La fantasía sólida 1 de febrero de 2016 | 12:01 am

Aníbal Lecter y el capitalismo

Hannibal Lecter, As Portrayed by Mads Mikkelsen (Michael Comeau)

Reflexiones alienadas de la mano de otra serie de la NBC, y suena el Réquiem en re menor de Mozart.

 

Según los muy profundos y muy liberales guionistas, él no pertenece a una sociedad cualquiera. Llegó al corazón del imperio estadounidense -¿quizá desde los arrabales del Tercer Reich, quizá desde el gris infinito de la Europa partidocrática?- y enseguida supo verificar lo más tópico del sueño americano. Hasta aquí nada lo podría distinguir de tantos otros refugiados, prófugos o disidentes: nazis, rojos, criminales, fanáticos religiosos, pobres o ambiciosos que, perseguidos o no, orillaron el Hudson. Pero él fue más. Más de todo, el paradigma del hombre admirable. Cumplió excelentemente con los cánones estéticos y éticos al uso, y supo soslayar la competitiva decadencia inmanente a toda sociedad que se considera a sí misma la más avanzada del mundo. Prodigioso currículo académico, cultura bastísima, elegancia sin igual en el vestir, el hablar y el gesticular, templanza de carácter, amabilidad serena, discreta dedicación a los suyos, sonriente desprecio por las ideologías convencionales y sólo la afectación imprescindible para asegurarse un toque de atractiva distinción. Un filántropo decimonónico sin la caspa que se deposita sobre las grandes fortunas y sin la hipocresía que ronda las grandes caridades.

 

Aníbal Lecter gustaba de enamorar a los espíritus generosos y de espantar a los mezquinos, hasta que, a algunos de estos o de aquellos, se los zampaba. Su éxito contenido era una obra de arte encaminada a facilitar el asesinato, el canibalismo y la metamorfosis de los escasísimos seres humanos que de verdad merecen la pena. Cabría echarse las manos a la cabeza al asistir al terrible espectáculo moral en el que los más esforzados logros y los más deslumbrantes dones son destinados a satisfacer instintos elementales, o perversos, o elementales y perversos, si no fuera porque, a fin de cuentas, esta es la esencia del capitalismo. Se trata de nuestra fisiología social, de la materia con la que está hecho el glorioso Espíritu de Occidente. Cuántos prohombres dedican toda su vida al Trabajo-Causa sólo para ver satisfecha una sencilla vocación por la seguridad, la comodidad, la vanidad, o la promiscuidad; y al revés, cuántos famosos y ricos truhanes justifican toda una vida dedicada a la depravación con una oportuna mentira, una vívida plegaria o unas cuantas jornadas entregadas al dios Trabajo-Causa.

 

Comienza el aria de las Variaciones Goldberg. Aníbal Lecter ha sabido ser tan buen ciudadano que su respiración se confunde con el aliento de la cultura urbana. Sí, el doctor Lecter es el Capitalismo. Ambos conocen que la reputación está por encima de los acontecimientos reales y, para satisfacer su natural grandiosidad, ambos necesitan un número creciente de sacrificios humanos y posteriores banquetes en los que la más alta cocina honra a los muertos antes de que la carne de estos sea devorada por los vivos. Pero, sobre todo, ambos precisan de hacer la digestión de tan bárbaros atracones en una siesta de sentida trascendencia. Trascender lo material no para sosegar los sentimientos desbordados, aquellos que no encuentran consuelo en la razón, sino para que todo el peso de la conciencia-moral quede en brazos de las más sutiles y aprobadas cualidades artísticas y espirituales. Tal y como el Capitalismo ama a la Humanidad Aníbal ama a Will, su atormentado perseguidor policial, y tanto en el humanitarismo del Estado-Capital como en la tierna amistad profesada por Lecter, una mezcla de agradecimiento, admiración y deseo de administrar la suculenta y bienamada reserva calórica (Lecter-Imperio) o epistemológica (Will-populacho) resultan en una danza macabra, una ética fatal. Qué dura es la cotidiana necesidad de trascender animalmente la propia animalidad. Qué duro es tener que servir a una causa para servirse a sí mismo.

