Naufragios 14 de diciembre de 2012 | 6:00 am

Contra la Historia

<<El derviche y el invasor (Mark Twain, 1902)
 
El derviche: Diré una vez más, y otra más, y aún otra, que una buena acción…
 
El invasor: Espera, ¡oh, hombre de visión estrecha! No existe tal cosa…
 
El derviche: Oh blasfemo sinvergüenza…
 
El invasor: Y no existe el mal acto. Hay buenos impulsos, hay impulsos malos, y eso es todo. La mitad de los resultados de una buena intención son malos, la mitad de los resultados de una mala intención son buenos. Ningún hombre puede dirigir los resultados, ni asignarlos.
 
El derviche: Y entonces…
 
El invasor: Entonces debes alabar a los hombres por sus buenas intenciones, y no culparlos por los malos resultados; debes culpar a los hombres por sus malas intenciones, y no alabarlos por el buen resultado.
 
El derviche: ¡Oh, lunático! Qué dices…
 
El invasor: Atiende a la ley: De cada impulso, ya sea bueno o malo, manan dos corrientes, la una lleva salud, la otra lleva veneno. Desde el inicio de los tiempos esta ley no ha cambiado, hasta el final de los tiempos no cambiará.
 
El derviche: Si yo lo fulminara a usted en un arranque de ira…
 
El invasor: O me asesinara con una droga de la cual esperaba que me diera lozanía y fortaleza…
 
El derviche: Muy bien. Continúe.
 
El invasor: En ambos casos el resultado sería el mismo. Un eterno cargo de conciencia para usted -un mal resultado-; paz, reposo, el fin de las penas para mí -un buen resultado-. Tres corazones que me quieren se romperían; tres primos menesterosos del tercero de ellos obtendrían mis riquezas y se regocijarían; usted iría a la cárcel y sus amigos lo lamentarían, pero su humilde novicio se calzaría los zapatos y la oronda y lustrosa vida de usted y sería feliz. ¿Y estos son todos los bienes y todos los males que manarían de la bien intencionada o mal intencionada acción que segó mi vida? ¡Oh irreflexivo, oh obtusa criatura! Los buenos y los malos resultados que manan de cualquier acto, incluso los más pequeños, se reproducen una y otra vez, siglo tras siglo, eternamente y para siempre, arrastrándose centímetro a centímetro por todo el mundo, afectando a todos los pueblos que fueran y vinieran hasta el fin de los tiempos, ¡hasta el cataclismo final!
 
El derviche: Entonces, no existiendo cosa tal que una buena acción…
 
El invasor: ¿No le digo que hay buenas intenciones, y malas, y aquí se acaba? Los resultados no son previsibles. Son de dos tipos, en todos los casos. Es la ley. Escuche: esta es la historia del lejano Oeste:
 
Voces de UTAH
 
I.
El Jefe blanco (a su pueblo): Esta amplia llanura era un desierto. Mediante nuestra bendita industria hemos canalizado el río y utilizado sus aguas y convertido el desierto en vegas sonrientes cuyos frutos hacen prósperos y felices mil hogares donde la pobreza y el hambre antes habitaron. ¡Cuán noble, cuán benéfica, es la Civilización!
 
II.
El Jefe indio (a su pueblo): Esta amplia llanura, que los sacerdotes españoles enseñaron a nuestros padres a regar, era una sonriente vega, cuyos frutos hicieron a nuestros hogares prósperos y felices. El hombre blanco americano ha canalizado nuestro río, llevándose el agua hasta su valle y convirtiendo nuestra vega en un desierto; por eso morimos de hambre.
 
El derviche: Percibo que la buena intención verdaderamente trajo buenos y malos resultados en igual medida. Pero un solo caso no puede demostrar la regla. Inténtelo de nuevo.
 
El invasor: Discúlpeme, todos los casos la prueban. Colón descubrió un nuevo mundo y dio a los pobres y los campesinos sin tierra de Europa granjas y espacio para respirar y abundancia y felicidad…
 
El derviche: Un buen resultado…
 
El invasor: Y estos cazaron y acosaron a los propietarios originales de la tierra, y les robaron, los arruinaron y arrojaron de sus hogares, y los exterminaron de la raíz a las ramas.
 
El derviche: Un mal resultado, sí.
 
El invasor: La Revolución Francesa llevó desolación a los corazones y los hogares de cinco millones de familias y empapó el país en sangre y convirtió su riqueza en pobreza.
 
