La puerta azul 1 de mayo de 2015 | 3:00 am

Animal mural

“To talk much and arrive nowhere is the same as climbing a tree to catch a fish” (Erin)

Allí donde está el peligro, nace también lo que salva. (F. Hölderlin)

 

La pared del portal ha empezado a cubrirse de escamas transparentes. A veces se desprenden solas y uno las encuentra en el suelo cuando sale por las mañanas para ir al trabajo. Todo empezó hace unos días. Al principio pensé que una fuga de agua, tal vez de la casa contigua, era lo que la había hecho entumecerse y henchirse como una gran panza blanca, pero no presté demasiada atención. Tan sólo fui a hablar con los vecinos para pedirles que repararan la tubería que, sin duda, debía recorrer los muros de su casa como una gran arteria metálica. ‘Debe de haber alguna pérdida’, dije. ‘La cañería se habrá roto en algún punto’, proseguí para reforzar mi tesis, y ante la negación que ya reflejaban sus rostros. Pero ellos lo negaron ―ahora sí― con palabras: ‘por aquí no pasa ningún conducto de agua’, dijeron. Más tarde confesarían en voz baja, como queriendo rehuir la curiosidad de testigos invisibles, que desde hacía seis años corría un riachuelo entre los ladrillos y el estuco. Me mostraron fotos. Efectivamente era así. A veces se desbordaba e inundaba el portal. En el pasado el agua había caído en cascada por el hueco del ascensor. Y eso fue todo: una charla amable y una complicidad surgida en la penumbra de una buhardilla donde quisieron que subiera para mostrarme un álbum viejo, roído en las esquinas por las orugas del tiempo, con las pruebas y una denuncia ante el juzgado, que había sido archivada porque nadie hasta la fecha había podido encausar un caudal del que ni siquiera se tenía constancia. Los archivos de la confederación hidrográfica no documentaban la existencia de ningún curso de agua intramural en la zona.

 

Definitivamente, la pared ha iniciado su transformación. No cejará en su propósito. Primero fueron las escamas y su abdomen de pez. Hoy he podido ver la impronta de su dorso plateado en la cal, que va tornándose cada día menos blanca; crece como un moho y es cada vez más extensa y profusa. He notado las sacudidas de sus aletas pectorales al pasar junto a ella esta misma tarde. Como decía, todo empezó una de esas noches en las que no sucede nada reseñable. Los habitantes del edificio estábamos durmiendo. Nadie notó nada. No hubo ninguna señal previa: ninguna salpicadura, ningún afloramiento en las baldosas del portal, ningún charco o barrizal surtiendo del rodapié.

 

‘Es una fuga de sí misma’, alguna sombra alcanzó a decir en el duermevela de las noches que siguieron. ‘Quiere abandonar la pétrea inmovilidad, su indiferencia calcificada’, relataba mi mente en un estado parecido al del delirio o la ebriedad, como queriéndose llenar de argumentos que no hacían sino desvanecerse a medida que iban siendo enunciados. Debió fraguarse la huida aprovechando la invisibilidad que concede el silencio. Podría relatarles evidencias claras, signos manifiestos, como, por ejemplo, que el animal tapiado ha empezado a exudar una pátina cérea, resbaladiza, y tiene ahora forma de huso. Otras marcas a modo de excrecencias sobresalen del muro, cada vez son menos acuosas, más plásticas, más corpóreas. Hay un atisbo de la aleta caudal, aún rudimentaria, pero considerando el ritmo apresurado de esta extraña gestación, podría abandonar su rígido armazón muy pronto, tal vez basten unas pocas horas. Empieza a oler a pescado en las escaleras y en mis cejas se ha posado un sedimento blanco muy parecido al salitre.

 

A pesar de mi reticencia a admitir lo que no obedece al intelecto, aquello que es presa de las pasiones o de la sugestión; a pesar de que he intentado llevar estos días una vida sin sobresaltos, acorde a las costumbres de cualquier persona de mi edad y condición, desprovista de grandes arrebatos de ánimo, exenta de asombro, el avance de la transfiguración obrada en el portal es tal que me veo obligada a dar fe de cada variación, a describir con minucioso afán los cambios que acontecen. Para bien ser, debería mantenerlos informados cada minuto que pasa.

