Filibusteros de agua dulce 14 de enero de 2013 | 6:00 am

Animal teatral

Dictator and digging worker (Nationaal Archief)No es mala la perspectiva dramatúrgica a la hora de adentrarse en la realidad y desvelar sus entresijos. Representarse ante sí y ante los demás es una de las formas más acusadas de la actividad humana. Incluso podría establecerse una concepción escénica de la vida, con el mundo visto, en la estela calderoniana, como un gran teatro, en el que se actúa de cara a la galería y se recitan papeles pergeñados por los tramoyistas, con algún que otro resquicio para introducir una morcilla o aventurar una improvisación que nos permita la ilusión de un momento de autonomía o de libertad metadramática.

 

Los que no se resignan a ser comparsas o coristas, desean disponer de un pedestal para disimular su mediocridad, con el riesgo de experimentar la humillación del prestidigitador cuyo truco, minuciosamente preparado, falla en público. Pero también hay héroes que se creen su papel hasta el extremo de olvidarse del curso del espectáculo. Y es que nunca dejan de brotar esperanzas sobre nuestra participación en el desarrollo de la Historia; pero alimentar tales sueños entraña el peligro de convertirnos en fantoches o marionetas de cuyos hilos tiran los demiurgos que hablan en nombre de una Idea, un Ideal o una Fe.

 

El último revolucionario y el primer conservador, en éxtasis de megalomanía, piensa que su teoría marcará los límites de la ciencia y que los cambios que prepara serán la simiente de todos los cambios; por tanto, a quien se ha revelado la verdad, corresponde, no dar término o cerrar el telón de la Historia, sino configurarla o determinarla en (y con) sus líneas maestras. Si para actuar, dependemos, en general, de la opinión del prójimo, ¿no es lícito, acaso, que los protagonistas, artífices e inspiradores de la Gran Tramoya exijan homenajes permanentes? El elogio mesurado o la tibieza del aplauso constituyen enormes injusticias, insultantes reservas. Si los que tienen medios adecuados obligan a emitir juicios ridículos y desproporcionados en relación a sus cualidades y logros, las figuras estelares de la humanidad, reconocidas o en vías de serlo, tienen derecho a esperar que el universo se postre a sus pies.

 

La política presupone la aparición en la escena pública de hombres (y más tarde, de mujeres) que no se presentan a sí mismos, sino que se representan, dirigiéndose a un público al que quieren persuadir de su buena actuación. Y aquí, la naturalidad puede ser otra pose, la más difícil de mantener. La retórica, y un histrionismo, más o menos contenido, resultan inherentes a semejante actividad, que siempre tendrá un componente artístico, o sea, ficticio.

 

Mussolini conocía sobradamente el valor del tono, el ritmo y las pautas del discurso. Había leído la obra de Gustave Le Bon sobre la psicología de las masas, publicada en 1895, y estaba al tanto de la teoría del mito que Sorel desarrolla en sus “Reflexiones sobre la violencia”. De esta manera, sus palabras tenían una temperatura emocional, no hilaban argumentos sino que infundían estados de ánimo. En la concepción de la política como arte y no como una imposible ciencia, consiguió ser un supremo artista, capaz de moldear la materia humana y plasmar en ella sus designios. En una especie de comunión mística, la muchedumbre se movía al impulso de la voz del Duce, secundando sus gestos hasta la explosión final de fervor.

 

Los aspavientos y las soflamas resultan tragicómicos por la sobreactuación, pero es en el drama griego, precisamente, donde desaparece la diferencia entre lo serio y lo que no lo es. Esquilo armoniza la seriedad de las formas con la cualidad de un juego. En Eurípides el tono oscila entre la gravedad y la frivolidad. ¿Quién no ha sentido su vida, al mismo tiempo, como tragedia y comedia?

 

Quizá el conocimiento interior aboque a una melancolía permanente, a una sutil resignación. Hay que tener una poderosa voluntad para aceptarse a sí mismo. Con ello, abandonamos los papeles falsos, pero nos resulta mucho más arduo volvernos a incorporar a la vida activa, a esa donde triunfan los que más tablas tienen. Pero no se trata sólo de la habilidad para escalar la cucaña social sino de tener cierta altura de miras para abrirse paso entre lo aceptado y alcanzar lo extraordinario. Aristóteles, en su Poética, dice que la grandeza -la distinción con respecto a lo común-, es un prerrequisito del argumento dramático.

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *