el cristianismo no es esencialmente una religión, sino una fe, precisamente en Cristo), pues aquí la cercanía de lo humano con lo divino es axial. En el judaísmo o el islam, los profetas o el Profeta se comunican con Dios, pero no se confunden con él. En religiones no monoteístas, como en el budismo o el paganismo helénico, la relación de los humanos con lo divino recurre a un proceso de mitologización que transcurre a lo largo de muchos siglos, hasta que, pongamos por ejemplo, el Buddha, Hércules, o el propio Zeus, acaban siendo deidades o semi-deidades.

    Me gustaría añadir a tu gran artículo un par de notas. No estoy seguro de que la distinción entre Jesús y Cristo sea, con todo, ruda o perteneciente a una exégesis crítica protestante-moderna. Como bien señalas, está ya en Pablo. Seguro que tienes razón en que San Pablo daba por sentadas muchas cosas que circularían en las primeras comunidades o corros alrededor de las sinagogas, y que a ello se debe en parte que no mencione a Jesús. Pero no puede tampoco evitarse ver que a Pablo le interesa ante todo (por no decir solo) Cristo, es decir, la Resurrección. Lo mismo podría decirse, hasta donde yo sé, de los Padres de la Iglesia hasta San Agustín. Lo que importa es la condición de la Resurrección, que desde la experiencia de Jesús nos es dada alcanzar a todos, aunque más tarde esta idea haya degenerado en prácticamente una deificación de Jesús. Los primeros siglos de la Iglesia no perdieron de vista que Jesús existió, y que esto es clave: no se trata de un mito sin sustancia, sino de un acontecimiento real. Pero también es un acontecimiento místico, y es tal que acontece precisamente cuando Jesús, el hombre, deja de existir como tal y abraza su (nuestra) condición divina. La distinción me parece importante, sin por ello querer caer en una separación. Aquí está todo el intríngulis de la Trinidad.

    Un abrazo muy fuerte.

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