El derviche: Un mal resultado.
 
El invasor: Pero todos los grandes y preciosos dones de la libertad que disfrutan las naciones de la Europa Continental hoy, son el regalo de esa Revolución.
 
El derviche: Un buen resultado, lo reconozco.
 
El invasor: En nuestro bien intencionado esfuerzo para elevar a los filipinos hasta nuestra propia altura moral con el mosquete, hemos resbalado en el hielo, cayendo a la suya.
 
El derviche: Un muy mal resultado.
 
El invasor: Pero como compensación somos una potencia mundial.
 
El derviche: Deme tiempo. Debo pensar sobre eso. Continúe.
 
El invasor: Con la ayuda de tres cientos mil soldados y ocho cientos millones de dólares, Inglaterra ha tenido éxito en su buen propósito de elevar a los reticentes boers haciéndolos mejores y más puros y más felices de lo que nunca podrían haber llegado a ser por sus propios medios.
 
El derviche: Ciertamente ese es un buen resultado.
 
El invasor: Pero sólo quedan once boers, ahora.
 
El derviche: Tiene la apariencia de un mal resultado. Pero pensaré sobre ello antes de decidir.
 
El invasor: Tome todavía un ejemplo más. Con las mejores intenciones el misionero ha estado trabajando en China durante ochenta años.
 
El derviche: Y el mal resultado es…
 
El invasor: Que casi cien mil chinos han adoptado nuestra Civilización.
 
El derviche: Y el buen resultado es…
 
El invasor: Que por la compasión de Dios cuatrocientos millones han escapado a ella.
 
El derviche: Adieu, buen señor, estoy convencido, y acepto su ley.>>

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I. Este diálogo, que nuestro amigo, fundador y colaborador de El Cratonauta Óscar V. Martínez Martín tuvo a bien traducir, sirve de ilustración casi escolar, pero no por ello menos eficaz, del prejuicio fundador de la historiografía, que alcanza su gloria y cima con la Filosofía de la Historia: allí donde la historia de los hechos es planteada, narrada y llevada a término bajo la constrictiva ortopedia de un argumento, ya se han sentado las bases para que el invasor haga su aparición, y con él, la superstición laica que reduce los hechos de la historia a una unidad de medida que los hace conmensurables entre si. Que el sufrimiento y el destrozo ocasionados por guerras, revoluciones y conquistas puedan ponerse en uno de los platillos de una balanza que, en el otro platillo, deposita los resultados que, para las generaciones futuras, se imputan a esa misma cuenta, es la ficción con la cual el invasor puede lanzar su severa y paternalista amonestación al ingenuo derviche.

 

II. La creencia de que, en los primeros atropellos cometidos por los conquistadores españoles en la justamente bautizada isla de La Española –en la cual, como es sabido, los taínos se extinguieron por completo en un plazo no superior a 70 años, por la acción combinada de la espada y las epidemias contra las cuáles carecían de defensas orgánicas- se estuviera fraguando la magna creación histórica que hoy nos hermana con Ultramar “en una cultura y un idioma comunes” no parece suscitada por necesidades epistemológicas sino por la pura necesidad ideológica de que hoy, los hijos de la modernidad, podamos mirar atrás sin “los ojos desencajados y la boca abierta”, tal y como describe Walter Benjamin, en la novena de sus Tesis sobre la Filosofía de la Historia al Angelus Novus de Paul Klee. A este respecto, Rafael Sánchez Ferlosio tiene la intuición de que este pasaje de Walter Benjamin es una respuesta a Hegel. En verdad, el sistema filosófico hegeliano es de una elaboración tan precisa que difícilmente Walter Benjamin podría abatirlo con la simple descripción de la impresión personal que le produce una alegoría como la de Paul Klee: pero, por más que la “astucia de la razón” se presente con las credenciales de una elaboración intelectual compleja, resultado de la observación y análisis de los acontecimientos, el lector no puede sustraerse a la impresión de que se trata más bien de un expediente ad-hoc impuesto por la pura necesidad de cohonestar la propia noción hegeliana de Historia Universal con los más elementales sentimientos de empatía y caridad. Bajo tal punto de vista “la astucia de la razón” sería solo la variante laica de la voluntad de Dios, es decir, una noción fraudulentamente laica y de marcado carácter religioso. Ni siquiera Hegel, como filósofo cristiano, cree necesario decir lo contrario:

 

Dios rige el mundo, y el contenido de su gobierno y el cumplimiento de su plan constituyen la Historia Universal. La filosofía de la historia no aspira más que a comprenderlo, pues sólo lo que de este plan se lleva a efecto tiene realidad, no siendo más que corrupta existencia cuanto no sea conforme a ello. Ante la luz pura de esta Idea divina, que no es mero ideal, se desvanece todo lo aparente, como si el mundo fuera un acontecer demente y necio.

