El Diluvio Universal 15 de marzo de 2017 | 4:00 am

De la velocidad

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Resulta absurdo pensar que los medios en que se produce la comunicación entre personas no tienen un efecto en la misma comunicación. No obstante, estamos expuestos constantemente a la idea de la neutralidad moral de la técnica, o más aún, de que el mejoramiento en ésta significa ipso facto mejoramiento moral (en lo que llaman ‘calidad de vida’, por ejemplo). Es como si el aumento, sea éste de lo que sea, fuese un bien en sí mismo. Una locura encubierta, sin duda.

 

Dejando aparte la cuestión de la distorsión informativa de la prensa incitada por el estado y todo lo que éste supone, que es un caso paradigmático, debemos estudiar hasta qué punto la velocidad misma, no ya sólo de la información sino de cualquier transacción, es, tal como se proclama habitualmente, una verdadera mejora. La comunicación a través de medios informáticos se ha acelerado de un modo tan obvio que no hace falta insistir en ello. Desde el correo electrónico al mensajeo a través de las mil y una plataformas existentes se ha venido formando un tercer tipo de comunicación que no es ya ni oral ni escrita, y que, en conjunto, a pesar de las ventajas en lo que se refiere a la inmediatez, ha supuesto una evidente degradación en la calidad de la comunicación misma. Y, recordémoslo, lo moral está anclado en la comunicación.

 

No hace falta abrazar todos los disparates del Discurso sobre la Igualdad de Rousseau para asentir a sus puntos fuertes, como tampoco hace falta ser anarquista para poner en duda al estado y su íntima conexión con la seguridad y lo maquinal, y especialmente con su intersección en el velocímetro de la técnica. En el fondo, todo depende de la escala de valores que utilicemos para juzgar las cosas; si ponemos la comodidad, por ejemplo, por encima de la libertad, o si las ponemos en la misma escala, sin notar su fundamental incompatibilidad. Y no olvidemos tampoco que allí donde abunda la prisa perdemos opciones en vez de ganarlas.

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