Cofa del mesana 31 de mayo de 2015 | 4:37 pm

Antinomia socioeconómica de la libertad

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Tal y como han señalado diversos pensadores —en mi caso, lo he tomado del sociólogo polaco Zygmunt Bauman, concretamente de su libro Freedom, cuya primera edición se remonta a 1988—, «libertad» siempre ha significado “exención” de alguna norma u obligación, lo que constituye, por ende, un “privilegio” respecto a la generalidad: solo tiene sentido si hablamos de algo que no puede estar al alcance de todos los miembros de la comunidad. De este modo, el propio concepto de libertad implica una sociedad de relaciones asimétricas, nos remite a una sociedad de estatus. Cuando se dice que todos los integrantes de una determinada sociedad son completamente libres, equivale a señalar que, en otro lugar del mundo, existirá al menos otra sociedad en la que no lo son, cuyo caso es, además, conocido por los afortunados “usuarios” de la primera.

 

Si bien se trata de una simplificación analítica un tanto abstracta, y no es siempre conveniente disipar completamente los lazos entre ambas, podemos hablar de «libertad» en un doble sentido. Cuando ésta haga referencia a las condiciones sociales y políticas, de manera asimilable a un “permiso” a la hora de hacer algo, esto es la ausencia de represalias por parte de la autoridad, e incluso una deseable falta de rechazo explícito por parte de nuestros conciudadanos —aunque esto sería lo de menos, o lo más débil—, lo referiremos como libertad de. En el caso de que sea una cuestión de “medios” o posibilidad material o vital, diremos libertad para. Pondremos un ejemplo: todos los residentes de cierto país pueden ser libres de poder viajar a otro y de permanecer en él durante cierto tiempo, con la levísima condición de mostrar un documento identificativo; pero serán libres para hacerlo si además pueden costearse el medio de transporte apropiado, así como la comida y el alojamiento durante los días que hayan previsto permanecer en el extranjero, y siempre y cuando puedan aplazar sus obligaciones mientras se prolongue su estancia.

 

Fijándonos bien, la libertad de es prácticamente objetiva y generalizable, y hoy en día suele estar regulada en las legislaciones de las sociedades estatales; lo que contrasta con la libertad para, que queda al albur de las circunstancias personales, aunque guarde evidente relación de dependencia respecto a los permisos laborales y al nivel de renta (esto no evita el componente subjetivo: para el caso citado, siempre puede haber quien, importándole un bledo el trabajo, esté dispuesto a viajar irregularmente, dormir a la intemperie o comer de la beneficencia, si bien no parece propio referir tales casos como “libertad”).

 

Se puede vislumbrar que para “conseguir” la libertad de hubo que reclamársela a los poderes públicos, cosa que solo tiene sentido en el caso de aquellos que ya dispusieran de libertad para. Y la libertad para, en cuanto la hemos asociado a los “medios”, nos empuja a considerar la evolución de la estructura económica de la sociedad, tarea inmensa que iremos desarrollando, aun de manera no siempre explícita, en sucesivas entradas. De momento, dejaremos una básica pincelada que afecta al asunto que nos ocupa.

 

La actual sociedad estatal del mercado se distingue, sumariamente, en que la práctica totalidad de sus integrantes son incapaces de proporcionarse, ni por sí mismos, ni en colaboración con sus grupos de parentesco y/o de convivencia, los bienes necesarios para, al menos, su propia supervivencia —y no digamos ya para poder mantener o controlar el nivel y forma de vida en el que han sido socializados—, sino que les es imperativo hacerlo mediante impersonales actos de compraventa a través del dinero (la única excepción, y cada vez más comprometida, son los lazos familiares). Para la mayoría, conseguir dinero es, a su vez, una transacción con la propia capacidad de trabajo, siempre sometida a reglas ajenas. Para lo que aquí nos interesa, esto equivale a decir que —y por mucho que se amplíen públicamente los horizontes de la libertad de— la libertad para de la parte más significativa de la sociedad, precisamente aquella que está atrapada por las exigencias laborales, queda bastante más limitada que la del resto.

 

No es en absoluto casualidad que se empezara a hablar de “libertad”, entendida como libertad de, sincrónicamente al desarrollo de la sociedad estatal del mercado. Los derechos feudales y señoriales resultaban gravosos para el comercio y las comunicaciones y paralizaban el “factor tierra”, así como las hechuras estamentales privilegiaban sus rentas y ventajas fiscales. Los emergentes productores industriales, que parecían multiplicar la riqueza nacional, contaron con el apoyo popular a sus demandas políticas gracias a las promesas de libertad. Las autoridades, no se sabe si de una forma completamente consciente o simplemente en busca de posibilidades financieras, terminaron propiciando las condiciones sociales para el establecimiento de una economía de mercado. Los capitalistas pudieron disfrutar de su creciente libertad para reclamando equivalente libertad de como efectivos contribuyentes del estado.

 

Las clases trabajadoras no tardarían en descubrir que la sociedad estatal del mercado, tal y como comenzó a perfilarse, portaba en sí misma la merma de su propia libertad para. Su capacidad asociativa les dotó de instrumentos de presión, alcanzando relevancia política hasta el punto de implicar a los poderes públicos. La contradicción está servida: según el estatus socioeconómico, que unos obtengan mayor libertad para implica restricciones a la libertad de los otros. Es necesario un compromiso ético para definir un nivel básico garantizado de libertad para. Por si acaso, la otra parte ya se ha adelantado intentando “globalizar” la libertad de.  

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