 

El Dios cristiano puede ser todopoderoso, pero no arbitrario. El trauma que, para la humana capacidad de comprensión, suponen los crímenes y atropellos que jalonan el avance del invasor, es parcheado mediante la fraudulenta noción de la “astucia de la razón”. Así, el denodado intento de conciliar lo real con lo racional se estrella en un misterio incomprensible, como el dogma de la Santísima Trinidad.

 

III. El invasor bien podría ser un lector avezado de Hegel, y de no serlo, se non é vero é ben trovato. Véase si no un pasaje demoledor de éste:

 

Pero al considerar la Historia como esa mesa de sacrificios en la que han sido víctimas la felicidad de los pueblos, la sabiduría de los estados y la virtud de los individuos, se suscita necesariamente al entendimiento la pregunta: ¿para quién, para qué finalidad, ha sido inmolada esa asombrosa cantidad de víctimas? De aquí suele surgir la cuestión acerca del tema, que ha sido el punto de arranque de nuestras consideraciones; a partir de él, con los acontecimientos que nos ofrecían aquel cuadro capaz de provocar tristes sentimientos y reflexiones, hemos determinado el campo en el que tan sólo queremos ver los medios para lo que afirmamos que constituye la determinación substancial y el fin último absoluto, o –lo que es lo mismo- el verdadero resultado de la Historia Universal.

 

Al elegir para la violencia la figura alegórica de la mesa de sacrificios, Hegel ha dado por obvia la respuesta a una pregunta previa a la que en este pasaje él se plantea. Pues, para llegar a preguntarse para qué finalidad ha sido inmolada esa asombrosa cantidad de víctimas es necesario haber dado por afirmativamente respondida la pregunta de si realmente ha existido alguna finalidad en ello; y no puede no existir, pues un sacrificio no es, nunca, una violencia gratuita sino una violencia que está en relación de intercambio de favores con alguna deidad.

 

Los hijos de la Modernidad, los laicos hegelianos, sabemos cual es esa deidad: el Progreso, en cuya creencia hemos encontrado consuelo para el vacío al que la inexistencia de Dios nos había condenado.

 

IV. De hasta qué punto la moderna historiografía ha asumido, a sabiendas o sin saberlo, el prejuicio hegeliano, bien podría ser ejemplo la crónica que, un espléndido narrador como Hugh Thomas, hace de La Conquista de México:

 

La palabra que mejor resume las acciones de Cortés es “audacia”; contiene un rastro de imaginación, de impertinencia y la capacidad de llevar a cabo lo inesperado, cosas que la diferencian del simple valor. Un extremeño del siglo XIX dijo del antepasado de Cortés, el clavero Monroy, que era rápido de palabra, hábil y atrevido en la acción, lleno de amenazas en la guerra que se convertían repentinamente en golpes decisivos, y que no se dejaba amilanar por el mal tiempo, las grandes distancias, los peligros ni los reveses. No era distinto su descendiente Hernán Cortés. Sin duda el Cid de los romances fue también una inspiración; leer acerca de la pequeña banda de jinetes de Cortés, de sus combates contra toda esperanza, de su captura de una rica ciudad perteneciente a un enemigo del Dios de los cristianos, de su lucha para conseguir la aprobación de su monarca, trae en mente en seguida las aventuras que condujeron al Mio Cid a la captura de Valencia. (…).

 

En 1524 Cortés envió a Carlos V un cañón de plata. La plata procedía de Michoacan. Lo llamó El Fénix. En él había hecho inscribir estos versos: “Aquesta nació sin par / Yo en serviros sin segundo / Vos sin igual en el mundo”. Como se apresuraron a señalar los celosos de Sevilla, la ofrenda era extravagante. Pero era, como hubiese dicho el viajero alemán Thomas Münzer, “suntuoso”. Esta vez el regalo llegó a España, donde pronto lo fundieron para quedarse solo con la plata. El nombre del cañón no carecía de ironía. Pues Cortés había establecido un impuesto llamado “el fénix” sobre todo el oro y la plata extraídos de México, con el fin de compensar por las pérdidas del desastroso viaje a España de Ávila y Quiñones, abortado por los piratas franceses. No obstante era un nombre apropiado: hoy, los tomates y el maíz se cosechan en el Valle del Guadiana donde nació Cortés; y una sociedad nueva y con el tiempo extraordinaria, poseedora de su propia magia, se alzó de las cenizas de la vieja Tenochtitlán.

 

No sería justo achacar a Hugh Thomas, solo por este pasaje, una intención valorativa y laudatoria de la gesta de la conquista, pero bien clara está la conclusión a la que su propia exposición le conduce, como para necesitar cualquier comentario. El “hoy” en el cual “los tomates y el maíz se cosechan en el Valle del Guadiana” será el “ayer” del “mañana” en el cual otro historiador narre el alzamiento de “una sociedad nueva y con el tiempo extraordinaria, poseedora de su propia magia”, sobre nuestras cenizas.

 

Pero, más allá de la conclusión, me ha parecido pertinente reproducir un párrafo tan extenso, por lo que tiene de valoración estética de los hechos de la historia, pues no otra cosa que compulsión estética son las alabanzas que las cualidades de Hernán Cortés han merecido a un buen número de historiadores, de los cuales Hugh Thomas es solo un ejemplo. Cortés se ha valido del engaño, de la astucia, de la manipulación y de la más terrible ferocidad, para llevar a término sus designios: pero todas esas cualidades que, en la relación entre particulares, destruirían en poco tiempo cualquier forma humana de organización social en la que pudiera existir algo tan imprescindible como el respeto y el comedimiento, son en realidad virtudes para el cumplimiento del plan de Dios que constituye la Historia Universal.

 

Trescientos años antes, Gonzalo Fernández de Oviedo, cronista oficial del emperador Carlos V, veedor de la fundición del oro, testigo directo de la sanguinaria gobernación de Pedrarias Dávila en Castilla del Oro, con el cargo de alcaide de la fortaleza de Santo Domingo, careció de este consuelo, y sin menoscabo de su creencia religiosa, tuvo al menos la valentía de renunciar a una racionalización de lo que, a sus ojos, superaba todo alcance de humana comprensión, atribuyéndolo por tanto a los inescrutables designios del Señor. En su Historia General y Natural de Indias, leemos lo siguiente:

 

Yo veo questas mudanças e cosas de grand calidad semejantes no todas veçes anda con ellas la raçon que a los hombres paresçe ques justa, sino otra definición superior e juicio de Dios que no alcançamos; y como él es movedor de todo (o más servido de lo que subçede) e sin su voluntad ninguna cosa se puede concluir, tengamos por mejor lo que vemos efetuar, pues no se alcançan los fines para que se hacen las cosas; e de la providencia de Dios no nos conviene platicar ni pensar sino que aquello conviene.

 

Pero la muerte de Dios no derramó las bendiciones que cabía esperar, el Progreso ha venido a reemplazarlo sin posibilidad de apelación, y hoy los laicos podemos dar razón de los destrozos que el prepotente y destructivo avance de la razón histórica ha causado, sin timoratas retiradas como la del cronista Fernández de Oviedo.

3 comentarios a “Contra la Historia

  1. Querido Juan:

    Debo hacer una corrección. La elección para el DERC del escrito de Twain -que yo desconocía- y la traducción del mismo son obra de David Serquera. En mi caso, malamente podría haber traducido nada sin conocer el inglés. Creo recordar que tras realizar yo alguna corrección menor en el texto ya traducido, tuvo él la amabilidad de citar mi nombre en su artículo sin verdadero motivo.

    Un abrazo.

  2. Gracias Óscar por la aclaración, no se si a estas alturas es posible corregirlo en el propio texto, pero quede registrado aquí el error por mi parte.

  3. El prestigio de que goza la Historia bien podría ser solo la manera que tiene el hombre de justificar su ansia de poder y la necesidad de envilecer al prójimo . El racionalismo histórico ha servido para blanquear las tiranías e incluso los totalitarismos; en el nombre del Progreso los imperios han aplastado a los pequeños países y han extendido su dominio a expensas de las culturas ajenas.

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