 

Una mancha oscura ha surgido ahora en el suelo, llega hasta la puerta de la calle. Hay un claro límite que marca su trayectoria, que confina el flujo. Está empezando a rezumar el agua subterránea y todo parece estar listo ya para la partida. Presumo que lo siguiente será el desplome de las casas, el abatimiento de los cuerpos. Yo vivo en el segundo. Mi nombre es Hilaria, ‘la que es alegre’. Tal vez alguien dé conmigo en las tareas de rescate. En el momento en que escribo esto, llevo el pelo recogido y un jersey de lana de colores entre los que predomina el rojo. No sé por cuánto tiempo podrán aguantar aún los tabiques el empuje acuático de este espléndido animal. Me temo que tiene previsto dejarnos cuanto antes, abandonar su nicho mineral de inmediato. No creo que pueda sostener ya por mucho tiempo el tedio, ni a tantos inquilinos cabizbajos, ajenos. Preveo que hasta que tenga lugar el derrumbe, la última caída, el despiece final de esta edificación huidiza, quedará un hueco a modo de hornacina. Si es así, y sigo viva, me gustaría echar una ojeada. Será como ver las tripas del vacío por dentro.

 

Me temo que oirán la noticia en los próximos días. Tal vez en la comodidad de sus casas, un mediodía cualquiera mientras se sienten a comer frente al televisor. O tal vez la lean en el diario o la escuchen comentar en la cola de alguna panadería. Espero que en un tiempo no muy lejano algún ensayo científico logre explicar este extraño suceso. Me aventuraría a esbozar incluso un título, si me lo permiten. Podría ser algo así: ‘De la gravedad de los muros y su enemistad con los hombres’, o bien: ‘Sobre la metamorfosis de la piedra en organismo animal que se aleja’. Bueno, no sé, tal vez haya sido osado por mi parte, carezco de preparación en estos temas, pues nada sé de arquitectura ni de alquimia, pero en vista del inminente siniestro, necesito distraerme, encontrar un pasatiempo antes del momento final. Me gustaría que mi último pensamiento fuese sobre algo totalmente fútil como comprar manzanas o echar aceite en la cerradura de casa, que desde hace unos días no va bien. No sé cuántos desapareceremos o si quedaremos enterrados bajo los escombros. Tal vez yo no perezca, y lo cierto es que me preocupa seguir viva después de todo. Aún estamos a tiempo de salir corriendo calle abajo, de huir con el cauce y con la fauna fosilizada que abandona su molde incapacitante, cruel. Sé que en el último momento, un instinto de supervivencia nos instará a salir de las casas. No será necesario que los habitantes del inmueble vecino llamen a Protección Civil o a los cuerpos de seguridad. No acudirán sirenas ni periodistas, ni siquiera curiosos, porque una vez más preferiremos rellenar la matriz vacía con nuestros cuerpos, ser inclusiones en la pared, impávidas, estáticas, para evitar que nada se derrumbe. Me pregunto ahora si es verdad que las cosas no se derrumban cuando están inmóviles y cimentadas. Si no es la seguridad un lastre para el amor.

 

Soñé hace unos días que había un animal dentro de las paredes del portal. Una magnífica criatura amenazaba con emprender una huida aguas abajo, pero ahora que he vuelto a despertar en mitad de la noche, alarmada por fluviales presagios, toco con los nudillos la oscuridad sólida de alrededor, palpo su sustancia como si fuera un cuerpo. Mis extremidades perciben concreciones cercanas, huesos silenciosos, el rito mineral de lo que perdura inerte, insustancial. Me tranquiliza la estasis de todos mis fluidos, la contención dentro de la piel. Ha pasado lo peor. Sigo inmóvil. Nada ha cambiado. Me llamo Hilaria, mi nombre significa ‘la que ríe’, y vivo en el segundo piso de un edificio del centro. He permanecido quieta largo tiempo, imperceptible, oculta tras el lomo vertical de las casas para mantenerme a salvo del peligro (que a veces pueden ser unos ojos con los que te cruzas, y otras un viaje, o el perro de alguien que se acerca a olisquearte). Debe de ser madrugada. Saco el brazo por fuera del embozo. A tientas enciendo el interruptor de la luz que hay en la mesilla de noche. Las cifras del reloj parpadean cada vez más débiles, insinuantes, difuminándose en los ojos somnolientos que las miran. Todo sigue en orden. No hay nada ni nadie a quien temer. Respiro hondo. Ahora que todas las formas muestran su hechura conocida, sus límites previsibles y discretos, el mismo color y aspecto que le correspondieran horas atrás, voy a intentar conciliar el sueño.

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