 

El imperialismo de los Estados capitalistas es a la Geopolítica -en realidad Geo-cratología- lo que la impaciencia es a los asesinos en serie. Y, sin embargo, este no es el caso de Aníbal, sin duda porque la impaciencia es de pésimo gusto. Como también debe de resultarle de mal gusto el amor sexual (el único que merece ser llamado amor), al menos comparado con la amistad. Las dos mujeres con las que el doctor Lecter entabla relación amorosa son psiquiatras, lo que quizá permite a don Aníbal disociar más nítidamente la carne femenina -que le produce un majestuoso aburrimiento- de la feminidad descarnada -que parece necesitar. En el caso de la psiquiatra más joven, después de conducirla sutilmente a un romance con Will, el dandi sociópata tiene a bien destrozar de un sólo golpe la incipiente relación, las esperanzas de normalidad de Will y a la propia joven, seduciendo a esta. Pobre mujer, la comprobación de que su persona no había sido más que una herramienta tosca en las maquinaciones de Lecter la deja tan tarada como para, tras recuperarse físicamente del choque contra la verdad, decidir rehacer su vida en torno a la venganza, el dinero, la homosexualidad y la inseminación artificial. La neo-feminista perfecta. Pero, lo siento señora, este acto de profunda amistad masculina era necesario. La mutación dirigida que estaba experimentando Will requería del encuentro cara a cara con la mediocridad de las relaciones sexuales pequeño burguesas.

 

Sin embargo, el caso de la otra pareja de don Aníbal, la psiquiatra madura, víctima, terapeuta, compañera, amante, cómplice, delatora y acaso avatar de la hermana y la madre del antropófago, su sacrificio sirvió para acercar el mundo femenino a Lecter, el Gran Demiurgo de sí mismo. Las consecuencias para la mujer fueron también, por supuesto, devastadoras: voyeurismo moral de por vida y un miedo tan razonable como eterno a terminar constituyendo el plato principal en alguno de los banquetes del buen doctor. Misa en si menor, otra vez Bach.

 

Cuánto dolor, cuánto sufrimiento, cuánta agonía y cuánto esfuerzo y ternura en la planificación son necesarios para lograr el advenimiento de un momento desesperado, trágico y no libidinoso de comunión entre Aníbal y Will. El acto final, el instante cierto hasta lo más hondo que dota de sentido a una vida entera. Porque si hay algo que Lecter desprecia más que cualquier otra cosa, eso es la mentira. En la atrocidad de la carne hay verdad, como la hay en la atrocidad del Capitalismo. Pero el Estado, il vero mostro, con su manía de poder absoluto convierte tanto a nuestra sociedad como al asesino en serie en obligados mentirosos. Aníbal y el Capitalismo arrollarían todas las almas débiles en su afán purificador, pero el Estado las necesita para que la fantasía del espectáculo legal constante lo alimente. Lecter debe fingir que no es él y el capitalismo está obligado a soportar que cada uno de los millones de esclavos que lo sirven se considere a sí mismo el mejor de entre los hombres. Es difícil digerir a una civilización entera. Sin embargo, aunque la mentira sobrevive incluso si tu estómago es capaz de procesar a decenas de políticos, ejecutivos, médicos, profesores, policías, curas y macarras, lo más correoso de la sociedad, la falsedad siempre se puede combatir con la belleza.

 

La belleza del cuerpo y la belleza de la mente, la fortaleza de la inteligencia y la fortaleza de la mente. Mente exiliada, autónoma, alienada, psicópata y belleza por encima de la carne, por encima del mundo, por encima de la muerte. Patrick Cassidy y su Vide cor meum. Qué bien huele.

Comentarios

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *