La fantasía sólida 15 de marzo de 2017 | 2:00 am

Contemplar la inocencia

Kedugú, Senegal

A Tomé, mi amigo.

 

Sí, los adultos no perdemos la inocencia, se la entregamos a otros más jóvenes, generalmente nuestros hijos. Aunque quizá no se la entregamos, sino que se nos cae sobre ellos porque conforme la vejez nos lleva hacia la muerte vamos dejando por el camino, muchas veces inconscientemente, las hojas de ese otoño nuestro con el que arropamos otras vidas. Caspa estética, el legado que después nos dedicamos a contemplar en sus personas. Somos estetas por obligación y el reconocer la belleza de las armonías que surgen aquí y allá es algo tan natural como que en nuestra imaginación ella, la belleza, en forma de divinidad, nos contemple y nos hable eternamente.

 

Al contrario de lo que se cree, los niños no son inocentes (ni santos, ni pecadores) de nacimiento, empiezan a serlo cuando los ponemos bajo nuestra protección y nuestra mirada estética. En realidad, la mayor parte del tiempo los pequeñajos son unos salvajes simpáticos, indiferentes hasta la crueldad en su egoísmo. Están hechos para salir adelante a cualquier costa centrándose en el entorno más cercano, un universo cuyo radio se amplía un poco cada año que pasa, según se desarrollan sus cuerpecillos y sus habilidades. Y permitiéndome un excurso, no es de extrañar que una de las principales funciones del Estado sea la de mantenernos en esa condición infantil a perpetuidad, ensanchando virtualmente nuestro universo físico mediante la tecnología, y nuestro universo moral vía actualidad (o tecnología del espíritu). Qué contradictorio se torna entonces el madurar teniendo que ser otros naturalmente y uno, sólo uno, cratológicamente.

 

Pero, continuando con el desvarío de la inocencia, me corrijo una vez más. Bien mirado, los viejos ni la entregamos ni la perdemos. No. Se la contagiamos a los niños, pero de forma tal que si se tratara de una verdadera patología nosotros sanaríamos al enfermar ellos. La inocencia se nos cae como una muda de reptil estrecha porque la experiencia, plagada de desencantos y maldades, nos deja la piel destrozada e inútil. Pero es esa una piel muerta que, como la túnica de Neso, no resulta fácil de desprender de los tejidos profundos. Nuestra inocencia es el veneno de la abeja que al ser inoculado en otro ser causa la muerte de su portadora en forma de metamorfosis ovidiana. Metamorfosis que va de dicha inocencia (o inmanencia) a la contemplación (trascendencia o vejez) en nuestro caso, los adultos; de egoísta a altruista, o de escéptico a platónico si se quiere, en el de los chavales. El sentido de la belleza es sin duda el bien, pero su sinsentido es conservar la juventud.

 

La inocencia contagiada empuja a los niños a perder lentamente la perspectiva pedestre del mundo, la visión animal, y los prepara para la educación espiritual, es decir, moral. Desgraciadamente, junto a las frías maravillas que se contemplan desde las colinas mitológicas de la Cultura, esa inocencia recién nacida trae consigo el vertiginoso abismo de la hipocresía: inmediatamente comienzan a adorar a dioses en los que no creen, a vivir conforme a ideales que no pretenden o no pueden cumplir, o a creerse y decirse lo que no son. En nuestro caso, el de los donadores de inocencia, la hermosa condición de estetas verdaderos, hondos, va acompañada de la terrible perversidad que causa el miedo incontenido al sufrimiento de nuestros hijos o tutelados: la necesidad de seguridad que inculcamos en ellos en contra incluso del instinto -cuya silenciosa máxima dice que se está seguro hasta que se deja de estarlo- en favor de la ideología parapolítica que nos susurra que no se está seguro hasta estar más seguro. Aparte de nuestra ya mencionada hipócrita necesidad de trascendencia, la instrucción a la que sometemos a los churumbeles es la mejor prueba de este miedo desbocado.

 

Antes, cuando entre las ideologías que emanaban de la Opinión Pública figuraban el machismo y elitismo provincianos queríamos que nuestros hijos fueran los más fuertes y altos, los más guapos, eruditos y dominantes, y a la vez, los más nobles. Superhéores. Ahora que la doctrina estatal esgrime el más ramplón de los feminismos -todo oclocracia, naturoterapias y recetas de cocina- para encauzar al personal, la moda que se ha impuesto es que nuestros hijos sean tan absolutamente grises como nosotros, para que, más allá del bien y del mal, puedan pagar su hipoteca con el honrado fruto de su trabajo. De paso, estos inmaculados ahorradores podrán dejar en casa y en el huerto urbano todo el poso de bien universal, tan abstracto y puro sobre el papel como retorcido y envidioso en verdad, que la educación ‘alternativa’ les habrá dejado. Alternativos e iguales, los antagónicos estigmas de la posmodernidad. Pero todo esto, que dice estar educando la inocencia de la civilización, en realidad destroza cualquier posibilidad de ella y envuelve al animal en la más animal urbanidad.

 

Enfrente, el arte trata de combinar la emoción del animal aestético, la acción, y la contemplación del viejo, del esteta. La mirada de Ulises. Como dice Harvey Keitel en el vagón del tren, justo antes de besar por primera vez a la señora a quien luego abandonará a la carrera, la película que anda buscando, quizá la primera película realizada, es también la primera mirada, la inocencia perdida. Sí, sí, la inocencia está en la mirada, la primera mirada, la última. El bueno de Keitel desea encontrar esa primera película para recobrar su propia mirada, la Ítaca que nunca volverá. Pero no, sólo nos queda el recuerdo de la inocencia perdida y la contemplación de la transmitida.

 

Reconozco que ahora, a mis cuarenta y mil, me parece comprender la Odisea homérica y la Ulisiada joyciana por primera vez. Y comprendo de alguna forma el sentido de la memoria y del sacrificio, del ritual de renunciar o morir para volver a nacer en otro, también por primera vez. Escatología cristiana entendida como una ineludible fatalidad moral… o quizá sólo sea que el viejo héroe griego ha vuelto a hacerse a la mar.

Un comentario a “Contemplar la inocencia

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