Naufragios 31 de enero de 2013 | 8:00 am

Apuntes sobre el Poder

Flower power (Steve took it)

(Afinidades) La perdurable querella entre un Derecho Positivo y un Derecho Natural se halla expuesta a la sospecha de que uno y otro bien podrían compartir un estigma originario: la ley del más fuerte. Si la ley de la naturaleza no parece que pueda sustraerse al derecho del más fuerte, el derecho positivo, más allá de todos los trámites y formalidades jurídicas con los que siglos de evolución lo han revestido, se encuentra marcado a fuego por el momento originario que lo constituye: y este momento no puede ser otro que la violencia como axioma fundante y sustentante, o en expresión de Walter Benjamin, la violencia creadora de derecho.

 

(Legitimidad I) El que manda lo hace porque puede hacerlo, porque tiene la fuerza necesaria para hacerlo; decir que lo hace porque tiene títulos de legitimidad para hacerlo no es más que una forma timorata de eludir la evidencia de que la legitimidad no tramita otra cosa que relaciones de poder y dominación. Si no remitiese a un contexto de mando de unos hombres sobre otros, si no surgiese como aceptación de una situación originariamente usurpatoria, la legitimidad sería una noción perfectamente innecesaria.

 

(Legitimidad II) Cuando el poder estaba limitado por el temor de Dios, cuando estaba sujeto a la autorictas de la Iglesia Católica, los efectos de la tiranía eran más predecibles que en aquellos casos en los que el poder se legitima única y exclusivamente por la voluntad general, que el gobernante es libre de interpretar a su manera, o por la soberanía nacional, desprovista de toda limitación legal. Los laicos retiraron de Dios la legitimidad que entregaron, sin contemplaciones, a la soberanía nacional, haciendo de esta un monstruo más temible e incontrolable que cualquier deidad. El progreso tecnológico hizo el resto, al poner en manos del Poder medios que ni el más absoluto monarca hubiera podido soñar.

 

(Positivistas) El corolario final inexorable de toda actitud positivista en el examen del Derecho no puede ser otro que este: “No es ilegal por injusto; es injusto por ser ilegal”.

 

(Kelsen) La hipotética Norma Fundamental en la que habría de fundamentarse el orden jurídico, según describe Hans Kelsen en la Teoría Pura del Derecho, no significa otra cosa que concebir el Derecho como un Autologos.

 

(Schmitt) Al contraponer la representación a la identidad y señalar esta última como fundamento de la democracia Schmitt allanó el camino para eliminar el antagonismo entre democracia y dictadura. En efecto, para el jurista alemán, la verdadera contraposición se produce entre liberalismo por un lado y dictadura y democracia por otro. Pero la idea de que la soberanía, si reside en el pueblo, no necesita ser limitada o controlada, es la tumba de la democracia. El poder de una asamblea carente de frenos legales no es menos temible que la tiranía de un autócrata. Y un autócrata solo puede identificarse con los gobernados mediante un expediente divino inmune a toda prueba empírica. Así, Schmitt expulsa la democracia al reino de los misterios indescifrables, como el dogma de la Santísima Trinidad.

 

(Soberanía) Al caracterizar al soberano como aquel que tiene el poder de decretar el estado de excepción, Schmitt, por encima de la endeblez teórica de liberales y socialdemócratas, acierta al poner de manifiesto la sustancial identidad entre soberanía y dictadura. Corolario de lo anterior es lo que Óscar V. Martínez Martín me hizo ver en una ocasión: que el Poder , siendo el sostén del derecho, se manifiesta como excepción al derecho. Si no existiese un momento decisorio al margen de toda reglamentación, el Poder respondería a un algoritmo tan calculable como una demostración matemática. Ciertamente, los llamados Estados de Derecho han tratado de sujetar la realización, y la modificación del derecho, a normas y por lo tanto a procedimientos definidos y predecibles, pero la experiencia del nazismo, que germinó al amparo de un régimen parlamentario, impide ser optimista; la simple existencia de los servicios secretos prueba que el poder confía su defensa a la ilegalidad, o al limbo jurídico de la opacidad.

 

(Aldo Moro) Leonardo Sciascia cuenta, en su obra sobre “El Caso Moro”, que es, dicho sea de paso, uno de los mejores tratados sobre la razón de estado jamás escritos, que Aldo Moro, ya antes de caer secuestrado, y a propósito del recurrente asunto de las transacciones con bandas terroristas para la salvación de las vidas de los rehenes, había sostenido que “entre salvar una vida humana o tener fe en unos principios abstractos, lo que habría que hacer es forzar el concepto jurídico de estado de necesidad hasta convertirlo en un principio: el nada abstracto principio de la salvación de la vida de un individuo, por encima de los principios abstractos”. El hecho de que, para encontrar una salida, sea necesario forzar, es decir, adulterar, un concepto jurídico, demuestra que, aunque Aldo Moro no lo dijera, él había comprendido cabalmente en su conciencia que, en el ámbito del Derecho Positivo, es decir, con arreglo a la Ley de Creonte, el Estado no puede aceptar transacción alguna: al igual que Polinices no puede recibir sepultura, los rehenes deben morir.

 

(Anti-estatistas) No puede haber anti-estatistas, tampoco entre los llamados liberales, allí donde haya defensores del orden público , en cuya protección la extorsión del Estado se manifiesta en toda su crudeza: la acción policial, o en el ámbito exterior, la acción de las fuerzas armadas, y la existencia misma de los servicios secretos, hacen impúdica e indecente toda pretensión de los liberales de proclamarse anti-estatistas, como si el pretendido orden social espontáneo no tuviera que sustentarse sobre la permanente vigilancia del Estado.

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